TENÍA MOTIVOS SOBRADOS PARA LLORAR (MICRORRELATO)

a-le-sobraban-motivos-para-llorar(Copyright Andrés Fornells)

Una buena amiga visita a otra.
—Yoli me ha dicho que has roto con su hermano Alfredo.
—Ha sido el canalla de él quien ha roto conmigo.
—Pareces furiosa.
—Estoy furiosísima.
—Te lo has tomado muy mal.
—Me lo he tomado malísimamente. Ayer hice algo de lo que me había privado durante tres larguísimos años.
—¿Le fuiste infiel? —interesadísima la otra, pensando en cuanto iba a disfrutar poniéndola, a sus espaldas, como los trapos.
—¡Qué va! Sigo queriendo a ese desalmado. Lo que hice fue que me hinché de comer bocadillos de jamón serrano y de llorar.
—¿Y esta mañana que has hecho?
—Esta mañana me hinché a comer churros con chocolate.
—Y también lloraste, claro.
—Sí, también lloré.
—Por él, claro.
—¡No, por mí! ¡La maldita báscula me ha mostrado hace un rato que, de ayer a hoy, he engordado dos kilos! ¡Buaaaa!

 

POBRECITOS ADÁN Y EVA, TAN INOCENTES (MICRORRELATOS)

(Copyright Andrés Fornells)
No estoy de acuerdo con la versión que de Adán y Eva nos han vendido. Nos los han vendido como una pareja de adultos maliciosos, ambiciosos, pecadores y hasta malvados. Yo los veo como una pareja de adolescentes que vivían profundamente fascinados con todas las maravillas que les ofrecía el Edén. Bellos animales, flores hermosas cargadas de perfume que les llenaban los pulmones con las esencias de sus aromas y bandadas de pájaros multicolores que les regalaban los admirados oídos con sus alegres y hermosos trinos.
Gozaban de un cielo limpio de contaminación iluminado por un sol deslumbrante durante el día, y por las parpadeantes estrellas a lo largo de la noche. Nada había que los asustase. Desconocían el miedo. Carecían de enemigos. Estaban hermanados con la flora y la fauna a la que pertenecían.
Provistos ambos de la virtud del deseo, gozaban todo el tiempo de la magnificencia de sus cuerpos sanos, poderosos y sensuales y del inmenso placer del sexo que habían descubierto en cuanto su instinto natural entró en funcionamiento. Y lo gozaban sobre la verde y blanda hierba, sobre las blancas y limpias arenas de las playas y hasta dentro del mar de aguas puras, cristalinas, acariciantes.
Desconocían el pecado, desconocían la vergüenza, la depresión y el miedo a perder la salud, el empleo y a preocuparse por su futuro. Y se amaban en cualquier momento que se les despertaban las ganas, allí donde les pillara. Nadie había que pudiera criticarles. Los animales que les rodeaban se refocilaban lo mismo que ellos.
Nos cuentan que un día, Dios quiso ponerlos a prueba. ¿Por qué tenía que querer Él ponerlos a prueba? Adán y Eva eran tal como Él los había creado. Si contaban con algún defecto original debía atribuírselo Él pues era su creador.
Siguiendo con lo que nos cuentan, Dios puso al alcance de aquellos dos inocentes, ingenuos y dichosos jóvenes el árbol del bien y del mal y les prohibió comer de sus frutos. Esta prohibición significó una irresistible tentación para dos jóvenes que se pasaban el día realizando las mismas cosas, aunque fueran muy de su agrado. Aquel árbol especial significaba algo nuevo, diferente. Despertó poderosamente su curiosidad. ¿Qué tendrían los frutos de aquel árbol para habérseles prohibido gozarlos? Seguramente algo tan extraordinario que superaría todas las maravillas conocidas por ellos hasta entonces.
Y lógicamente les venció la tentación. Era absolutamente previsible. Cualquiera de nosotros, insignificantes mortales, que tan lejos estamos de la suprema sabiduría de su Creador, lo comprendemos así.
Adán y Eva comieron frutos del árbol prohibido. Eva, más curiosa que Adán, fue la primera en catarlos. Y los encontró tan exquisitos que, entusiasmada, se lo ofreció a su compañero del paraíso y de los placeres:
—Cariño, prueba esta manzana. ¡Es increíble! Es la cosa más rica, más buena, más exquisita que he probado en toda mi vida.
Y Adán, todo ilusionado, comió también. Todos los mortales hemos compartido con las personas que amamos generosamente, manjares deliciosos. Lógico, ¿no?
Y entonces, inesperadamente cayó sobre ellos un ángel enfurecido a más no poder, blandiendo una espada flamígera, les dio un susto de muerte insultándoles de un modo atroz. Y no contento con ello realizó lo peor de lo peor: los echó del paraíso, de muy mala manera y les dijo que Dios les había condenado, en adelante, a ellos que tan sanos y ociosos habían vivido hasta entonces, a ganarse el pan con el sudor de su frente y a conocer las penurias, el dolor, la desdicha, las enfermedades y la muerte.
¿Qué buen padre puede infligir semejante desproporcionado, cruelísimo castigo, a sus hijos por una sola desobediencia? Yo soy partidario de creer que este antiquísimo suceso nos lo han contado mal. Dios fue un perfecto ejemplo de magnanimidad, de inteligencia y de tolerancia.
Que cada cual opine al respecto según le aconseje su mente y su corazón. Yo ya lo hice.

PAELLA PARA DOS (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Un hombre se hallaba detenido delante de la pizarra que un restaurante tenía en el exterior a la derecha de su puerta de entrada leyendo lo que ponía. Una mujer se detuvo a su lado y se puso a leer también.
El hombre se volvió hacia ella y le dijo con naturalidad:
—¿Ha visto usted esto? Paella para dos 25 euros. Parrillada para dos 30 euros. Ambas cosas me gustaría comer, pero no lo permiten. Son ofertas para dos.
Ella lo examinó con interés y, pronto una sonrisa embelleció su cara.
—También a mi me gusta la paella y la parrillada, y no me importaría compartirlas con usted.
—¿Vamos pues? —propuso él, devolviéndole la sonrisa.
—¡Quién dijo miedo! —aceptó ella.
Ocuparon una de las tres mesas que había libres en el comedor. Quedaron frente a frente. Mostraron su nerviosismo evitando mirarse a los ojos. Apareció el camarero junto a ellos. Ofreció el hombre que acababa de conocer a la mujer:
—¿Paella o parrillada?
—¿Paella? —sugirió ella en tono interrogante.
—Paella para dos —encargó él al empleado.
Para cuando el servidor del restaurante apareció con la paella, los dos desconocidos se habían dicho sus nombres y se tuteaban. Depositó la pellera en el centro de la mesa.
Camilo, bromeando, dijo al camarero:
—Repártala usted, y así evitará que nosotros dos nos peleemos.
—Dos no se pelean si uno de ellos así lo quiere —respondió Noemi, bromeando también.
El empleado, risueño, llenó sus platos con el contenido de la paellera pensando de ellos: “Sin duda parece una pareja muy bien avenida”.
No se equivocó en su prematuro juicio. A partir de aquel almuerzo juntos, durante el cual desnudaron ambos su alma, entre sonrisas y miradas de genuino interés, Camilo y Noemi terminaron decidiendo vivir juntos y fueron felices comiendo paellas y muchísimas otras cosas.
Moraleja: La felicidad podemos encontrarla con solo que le ayudamos un poquito a entrar en nuestras vidas.
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7 ROSAS TATUADAS (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Sonó el timbre de la puerta. Antes de abrir, Alberto acercó un ojo a la mirilla. No vio a nadie y se figuró podía tratarse de la broma de algún chiquillo que, tras cometerla, había escapado corriendo. Iba a regresar al salón, lugar que había abandonado para acudir a la puerta, cuando escuchó de nuevo el timbre. Enojado abrió rápido y entonces descubrió que su visitante era Marifé. Tardó unos segundos en reponerse de la enorme sorpresa que se había llevado, y musitar un titubeante:
—Hola…
—Hola. Mira, Alberto, que pasaba por esta calle y decidí venir a saludarte. ¿Te parece mal?
—¡Oh, no! Me parece muy bien! —mostrando Alberto parecida turbación a la de su visitante—. Pasa, Marifé. Prepararé café para los dos, en un momento.
Trataban ambos de demostrar una naturalidad que estaban muy lejos de sentir. Pasaron al salón.
—¿Te ayudo a preparar el café? —muy nerviosa ella, retorciéndose las manos y encogiendo levemente los hombros.
—Si quieres…
Entraron en la cocina. Él encendió uno de los fuegos y puso agua a calentar. Ella sacó del armario el tarro de nescafé y recordó:
—Lo tienes donde siempre.
—Sí, yo soy fiel a las personas y a las cosas.
No pudo evitar una nota de reproche en su voz. Marifé aspiró hondo intentando retener las lágrimas que empezaban a engrosas sus párpados.
—Dos días atrás me encontré a Dora en el Corte Inglés. Hacía un montón de años que no nos veíamos —sacó platos y tazas del armario y los colocó encima de la encimera, evitando todo el tiempo encontrase su mirada la mirada de Alberto—. Hablamos de ti.
—Vaya, ¿puedo saber que dijisteis de mí?
Él se había quedado apoyado en la encimera con las manos metidas debajo de las axilas, un gesto característico suyo cuando se halla nervioso.
—Le pregunté por ti. Me dijo que estabas bien y que todos los años, por Navidad, te tatuabas una rosa en el pecho.
—Cuando estabas conmigo solía regalarte una. Y como tú no estabas más conmigo me la regalaba la rosa yo mismo en un tatuaje. He reunido siete: los años que hace que te marchaste de mi lado.
—¿Puedo verlas? —suplicante ella, a punto de rompérsele el velo líquido que engrosaba sus ojos.
Él se desabotonó la camisa y abriéndola dejó al descubierto su pecho.
Ella acercó su mano temblorosa y acariciando el tatuaje con la yema de sus dedos preguntó con un hilo de voz:
—¿Te dolió mucho?
—Muchísimo.
—¿Puedo quedarme contigo… para que no te duela ninguna rosa más? —suplicante, antes de que rompiera su garganta un sollozo.
—Claro. Te he estado esperando todo este tiempo.
Alberto abrió sus brazos y Marifé se arrojó en ellos, bañando con sus lágrimas las siete rosas de su larga ausencia.

UN CONJUNTO DE EQUÍVOCOS (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

—Hola, Conchi. Soy Arturo. Te llamo para repetirte otra vez más que sigo firmemente dispuesto a dedicar el resto de mi vida a hacerte feliz. ¿Qué me respondes?
—Caballero, se ha equivocado usted de teléfono. Mi nombre es Lorena. Y se da la casualidad de que soy soltera, no mal parecida y estoy precisamente buscando a alguien que quiera dedicar el resto de su vida a hacerme feliz.
—Tal vez sería interesante que nos conociéramos, Lorena. La chica que estaba llamando ha rechazado ya cinco veces esta proposición mía.
—No todas las mujeres somos iguales, ni los hombres tampoco. ¿Nos vemos hoy mismo?
—Nos vemos. Di dónde —entusiasmándose.
Ella escogió un conocidísimo parque de la ciudad. Él asistió al mismo a la hora que acordaron. Vio a una chica sola, guapa y con un cuerpo espectacular, se acercó a ella y preguntó, ilusionado:
—¿Eres Lorena?
A ella que le había gustado él nada más verlo respondió, encantadora:
—Yo seré para ti lo que tú quieras, simpático. Venga, dame tu mano para que empecemos a coger confianza el uno con el otro —ofreciéndole la suya.
Y ambos echaron a caminar con las manos presas, mirándose con mucho agrado
Al final, caprichos del azar que hilvanó una serie de equívocos, Arturo no mantuvo una larga y hermosa historia de amor ni con Conchi, ni con Lorena, sino con Julita. Y es que a Cupido no le importan los nombres sino los sentimientos que poseen los seres humanos.

UN HOMBRE APOCADO Y UNA MUJER SOÑADORA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Alfredo Penas consideraba, en su innata modestia, que él poseía un único mérito: era una buena persona. Ayudaba a las ancianas y a los ciegos a cruzar la calle y llevaba un puñado de caramelos en el bolsillo para dárselos a los niños que, yendo él por la calle veía llorar, y conseguir con este detalle suyo se les animase la carita y dejasen de hacerlo.
Por lo demás, Alfredo era bastante menguado de estatura, desprovisto de musculatura y rematadamente feo. Tanto era así, esto último, que se vio obligado a dejar de ir al zoológico porque montones de simios, cuando lo veían, intentaban romper los barrotes de sus jaulas para reunirse con él creyéndole familiar suyo y, más de un pequeñín lo llamó, desesperadamente:
—¡Papá, papá!
Además de su falta de encantos físicos, Alfredo era patéticamente tímido y si una mujer lo miraba, aunque fuese con indiferencia o lástima durante un segundo y medio, se ponía rojo como las flores del granado, temblaba todo su cuerpo y se llenaba de truenos su timorato corazón.
Y para añadir más sufrimiento a su apocada persona, a Alfredo le gustaban las mujeres tanto como a los niños gustan sus tartas de cumpleaños. Y cuando ellas no miraban en su dirección, él las contemplaba con arrobo hasta el punto de tener que vigilarse para no babear embelesado.
Una tarde de primavera, Alfredo fue a pasear al parque con la intención de admirar y embriagarse con el perfume que las sonrientes flores desprenden en esa privilegiada época. Se entretuvo observándolas en los parterres asomándosele a los labios una sonrisa alelada, de tierna admiración.
De pronto se detuvo delante de él una mujer joven y muy agraciada que lo dejo boquiabierto de sorpresa al preguntarle:
—¿Cómo se llama usted?
—Alfredo —dijo él trabucándose, adorándola con sus ojos mansos.
—Lo sabía —dijo ella, entusiasmada.
—Pues no sé cómo lo sabe. Creo que no nos conocemos de nada —sensato él.
—Bueno, usted puede que no me conozca, pero yo si le conozco a usted. Y le conozco muy bien.
—¡Vaya! ¿Y de qué me conoce usted? —cada vez más perplejo él.
—Pues porque sueño con usted todas las noches.
—¡Vaya! Me resulta increíble —reconoció él con total incredulidad.
—Pues le aseguro que es cierto. Sueño con usted todas las noches —mostrándosele muy ilusionada ella.
—¿Y qué sueña usted, si me permite preguntárselo? —destrozándose él las manos de tan nervioso.
—Sueño que es el hombre de mi vida y que casada con usted seré inmensamente dichosa.
Una de las virtudes que Alfredo poseía era la capacidad de leer en los ojos de las personas si éstas decían verdad o decían mentira, y aquella joven decía la verdad. Pero como otra virtud suya era la honestidad, manifestó:
—Oiga, pero si yo no valgo nada. Si he tenido que dejar de ir al zoológico porque los monos me creen un pariente suyo y quieren escapar de su jaulas para abrazarme.
—Usted, como todos los seres maravillosos, no sabe valorar lo muchísimo que usted vale —afirmó ella convencida—. ¿Dispone usted de tiempo para que nos acerquemos al zoológico? Me encantaría ver lo que acaba de contarme sobre los primates que hay allí.
—Para usted tengo yo la vida entera de tiempo, y mil vidas más que me prestaran —galante, envalentonándose.
Ella rio feliz, y Alfredo rio feliz también. Y ambos cogidos del brazo caminaron en dirección al lugar donde tienen presos a los animales. Y una vez allí rieron y se conmovieron con las acrobacias de los simios, las demostraciones de afecto hacia Alfredo y sus grititos de papá, papá.
Y ellos dos, tal como ella había soñado, jamás se separaron. Para los curiosos que sientan interés por conocer el nombre de aquella joven bonita y soñadora, les informo que se llamaba Eva.
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LA MUJER QUE HABLABA A LAS PALOMAS (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Mañana soleada. Parque céntrico de la ciudad. Una mujer de unos cincuenta años, mientras les da de comer a un numeroso grupo de palomas que la rodean, les habla, les pone cara seria, les reprende, les aconseja, les sonríe, les dice cosas tiernas.
Las palomas comen y emiten sonidos de imposible interpretación para los humanos no dedicados a la colombófila.
Otra mujer, que lleva un rato observándola con cierta curiosidad, se acerca a la mujer que proporciona alimento a las aves y, en un tono entre afectuoso e irónico le dice:
—Oiga, ¿las palomas le contestan a todo lo que usted les dice?
La mujer que da de comer a las palomas se vuelve hacia la mujer que le pregunta y responde mostrándole simpatía:
—No. No me contestan, pero por lo menos me escuchan, algo que en mi casa no hacen ni mi marido ni mis hijos.
—La entiendo perfectamente. Deje de hablarles a las palomas, vengase conmigo a un banco y hablemos nosotras. A mí, en mi casa, me ocurre lo mismo que le ocurre a usted en la suya: ni mi marido ni mis hijos me escuchan.
Y sentadas en un banco, ambas mujeres hablan y hablan hasta secárseles la garganta y toser, pero no les importa sus toses porque son toses felices.
Las palomas, a su alrededor, también zurean lo suyo. Bueno, aquellas que no están entretenidas llenando de excrementos la estatua de un famoso general. Evidentemente ellas no entienden de guerras ni de héroes, ni están expuestas a ser multadas, o algo peor, encarceladas y torturadas, o silenciadas para siempre.

DOS NIÑOS POBRES ANTE UN JUEZ (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
El juez de menores tenía un fuerte dolor de cabeza aquella mañana. Se la producían siempre las sesiones de juicios rápidos múltiples.
El dueño de una tienda de animales de compañía le había traído dos niños de ocho años a los que acusaba de haberle robado un cachorrito.
El señor juez examinó detenidamente a los dos acusados: iban mal vestidos y sucios. Dedujo por su aspecto que pertenecían a algún barrio de chabolas habitado por marginados de la sociedad. Parados hundidos en la miseria, ladronzuelos, supervivientes gracias a lo que una sociedad consumista y despilfarradora tiraba a los cubos de basura, y niños candidatos a la delincuencia y al analfabetismo. Los pequeños estaban asustados, temblaban, anidaba el miedo en sus grandes ojos. Cruzó su mente un pensamiento derrotista: “No creen en la justicias, solo la temen”.
El dueño del negocio había terminado su denuncia exigiendo un firme castigo para los dos ladronzuelos. El letrado no le demostró con su mirada el desagrado que le había producido el modo en que el tendero había formulado su acusación, despectivo, con manifiesto odio.
—Bien. Puede sentarse —le dijo sin demostrarle simpatía ninguna.
A los niños les ordenó se pusieran en pie y procurando no mostrara severidad su voz, les preguntó si admitían haber robado a un cachorro. Los chiquillos, trabucándose, hablando los dos a la vez admitieron el hurto y una razón por la que haber perpetrado el mismo, demostrando su nerviosismo con movimientos continuos de sus manos sucias. A la anciana Mercedes, que no tenía en el mundo nada más que su fiel perro, este se le había muerto y habían decidido regalarle otro para que la hiciese compañía y dejase ella de estar llorando todo el tiempo. Y como no tenían dinero para comprarlo, se lo habían llevado de la tiende de aquel hombre gordo que, no habiéndose conmovido con su historia, y habérselo regalado, no tuvieron más salida que robarlo.
El juez les creyó. Tenía una dilatada experiencia tratando con delincuentes y conocía muy bien leer en sus ojos si le decían la verdad o no.
En aquel momento. El hujier trato de echar de la sala a una anciana que se había colado a la fuerza. Llevaba ella en sus brazos, acunado como si de una criatura humana se tratara, a un perrito blanco.
—Déjela que hable —indicó el magistrado al empleado del juzgado.
La anciana, con lágrimas en los ojos, le contó lo buenos chicos que eran los dos acusados y que ella devolvería el perrito aunque ya lo quería con toda su alma, con tal de que a los pequeños no les ocurriese nada, no recibiesen ningún castigo.
—Si la justicia castiga sus buenos sentimientos, su reacción en el futuro puede ser dejar de tenerlos, señor juez —explicó con voz entrecortada.
El hombre de la toga desgastada por infinidad de lavados, observó con la serenidad que le caracterizaba al acusador, a los acusados, y a la anciana que había salido en su defensa. Él era una persona bondadosa, pero también justa.
—¿En cuánto valora ese cachorro que le sustrajeron estos dos chiquillos? —preguntó al comerciante.
—En cien euros.
—¿Y si lo comprase yo que me cobraría?
—A usted, señoría, le haría un precio especial.
—¿Qué precio? —manteniendo el magistrado una seriedad que no sentía.
—Para usted cincuenta euros, señoría.
—Bien, acérquense usted y la anciana.
Los dos llegaron junto al estrado. El primero con expresión desconcertada. La anciana llorosa y asustada. El juez sacó de un bolsillo de sus pantalones la cartera, contó cincuenta euros se los entregó al tendero y le dijo:
—Tenga. Ya puede marcharse. El perrito es ahora mío.
—Cierto señoría, que lo disfrute.
El comerciante se marchó feliz. Había ganados en aquella venta veinticinco euros. El magistrado llamó a los dos niños y cuando los tuvo delante, mirando temerosos hacia arriba pues sus cabezas apenas llegaban a la parte superior del estrado, ordenó a la anciana:
—Señora, tenga la amabilidad de entregarme el perrito.
La mujer dudó un momento. Le había cogido ya tanto cariño. Cuando el juez tuvo al animalito en sus mano se lo entregó a los niños y les dijo:
—Os lo regalo. Sois dueños de hacer con él lo que queráis.
Los pequeños, presurosos, se lo dieron a la anciana. Los tres se abrazaron riendo alegremente, le dieron las gracias al hombre de leyes y se marcharon juntos haciéndole carantoñas al perro que no paraba de darles lengüetazos y mover contento el rabo.
El señor magistrado reparó en que, de repente, el dolor de cabeza que llevaba un buen rato atormentándolo había desaparecido. Y no solo eso, sino que notó que una oleada de bienestar recorría todo su cuerpo. “Qué raro, pero que bien me siento”, se dijo. Y además de lo anterior reparó en que llevaba tiempo sin sentirse tan feliz, y consideró que para emitir juicios como el que acababa de realizar había él querido desde su adolescencia estudiar jurisprudencia.
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EL LISTO DE LA CLASE Y EL PROFESOR (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
El profesor era muy mayor. Las viejas y deterioradas gafas que llevaba incomodaban a sus ojos obligándole a forzar la vista todo el tiempo, y también lo incomodaba su dentadura postiza obligándole a chuparse todo el tiempo las encías. Sentado detrás de su mesa coja, situada frente a los pupitres de sus alumnos, después de pedir a estos atención les dirigió la siguiente pregunta:
—¿Puede alguien darme un ejemplo sobre coincidencias?
—¡Yo, profesor! —el listo de clase.
—Veamos ese ejemplo, Pepe Pérez.
—Mi padre y mi madre se casaron el mismo día, a la misma hora y en la misma iglesia por el mismo cura.
—Puede valer —aceptó el pedagogo, aguantando con resignación las carcajadas de la totalidad de sus alumnos. Espero a que terminase el regocijo general para realizar otra pregunta—: ¿Cuál creéis que tiene mayor utilidad para los humanos: el sol o la luna?
—¡Yo lo sé, profesor! —el listo de la clase.
—¿Puedes explicarnos por qué tiene mayor utilidad uno de los dos?
—Muy fácil, profe. La luna es más importante que el sol. De noche esta oscuro y gracias a la luna se puede ver algo. Durante el día tenemos mucha luz, y el sol no hace falta que alumbre en absoluto.
Cuando terminó la explosión de risas, el maestro dijo recorriendo con severa mirada a todos los presentes:
—Bien, atentos a los siguiente: Durante un mes me traeréis cada uno de vosotros un euro todos los días a la clase y me los entregaréis para que yo se los de a mi esposa.
—¿Para qué quiere usted ese dinero, profesor? —se adelantó a todos los demás Pepe Pérez.
—Para comprarle una corona al alumno de esta clase que se muera de la risa por culpa de Pepe Pérez.
Los alumnos se rieron más fuerte que nunca. Ninguno de ellos se murió y todos elogiaron el buen humor que demostraba poseer su educador. Le trajeron un euro diario y, cuando este profesor murió por haberse tragado su desajustada dentadura, su compungida esposa le compró una magnífica corona pagada con el dinero aportado por todos sus entristecidos alumnos. Y entre ellos hubo uno que lloró casi tanto como su mujer: el listo de la clase.

UN TIPO PRÊT-À-PORTER (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Cuando lo abandonó Clarita, él se cobijó en los brazos de Sole. Cuando lo abandonó Sole, él se cobijó en los brazos de Paulina. Cuando lo abandonó Paulina, él se cobijó en los brazos de Julita. Y fue entonces cuando, finalmente, se dio cuenta de que él era un nuevo modelo de Donjuán tipo prêt-à-porter.