UN POBRE HOMBRE QUE JAMÁS HABÍA VISTO A NADIE COMO YO (Microrrelato)

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Era de noche. Yo caminaba por una calle muy pobremente uluminada. Al lloegar junto a la única farola que en ella había prendida coincidí con un hombre que venía en dirección contraria. Seguramente la curiosidad motivo que los dos nos detuviéramos dentro de su lechoso círculo de luz y nos quedásemos mirando el uno al otro. Él compuso una expresión de asombro y, moviendo la cabeza como si no acabase de creer lo que estaban viendo sus ojos, dijo:

        —Oiga, es usted un tipo muy raro.

        —¿Por qué lo dice, porque tengo tres ojos?

        —Sí, por eso y por las dos alas que lleva plegadas en su espalda.

        —Pues debe usted saber que en el lugar de donde yo vengo todos son igual que yo —le aclaré con la mayor naturalidad.

        —¿Qué viene, de un baile de disfraces? —echándole él guasa.

        —No, vengo del planeta CGTX 22222222222222222222222222220022222222.

        Cuando él cayó fulminado por haberle fallado su impresionable corazón,  comprendí que yo era el primer extraterrestre que aquel pobre terrícola veía. Le dirigí una mirada mitad de lástima, mitad de desaprobación, y desplegando mis poderosas alas eché a volar. Las estrellas estaban preciosas esa noche y me apetecía contemplarlas un rato  sentándome en lo alto de la luna.

 

 

 

LA PRINCESA CLAVELINDA Y EL CISNE NUBEBLANCA (Microrrelato)

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LA PRINCESA CLAVELINDA Y EL CISNE NUBEBLANCA

(Historieta de hadas)

          Nubeblanca era un cisne bellísimo, tan bellísimo que todo el que lo veía quedaba prendado de él. Se encontraba en el espacioso estanque de un parque público y era la gran atracción del mismo. La fama de su hermosura se extendió hasta tal punto que venían a verlo y admirarlo gentes desde los cuatro rincones del planeta.

         Había una princesa llamada Clavelinda que coleccionaba cisnes y tenía en el pequeño lago de su palacio una considerable colección de estas notables aves. Clavelinda vio una mañana a Nubeblanca deslizándose majestuosamente por las verdes aguas del estanque venir hacia donde ella se hallaba y detenerse delante de ella. Princesa y cisne cambiaron una mirada de mutua fascinación que duró varios minutos, el tiempo que tardó el haya de Clavelinda en recordarle que debía regresar a palacio y escribir el discurso que su padre le había pedido para reclutar entre sus siervos jóvenes que quisieran convertirse en soldados a los que enviar a la Guerra de los 100 años. Encaprichada de Nubeblanca, la princesa pidió a su chambelán que la consiguiera al precio que fuera y la llevase a su lago junto a los demás cisnes que allí tenía.

         Y a partir de entonces la princesa y el cisne se pasaban horas contemplándose embelesados. Y un día, para sorpresa de Clavelinda,  Nubeblanca le reveló, derramando cascadas de lágrimas tristes, su sorprendente secreto:

          —Hermosísima princesa, yo no soy como me ves. Yo soy un patito feo al que la caprichosa bruja Guasasia convirtió en un bello cisne y según ella me dijo, el día 25 de diciembre dejaré de ser un bello cisne y me convertiré de nuevo en el patito feo que era antes de que esa guasona harpía realizara en mí ese extraordinario hechizo.

         —No me importa que seas un patito feo. Lo que me enamora de ti es la bellísima alma que posees y que veo asomada a tus luminosos ojos cada vez que me miro en ellos —confesó la enamorada princesa.

         —Oh, gracias, gracias. Aunque tú fueras una patita fea yo también te amaría por la bellísima alma que resplandece en tus ojos.

         Y llegó el 25 de diciembre, el día que supuestamente el cisne se convertiría en patito feo, pero esto resultó ser otra broma de la bruja Guasasia pues en realidad convirtió a Nubeblanca en un apuesto príncipe que esposo a Clavelinda y ambos fueron inmensamente felices (eso sí) comiendo, casi todos los días, perdices. 

 

RENUNCIA SUBLIME (Microrrelato)

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RENUNCIA SUBLIME

         Estaban enamorados. Locamente enamorados. Los dos estaban seguros de haber encontrado el uno en el otro ese gran amor que las personas sentimentales, románticas, soñadoras buscan en su vida. Se amaban de una forma exuberante, total, inconmensurable. Su existencia solo tenía significado, importancia, valor, cuando estaban juntos. El tiempo que permanecían separados les significaba a ambos una insoportable tortura.

         Un martes por la noche, que habían quedado en ir a cenar juntos, él la estuvo esperando inútilmente en el restaurante donde habían quedado. La llamó mil veces al teléfono móvil y le fue imposible contactar con él. Exasperado se dirigió a la modesta pensión donde ella se hospedaba y sufrió la mayor decepción, la más dolorosa amargura de su vida. Ella había pagado la cuenta y marchado sin decir a donde iba.

         Él la maldijo. La acusó de haberle, con su inexplicable conducta, roto el corazón. Y contra ella fue creciendo dentro de él un infinito rencor por la desdicha que con su huida le había causado.

         Transcurridos tres meses, él recibió una carta póstuma. Era de ella y en esta carta le explicaba que el lunes, un día antes de la cita acordada para cenar en su restaurante favorito, ella había recogido el resultado de los análisis que le habían hecho, análisis que demostraron que padecía una enfermedad incurable y la daban solo dos meses más de vida. Y para que él no la viese marchitarse día a día y sufrir con su enfermedad, se había marchado lejos para que él siguiera conservándola en el recuerdo vital y hermosa como la había conocido.

        Él lloró como jamás había llorado antes y le pidió perdón por sus injustas acusaciones y el inmerecido rencor a su persona que había guardado para ella todo el sufrimiento que hubiera podido compartir con él y que por el inmenso amor que le profesaba había querido ahorrarle.

 

DISCREPANCIA (Microrrelato)

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DISCREPANCIA

         Tomasito Lunallena era un joven, a partes iguales juicioso y timorato. Se había enamorado perdidamente de Lucía Arriate y ella le correspondía. En los placeres de cama les iba a ambos de maravilla. Pero discrepaban absolutamente en un deseo ineluctable por parte de ella. Lucía Arriate quería que ellos dos se casaran por la iglesia (como Dios manda apuntillaba ella aunque llevaba lo de la religión con bastante descuido), celebrar un banquete por todo lo alto con un gran número de invitados y, como le gustaban muchísimo los niños tener como mínimo tres de ellos y, si lo encontraban asumible, quizás alguno más.

         Tomasito se opuso siempre a estos planes suyos, categórico, radical, firme, inflexible. Y en una discusión que tuvieron por este desacuerdo, más violenta e irreconciliable que las anteriores, él decidió que su relación terminaba allí, que ella se buscara a otro que se sometiera a sus propósitos que calificó de demenciales.

         Tomasito se mantuvo lejos de Lucía aunque sufriendo más que Sísifo (el castigado a empujar una enorme piedra cuesta arriba por una ladera empinada y antes de alcanzar la cima de la colina la piedra resbalaba hacia abajo y tenía que empezar de nuevo desde el principio). Y llegó a un punto en que sólo necesitaba un ligerísimo empujoncito para regresar junto a Lucía. Y el empujoncito le llegó por medio de una llamada telefónica de ella, que le dijo con voz apasionada, suplicante, irresistible:

—Vuelve conmigo, cariño. Vuelve conmigo que nos quedan todavía miles de locuras por cometer. Mi cama llora de tristeza sin ti.

 

UNA PAREJA TERMINÓ MAL (Microrrelato)

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UNA PAREJA TERMINÓ MAL

         Y el poeta dijo con marcado dramatismo histriónico a la mujer que le había citado en el parque para comunicarle que daba su relación por terminada:

         —Lo sospechaba. Estabas muy fría conmigo últimamente. Bien, antes de quitarme la vida por ti te entrego el océano de mis sentimientos —lúgubre, empalidecido el rechupado semblante.

         —Me parece perfecto. Oye, ¿no puedes entregarme también una barquita para que pueda pasearme por ese océano en compañía de mi otro amante? —ella cínica, sumando escarnio.

         Reaccionó furioso el poeta:

          —¡Ah, no! En ese caso os fastidio. Retiro el océano y os pongo un precipicio para que  tu otro amante y tú os rompéis la crisma cayendo al fondo de él.

          Extremadamente indignada ella:

          —¡Eres un tipo muy vengativo! Evidentemente no merecías mi cariño. Adiós.

          —Y tú tampoco el mío, zorra. Hasta nunca.

          Se separaron furiosos, enemistados.

          Él poeta consideró que no merecía la pena matarse por una mujer traicionera como aquella y tiró dentro de un contenedor de basura el frasquito de pastillas mortíferas que traía en su bolsillo.

         Al día siguiente, en aquel barrio, media docena de inocentes gatos aparecieron muertos.

 

 

 

SIGUEN CON LA FÁBRICA ABIERTA (Microrrelato)

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SIGUEN CON LA FÁBRICA ABIERTA

         Por lo general cuando una relación de pareja se rompe, la gran mayoría de las veces se rompe mal y lo que antes de romperse fue miel sobre hojuelas se convierte en rencor, animadversión y, si se llega a lo peor, en odio. Afortunadamente no siempre es así.

         Un amigo mío rompió con su novia y, a los pocos minutos consiguió la reconciliación con una frase y una actitud que logró conmoverla:

         —Laura, las risas de las mujeres son mucho más alegres que las risas de los hombres, pero el llanto de los hombres es más triste que el llanto de las mujeres.

         Dijo esto entre sollozos, llorando a lágrima viva. Su novia supo reconocer en su actitud lo profundamente que él la amaba y manifestó:

        —No llores más, tontito. Yo seguiré contigo porque no puedo vivir sin ti.

        Ellos dos siguen juntos y tan enamorados que tienen ya cuatro niños y lo último que me confesaron cuando yo les dije si no les parecía que debían parar ya de traer hijos al mundo, me contestaron a dúo, riendo gozosos:

        —¡Que va, qué va, la fábrica sigue abierta! 

 

UN HOMBRE DESESPERADO (Microrrelato)

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UN HOMBRE DESESPERADO

        Agapito Muelas, muy consternado y abatido, contaba a su amigo Celso Pelilla, sentados ambos a una mesa del bar que frecuentaban:

        —Nada, no he conseguido nada de Liliana. Cuando a los dieciocho años le declaré mi amor, ella me rechazó diciendo que yo era demasiado joven, y ahora, a mis 53 años, me ha rechazado diciendo que soy demasiado viejo. Estoy desesperado. ¡Muy desesperado! Voy a cometer una barbaridad.

Su amigo Celso le vio tan fuera de sí, retorciéndose con rabia las manos, la boca apretada formando una línea recta y con un brillo extraño y preocupante en sus ojos, dijo evidentemente alarmado:

        —No estarás pensando en pegarte un tiro, ¿verdad? Cometerías con ello la mayor barbaridad de toda tu vida.

Agapito soltó tan atronador suspiro que milagro fue no expeliera por su boca los dos pulmones sanos de no fumador que poseía y a continuación, con voz que sonó profundamente trágica respondió:

        —No estoy tan loco como para pegarme un tiro, lo que voy a hacer será comprarme una muñeca hinchable.

        —¿Cómo mi Puri? —repentinamente jocoso su interlocutor.

        —No la mía será morena. ¿Y sabes qué nombre le voy a poner?

        Su amigo le ofreció por toda respuesta una alegre y estentórea carcajada.

 

OTRA CHAPUZA MÁS (Microrrelato)

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OTRA CHAPUZA MÁS 

Con la intención de heredarlo, al pariente rico lo había envenenado un sobrino suyo. Estaban en el velorio cuando repentinamente se levantó la tapa del ataúd y el muy mal envenenado saltó al cuello de su sobrino y lo estranguló en un santiamén. Moraleja: Cuando decidas convertirte en asesino, no seas imbécil y asesina bien que lo que nos sobra en este mundo son chapuceros.

 

MIEDO AL ESPEJO (Microrrelato)

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MIEDO AL ESPEJO

Llevaba un largo, largo periodo de tiempo sin mirarme al espejo. Me daba muchísimo miedo verme reflejado en él. Finalmente, ayer por la mañana encontré el valor suficiente para ofrecerle mi rostro a ese inmisericorde juez azogado, y me llevé una inesperada, agradable sorpresa: no me vi más viejo ni estropeado que la última vez que había pasado por esa misma angustiosa prueba; y reconocí que había hecho muy bien no cambiándole otra vez más, aunque lo precisaba, los cristales a mis envejecidas gafas de ver de cerca.

 

BESOS (Microrrelato)

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BESOS

Trabajaban ambos en un pequeño supermercado, ella de cajera y él estaba empleado en la frutería. Ella le gustaba a él, ella se limitaba a sonreírle de vez en cuando, coqueta. Realizaban el turno de tarde. Salían a las diez de la noche. Una noche ella le pidió si le importaría acompañarla a su casa, ya que le daba miedo a aquellas horas andar sola por la calle. Él acepto ilusionado. Nada podía gustarle más. Contaban ambos la misma edad, pero ella había tenido ya dos novios y él aún no había salido con ninguna chica. Llegados al portal de su casa, ella le dio a él un beso en los labios que le penetró hasta lo más hondo del alma.

          —Buenas noches —se despidió a continuación con una encantadora sonrisa.

          Él esperó a perderla de vista para lanzar un grito de felicidad, y alejarse dando saltos de júbilo con el corazón atronándole en los oídos. Apenas pudo dormir aquella noche, el beso femenino había desnivelado todos sus sentidos.

          Los besos se repitieron durante las próximas dos noches, pero con la importante diferencia de que él se los devolvió a ella, y fue tan placentero lo que sintió besándola, que debido a su inexperiencia consideró que se había enamorado.

          La noche siguiente ella le dijo que no necesitaba que la acompañase más, que lo haría el carnicero.            

          —¿Por qué? —él desconcertado, sin comprenderlo.

          Ella pareció gozar con la cruel respuesta que le dio:

          —Porque él me gusta más que tú.

          Él sufrió su primera herida de amor y siguiendo el mal ejemplo recibido, también hirió a las mujeres que se acercaron a él con igual inocencia a la que él tenía antes de ser herido.