LOS NIÑOS DE JULIA ERAN DIFERENTES (MICRORRELATO)

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Julia terminó de hacer la cama del dormitorio que compartía con su marido. Él se hallaba, en aquel momento, en el campo de futbol realizando la señalización del mismo para el partido que por la tarde enfrentaría al equipo local con otro venido de fuera. Sonrió pensando en él. Ellos dos se había conocido al final de un encuentro. Julia había comenzado a trabajar en el periódico local y le habían encargado la sección de deportes, cuando debido a una lesión de rodilla ella tuvo que abandonar el equipo de baloncesto femenino al que pertenecía.
Él había sido el mejor de su equipo en aquel partido y ella lo entrevistó y lo felicitó. Ambos se dieron cuenta enseguida de que estaba surgiendo algo muy especial entre ellos. Él la invitó a cenar y ella, en contra de lo que acostumbraba, aceptó salir con un hombre al que acababa de conocer.
Pasaron los dos una velada muy agradable, que repitieron varias veces, a lo largo de medio año. Finalmente, él se declaró, ella confesó que también lo amaba, y acabaron donde los dos querían, casados en la iglesia. El fruto de este matrimonio, que había tenido lugar doce años atrás, eran Gimeno de once años, y Julita de nueve.
Pensando en ellos, Julia se acercó al balcón desde el que tenía una magnífica vista de la plazuela situada a pocos metros. En la plazuela había una quincena de chiquillos de diferentes edades diseminados por allí. Sus hijos eran los únicos que se hallaban jugando con un balón a encestar en la vieja canasta de baloncesto. Todos los demás estaban sentados ocupado todo su interés en los teléfonos móviles que tenían entre sus manos.
Los dos hijos de Julia, perfectamente conectados con ella, notaron de inmediato la fuerza de su mirada, sus ojos la buscaron y, localizándola respondieron a la amorosa sonrisa suya y la saludaron agitando, alegremente, los brazos. Y Julia, feliz, les devolvió el saludo pensando, orgullosa: “Les estamos educando adecuadamente”.

EL PELIGRO DE QUE NUESTROS HIJOS NOS IMITEN (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
La mujer había llegado hacía muy poco de su trabajo y se hallaba preparando la cena. A los cinco minutos llegó también su marido que tras dejar su maletín encima de la mesa del tresillo se reunió con ella en la cocina y preguntó mostrando natural interés:
—¿Y los niños?
—Ahí fuera, en el jardincito, están jugando.
El hombre cogió un botellín de cerveza de la nevera y se asomó a la ventana en el momento en que su hijo de seis años acababa de encerrar a su hija de cinco en una especie de rectángulo hecho con tres sillas y una tumbona todas ellas de plástico y le decía:
—Encarna, como te has convertido en un estorbo para nosotros, aquí quedas encerrada en esta residencia para ancianos.
Encarna era la madre del padre de los niños. Los remordimientos flagelaron el corazón de este hombre que, volviendo al lado de su mujer dijo con infinita tristeza:
—¿Sabes una cosa, Luisa? Cuando seamos viejos, tú y yo terminaremos en el mismo sitio que ha terminado mi madre.
—Nuestros hijos… —no terminó ella su frase que habría sido: “no nos harán eso”.
Miró por la ventana y vio y oyó lo mismo que había visto y oído su marido Y sintió que le entraba una tristeza infinita.

UN MECÁNICO Y UN CIRUJANO (MICRORRELATO)


Un mecánico estaba removiendo la cabeza del cilindro de un motor V12 perteneciente a un Jaguar, cuando vio en el garaje a un conocido y afamado cirujano del corazón. El cirujano estaba esperando ser atendido por el jefe de servicio. El mecánico gritó al cirujano:
— ¡Eh, doctor! ¿Puedo hacerle una pregunta?
El cirujano, algo sorprendido caminó hacia el mecánico que se estaba limpiando las manos con un trapo, y muy amable ofreció:
—Usted me dirá.
Y el mecánico le soltó a bocajarro lo siguiente:
—Vea, doctor, échele una mirada a este motor. Yo abrí su corazón, le saqué las válvulas y el árbol de levas, los arregle, los volví a instalar y, cuando terminé, el motor funcionó de nuevo. Entonces, ¿por qué recibo un salario pequeño, mientras usted obtiene un montón de dinero, cuando ambos hacemos lo mismo?
El cirujano se inclinó pausadamente sobre el mecánico y dijo con notoria tranquilidad:
—Trate de hacerlo con el motor en marcha.
🙂

 

LE CAMBIARON EL NOMBRE AL GENERAL (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Durante una revolución, el bando rebelde consiguió apresar al general Amadeo Lugones. Le hicieron, para que pareciera un acto civilizado, un juicio severísimo en el que lo condenaron a muerte sin haberle permitido defenderse. El juez mismo, que presumía de poseer una excelente voz de barítono anunció bien alto para que todo el que tuviese oídos pudiera enterarse:
—Y por todos los crímenes de guerra cometidos, los Justicieros condenamos al general Amadeo Lugones a ser fusilado al amanecer. En el caso de que los disparos de trece ajusticiadores no le mataran del todo, el capitán Aniceto Cordones le pegará el tiro de gracia del que, hasta el día de hoy, nadie en el mundo ha sido capaz de sobrevivir.
Al amanecer colocaron al general Amadeo Lugones en el paredón. Éste dando muestras de un extraordinario valor, el cual demostraba en el hecho de no temblarle ni tan siquiera la papada pidió:
—No pido clemencia, porque tampoco la quiero, pero desde que se inventó la pena de muerte, a todos los reos se les ha concedido un último deseo. El último deseo mío es que me permitan fumarme un cigarro puro y, cuando yo deje caer la colilla al suelo me afusilen entonces.
El capitán Aniceto Cordones que se había ganado el sobrenombre de “el Carnicero” por la extraordinaria crueldad que siempre había demostrado a sus enemigos, pensó que si cedía a la pretensión de este enemigo de tan alta graduación, en adelante podrían llamarle “el Magnánimo”, que le gustaba más, cedió, y al general Amadeo Lugones le entregaron un cigarro puro. Y este comenzó a fumarlo con verdadera fruición y parsimonia. Los soldados ejecutores esperaron con sus fusiles cargados a que él tirase la colilla y les diesen la orden de fusilarlo.
Pero cuando iba por la mitad del cigarro el general Amadeo Lugones realizó un rápido giro y lo lanzó el medio cigarro hacia donde se encontraba el polvorín. El medio cigarro entró por una ventana y, al segundo siguiente, se produjo una extraordinaria explosión que lanzó por los aires, hechos pedazos, a todos cuantos se encontraban en el campamento, incluido el general Amadeo Lugones que, en su juventud había sido plusmarquista olímpico en lanzamiento de disco. Pero no fue por este merito que paseó a la posteridad este astuto militar, sino porque en adelante le llamaron el sonoro nombre de: el General Pum.

UN MARIDO ACOMODATICIO (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Carlitos Medina había sido toda su vida una persona, serena, calculadora y práctica. Trabajaba de cartero, e iba con una motocicleta amarilla perteneciente a la compañía de Correos, arriba y abajo repartiendo cartas y afrontando, alguna que otra vez el peligro de ser mordido por un perro rural al que no gustaba el ruido que hacía su vehículo. Por su rutinario y, en ocasiones peligroso trabajo, Carlitos ganaba un sueldo tan modesto que a su mujercita y a él no siempre les alcanzaba para comer todos los días del mes.
Un día Carlitos vio que Irina, su mujer, llevaba puesto alrededor de su muñeca un precioso relojito de oro que él no le había comprado. Se lo señaló y dijo:
—Llevas un relojito que es una preciosidad.
Ella sonrió y manifestó complacida:
—Sí, a mí también me gusta mucho.
Otro día Carlitos vio que rodeaba el esbelto cuello de su mujer un magnífico collar de diamantes y dijo:
—Llevas un collar que deslumbra de bonito.
—Sí, a mí también me gusta mucho —dijo ella contemplándose en el apolillado espejo que colgaba de la pared del salón que, por tener cosas feas, tenía hasta grietas.
Otro día, Carlitos vio que su mujer se metía en el dormitorio y comenzaba a hacer la maleta. Sin pensárselo un solo instante también él empezó a hacer la maleta suya.
Sorprendida a más no poder, Irina quiso saber:
—¿Qué haces?
Carlitos lleno de entusiasmo respondió:
—Hago lo mejor que puedo hacer dadas las circunstancias. Irme con vosotros. Contigo y con el ricachón que te hace tan espléndidos regalos.
Ya conté, al principio, que Carlitos era una persona serena, calculadora y práctica

ELLA SABÍA LO QUE BUSCABA, ÉL LO ENCONTRÓ SIN BUSCARLO (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Una casa de comidas. Sábado por la noche. Casi todas las mesas llenas. Sara treinta y pocos años ocupa una de ellas. Marcelo, cuarenta años recién cumplidos, ocupa otra mesa. Ella cuenta con el atractivo característico que las mujeres que cargan con algunos kilos de más, pero los tienen bien repartidos dentro del conjunto total de curvas que componen su exuberante cuerpo; pelo teñido de falsa rubia, favorecedoras pestañas postizas y carmín escarlata en su boca generosa. Él posee una cabeza alargada con mucho pelo perdido, ojos pequeños y nariz grande; barriga cervecera.
Él se da cuenta de que ella le mira insistentemente. No es un hombre lanzado, sino más bien tímido. Sin embargo, ante la insistente mirada de ella termina preguntándole un tanto molesto:
—¿Qué andas buscando, mujer?
Ella sonríe y con descaro le responde:
—Busco un amante.
Marcelo queda cortado un momento. Luego la mira con detenimiento y piensa: “Está muy buena. Podría pasar un buen rato con ella”.
—Pues si yo te valgo, no hace falta busques más.
—Me vales. ¿Terminamos de cenar y nos damos una vuelta por ahí?
—Yo ya terminé.
—Yo también.
Sara y Marcelo celebraron, diez años más tarde, este casual encuentro que les había unido para siempre. Tenían de esta unión tres hijos como tres soles y una felicidad que se habían buscado al demostrar abiertamente, nada más verse, que se gustaban.

AUNQUE YO LO MERECÍA, ELLA NO ME ABOFETEÓ (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Miguelito era un ser excepcional; sensible, emotivo y generoso en extremo. Compartía con nosotros, sus amigos, todo cuanto poseía. Era la bondad personificada. Y, bromeando, le apodábamos el Santo.
Miguelito tuvo la desafortunada debilidad de enamorarse de Laura, una chica provocadora, descarada y promiscua. Miguelito escribía bellos poemas y se los enviaba a Laura. Laura no estaba obligada a corresponderle, pero tampoco tenía porque burlarse de él y ridiculizarle diciendo:
—Ese tonto, flaco y enfermizo, me escribe poesías que dicen muere de amor por mí.
Miguelito nunca había gozado de una gran salud. Pero después de enamorarse de Laura y escarnecerle ella, nuestro amigo empezó a marchitarse como una flor falta de alimento.
Ningún médico supo decir qué enfermedad lo fue consumiendo hasta terminar con su vida. Los más íntimos de Miguelito estuvimos convencidos de que había muerto de amor, de tristeza y de desesperación, porque Laura se entregaba a cualquiera mientras se burlaba despiadadamente de él que la amaba con toda su alma y le habría colmado de felicidad una simple palabra amable por parte de ella.
Por eso un día que me la encontré de frente, furioso con ella, la miré con enorme desprecio y, le grite en la cara, que era una perdida y no tenía corazón.
Laura en vez de abofetearme como habría hecho cualquier chica que se creyese ofendida, se cubrió el rostro con ambas manos y rompió a llorar.
Reconociendo que su dolor era auténtico, me compadecí de ella y añadí creyendo podría procurarle algún consuelo:
—Miguelito nunca habló mal de ti.

QUERÍA AVERIGUAR EL MISTERIO DE LA VIDA (MICRORRELATO)

 

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Marcelino había sido un niño normal hasta que en el colegió le enseñaron a leer, pues a partir de haber adquirido este conocimiento todo su interés lo centró en los libros. Los leía a todas horas y en cualquier parte. Sus padres y educadores llegaron a considerarlo una obsesión perjudicial para su salud y le escondían todos los libros que llegaban a su poder. Para poder continuar leyendo, en cuanto podía, aquel niño insaciable lector se metía en la Biblioteca Municipal y devoraba un par de libros diarios.
La bibliotecaria, señora Asunción Perales, comentaba llena de asombro:
—Es un niño al que nunca puedes arrancarle una sola palabra que no sea: Hola y Adiós. Al ritmo que va, antes de transcurridos diez años se habrá leído todas las obras que contiene nuestra humilde biblioteca.
Y no se equivocó en su juicio. Cuando Marcelino alcanzó la edad de quince años leyó el último libro existente en la biblioteca y dijo dando muestras de una profunda decepción:
—No voy a leer ni un solo libro más. No he conseguido, con tanta lectura, desentrañar el extraordinario misterio que encierra la vida.
Y para asombro de cuantos le conocían, aquel, hasta entonces insaciable lector, no volvió a leer un solo libro más. Pero lo que ya llevó al paroxismo del asombro a todo el mundo que le conocía fue el prodigio de haber creado él solito, en el sótano de su casa una nave espacial con la que salió volando y se perdió en el cielo.
Los más fantasiosos y optimistas aventuraron que, finalmente Marcelino se había salido con la suya, había conseguido descubrir el misterio de la vida, y se lo había guardado para él, cometiendo con ello la imperdonable crueldad de que los demás seres humanos no pudiesen disfrutar de ese extraordinario descubrimiento suyo.
Un científico amigo me ha asegurado que el misterio de la vida se descubrió hace millones de años, cuando se unieron los órganos sexuales de un macho y de una hembra.

LA COMPASIVA PURI (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Durante mi dorada época de Instituto. La he calificada de dorada porque fue un tiempo extraordinario para mí, pues me permitió descubrir y leer a grandes escritores, mantener con los compañeros apasionadas discusiones sobre mil temas diferentes, experimentar enamoramientos tan súbitos como explosivos, y desengaños inesperados y “desgarradores”.
En nuestro primer curso, Alonso, mi mejor amigo, y yo nos enamoramos de la misma chica: Puri Gómez. Puri Gómez poseía una risa tan musical y voluptuosa, que por el placer de escucharla, Alonso y yo realizábamos estupideces tan notables como caminar cabeza abajo, detener el tráfico para que cruzase la calle un perro asustado, o escribir en la pizarra de clase: “Por un beso de Puri Gómez me estaría saltando a la comba un día entero”. “Si Puri Gómez me lo ordenase, yo me casaría con la profesora de lengua”. Este último escrito consiguió que el aula entera se tronchase de risa, pues la profesora mencionada era más fea que Frankenstein con peluca gris. La profesora, que se llamaba Encarna Montesinos, debió sospechar que esto lo había escrito Roberto, el tío más guapo de la clase, pues le ordenó borrarlo y el resto del curso le hizo la vida imposible.
Mi amigo Alonso era muy temperamental. Un día a la salida del instituto suplicó a Puri que el domingo por la mañana fuese a verle jugar al futbol. Él jugaba de extre-mo para el Caja Palmira y le prometió hacer un gol y dedicárselo. Ella le dijo que no iría a verle jugar, pues se había comprometido conmigo en ir ambos a la granja de mi tío Anselmo donde yo le enseñaría los preciosos conejitos blancos que tenía este gran-jero pariente mío.
Alonso cogió una de sus estúpidas rabietas y le dio un puntapié al tronco de un olmo que ambos tenían cerca, y se rompió el pie.
Yo fui uno más de los que le llamamos estúpido por haber realizado tan estúpida acción. Tuve que tragarme mis palabras. Compadecida de él, Puri le acompañaba todas las tardes.
Cometí con él una injusticia debido a la envidia que me corroía por dentro, y que fue pregonar que Alonso se había roto el pie expresamente para conquistar a Puri con el infalible truco de la compasión.
Cuando a Alonso le quitaron la escayola y comenzó a usar su pie, Puri empezó a salir con Roberto, el guaperas que no tragaba la señorita Encarna, profesora de lengua. Y mi amigo me comentó un día, con infinita amargura:
—La muy estrecha de Puri a mí nunca me dejó besarla en la boca ni siquiera en el oscuro portal de mi casa, y con ese imbécil de Roberto se besa en la boca hasta en lugares donde todo el mundo puede verlos.
Al final del curso, Puri y Roberto habían roto. No nos importó. Tanto a Alonso como a mí, Puri había dejado de interesarnos. El mor duradero, ambos tardaríamos aún bastante tiempo en conocerlo.

ELLA AMABA MUCHÍSIMO A SU MADRE (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
A Cefe Rincón le gustaba de Anita López, todo menos el extraordinario culto que ella le demostraba a su madre muerta iba ya para cinco años.
—¿Me vas a llevar al cementerio o he de coger un taxi? —le dijo ella cogiendo el abrigo de la percha del armario donde estaba colgado.
—Hoy es domingo y hace mal tiempo —recordó él retorciéndose nervioso las manos, intentando refrenar el enfado que le crecía como cizaña en campo abonado.
—Por eso quiero ir al cementerio, porque es domingo. El resto de la semana no puedo ya que trabajo durante todo el día —mirándole a la cara, desafiante.
—Es que te pasas, cariño. Podrías ir a visitar la tumba de tu madre una vez al mes. No creo que a ella le importase.
—¡Que sabes tú de esto!—al borde de la indignación—.Yo sé muy bien lo que le importa o no le importa a mi madre a la que ni siquiera has conocido. Voy a llamar un taxi —sacando el móvil del bolsillo de su chaqueta.
—No, no; te llevo yo —Cefe previendo las negativas consecuencias que para él tendría el enojo de ella.
Las próximas palabras de Anita se lo confirmaron:
—Porque a ti te viene de capricho tenemos que hacer el amor todos los días, pero yo no puedo visitar la tumba de mi santa madre una vez a la semana porque tú lo consideras abuso, en cambio lo de abusar todos los días de mi cuerpo, no te lo parece, ¿eh? Pues mira lo que te digo…
—No se hable más, cariño. Venga, vamos al cementerio. Y ponte el chubasquero en vez del abrigo que está a punto de llover. Yo me llevaré el paraguas por si acaso.
Cefe llevó a Anita al cementerio, pagó las flores que ella escogió de la floristería situada a la puerta del camposanto, y aguantó resignadamente debajo de un paraguas que le cubría mal y se mojaba, el diluvio que le echaron encima las negras y generosas nubes. Y es que cuando un hombre está más enamorado de la mujer con la que mantiene relaciones amorosas, de lo que ella lo está de él, tiene siempre las de perder.