LO CONSIGUIÓ EN MENOS DE UNA HORA (MICRORRELATO)

amigas
LO CONSIGUIÓ EN MENOS DE UNA HORA
Dos amigas acaban de sentarse en la terraza de una cafetería. El camarero, diligente, acude enseguida a preguntarles qué van a tomar.
—Café, ¿no? —interroga una a la otra.
—Dos cafés con leche, por favor. Mitad y mitad.
—Perfecto —se aleja el empleado.
—¿De dónde vienes, cariño? —una amiga a la otra.
—Del dentista. Ya sabes que estaba harta de la muela del juicio y por fin me decidí a su extracción.
—¿Te ha dolido mucho, cielo?
—Nada, mi vida. Con la anestesia nada. ¿Y tú de dónde vienes?
—Del ginecólogo.
—¿Y qué te ha dicho? —ansiosa.
—Que estoy embarazada de seis semanas.
—¡Oh, qué maravilla! Lo que conseguiste en menos de una hora.
—En cuarenta y siete minutos exactamente. Ojalá el bebé saque los bonitos ojos azules y el pelo rubio de mi fecundador.
—Los sacará. Hemos tenido una suerte extraordinaria, mi amor, y seguiremos teniéndola.
—Ciertamente extraordinaria nuestra suerte, cariño.
Se inclinan hacia adelante ambas mujeres y juntan sus labios en un gesto cargado de ternura.

SUEÑOS Y REALIDADES (MICRORRELATO)

Yates-de-Lujo
SUEÑOS Y REALIDADES
Todos los seres humanos, al nacer, traemos con nosotros un don muy especial. Por eso existen los explotadores, los esclavos, los curanderos, los capitalistas, los estafadores, los pintores, los escultores, los escritores, los basureros, etc.
Mi don especial es el de tener sueños, sueños que valen más que mil realidades. Lo malo para mí es que no puedo dedicarme plena, exclusivamente al placer onírico porque para continuar vivo necesito consumir alimentos; los alimentos cuestan dinero y el dinero sólo puede conseguirse de dos maneras: trabajando o roban-do.
Trabajar es duro, cansa el cuerpo y la mente. Robar puede exigir menor esfuerzo físico, pero está penado por las leyes y cuando lo cogen, el ladrón (exceptuando si es político o ladrón de guante blanco) es privado de libertad, algo que todos los seres humanos amamos muy especialmente.
Sostengo que soñar, para mí vale más que mil realidades, porque soñando puedo ser todo lo que en la realidad no soy. Puedo ser un hombre bellísimo, atlético, asombrosamente talentoso, conseguir todo cuanto puedo ambicionar: suculentos banquetes, salud inquebrantable, coches de alta gama, lujosos yates, aviones privados, mujeres hermosísimas locamente enamoradas de mí…
Shhhhh… Por favor no hagan ruido, no vayan a despertarme, he comenzado a soñar que soy candidato favorito en las elecciones para presidente de los EEUU y llevó sumados millones de votos más que el que podemos considerar ya ex presiden-te Obama… A la Merkel y a otros muchos mandatarios fanfarrones de países de todo el mundo voy a tenerlos muy pronto haciéndome la pelota, pidiéndome favo-res, armas… Ja, ja, ja, ja, ya los veo comiendo alpiste en mi mano. ¿Los veo yo solo?

Bebida energética (microrrelato)

Corazon de Vampira_800BEBIDA ENERGÉTICA
La chica me cayó bien nada más tropezármela en la casa de comidas bufé a cinco euros. Ocurrió que fuimos a coger un flan al mismo tiempo y nuestras manos chocaron.
—Huy, perdona.
—No, perdona tú.
—Bueno perdonémonos mutuamente.
No me devolvió la sonrisa pero la cálida mirada con que sus ojos me recorrieron entero fue pura caricia. Pensé que tenía la suerte de mi lado, porque ella estaba como melocotón en almíbar. Poseía, muy bien distribuidas, todas esas notables protuberancias geométricas que diferencian los cuerpos femeninos de los masculinos. Ocupamos una misma mesa. Por debajo de ella, sus rodillas les hicieron seductoras tonterías a las rodillas mías, que se las devolvieron cumplidamente.
—¿A qué te dedicas? —ella mostrando curiosidad, mientras con la boca casi cerrada del todo atacaba los higadillos de pollo a las finas hierbas que llenaban su plato.
—Soy escultor —con manifiesta intención—. Mi especialidad son los cuerpos femeninos desnudos, o sea desprovistos de ropa —meticuloso.
—Muy interesante —amable y sonrojándose levemente, por lo que la califique de pudorosa.
—¿A qué te dedicas tú? —igualando mi curiosidad, la suya.
Ella hizo un gesto vago con su mano, mano que no habría querido mejor para ella una pianista.
—A subsistir, simplemente a subsistir. Oye, simpático, ¿no te gustaría ser mi bebida energética?
—No entiendo —desconcertado.
—Pues es fácil de entender.
Ella sonrió enseñándome sus colmillos de vampiresa y yo la entendí perfectamente. Nos terminamos, ella los higadillos de pollo y yo el ensangrentado filete de ternera vuelta y vuelta que habíamos escogido. Olvidamos los flanes y marchamos juntos hasta mi coche. Una vez dentro del vehículo, rodeados de la cómplice oscuridad de la noche, con gozosa demostración sibarita nos mordisqueamos el cuello sin prisas, paladeando la extracción, mientras escuchábamos esa canción tan sensual:
—“Devórame tonight, devórame tonight…”

LOCO POR EL FÚTBOL (MICRORRELATO)

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LOCO POR EL FÚTBOL

          Una de las cualidades sobresalientes de Lucía Lobato era la constancia. La constancia es una cualidad que permite a la persona que la posee lograr objetivos que, para la persona que carece de constancia son imposibles de alcanzar.

          Lucía se había echado un novio cuando todavía estudiaba el bachiller con las monjas ursulinas. Era una buena alumna según el parecer de las religiosas a cuyas clases asistía. No daba problemas, vestía con sobriedad y recato, y aprobaba todos los cursos.

          Fue en esa época que conoció a Arturo Pilón, un empleado de banca con menos futuro que una roca a la hora de flotar.

          A Arturo Pilón lo único que de verdad le apasionaba de verdad era el fútbol. Como jugador era mediocre y dominaba la pelota peor que un mendigo su higiene alimentaria. Pero el que no dominase la pelota en absoluto significaba que no le gustase con locura darle patadas y algún que otro cabezazo.

           Lucía Lobato tardó once años en conseguir que Arturo Pilón la llevara al altar. Lucía Lobato hizo oídos sordos a su familia que se cansaba de aconsejarla que se buscara un novio que le gustase menos el fútbol y más trabajar.

          Total, que ambos se casaron encontrando un cura que no respetaba fechas, pues les unió en santo matrimonio el uno de mayo, fiesta del trabajo.

           El día que Lucía Lobato dio a luz a su primer hijo (y único con Arturo Pilón), tuvo que confiar, para todo, con su familia, porque su marido se había ido a jugar al fútbol en vez de estar con ella y ayudarla en el parto.

Cuando Arturo Pilón regreso de jugar, un vecino le dijo:

           —Mientras tú estabas en el campo de fútbol dándole patadas a un balón, tu mujer ha traído al mundo un niño.

           —¡Hombre, fantástico!, ese será futbolero como yo.

           Arturo Pilón entró en su casa y se tropezó con su suegro que le doblaba en volumen corporal y mala leche, quién le dijo, desabrido:

           —¿Qué mierdas has venido a hacer tú aquí, desgraciado?

           —He venido a estar con mi hijo —respondió Arturo bastante arrugado de ánimo y de cuerpo.

           —Ahora mismo te lo daré. Espera aquí en la puerta.

           El padre de Lucía Lobato le dio a su yerno un balón de fútbol, una patada en el culo y una advertencia:

           —Como vuelvas a acercarte a esta casa te capo.

           Ante tan serio aviso de que podía quedarse sin sus preciadas pelotas, Arturo Pilones decidió conservarlas y no aparecer más  por la casa de una mujer que no lo comprendía, un suegro que no le quería y un hijo que podía restarle horas que él podría dedicar al fútbol.

 

 

 

EPIDEMIA DE ESCRITORES (MICRORRELATO)

escribir

EPIDEMIA DE ESCRITORES

(Futurismo)

Hubo una vez un país en el que surgieron tantos escritores, tantos escritores, que se quedó sin lectores. Con ello consiguieron que cada escritor escribiese para leerse él. Económica y culturalmente fue un desastre. Se cerraron las librerías públicas y particulares. Al escribir todos y no leer nadie dejaron de existir los críticos, y la literatura se fue empobreciendo, empobreciendo, hasta que llegó un momento en que cada habitante de ese país era un escritor y le bastaba para su satisfacción creadora con llenar páginas y más páginas repitiendo únicamente la misma palabra: yo, yo, yo, yo, yo…

 

ATENTADO DE AMOR (Microrrelato)

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ATENTADO DE AMOR

         No sé si fue un capricho por tu parte o una necesidad que te surgió. Lo cierto es que te propusiste matarme de amor y yo, locamente enamorada, me sometí a tu voluntad disponiéndome a ser sacrificada por ti.

         Pero el amor no es una ecuación matemática exacta. Y a menudo, la dirección que toma es tan imprevisible como la del viento que mueve una veleta.

          El amor tiene sus propias, inexorables leyes y decisiones y, al final, el que murió de amor (ironías de la vida) fuiste tú y no yo.

          Hoy, pasado mucho tiempo desde entonces, me han contado que lloras por haber dejado escapar el gran amor de tu vida. Hoy lloras por mí, y yo no me alegro porque cuando una es feliz no piensa en míseras venganzas.

 

DESCONFIANZA (MICRORRELATO)

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DESCONFIANZA

El abuelo Tomás Ripio tenía 950 euros en su cartilla de ahorros. El abuelo Tomás Ripio los había ingresado en el banco este dinero porque últimamente en su barrio habían robado en algunas casas y los ladrones se habían llevado, entre otras cosas, el dinero que habían encontrado. El abuelo Tomas Ripio consideraba que las pocas cosas viejas que tenía en la pobre vivienda suya, si entraban ladrones y se las llevaban poco disgusto iban a causarle.

Pero un día el abuelo Tomas Ripio escuchó que había bancos que no eran de fiar porque empleados de esos bancos se habían quedado con el dinero de sus clientes.

El abuelo Tomás Ripio iba todos los días al banco que le guardaba su dinero, enseñaba la cartilla y decía:

—Quiero mis novecientos cincuenta euros.

El cajero, resoplando de fastidio, se los daba. El anciano los contaba, comprobaba que estaban todos sus euros y le decía al empleado del banco:

—Puede guardarlos. Ya he comprobado que me los seguís guardando bien.

El abuelo Tomas Ripio, cuando se reunía con sus amigos a tomar el sol en la plaza, elogiaba al banco en el que tenía depositado su dinero:

—Ésos no se lo han gastado. Vengo de comprobarlo. El que quiera engañarme a mí, va listo. Vamos, que no le dejo.

—¿Y no te cobran comisión por guardarte el dinero? —quiso saber uno de los jubilados que estaba con él.

—Se guardarán muy mucho de hacerlo. El director de ese banco es hijo mío y sabe que si lo intentaran, de un buen guantazo mío no iba a librarlo nadie.

 

LUISITO QUERÍA UN TAMBOR (MICRORRELATO)

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LUISITO QUERÍA UN TAMBOR

          Luisito estaba a punto de cumplir seis años, pero de mucho tiempo antes le venía una afición musical que inició un día que su madre le puso un plato de sopa de tomate, descubrió que la odiaba y comenzó, en protesta, a golpear la mesa con la cuchara, descubriendo que la percusión era el sonido que más le gustaba de todos cuantos captaban sus oídos que, por el tamaño que tenían, podían considerarse rotundamente exagerados.

         Luisito había venido al mundo el 31 de diciembre, Nochevieja, perdiéndose por media hora el hacerlo en Año Nuevo. Luisito nació mostrando la misma falta de originalidad que millones de bebés, pues lo hizo berreando y poniendo cara fea.

         Las Navidades que Luisito iba a sumar sus seis años pidió a Papá Noel (sus padres era modernos y, en cuestiones religiosas “del sol que más calienta”) en una carta que le salió con letras muy desiguales pero lo suficientemente claras para poder leerse que pedía un tambor.

        Sus padres imaginando que, con lo que le gustaba a su hijo la percusión se pasaría el día tocando este instrumento y volviéndolos locos con su infernal ruido, se pusieron a pensar en la manera de no comprárselo y que el niño no se pusiera como un basilisco gritando a todo pulmón, órgano que tenía duplicado y con un poderío que envidiaría más de un notablemente bien dotado cantante de ópera.

        Por tratarse de un matrimonio muy avenido a ambos se les ocurrió, a la vez, la solución posible y la expusieron a dúo:

        —¡Ya está! Como nuestro hijo no especifica qué clase de tambor quiere, diremos que Papá Noel ha interpretado que gustándole tanto como le gusta el chocolate le ha traído un tambor de chocolate!

        Y así lo hicieron. Cuando Luisito vio el tambor de chocolate y sus padres pretendieron aminorarle el disgusto que creían se había llevado el pequeño:

         —Que bien, un tambor de chocolate con lo muchísimo que te gusta ¿verdad, nene?

          Su hijo con la boca llena de rico chocolate, manifestó muy contento: 

        —Sí, ha hecho bien Papá Noel, porque el 31 es mi cumpleaños y el regalo que me pido es un tambor marca Bruch.

        Sus progenitores se miraron consternados y, cogidos de la mano, resignados, se dirigieron a la farmacia más cercana a comprarse unos excelentes tapones para que sus oídos no tuvieran que escuchar el tambor que irremediablemente se creían obligados a comprarle al hijo que les había nacido tamborilero.