CONQUISTAR A UNA MUJER INTELIGENTE (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)
Pocos retos presentan mayor dificultad para un hombre, que conquistar a una mujer inteligente. A una mujer inteligente podrás adularla cuanto quieras, incendiarla de pasión, hacerle el amor con extraordinaria maestría, llenarla de regalos, y no será en absoluto tuya. Para hacerla tuya, a una mujer inteligente, tendrás que enamorar sus ojos, embelesar sus oídos, derribar a fuerza de cortesías las poderosas murallas que protegen su corazón, deslumbrarla con tu brillantez mental y transmitirle los más bellos sentimientos que solo poseen los ilustrados, los caballerosos, los románticos y los soñadores.

LO QUE LE GUSTABA DE ELLA AL POETA (MICRORRELATO)

LO QUE LE GUSTABA AL POETA DE ELLA(Copyright Andrés Fornells)
A un poeta famoso por la riqueza de su lenguaje y su dominio de la rima, le preguntaron qué le gustaba de la mujer que él había convertido en su musa,
en su fuente de inspiración y en la cúspide de su amor. Y el poeta respondió plenamente convencido:
—Son tantas las maravillas que ella posee,
que yo necesitaría alcanzar una extraordinaria longevidad, y enriquecer millones de veces mi léxico, para intentar entonces enumerarlas algunas de ellas y aún me quedarían muchísimas más por sumar.

LA OFICINA RECOLECTORA DE LOS SUEÑOS BONITOS (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Llevaba más de una hora esperando en aquella cola interminable cuando el portero de magnifico traje inmaculadamente blanco y gorra entorchada y ostentosa como las de los generales de algunos países bananeros me dijo:
—El siguiente.
Entré en una oficina pequeña, aunque muy moderna, con cuadros picassianos en las paredes y un corto mostrador detrás del cual había un taquígrafo, hombre cincuentón de cabeza muy despoblada de pelo. Parecía estar agotado y aburrido. Me dirigió una mirada llena de animadversión y me dijo con aspereza:
—Aligere. Empiece usted a contarme sus sueños bonitos.
Y empecé a contarle. Transcurridas seis horas, estaba todavía en ello, tenía al taquígrafo agotado por completo y odiándome como seguramente jamás había odiado a nadie. Apareció entonces el portero (que por cierto se parecía a Charles Laughton caracterizado como Quasimodo), y, empleando conmigo muy malos modos me ladró:
—¡Basta! ¡Se acabó! Vamos a cerrar. ¡Lárguese y no aparezca nunca más por aquí porque le asesinare!
Con un hilo de voz, pues no tenía fuerzas para nada más le apoyó el taquígrafo:
—Y yo te ayudaré…
—Pero si no he contado ni la décima parte de los sueños que tengo.
Él y el taquígrafo formaron dúo con un odio vesánico que yo en absoluto creía merecer y me gritaron:
—¡¡Fuera!! ¡¡Y no se le ocurra volver más por aquí porque le asesinaremos después de torturarle las mismas horas que nos ha torturado usted!
—Bueno, si alguien que lea esto tiene un poco de paciencia, le contaré todos los sueños bonitos que tengo y no me dieron tiempo de contar aquellos impacientes y maleducados empleados de LA OFICINA RECOLECTORA DE LOS SUEÑOS BONITOS.

POETA FRACASADO (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Él era capaz de rescatar del imborrable recuerdo: el sedoso, cálido contacto de las dos manos de ella resbalando suavemente por su rostro. El amoroso brillo con que lo miraban sus luminosos ojos verdes. La humedad afrodisíaca de sus labios. El gozo infinito de sus besos. El aromático almizcle de la saliva de su boca mezclándose con la saliva suya. El embriagador perfume que emanaba de toda su embelesadora figura. Las breves separaciones entre caricia y caricia para cambiar palabras de infinito amor. Todo esto podía recordarlo con meridiana claridad el poeta, sin embargo, no era capaz de convertirlo en poesía. Y esto le provocaba tanta frustración, tanta tristeza que derramaba lágrimas semejantes a perlas cristalinas que, los rayos del sol posándose con respeto sobre ellas, acompañándolas en su caída, las acariciaban, las irisaba bellamente. El poeta no se daba cuenta de que sus sentimientos eran los mejores de cuantos poemas no había sabido escribir. No solo los demás, sino tampoco él mismo sabía reconocer el enorme talento que poseía.

UNOS VIEJOS ENTRAÑABLES (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés  Fornells)

Llevaban cincuenta años casados. En silencio se había instalado en sus vidas de un modo perenne, tan perenne como lo es la noche siguiendo al día. A lo largo del tiempo se lo habían dicho todo. Absolutamente todo. Se había instalado la telepatía entre ellos. Cuando no la usaban, les bastaba un gesto o una mirada para entenderse.
Los días festivos por la mañana, se arreglaban con sus mejores ropas y se iban al parque. Allí se sentaban cada uno en un banco diferente y charlaban con toda persona que tomaba asiento al lado de cada uno de ellos. Transcurridas un par de horas regresaban juntos a casa, cogidos de la mano, con igual ternura a la que compartían de novios, y se iban contando todo lo que habían hablado con las personas conocidas aquella mañana y gozaban como si hubieran recobrado de nuevo la ilusión que les había desgastado el paso de los años. Ya tenían cosas nuevas que decirse.

NOSTALGIA INSUPERABLE (MICRORRELATO)

NOSTALGIA

(Copyright Andrés Fornells)

El matrimonio se hallaba sentado en el sofá. Ambos habían superado la barrera de los cuarenta. Una agobiante sensación de aburrimiento los envolvía. Habían agotado la atracción que mucho tiempo atrás existió entre ellos. Enfrente de ellos el televisor, en el que estaban viendo una serie norteamericana de corte romántico. Afuera comenzó a llover violentamente. Él se levantó de pronto y caminó hasta la ventana del salón, que daba al jardincito de su casita adosada. Una vez allí se quedó observando, abstraído, como caía el agua sobre la hierba empapando y doblando sus hojas.
—¿Te ocurre algo, mi vida? —en tono rutinario le preguntó su mujer, extrañada por la súbita acción de él.
—Nada. La lluvia me pone melancólico —confesó arrepintiéndose inmediatamente de su sinceridad.
La pregunta que le habría gustado no se produjese, le llegó enseguida por parte de su consorte:
—¿Por qué te pone melancólico la lluvia, cariño?
—Por nada. No lo sé. Una de esas cosas inexplicables que nos suceden.
Mintió. No podía decirle sin provocar un problema entre ambos, que estaba evocando un día lejano de lluvia en que sobre una tumbona del jardín de casa de sus padres había hecho el amor, por primera vez, con una muchacha que no dejaría de amar mientras viviera.
Dejó escapar un suspiro hondo. Un suspiro de los que duelen, hieren, traspasan, y no tienen cura. Y pensó en lo cruel y despiadada que era la vida marcando a las personas para siempre, con inolvidables amores adolescentes que se dejan marchar, se pierden debido a la inexperiencia e ignorancia que se tenía en el momento decisivo en que no se supo retenerlos. También su esposa suspiró  recordando que su madre le había advertido de que la llama de la pasión, en la pareja, duraba muy poco y luego se debía convivir con la resignación y el tedio.

DÍA DE LA MADRE. LA BUENA MADRE Y LA ROSA (Microrrelato)

(Copyright Andrés Fornells)

Una buena madre, a lo largo de su vida vierte
sobre sus amados hijos el  inmenso caudal de bondad,
ternura y generosidad que almacena
su prodigioso corazón.
Y si esos hijos la maltratan, la traicionan
con su desagradecimiento y su olvido,
ella obra como la rosa con la mano que la corta:
que además de perdonar a esa mano que la hiere
la impregna toda de su exquisito perfume. Yo, humildemente, reconozco no poseo las suficientes palabras para expresar con justicia  la belleza, el heroísmo y la inmensidad del amor que me demostró mi madre.

 

UN TIGRE, DOS TIGRES… (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

Pepito Langostino era tan vanidoso como crédulo. Algunas mujeres burlándose de él, le decían cuando las miraba con ojos hambrientos:
—Eres un tigre. ¡Un auténtico tigre!
Debido a que se había creído estos falsos elogios femeninos, un día Pepito Langostino se fue a la selva a beneficiarse los pulmones con aire limpio y deleitarse los ojos con bellos y exuberantes paisajes. De todo esto pudo disfrutar hasta que se encontró con un tigre de verdad, y se le ocurrió decirle  ingenuamente amistoso:
—Hola, colega. ¿Cómo estás?
—Menos sabroso que tú, almuerzo —le respondió el tigre que no tenía por costumbre  hacerse el simpático con quién le servía de almuerzo.
MORALEJA: Puede perjudicarnos creer sinceros todos los elogios que recibimos.

DOS GOBERNANTES CON PROYECTOS MUY DIFERENTES (MICRORRELATOS)

(Copyright Andrés Fornells)
Durante un banquete de esos tan suculentos y ostentosos que los gobernantes celebran a cargo de los contribuyentes, a los que nunca tienen el generoso detalle de invitarles, un presidente de gobierno dijo, a otro presidente de gobierno, muy ufano él, dándose una importancia inmerecida:
—Yo lo tengo muy claro: mi proyecto es terminar con todos los ricos de mi país.
Su interlocutor mirándole con espanto manifestó:
—Pues yo pienso hacer todo lo contrario. Yo pienso terminar con todos los pobres de mi país.
¿Cuál de estos dos mandatarios creen ustedes que fue reelegido en las siguientes elecciones?

ESOS MOMENTOS FELICES (MICRORRELATOS)

(Copyright Andrés Fornells)
Queridos amigos, cuando os abrumen los problemas, las angustias de vuestra vida actual, pasad página, aliviaros. Registrad en el archivo de vuestros recuerdos y escoged alguno en el que fuisteis sencilla y plenamente felices. Yo escojo uno de mi niñez. Verano. Un leve cambio de temperatura al anochecer. Leve descenso del bochorno. Mi padre, mi madre y yo salimos a la calle a darnos un paseo. Uno a cada lado me llevan cogido de la mano. Yo me vuelvo hacia el uno y hacia el otro y cambiamos sonrisas y miradas de cariño.
—¡Quiero volar! ¡Quiero volar! —les pido.
Colocan una mano debajo de cada una de mis axilas y me elevan en el aire.
—¡Sí! —gritó yo gozoso, echando la cabeza hacia atrás, como si de verdad volase.
Llegamos al puesto de las sandias y los melones. Padre compra tres tajadas de sandía. Y allí mismo las comemos, las disfrutamos. Una vez terminadas tiramos las cascaras en un barril que el hombre del puesto tiene colocado para este menester.
Madre saca de su bolso un pañuelo y limpia con él mi cara mojada. Se ríe. Le hacen gracia mis cómicas muecas. También mi padre muestra hilaridad.
—Pequeño payaso —manifiesta con ternura.
Yo suspiro muy hondo. Es como si la inmensa felicidad que siento me produjera un delicioso ahogo.
Regreso a la realidad y afronto mis preocupaciones con un ánimo renovado. He sido mi propio terapeuta psicológico. No os abruméis. También vosotros podéis serlo.