UN FUTURO PADRASTRO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Rosenda tenía treinta y cinco años. Era agraciada de cara, esbelta de cuerpo y, desde hacía casi un lustro, viuda, por haber fallecido su esposo de una enfermedad incurable. Trabajaba de dependienta en una farmacia donde era muy apreciada debido a la diligencia, eficacia y simpatía conque trataba a los dueños y a los clientes. Aparte de esta ocupación laboral, Rosenda cuidaba de sus dos hijos, David de 9 años y Elenita de 7.
En su lugar de trabajo, Rosenda conoció a Alejo, 10 años mayor que ella, divorciado, repartidor farmacéutico de una prestigiosa y poderosa firma internacional. Con el frecuente trato surgió entre ambos un sentimiento que paso del inicial agrado al enamoramiento. Siempre tan atareada ella, comenzaron a salir algunos fines de semana, siempre incluyendo Rosana la presencia de sus hijos. Éstos demostraron desde el primer momento de conocerle rechazo hacia el hombre que su madre deseaba convertir en su padrastro. Alejo, por amor a la madre de ellos dos soportaba con paciencia los continuos desaires que le prodigaban los chiquillos.
Rosenda, exasperada por su conducta reconocía, cuando se hallaba a solas con el hombre que había despertado en ella un segundo amor de pareja:
—Lo siento, cariño. Me entristece profundamente el calvario que te hacen pasar mis hijos. Son tan pequeños para comprender que muerto su padre, al que adoraban, yo pueda traer a su vida a otro hombre.
—Bueno, tengamos calma —recomendaba Alejo, paciente, esperanzado—. Estoy seguro de que cuando me conozcan mejor, terminaran aceptándome y queriéndome. Yo les he cogido cariño y el cariño estoy convencido de que es contagioso.
—Eres una persona maravillosa —elogiaba ella, conmovida y agradecida—. Ojalá estés en lo cierto. Sois tan importantes para mí vosotros tres.
Una mañana Alejo se llevó a los dos pequeños al zoo. Se esforzó en demostrarles su conocimiento sobre los animales allí existentes. Les compró chucherías, pero no logró con todas sus amabilidades despertarles el reconocimiento y el agradecimiento que perseguía.
Llegaron finalmente delante del lugar donde tenían presos a una pareja de elefantes. Uno de ellos, al ver a Alejo, comenzó a dar notables muestras de alegría. El enorme animal se acercó rápido a la barrera de madera que lo separaba de la gente y dirigió su trompa a Alejo que, mientras se la acariciaba le hablaba en un idioma que los grandemente asombrados hijos de Rosana no entendieron.
De pronto, el paquidermo cogió con su tropa a Alejo por la cintura, lo elevó en el aire y lo montó encima de su lomo, muy cerco de su grueso cuello. Inmediatamente se formó una multitud de curiosos. Y acudieron, alarmados, una pareja de vigilantes.
Alejos les advirtió enseguida:
—¡Tranquilos! Manténganse a prudente distancia. Este elefante se llama Shamma, y yo cuidé de él durante más de diez años. Nos conocemos muy bien y nos queremos. Podría atacarles si interpretara que pretenden hacerme daño.
Los empleados quedaron parados, perplejos, observando lo mismo que la multitud que ya se había formado. Alejo le dio una orden y el enorme animal elevó sus patas delanteras manteniéndose vertical apoyado únicamente en sus dos enormes patas traseras, y de este modo paseó por el interior del recinto recibiendo los admirados aplausos del público, y lo mismo de los entusiasmados hijos de Rosana.
Cuando terminó su exhibición Alejo, acariciando a Shamma cuyos ojos lo miraron con un brillo de hondo afecto les prometió venir a menudo a verlo.
—La próxima visita que le hagamos a Shamma podríamos traerle manzanas, que le gustan muchísimo. ¿Qué os parece? —propuso Alejo a los niños.
David y Elenita dieron saltos de entusiasmo y ofrecieron el dinero de sus huchas para comprarlas.
Alejo reía feliz escuchándolos.
A partir de aquel día los pequeños no solo le aceptaron, sino que lo admiraron escuchándole, fascinados, las historias que él les contaba de cuando fue domador de elefantes y trabajó en un circo antes de ser despedido, lo mismo que sus otros compañeros circenses, cuando el empresario que los tenía contratados tuvo que cerrar su circo, arruinado, y vender los animales que tenía a diferentes zoos.
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TE LLAMO PORQUE NO PUEDO DORMIR (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Las cortinas de la ventana corridas a ambos lados permitían penetrase en la estancia un amplio chorro de lechosa luz lunar. El joven sentado a su escritorio dejó de contemplar, fascinado, el esférico, plateado círculo suspendido en el cielo y rodeado de un mar de titilantes estrellas. Sacó del cajón superior del mueble una fotografía. Era de una joven morena con grandes ojos claros, cuyo delicado rostro enmarcaba una abundante melena azabache.
—Perversa —le acusó atormentado por los celos—. Hace cuarenta y ocho horas rompiste conmigo sin importarte hacerme añicos el corazón. Y en este momento yo estoy aquí destrozado, muerto de tristeza y tú a saber con quién estarás ahora regalándole esos besos tuyos que juraste eran exclusivamente míos. ¡Te aborrezco!
El joven se llevó una mano a la boca y ahogó un sollozo de los que tanto dolor suelen causar dentro de un pecho herido de amor.
En aquel momento sonó su teléfono móvil. No reconoció el numero aparecido en la pantallita, pero sí reconoció la voz femenina que le pidió suplicante:
—¿Puedo ir a tu casa? Te llamo porque me es imposible dormir —pidió ella entre temerosa y ansiosa.
Al escuchar estas palabras el joven enamorado experimentó una explosión de júbilo y respondió impulsivo, sincero, loco de felicidad:
—¡Ven rápido, mi amor! También a mí me es imposible dormir.
Él cortó la comunicación. Y le dio un beso a la fotografía entrenándose para los muchos que pensaba darle, dentro de unos pocos minutos, a la fotografiada.

ÉL HABLABA CON ELLA (MICRORRELATO)

TAZAS

(Copyright Andrés Fornells)

El matrimonio que recientemente había alquilado la casa adosado que Jorge López tenía a su derecha, pensaba que éste hombre, de menos de cuarenta años, bien parecido, excesivamente delgado, y probo empleado de banca, estaba mal de la cabeza porque todas las tardes, a la cinco, en la mesa que tenía en su jardincito colocaba dos tazas de té e iba bebiendo alternativamente de una taza y de la otra taza mientras hablaba solo todo el tiempo, mostrando, generalmente, expresiones de profunda tristeza.
—Pobre hombre, tan joven todavía, y lo majareta que está –criticaban los vecinos, viéndole actuar de aquel modo .
Esta pareja de fácil y despiadado juicio,  desconocía que Jorge López había esparcido por el jardín, sobre el parterre donde tenía plantadas rosas rojas,   las cenizas de su joven esposa, a la que amaba con toda su alma, muerta en un accidente de coche, y que mantenía conversaciones con ella convencido de que ella le acompañaba desde el mundo de lo invisible. Con este acto ilusorio Jorge López la mantenía, desesperadamente, con él.

UN GRAN AMOR SECRETO (MICRORELATO)

rosas 1

(Copyright Andrés Fornells)

Alex Fernández, regresado de una ausencia de varios años pasados viviendo en un país extranjero, una mañana decidió acercarse al cementerio donde se encontraba enterrada su madre,. Llegado allí descubrió, sorprendido, que dentro de un jarrón habían colocado en su nicho una docena de rosas rojas. Las tocó apreciando que eran naturales y estaban frescas. Considerando el hecho de que no contaban en aquella ciudad con familiares que hubieran podido traerlas, llegó a la posible conclusión de que alguien las hubiese dejado allí equivocadamente.
Pero encontrándose con lo mismo una semana más tarde: una docena de rosas rojas, decidió entonces preguntarle al respecto a uno de los sepultureros que tiraba de una carretilla con macetas dentro. Y este empleado del camposanto le informó:
—Todos los lunes por la mañana trae flores a ese nicho un hombre.
Alex le dio las gracias y el lunes de la semana siguiente permaneció vigilante, cerca del nicho de su madre, y finalmente vio a un anciano de cuerpo encorvado, vestido con ropas humildes que depositar las flores que lo tenían intrigado.
Se acercó a él y tras presentarse como el hijo mayor de la difunta, le preguntó el por qué le llevaba flores a su madre. El desconocido le respondió conmovedoramente sincero, sosteniéndole con valentía la mirada:
—Amé a esta mujer con toda mi alma, pero ella estaba casada.
Sorprendido el joven, mirándole con enojo, le hizo una pregunta que le resultó muy embarazosa:
—¿Y ella..? ¿Ella, mi madre, le correspondió?
Una nube de profunda tristeza se extendió por el macilento y avejentado rostro del anciano.
—Ella nunca supo que yo la amaba. Nunca me atreví a decírselo. Ella era tan hermosa y yo tan poca cosa…
Se llenaron de lágrimas los ojos del hombre viejo. El hombre joven, conmovido, se compadeció de él y en un gesto generoso que le honraba le dijo:
—Vamos a tomar un café juntos, y me lo cuenta todo, buen hombre.
—Sí, me hará feliz que alguien conozca este amor que he guardado secreto toda mi vida.
Los dos hombres echaron a andar el uno al lado del otro hacia la salida. El sol, alargando sus sombras, las unió. Tenían en común haber amado con toda su alma a la misma persona.

HUBO UN TIEMPO EN QUE LOS HOMBRES FUERON MUY IMPORTANTES (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Hubo un tiempo en que los hombres, trabajando de sol a sol, empleando toda su fuerza, sufriendo, terminando cada jornada doloridos, extenuados y desdichados, alimentaron a sus familias arrancándole a la tierra sus frutos, a las minas sus riquezas y a la mar sus pescados. Muchos de ellos perdieron la salud y la vida procurando que sus mujeres e hijos sobrevivieran.
Ahora que las maquinas cumplen las tareas que esos admirables hombres realizaban con su esfuerzo, sacrificio y salud, es muy fácil quitarles todo mérito, importancia y reconocimiento.
A Gustavito lo criaron su madre y su abuela. Las dos eran viudas. La madre de Gustavito, siendo apenas una adolescente perdió a su padre, pescador, en una tormenta cuando él se hallaba pescando en su modesta barquita para conseguir con que alimentar a su familia. Gustavito, siendo todavía niño, perdió a su padre en una guerra a la que él, hombre pacifico y humanitario no quería ir.
Por su parte los asesinos que organizaron esa guerra, los ganadores sacaron honores y riquezas. Los perdedores huyeron con riquezas también, vivitos y coleando. Todos ellos sin que les atormentase la conciencia por las viudas y huérfanos que habían causado.
Sí, hubo un tiempo en que los hombres fueron muy importantes. Lástima que demasiada gente se ha olvidado de ellos. Pero así es el género humano: olvidadizo, desagradecido e ingrato.
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DESAYUNO PARA DOS (MICRORRELATO)

desayuno bueno

 

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Amadeo despertó. Giró la cabeza. Ella estaba allí, a su lado, con su cara angelical, dormida. Sintió ganas de soltar un estentóreo grito de felicidad; unas ganas tan fuertes de hacerlo, que se tapó la boca con toda la mano para evitarlo. Por nada del mundo debía molestar a criatura tan divina. La contempló embelesado durante varios minutos. ¡Dios, qué hermosa era, Y le quería ella! Le quería con locura. Se lo había repetido varias veces mientras se amaban desenfrenadamente.
Una idea repentina, genial, lo puso en movimiento. Abandonó el lecho poniendo sumo cuidado de no despertarla. Su propósito era preparar dos suculentos desayunos y, cuando los tuviera listos, la despertaría con un beso, ella le sonreiría amorosamente y desayunarían juntos. Y mientras desayunaban se mirarían todo el tiempo al fondo de los ojos y seguirían amándose con la mirada.
Cuando él regresó al dormitorio con el desayuno para dos en lo alto de una bandeja en la que, además llevaba una rosa amarilla que había robado del jardín de su vecino, comprobó que la cama se hallaba vacía, cayendo entonces en la frustrante cuenta de que todo lo anterior lo había soñado.
Esta realidad le produjo tanta rabia que se comió él los dos desayunos diciendo entre bocado y bocado:
—Ñam ñam, esto te perdiste por tonta… Ñam ñam, esto te perdiste por ton-ta…
Llegó él, en su decepción y enojo hasta el extremo de que, quitándole las espinas, también se comió la rosa amarilla con tallo y todo. Esa mañana llegó tarde a la oficina porque la flor o el disgusto le causó diarrea.
Tomar demasiado en serio los sueños, a menudo, resulta perjudicial.

UN CAMPESINO Y UNA CARTOMANTICA (RELATO CORTO)

TAROT BUENO

(Copyright Andrés Fornells)

Él se llamaba Teo y era un habitual del bar. El nombre de ella era Alicia y había entrado por primera vez en aquel local. Los dos estaban tomando café en la barra y se observaban de reojo. Más decidida ella realizó una primera aproximación:
—Tampoco parece que vaya a llover hoy, ¿verdad?
—No, y buena falta que hace. Y sé lo que me digo porque soy agricultor.
—Pues yo soy vidente. Echo las cartas —reveló ella con seriedad.
—¡Qué interesante! ¿Y cobra mucho por echarlas —interesado él.
—Usted quiere que se las eche gratis, y gratis se las voy a echar.
—Oiga, lo ha adivinado usted —él abiertamente admirado.
Alicia sacó del interior de su bolso una baraja de tarot, la barajó con notoria maestría y colocándola encima del mostrador le indicó al hombre del campo que cortara.
—¿Con la navaja que llevo dentro del bolsillo? —bromeó él.
—Es usted una persona con muy buen humor —juzgó ella.
—Oiga, también eso lo ha acertado usted —reconoció él.
—Es que soy muy buena en lo mío —ella sin falsa modestia. Colocó a continuación nueve naipes boca abajo y explicó—: Este es el círculo mágico del sabio Salomón. Vamos a ver que me revelan las cartas —dio la vuelta, con mucha solemnidad, a una de ellas. Su rostro todavía agraciado mostró profunda concentración—. Veo una mujer en su vida —manifestó por fin.
—La guarra de mi mujer.
—Su mujer le hizo algo malo.
—Se fugo con un camionero, la muy puta.
—No se preocupe, se llevará su merecido.
—Eso deseo, que a cada cual le den lo que merece —rencoroso.
—Veo ahora a una persona bastante joven —ella volteando otra carta.
—Mi hijo, otro sinvergüenza. Robándome se compró un coche nuevo, mientras yo voy por ahí con una furgoneta que se cae en pedazos. Lo eché de casa y le dije que se fuera a robar a otros, que a mí no me podría robarme más.
—Vamos muy bien hasta ahora. Todo aciertos —ufana ella—. Ahora veo a una mujer mayor.
—¿Gorda, fea y con bigote?
—Sí, gorda, fea y con bigote.
—Mi suegra. Maldita sea su estampa. Ella tuvo buena parte de culpa en lo que me ocurrió con su hija. Por mal criarla desde que la trajo al mundo. Dándole siempre todos los caprichos, acostumbrándola mal y al final me dio el pago que me dio. Todo lo que yo hacía por ella la parecía poco. No había forma de tenerla contenta. ¡Maldita sea su estampa!
—Veo a otra mujer —la adivina dándole la vuelta a una nueva carta.
—¿Delgada y con cara de bondad?
—Exacto, delgada y con cara bondad.
—Mi madre: una santa, que Dios la tenga en su Gloria.
—Me lo ha quitado de la boca. Veo ahora a un hombre mayor.
—¿Delgado también, con bigote y vestido de luto?
—Exacto, delgado, con bigote y vestido de luto.
—Mi padre, un hombre muy recto, muy trabajador y con un par de cojones. Con perdón. Nunca le vi arrugarse ante nadie y todos lo respetaban. Pero por favor siga usted adivinando cosas, me tiene perplejo —consideró admirado.
Alicia colocó su dedo índice sobre una nueva carta puesta boca arriba.
—Veo que aparece en su vida una mujer buena, misteriosa e inteligente. Es rubia, con los ojos castaños y lleva un vestido rojo con lunares blancos.
El labriego se la quedó observando boquiabierto de asombro y exclamó:
—¡Usted es rubia, con ojos castaños y lleva un vestido rojo con lunares!
—Así es. Mis cartas nunca mienten —ella con arreboles de veinteañera.
—¿Sabe? Yo nunca había creído en los poderes de la adivinación y usted acaba de demostrarme que existen. Queda una última carta. Vea qué dice –demostrando el rústico una mezcla de ilusión y ansiedad.
—Veo un hombre recio de pelo cano, muy cariñoso, que encuentra a esta mujer del vestido rojo con lunares blancos y desea hacerla muy feliz.
El cepo que Teo tenía por boca se abrió cuanto daba de sí. Mantuvo esta máxima apertura dos minutos largos y luego, recuperando la movilidad dijo entusiasmado:
—¡Dios de las buenas cosechas. Acertó usted de nuevo. ¿Nos damos un paseo. Afuera hace un día precioso. ¿No le apetece a usted?
—Sabía que iba a pedírmelo. Me apetece muchísimo. Vamos de paseo.
Pagaron a medias los cafés a un tabernero que los había escuchado con benevolencia y ahora les miraba con los comprensivos ojos del hombre que ha visto muchas personas diferentes, escuchado muchas historias creíbles e in-creíbles, y ya no lo sorprende nada. Y que con una ancha sonrisa del que es gran filósofo sin necesitar estudiarlo en los libros, les siguió con un brillo en la mirada, de sabio de la mirada.
El labriego y la nigromántica se habían cogido de la mano y cuando llegaron a la puerta el agricultor dijo:
—¿Ves ese par de nubes que se están rejuntando por la parte de poniente? Pues mañana o pasado nos darán lluvia.
—Hombretón, presumo que adivinando cosas del tiempo, eres tan bueno como yo en lo mío —tuteándole también.
Y ambos unieron sus alegres risas.  El destino había decidido portarse generosamente con ellos.

TINO Y SUS SUEÑOS (RELATO CORTO)

bajo la lluvia

(Copyright Andrés Fornells)

Tino Díaz vivía solo en un pequeño apartamento. Tino soñaba mucho y, una vez despierto lamentaba que sus mejores sueños nunca se convirtieran en realidad.
Una noche que llovía a mares soñó que en el parque cercano a su casa, una chica bellísima iba, dentro de un momento a bailar desnuda para él.
“Si me doy prisa la encontraré”, se dijo despertando de pronto. Y convencido de que así sería, se puso un chubasquero, un par de botas de goma y, espoleado por la ilusión corrió hacia el parque mojándose y ensuciándose de barro la parte baja de sus pantalones. Desde los vehículos y los portales donde se había guarecido, mucha gente observó con sorpresa su correr acelerado.
Tino llegó finalmente al parque y allí estaba la chica bellísima bailando desnuda bajo la lluvia. El corazón le saltó de alegría. <<¡Oh, Dios de los cielos, tengo la felicidad a mi alcance!>>, se dijo exultante. Por fin había logrado lo considerado por muchos como imposible: Unir sueño y realidad.
Con acelerada avidez caminó hacia la chica soñada, los brazos abiertos, la más seductora de sus sonrisas curvando sus labios; pero cuando estuvo muy cerca de aquella beldad se llevó la gran desilusión de comprobar que ella estaba bailando, ciertamente, pero para otro chico que la observaba embelesado, protegido del agua torrencial que caía, debajo de un enorme paraguas multicolor.
Tino sumando otro desengaño más a los otros anteriores, se alejó cabizbajo, amargado, convencido de que el malvado destino le tenía asignado el fatalismo de que siempre se le adelantase alguien impidiéndole cumplir sus más maravillosos anhelos. En esta ocasión, además de llevarse a casa una nueva frustración, el joven soñador se llevó también un fuerte catarro.
Y aquella noche soñó en un cementerio y en una multitud de gente que depositaba flores a su tumba.
Cuando finalmente despertó, con fiebre y muchos mocos, Tino se alegró de que esta vez, sueño y realidad con coincidieran en absoluto.
—Tendré que realizar serios esfuerzos para soñar menos y aferrarme con mayor fuerza a la realidad —se auto aconsejó, rubricando esta sensata decisión con un estruendoso estornudo.
—¡Jesús! —dijo, desde la oscuridad, una armoniosa voz femenina.
Fue tanta la claridad con que la escuchó que Tino pensó le merecería al día siguiente ir al médico y también al psiquiatra.

UNA MUJER INFIEL (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Román Muñoz conocía al taxista que, atendiendo a su llamada, acudió al aeropuerto cuando él regresó de un viaje de trabajo que había durado dos días. Durante el trayecto, el profesional de la conducción, que se llamaba Judas Morales, puso en conocimiento de su cliente un hecho que había presenciado, por casualidad, la noche anterior.
Román Muñoz quiso le confirmase lo que acababa de descubrirle el taxista, con una indignada pregunta que le hizo:
—¿Estás seguro de que viste a mi mujer cenando en Los Comensales con un joven que la cogía las manos?
—Estoy tan seguro como lo estoy de que, en este momento, lo estoy llevando a su casa —afirmó con absoluto seguridad su interlocutor.
Llegaron al apartamento donde vivía Román Muñoz. Éste pagó la carrera con propina incluida y se separó del conductor profesional.
Cuando entró en la vivienda conyugal encontró a su bella mujer tumbada en el sofá siguiendo en el televisor un culebrón y disfrutando, al mismo tiempo que mantenía sus hermosos ojos verdes fijos en la pequeña pantalla, del contenido de una caja de bombones.
—Hola, mi vida —le dedicó ella el cariñoso saludo habitual.
Su marido soltó la pequeña maleta, fue junto a su consorte y cambió con ella un beso, más afectuoso que apasionado.
—¿Has tenido buen viaje? —se interesó ella cargada de dulzura la voz dirigiéndole una mirada de genuino interés.
—Muy bueno. Y he cumplido a la perfección el encargo que me había recomendado mi empresa. —¿Y tú que tal has pasado estos dos días? —demostrando él parecido interés.
—Aburrida el primer día. Divertida el segundo. El hijo de tu jefe me llevó a cenar, luego al baile y finalmente me acompañó a casa.
—¿Y supongo le dijiste que te da miedo dormir sola? —ansioso él.
—Por supuesto, y él fue tan amable que pasó toda la noche conmigo en la cama quitándome el miedo.
—¿Te mereció la pena el sacrificio que hiciste?
—Mas o menos —sin demostrar entusiasmo ella.
—¿Le hablaste de mi aumento de sueldo?
—Pues claro, mi vida. Siempre velo por nuestros intereses. Te conseguí un diez por ciento de aumento.
—¡Estupendo! Siempre he podido confiar en ti. Eres extraordinaria, mi vida. Mira, ponte bien guapa esta noche, que seré yo quien te lleve a cenar a un lujoso restaurante. Te mereces un detalle especial como éste y muchos más.
—¡Ay, que no hará por amor una mujer enamorada, como lo estoy yo de ti! —celebró con una alegre carcajada ella, cuyo metabolismo le permitía atiborrarse de comida sin aumentar de peso por ello.
El cornudo consentido se rio también con parecida satisfacción. Formaban un matrimonio admirablemente bien avenido que compartía ganancias y falta de escrúpulos.

EL TRAPECISTA Y PIMPINELA ROSA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
A Joe Mendoza, el hecho de haberlo abandonado Pimpinela Rosa lo había sumido en tal estado de desesperación que, habiendo llegado a experimentar un total desprecio por su vida ordenó al director de pista, minutos antes del momento de su actuación:
—No pongas la red esta noche. Actuaré sin ella.
El aludido, teniendo en cuenta el enorme peligro que tal decisión encerraba trató de disuadirlo.
—No seas temerario, Joe. El cuádruple salto mortal lo has fallado alguna que otra vez y, una caída a la pista desde diez metros de altura a la velocidad que tú giras sería exponerte a una muerte casi segura.
Joe se le enfrentó airadamente gritándole de lo más amenazador:
—¡Si colocas la red yo no actuaré y del escándalo y de las enojadas protestas del público tendrás que responder tú, primero delante de los enfurecidos espectadores y después delante del todavía más enfurecido dueño del circo que bastante exasperado está ya porque las pobres recaudaciones que conseguimos cada día hacen menos rentable este negocio y lo tenemos al borde de la ruina!
—Vosotros sois testigos de que no voy a poner la red, porque este loco de Joe Mendoza me está obligando a ello —dijo el director de pista a Antón, el domador de leones, y a Kuko, el payaso.
Estos dos asintieron con la cabeza. Joe marchó a su camerino a cambiarse de ropa para su próxima actuación. Antón se dirigió también a su carromato a contarle a su mujer la posible desgracia que podía producirse inminentemente. Kuko, mientras hablaba por su móvil, observó por un resquicio las arriesgadas piruetas de la pareja de amazonas sobre sus monturas. De Irina, la más joven de las dos, estaba muy enamorado sin posibilidad de correspondencia.
Joe Mendoza estaba realizando unos ejercicios de calentamiento cuando recibió una llamada telefónica. Estuvo a punto de ignorarla, pues no le era conocido el número aparecido en la pequeña pantalla luminosa. Pero finalmente abrió línea.
Las palabras que escuchó, venidas desde un teléfono público motivaron que abandonase corriendo su camerino. Localizó al director de pista y le ordenó, categórico:
—¡Colocad la red! La necesito para seguir vivo.
El ordenado lo miró con alivio pensando que el trapecista había recobrado de nuevo la cordura perdida. Ignoraba que la llamada que Joe Mendoza acababa de recibir pertenecía a Pimpinela Rosa. Ella le había anunciado que regresaba con él porque no podía vivir sin su amor. Aquella noche podrían pasarla juntos en la misma cama, no sin antes regalarle ella una caja de sus bombones favoritos a Kuko, el payaso, en muestra de agradecimiento.
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