UN MUY LARGO DESEO CUMPLIDO FINALMENTE (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)

En mitad de una manifestación organizada contra los nuevos recortes sociales realizados por un gobierno sudamericano, se encontraba  un anciano de aspecto achacoso que, por su avanzada edad habría estado mejor siendo cuidado en un hospital que allí en una violenta manifestación. Un adolescente picado por la curiosidad se acercó a él y, respetuosamente, le preguntó:
—¿Qué edad tiene usted, abuelo?
El hombre viejo, que jadeante y aturdido daba muestras de enorme cansancio metido en aquel follón de gritos, golpes y carreras tardó un tiempo en poder contestarle con voz débil, entrecortada:
—Cumplí 93 años el pasado mes de febrero.
—¿Y qué hace usted tan viejo y con aspecto de tener muy poca salud metido aquí en esta multitudinaria manifestación?
—Es que he tardado todo ese tiempo en perder el miedo a la brutalidad policial y he decidido que ya me da lo mismo morir de muerte natural que violenta.
–Joder es usted un héroe –admiró el joven–. ¡Cuidado, abuelo, que están disparando balas de goma–se agachó el joven al ver venir una de ellas evitando le diese a él, pero no que le diese al anciano quien cayó al suelo con un enorme chichón en la frente y una sonrisa heroica en sus resecos labios.

 

UN DONJUAN INFALIBLE (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Florencio Fortunato nunca estaba solo, nunca se aburría, nunca le faltaba un nuevo y apasionado amor.
Cuando se le terminaba una relación amorosa extraordinaria, inventaba otra nueva.
Florencio Fortunato, era un incansable, prolífico escritor de novelitas rosa que vivía en mi barrio marginal.
En lo físico Florentino Fortunato no tenía nada que agradecerles, ni a Dios ni a la naturaleza, y quizás mucho al demonio, pues daba pena verlo por el nulo atractivo que poseía. Para no hacer leña del árbol caído, me ahorrare decir que su cabeza tenía forma de calabacín, contenía unos ojos pequeños como alfileres y su nariz tenía la misma forma que un pimiento morrón de mala cosecha. En cuanto a su cuerpo, hay esqueletos con más carne de la que él tenía, y que además andan con mayor elegancia a la suya.
En fin, si con todo lo anterior no hubiese motivos suficientes para morir de lastima por él, a sus cincuenta años Florencio Fortunato seguía siendo virgen, tanto de mujer como de hombre y, el muy pobre de espíritu lo pregonaba muy contento, como si tal abstinencia fuese más motivo de elogio que de conmiseración.
En fin, por lastima, que no por otra cosa yo le compraba todos los libros que él escribía.
Yo siempre he poseído más buenos sentimientos que dinero.
Mi madre, a menudo, me ensalzaba por este mérito mío diciéndome:
—Hijo, nunca tendrás dinero, pero en cuestión de tener deudas no te ganará todo el mundo.