Mi nuevo libro SED NEGRA (LIBROS)


Los humanos no pueden romper los hilos con que los atan los Dioses Boruni, aseguraba Tabuhé el hechicero de los nagune africanos.
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EL ÁFRICA MÁS PROFUNDA, MISTERIOSA Y PRIMITIVA
En la región de Boruni, situada en la parte más inhóspita, aislada y
deshabitada de África, se encuentra Ngoe, el poblado de los nagune, cuyos habitantes intentan sobrevivir a la miseria y las enfermedades que les ha traído una pertinaz, despiadada y apocalíptica sequía de cuatro años.
Un médico y unas misioneras, humanitarios, se esfuerzan en ayudarles dentro de sus limitadas posibilidades, enfrentándose a la falta de agua, desesperante insuficiencia de medicamentos, las ancestrales supersticiones de estos seres primitivos y la magia de Tabuhé, que es a la vez el hechicero y la máxima autoridad de Ngoe.
El amor, la pasión, la piedad y la tragedia adquieren notable protagonismo en las vidas de estas gentes de razas, creencias y culturas abismalmente diferentes.

NOVELA NEGRA (LIBROS)


NOVELA NEGRA
Cuando el lector terminó de leer la misteriosa, angustiante, escalofriante novela negra y pudo cerrarla por fin, suspiró con enorme alivio, el asesino que buscaba denodadamente el inspector de policía no era él.
DIEGO EGARA, DETECTIVE: UN LIBRO APASIONANTE, DIVERTIDO

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EUR PAPEL 11.49 http://smarturl.it/DE1amazon?IQid=blog
Diego Egara, un joven detective privado, se enfrenta al realismo social
de nuestros días: la plaga de delincuencia habitual de todas las grandes urbes.
El joven investigador acepta los trabajos de sus muy distintos clientes: una esposa que sospecha de la infidelidad de su marido; una joven que quiere esclarecer el caso de la brutal muerte de su hermano; un banquero extorsionado por fotos comprometedoras; un rico industrial enamorado de la foto de una chica desconocida; un padre que no confía en la versión policial sobre la muerte de su hijo; una firma aseguradora que sospecha que un cliente le estafa; una mujer preocupada por la desaparición de su marido, etc..
NOVELAS PREMIADAS DE ANDRÉS FORNELLS:
Riqueza, amor y muerte (accésit del III Premio Wilkie Collins de Novela Negra 2013, Tres amantes y un revólver (ganador Premio NQP 2012), Los placeres de la hija del embajador (ganadora del II Premio Incontinentes 2.011), El seductor y la rica heredera (finalista del premio de novela Ciudad de Almería 2.009), etc.

SED NEGRA – 4. El padre Asensio

Disponible en Amazon: https://www.amazon.es/dp/B07GV4WCGG/?tag=andresf07-21

CUARTO CAPÍTULO

El sábado por la mañana, el padre Asensio detuvo su pequeño y casi nuevo todoterreno delante de la entrada principal de la Misión. Tal como acostumbraba, sacó la llave de contacto, echó el freno de mano y dejó colocada la marcha atrás. Realizado todo esto, se bajó del vehículo. Sus manos buscaron el trasero de sus oscuros pantalones arrugados por tantas horas de conducción y trató, dándoles varios tirones, de devolverles la forma perdida. Luego dirigió una breve mirada de disgusto a la capa de polvo que cubría por completo su coche. Limpio como una patena estaba cuando partió de la ciudad de Swali. Centró sobre su pecho el crucifijo de platino colgado de su ancho cuello. Consultó su reloj de pulsera, un magnífico Petak Philippe también del mismo precioso metal, y esbozó una sonrisa de satisfacción. Su puntualidad podía calificarse de prodigiosa teniendo en cuenta las infernales carreteras que había recorrido durante seis ininterrumpidas horas, un par de ellas siendo todavía de noche.

El padre Asensio era un hombre de treinta y pocos años, bajo, regordete y casi barbilampiño. Sus redondos y salidos pómulos parecían dos caquis maduros. Poseía una sonrisa bonachona muy acorde con sus mansos ojos claros. Tanto por su aspecto como por su meritoria conducta caía bien a todo el mundo, lo cual favorecía de manera considerable la misión evangelizadora a la que dedicaba su vida. Aunque llevaba tan sólo tres semanas viniendo a dar misa a la Misión, debido a su carácter abierto y afable se había ganado la estima y el agrado de las religiosas y asimismo la de los escasos nativos que se acercaban a la iglesia —ignoraba si por convicción o simple curiosidad—. Depositó sobre el asiento vecino al del conductor su sombrero de fieltro. Secó bien con un gran pañuelo el sudor que cubría su grasiento rostro, devolvió a su sitio un mechón de cabello castaño desprendido sobre su frente, y perdonándose de antemano por aquel acto de irrefrenable vanidad, se observó durante varios segundos en el espejo exterior de su automóvil. «Podría tener una apariencia bastante peor», juzgó, benévolo consigo mismo.

A continuación, dirigió sus pasos hacia la puerta abierta de la sencilla iglesia y entró. Se trataba de una pequeña estancia alargada. Al fondo, una mesa alargada, cubierta con un paño blanco tenía colocado en su centro un sagrario dorado, con sendos candelabros de madera a los lados. Detrás de la mesa se encontraba la pared lisa de la que pendía la rústica talla de un Cristo clavado en la cruz. A un lado y otro del Crucificado colgaban cortinas de terciopelo rojo que iban desde el techo al suelo. Junto a la pared de la derecha se alzaba un balconcito de madera que hacía las funciones de púlpito y al que se subía por una escalera con cuatro peldaños. En la pared de la izquierda había algunos cuadritos representando diferentes pasos del vía crucis. Los bancos, igualmente rústicos, estaban sin embargo provistos de las correspondientes tablas para la genuflexión, y reclinatorios. Un ventanal a cada lado de la estancia la iluminaba con una luz blancuzca, cegadora. Por una de ellas entraba en aquel momento un ancho haz de sol con miles de diminutas partículas flotando que, al llegar al centro de la capilla, procuraba a ésta cierto aspecto misterioso y recoleto.

Cuando los fieles allí reunidos descubrieron la presencia del eclesiástico, guardaron inmediato silencio y quedaron todos pendientes de su persona, concediéndole un protagonismo muy de su agrado. Las monjas, por su parte, se mantenían en el puesto que cada una de ellas tenía asignado. Se hallaban de pie, silenciosas, mirando al frente. Al contrario de los escasos nativos que no paraban de moverse y dirigir su vista a todas partes. El sacerdote, procurando dar empaque a su caminar, saludó con leves movimientos de cabeza a las hermanas, primero, y a continuación a las demás personas. Todo esto sin detenerse. Poseía una peculiar manera de andar. Lo hacía con el tronco erguido, bamboleante de caderas y con un delicado braceo.

La hermana Matilde se encargó de hacer sonar la pequeña campana situada en lo alto de la insignificante torrecilla. Llamada inútil la suya pues a aquella ceremonia cristiana no acudiría nadie más aparte de los ya presentes. Sor Teresa, que le servía de sacristán y monaguillo, se movió con pasos silenciosos hacia el altar, encendió los cirios y preparó los demás objetos necesarios para la realización de la santa misa. El padre Asensio realizó el santo sacrificio con la seriedad y solemnidad habituales en él, ayudado por sor Teresa que, con su rechoncha figura y cara colorada hubiera podido pasar por hermana mayor suya.

Terminaron la ceremonia católica entonando las misioneras el Deus in adjutorium meum intende, en un semitono y voces perfectamente uniformes. El recitado coral duró varios minutos. Era esta la parte de la misa que los indígenas disfrutaban más. Los africanos sienten, como ninguna otra raza, el embrujo de la música. Una vez hubo llegado a su fin la liturgia, los nativos se marcharon sin prisas, risueños, como espectadores que han asistido a una obra teatral de su agrado, aunque no la hayan entendido. Todos eran mujeres, menos dos ancianos. Ningún hombre joven, tampoco ningún niño. El temor supersticioso de éstos era muy superior al de las féminas.

Las hermanas regresaron a sus tareas. El cura se reunió con la madre superiora fuera del recinto sagrado y ella le dio cuenta de la llegada, iba ya para una semana, del doctor que esperaban. Esta novedad despertó al instante la curiosidad del eclesiástico.

—¿Qué tal es el doctor, reverenda? —quiso saber.

—Muy joven. Un poco más joven que usted. Competente, educado y… agnóstico.

—¿Muy agnóstico? —inquirió el sacerdote, entonación irónica en su voz algo aflautada.

—¿Hay diferentes grados de agnosticismo? —respondió con cierto sarcasmo la religiosa observándole por encima de las viejas gafas de sol, que usaba cuando tenía sus ojos irritados.

—Vamos a verlo, reverenda.

—Vaya usted solo, padre Asensio. No puedo acompañarle. Estoy muy ocupada.

Despidiéndose de ella con un gesto de su mano ancha de dedos cortos, gruesos, el sacerdote echó a andar hacia el hospital de la Misión. Se acordó de su sombrero dejado en el coche. No le apeteció regresar a buscarlo. Permitiría al sol enrojecer su delicada piel. Luego se pondría crema. A los saludos de los pacientes nativos apiñados al amparo de la sombra de los árboles, respondió con sonrisas y marcando con su mano derecha graciosas cruces en el aire. Era presumido. No podía renunciar a darse aires de importancia, convencido de que Dios, con su infinita magnanimidad, le perdonaría pecadillo tan benigno.

Nada más atravesar la deteriorada cortina de canutillos arrugó la pequeña y picuda nariz al captar el ofensivo olor reinante dentro de la nave del hospital. A las insufribles moscas se iba acostumbrando poco a poco. Que el Señor perdonase su todavía débil resignación y resistencia al tormento que le ocasionaban. Esbozó una sonrisa divertida al recordar la última conversación mantenida con su hermana pequeña, Alba, durante la cual se habían reído juntos al comentarle ella que un científico japonés había inventado unas pastillas que eliminaban el mal olor de las heces. Bastaba ingerir una cápsula para mantener un olor agradable durante dos días. «Espero que pueda perdonar el Señor a quienes malgastan la sabiduría recibida de él, creando productos de tan extremada frivolidad».

Descubrió enseguida al médico nuevo. Le sorprendió favorablemente su atractivo facial, su esbeltez y aventajada estatura. Un pensamiento muy parecido al que tuvo la madre superiora nada más ver a Celso por primera vez, le asaltó también: «¿Con ese buen aspecto y esa juventud habrán sido tan sólo motivos humanitarios los que le habrán impulsado a encerrarse en este perdido rincón del mundo? Apostaría un bocadillo de jamón de pata negra a que no es así».

El doctor se hallaba junto a la cama de un hombre de cuerpo consumido que sufría una enfermedad incurable en su sistema nervioso central. Al lado del lecho, en un pequeño taburete de madera traído por ella, se hallaba sentada la fiel y abnegada mujer del paciente, todo el tiempo pendiente de él, del menor de sus deseos. Permanecía así durante horas y horas, contemplándole con angustioso silencio. Formaban una pareja conmovedora. Entre ella y sus hijos le habían transportado hasta el hospital el día anterior en unas parihuelas, tan débil y macilento que no podía ni siquiera sostenerse de pie. Celso posó con afecto una mano sobre el hombro de la nativa. Admiraba su ejemplar conducta. A petición suya, que le había pedido la verdad, él le había anunciado moriría pronto su marido. No duraría más allá de tres o cuatro días.

De pronto, el médico notó una presencia extraña. Miró hacia la entrada de la alargada estancia y descubrió al padre Asensio. Lo veía por primera vez pues él había llegado a la Misión el domingo anterior por la tarde, y ellos dos no habían tenido ocasión de conocerse. Lo examinó mientras se le acercaba, apreciando eran de muy buena calidad su traje de clergyman, la cruz colgada del cuello, el reloj de pulsera y las sandalias que calzaban sus pies. Sabía quién era porque la madre superiora se lo había mencionado, de pasada, un par de veces y también descrito con bastante fidelidad. Al quedar frente a frente los dos hombres intercambiaron un saludo afable.

—Hola, doctor.

—Hola, padre. Puede llamarme Celso. No es pecado.

El religioso ensanchó su sonrisa.

—Y usted a mí Asensio, que tampoco lo es. He sabido por las hermanas que no han podido convertirle a la fe católica… todavía —dijo con jocosa entonación.

—La verdad es que han sido muy respetuosas conmigo y ni tan siquiera lo han intentado.

—La libertad de culto se ha ido imponiendo con el tiempo. No sé decir si para bien o para mal. ¿Qué tal van las cosas por aquí?

El médico dejó de balancear con dos dedos el estetoscopio colgado de su cuello, costumbre adquirida durante sus años de facultad. La cuestión del sacerdote ensombreció su semblante.

—Podrían ir infinitamente mejor, desde luego. Carecemos de casi todo. Estamos improvisando la mayor parte del tiempo. Yo vengo de un hospital provisto de todo tipo de aparatos modernos. Aquí, la falta de medios es horrorosa. No tenemos de nada. Vamos, para desesperarse.

Sin él pretenderlo, sus palabras destilaban amargura y desaliento. El cura, comprensivo.

—Ay, lo sé, lo sé… La madre María me lo repite una y otra vez todas las semanas. He hecho algunas llamadas a mis familiares y amigos pidiéndoles me envíen todo aquello que puedan: medicinas, material para curas y un par de incubadoras, no importa lo antiguas que sean. Es tan penoso lo que están obligados a hacer aquí para intentar salvar a las criaturas nacidas prematuramente… Pero tendremos que armarnos de paciencia. Nos separa de nuestro país una distancia muy considerable. Luego está el superar las barreras burocráticas, a menudo casi insalvables, los numerosos ladrones sin conciencia predispuestos a medrar, incluso a costa de los más pobres. ¿Le han dicho lo que han aprendido de mí los dos pobrecitos leprosos allí encamados, doctor?

Era una de las características del padre Asensio, cambiar de tema cuando la conversación seguida alcanzaba un punto que le causaba malestar.

—Pues no, padre. Apenas conozco una docena de palabras en lengua nagune.

—¿Dispone de un momento?

—Sí, he terminado mi ronda de todas las mañanas.

—Pues ahora verá.

El cura marchó decidido hacia las camas de aquellos pobres desdichados que, al verle se les animaron los ojos.

—Ave María Purísima —les dijo.

—Sin pecado concebida —respondieron rápido los dos lazarinos.

El padre Asensio soltó una divertida carcajada y, sacando algunos caramelos del bolsillo de sus pantalones oscuros los repartió entre ambos.

—¿Ha apreciado, doctor, lo genuinos que son? —Esperó que se produjera la sonrisa aquiescente de su interlocutor para añadir—: He sabido por la madre María que Cuyá, la muchacha que se quemó en un incendio, murió hace dos días. Dios se apiadó de ella. Ya no sufrirá más.

—No murió en gracia de Dios por ignorancia de la religión cristiana —reticente el médico.

—Corren otros tiempos, doctor. Ahora admitimos que los buenos, sea cual sea su religión, también van al cielo. Muy original cómo explica la muerte esta gente, ¿verdad?

—Sí, según ellos la muerte es lo que ocurre cuando los hilos de los pensamientos se rompen. Desde mi llegada esos hilos se les rompieron a dos de mis pacientes —denotaba dolida contrariedad la explicación del facultativo.

—Por desgracia, la enfermedad, la miseria, el sufrimiento y la muerte son los cuatro jinetes del Apocalipsis en los países del tercer mundo.

—Nada más cierto. ¿Es bueno el hospital de Swali, esa gran ciudad donde vive y tiene usted su iglesia, padre?

—Sí, es bastante bueno. Lástima se encuentra a seis horas en coche y le resulte a usted imposible enviar allí a los enfermos que aquí no puede atender bien.

—Si tuviéramos una ambulancia, aunque fuera vieja, podríamos salvar bastantes más vidas llevando allí a los enfermos graves que yo no puedo operar aquí con garantías de éxito debido a los escasos medios disponibles. Aunque salvaríamos todavía más vidas si pudiéramos alimentar a los que, según me dicen, se están muriendo de hambre en Ngoe, por nombrar sólo el lugar que nos cae más cerca.

—Eso sí es un auténtico, espantoso e imperdonable crimen que deben cargar sobre su conciencia todos los países ricos —la pesadumbre ensombreció el sonrosado semblante del clérigo—. En cuanto a la ambulancia, con el tiempo puede que consigamos una. Vieja, claro. Nunca se debe perder la fe. Todavía quedan muchas, muchas personas buenas en el mundo.

El sacerdote mantenía la mayor parte del tiempo sus manos gordezuelas cruzadas sobre su vientre un tanto prominente. Celso lo juzgó amante de la buena mesa, y no se equivocaba. Sabedores de su buen paladar, sus familiares le enviaban con cierta frecuencia paquetes de embutidos, su gran debilidad.

—Si la mayoría de los adultos que acuden a nosotros están mal alimentados, los niños lo están todavía más. Muestran terribles deficiencias vitamínicas y de desnutrición. Necesitan fruta, leche y un suplemento de hierro —enumeró el facultativo.

—Sí, me he fijado en algunos de los que están afuera. Parte el alma verlos tan esqueléticos y con esos vientres tan hinchados.

—Están infestados de parásitos intestinales. Ojalá para octubre vengan las lluvias que tan desesperadamente se necesitan y salgamos todos de esta espantosa sequía. Según me han contado las hermanas, cuando aquí escasea la comida son los niños quienes menos alimento reciben; es una ancestral e inhumana costumbre arraigada entre esta gente, que debemos intentar erradicar.

Los semblantes de ambos mostraban gravedad, preocupación y tristeza. Fijaron su atención en el pájaro negro que acababa de posarse en el alféizar de una de las ventanas.

—Se ausenta unos minutos y regresa de nuevo al hospital —explicó Celso señalándolo—. Debe ir a comer algo y luego vuelve. Pertenecía a la otra paciente que se nos murió el jueves. Una mujer muy mayor. Al parecer no tenía a nadie más en el mundo aparte de este fiel animalito, que no entiende su ama no va a volver más y la está esperando.

Contrajo la boca del cura un gesto de tristeza. Era un hombre muy sentimental, de lágrima fácil. Mirándole directo a los ojos preguntó al facultativo, dejándose llevar de la curiosidad:

—Es usted muy joven, doctor. Habrá tenido poderosos motivos para decidir venirse a un lugar tan remoto y pobre como éste…

Celso eludió su incisiva mirada y, para evitar darle la explicación que el otro de modo tan indiscreto buscaba, ignoró su cuestión.

—Me comentó la madre superiora usted es también casi un recién llegado a África, pues lleva poco tiempo en este continente.

Su interlocutor desistió de seguir siendo entrometido.

—En efecto. El próximo miércoles hará cuatro semanas que vine a hacerme cargo de una preciosa iglesia en la populosa Swali. Mi predecesor, como ha ocurrido con el suyo, se jubiló. Espero que me visite alguna vez. Será muy bien recibido. ¿Le gusta leer?

—Me gusta.

—Le prestaré algunos libros en mi próxima visita. Me traje un par de baúles llenos hasta arriba. La lectura es uno de mis mayores vicios veniales. Cuando estuve en el seminario, mis superiores me requisaban los libros porque me ponía a leer en lugar de a estudiar.

Rio el sacerdote confesando esta pequeña indisciplina suya. A Celso comenzaba a caerle muy bien este hombre de ademanes refinados, ostentoso y aparentemente falto de maldad.

—Se lo agradeceré muchísimo. ¿Ha oído usted hablar de la papilla Unimix?

—Claro. Está salvando muchas vidas en África. Creo que está compuesta de harina, azúcar, soja y aceite. ¿Me equivoco?

—Todo ello junto con un complemento vitamínico. Si alguien caritativo nos enviase algunas cajas Unimix les haría un bien incalculable a los nagune —insistente el médico.

—Lo comunicaré a mi gente la próxima vez que hablemos por teléfono. Voy a tener que irme, doctor. Me esperan seis horas de viaje, y no precisamente por una autopista. Bueno, ya conoce usted parte de esa espantosa carretera, por llamarla alguna cosa.

—¿Le gusta conducir?

—Sí, mucho. Tengo esa suerte. De muy joven, uno de mis mayores sueños, o podemos llamarlo locura, fue convertirme en piloto de Fórmula 1. Solía pisar a fondo el acelerador del primer coche que me compraron mis padres. Luego recibí la llamada del Señor y supe que mi destino era otro. Bien, hasta el sábado que viene, doctor. He tenido mucho gusto en conocerle.

—Lo mismo le digo, padre —contestó Celso, no menos amable, acompañándole hasta la puerta—. Tenga cuidado, en especial con ese peligrosísimo abismo que hay cerca de aquí —recomendó, recordando el miedo por él experimentado el día de su llegada.

—Del Demonio llaman a ese precipicio, y se lo merece.

—Me entran escalofríos cada vez que pienso en él. La verdad —confesó, sincero, el galeno.

—Si fuera usted un buen cristiano como yo, no le temería a nada, porque nada sucede sin la inapelable y santa voluntad de Dios —rio, despreocupado, el clérigo.

—Si yo fuera tan buen creyente como usted, añadiría a lo de inapelable y santa, también inmisericorde voluntad divina, en ocasiones.

Controló Celso su voz para evitar delatara cuanta amargura llevaba dentro.

—Doctor, sus palabras le sitúan más cerca del ateísmo que del agnosticismo —reprendió con suavidad el padre Asensio.

Fue lo último que se dijeron aquel día. Saliendo, el sacerdote se cruzó con un hombre flaco y huesudo. Llevaba en brazos a un niño de corta edad con numerosos chancros repartidos por su cuerpecito goteaba pus. Tenía sus ojos tan infectados que ya no podía abrirlos. Celso, olvidándose del cura, indicó, por señas al recién llegado depositara al niño sobre una cama vacía.

—¡Maldita sífilis! ¡Mucho me temo ha alcanzado ya el cerebro de esta pobre criaturita!

La novicia nativa que había acudido junto a ellos tradujo al afligido padre del niño el diagnóstico del médico.

—¿Morirá? —preguntó el hombre, ronca la voz, fatalista la expresión de su consumida faz.

La muchacha, una de las cuatro que ayudaban en el hospital cuando se las requería, se limitó a encoger los hombros. Celso lo estaba atendiendo, con pesimista expresión.

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SED NEGRA – 3. El Hospital

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TERCER CAPÍTULO

El joven blanco examinó con atención este lugar donde iba a vivir y trabajar no sabía por cuánto tiempo. Experimentó más incertidumbre que excitación. ¿Había tomado la decisión adecuada o cometido, como afirmaban sus padres, hermano y algunos buenos amigos, una locura?

Kwoyo detuvo el jeep delante de la puerta principal.

—Gracias por el viaje. Eres un buen conductor, Kwoyo.

—El mejor —aceptó el cumplido afirmando sin modestia ninguna.

—Sí, el mejor.

Celso se desentendió del coche para dedicar su atención a dos muchachas indígenas que, mostrando sonrisas muy blancas le daban la bienvenida examinándole con no poca curiosidad. Les sorprendía la juventud y atractivo aspecto del recién llegado, y no lo disimulaban. Cubrían sus delgados y oscuros cuerpos raídos uniformes azules.

—¿Habláis mi idioma?

—Sí, hermanas enseñar —contestó la más decidida de las dos—. ¿Maleta?

—Pesa mucho. Yo la llevaré, y también la mochila —acababa de cargársela a la espalda—. Por favor, ¿podéis conducirme hasta la madre superiora?

Le precedieron ligeras como gacelas, entre cuchicheos, risitas y miradas furtivas. Celso entendió que él les significaba una gran novedad. Entraron dentro del edificio principal. Cruzaron una pequeña antesala cuyo único mobiliario eran una mesa y dos rústicos bancos de madera. Colgadas de sus paredes había tres fotos de religiosas. Pertenecían a las fundadoras de aquella orden humanitaria. Habían quedado poco favorecidas. «Parecen hoscas campesinas disfrazadas de misioneras», estimó Celso, poco respetuoso. Los cristales de los marcos estaban rotos. Tomaron un pasillo. Al llegar a su mitad, las indígenas se detuvieron delante de una puerta.

—Madre superiora, aquí. Adiós, señor.

Las muchachas nativas escaparon, riéndose, pasillo adelante. A Celso se le aceleró el pulso. Aspiró hondo, adoptó una expresión de serenidad, y luego sus nudillos golpearon la puerta. Una ronca voz de mujer lo invitó a entrar. Abrió la puerta encontrándose con un pequeño cuarto rectangular. Al fondo, sentada a una mesa con muchos papeles encima y una vieja máquina de escribir, se hallaba la madre María, máxima autoridad de la Misión: una mujer sexagenaria, de corta estatura, complexión fuerte y cuyas facciones sembradas de profundas arrugas expresaban dureza. Dureza que Celso consideró debía serle muy necesaria para poder cumplir la difícil y sacrificada tarea que llevaba a cabo en aquel misérrimo e inhóspito lugar. Llevaba puesto el clásico hábito largo hasta los pies y la toca. No admitía ella los modernismos de vestimenta que, debido a la calurosa climatología, se permitían otras comunidades religiosas del continente africano.

Clavó la superiora sus pequeños e inquisidores ojos grises sobre Celso. Disimuló apenas la sorpresa motivada por la juventud de él. La invadió la desconfianza: «¿Qué razones habrán impulsado a este hombre joven, de complexión atlética, bien parecido, a abandonar los goces y comodidades del mundo civilizado, renunciar al posible éxito profesional y las buenas ganancias económicas para venir a encerrarse en este rincón perdido del mundo? ¿Aguantará mucho tiempo el sufrimiento, las frustraciones, el excesivo trabajo, la falta de medios y las privaciones de toda índole que le aguardan aquí?». Arrinconando sus reflexiones para otro momento, señaló su mano abierta, algo temblorosa, la silla situada al otro lado de su mesa.

—Tenga la amabilidad de sentarse, doctor Marán.

Celso dejó primero su maleta arrimada a la pared, sacó de su mochila los papeles acreditativos y se los ofreció a la religiosa. La madre María echó un rápido vistazo, y los dejó de lado.

—Los examinaré en otro momento —entrelazó sus manos deformadas, de venas salidas, cubiertas de manchitas oscuras y, mirando a su visitante a los ojos, preguntó con forzada amabilidad—: ¿Ha tenido buen viaje, doctor?

Celso creyó conveniente para él guardarse el miedo pasado, primero volando en la cochambrosa avioneta y, después cuando pasaron con el ruinoso todoterreno junto al profundo abismo, no pudiese la religiosa considerarlo un cobarde. Había advertido su arqueamiento de cejas.

—Bastante bueno…, reverenda madre.

Su vacilación antes de darle el tratamiento adecuado se debió a no haber mantenido él, anteriormente, relación ninguna con religiosas.

—¿Puedo preguntarle qué espera encontrar aquí, doctor Marán?

Acompañó a la cuestión directa una mirada penetrante. Las manos que Celso tenía colocadas sobre los muslos los apretaron con fuerza. Los verdaderos motivos que le habían llevado hasta allí le pertenecían sólo a él y no pensaba decirlos a nadie.

—Bueno, más o menos pretendo vivir una temporada fuera del mundo materialista y deshumanizado donde he vivido hasta ahora. Creo que podrá mejorarme como persona ayudar durante una temporada a mis semejantes más necesitados, de forma altruista, sin obtener beneficio económico alguno. Estoy un poco harto de vivir en una sociedad que ha perdido el sentido de lo que es valioso de verdad. Una sociedad que ignora el nombre del descubridor del origen químico de la vida o de fármacos que salvan miles de vidas, y en cambio conocen, enriquecen y ensalzan hasta el endiosamiento a seres inútiles para el bien común, cuyo único mérito consiste en dar patadas a un balón, dar golpes de raqueta a una pelota, palos a una bola de golf o exhibir en pasarelas los vestidos que impone la última moda.

Explicación para convencer. El dolor que a él le tenía partida el alma se lo guardó.

La madre superiora conocía lo suficiente a sus semejantes para sospechar el médico estaba allí por bastantes más razones a las expuestas. Pero fueran éstas las que fueran, no le importaban mientras él fuese competente y aguantase todas las penalidades que le esperaban. No sobraban voluntarios dispuestos a acudir a aquella Misión perdida en una de las zonas más pobres de África y ejercer su profesión con escasísimos y anticuados medios.

—Bien. ¿Desea retirarse un par de horas a descansar, doctor?

—Si usted no tiene inconveniente empezaré enseguida la tarea que vengo a desempeñar —decidió Celso, superando su impaciencia al cansancio físico.

La superiora abandonó su silla. Sus agudos ojillos se fijaron entonces en las musculosas y velludas piernas que los pantalones cortos del facultativo mostraban. Su boca desteñida se frunció en clara desaprobación. «Luego le diré que no quiero vaya así por aquí. No es apropiado».

—¿Tiene usted un reloj que le sobre, doctor? —señaló el que rodeaba la muñeca de Celso cuya camisa caqui de manga corta permitía ver a la vez que sus fuertes y morenos antebrazos.

—No, reverenda madre. No se me ocurrió traer uno de repuesto —replicó él—. ¡Ah!, bueno, traje un despertador también. Lo tengo en la maleta.

—¿Podría prestármelo, por favor? Para saber la hora. Verá, doctor, la semana pasada asaltó la Misión un puñado de forajidos y se llevaron cuanto de valor teníamos, relojes incluidos, claro.

—Puedo dárselo ahora… —dijo Celso señalando su equipaje.

—Luego, luego.

La explicación recién recibida de parte de la monja llenó de preocupación al facultativo.

—No sabía que hubiera bandidos por aquí —manifestó—. Supongo que el Gobierno habrá tomado serías medidas para que la Misión no sufra más asaltos de ese tipo.

—El Gobierno tiene demasiados problemas para preocuparse de lo que pueda ocurrirnos a un puñado de religiosas extranjeras. Pero deseemos, por nuestra seguridad, que haga algo.

Celso movió la cabeza sin saber qué decir, desasosegado. Reconoció que todo estaba resultando bastante peor de lo esperado por él. Abandonaron el cuartito. La reverenda madre caminaba delante. Al final del pasillo, una puerta los llevó a una cocina provista de muy pocos utensilios.

—Sor Teresa, este joven es el nuevo doctor. Se llama Celso Marán.

La monja cocinera, cuarenta y pocos años, rechoncha, risueña, le ofreció su mano. Queriendo congraciarse con ella, el facultativo elogió lo limpio y ordenado que lo tenía todo.

—Oh, la frugalidad de nuestras comidas no permite ensuciar muchos cacharros, doctor —justificó la hermana.

Salieron acto seguido a la huerta. Siempre la bajita y vital madre superiora llevando la delantera. El intenso calor allí reinante permitía apreciar el relativo frescor que se disfrutaba en el interior del edificio. La monja que, azadón en mano e inclinada hacia delante estaba quitando hierbajos de un bancal, se incorporó al verlos. Por la parte de la frente, la toca color marfil que encerraba su cabeza aparecía cubierta de sudor. No podía ser de otra manera soportando en lugar abierto el ardiente sol que caía. Llevaba los bajos del hábito y las sandalias sucios de tierra. Poseía un cuerpo ancho, robusto. Su cara angulosa de más de cincuenta años mostraba una expresión seria, casi huraña. Un bigote ralo sombreaba su labio superior. «La coquetería femenina no reina aquí», pensó el médico mientras estrechaba la recia mano de sor Matilde. Queriendo despertar igualmente su agrado, él comentó el buen aspecto que presentaban las hortalizas de la pequeña huerta, a pesar de la pertinaz sequía que desde hacía años sufría la región.

—Si no llueve pronto todo esto que ve ahora morirá de sed —le explicó sor Matilde, sombrío su tono—. El pequeño pantano que hasta ahora nos ha venido abasteciendo de agua está casi vacío. Si la sequía continúa, pronto no tendremos agua ni para beber.

—Confiemos en la misericordia del Señor —le cortó un tanto seca su superiora—. Prosigamos, doctor.

Celso la siguió pensando en el sombrío panorama que se le ofrecía: sequía extrema y bandidos que habían respetado las vidas de las religiosas y que igual no respetaban la suya por el hecho de ser hombre y además blanco. Él no pertenecía a ese numeroso grupo de ilusos papanatas que creen el color de la piel hace mejores o peores a los hombres. Los mayores asesinos de la historia reciente de la humanidad fueron Hitler, que era blanco; Pol Pot, asiático, y Adio Amin, negro. Cerró con fuerza los puños dispuesto a luchar contra el desánimo.

Un camino de tierra conducía hacia las dos naves alargadas que servían de hospital. A escasos veinte metros de la entrada había cuatro árboles enormes, muy frondosos, debajo de los cuales se protegían de los abrasantes rayos del sol un buen número de nativos. Muchos de ellos llevaban puestos vendajes. Su aspecto era deplorable. Estaban extremadamente delgados, sus mejillas descarnadas, sus gruesos labios agrietados y sus ojos oscuros hundidos, mortecinos. Este desastroso, patético escenario superaba con creces lo peor imaginado por el facultativo. Llamaron su atención las cuatro personas con evidentes signos de sufrir principios de la enfermedad de Hansen. Evidenciaban esta enfermedad sus rostros hinchados, sus facciones deformadas y con manchas, tubérculos, ulceraciones y caquexia. Eran los primeros leprosos que veía en la realidad. Él provenía de un mundo donde había sido erradicada esta terrible enfermedad.

—¿Son todos ellos pacientes, reverenda madre? —quiso saber, impresionado por la considerable cantidad de personas allí reunidas.

—La mitad tan sólo, doctor —se apresuró a aclararle la madre María—. La otra mitad son familiares y amigos que están aquí haciéndoles compañía. Aunque el estado de algunos de estos enfermos es grave, ellos prefieren estar aquí, al aire libre, a yacer en sus camas. Esta gente es obstinada en extremo y muy apegada a lo suyo. Cuando enferman o se accidentan acuden primero al hechicero de su tribu y sólo vienen a nosotros si se convencen de que él no es capaz de curarles. Y a menudo vienen a nosotros demasiado tarde, cuando únicamente un milagro puede salvarles. El milagro no se produce y ello nos resta bastante credibilidad, como ya puede suponer.

—¡Vaya perspectiva poco halagüeña! —observó el recién llegado, muy cerca de caer en el desaliento.

Su acompañante torció la boca en una mueca de contrariedad, pero optó por el silencio. Cualquier persona, como era el caso del doctor Marán, venida de un lugar civilizado, se descorazonaría. Se acercaron a los indígenas. A medida que observaba los vendajes, los síntomas externos de algunas de las dolencias que padecían —juzgó a primera vista tres posibles enfermos de sida entre ellos y algunos más de tuberculosis—, el ánimo de Celso decayó todavía más. ¿Tendría medios a su alcance, en aquel olvidado rincón del mundo, con los que poder enfrentarse él solo a todo aquello?

—¿Están separados los pacientes que sufren enfermedades contagiosas de los que no? —pidió confirmación, viendo existían dos grupos de personas distanciados por unos tres o cuatro metros de terreno.

—Sí, lo malo son sus familiares que a menudo no se avienen a razones y quieren permanecer todo el tiempo con ellos.

—Tendremos que ser muy estrictos a este respecto… madre superiora.

—Desde luego.

La reverenda reafirmó con un leve asentimiento lo dicho. Demostró a continuación su dominio del dialecto nagune, hablado en aquella región de África. Les dijo a todos los presentes quién era su acompañante y le convirtió en el centro del interés de aquella reunión humana de seres con grandes y sufrientes ojos y cuerpos muy desnutridos. Forzó el doctor, para despertar confianza, sonrisas que pretendían ser reconfortantes. Todos los indígenas trataron con deferencia a la máxima autoridad de la Misión, exceptuando una anciana esquelética, de piel arrugadísima que, sin sacarse de la boca una rústica y humeante cachimba, le contestó con agresividad y violentas toses mientras sus ojillos le lanzaban destellos de animadversión. Visiblemente alterada, la madre superiora se apartó por fin de la vieja atrabiliaria y explicó al doctor:

—Me saca de quicio esta mujer. Tiene cáncer de pulmón, le tenemos prohibido fumar y no nos hace caso alguno. Nos esforzamos en alargarle la vida y ella se empeña en todo lo contrario.

El facultativo pensó que aquella mujer debía saber tenía el fin cerca y no le importaba acortarlo, precipitar su muerte en vez de aguardarla con resignada paciencia.

—Forman multitud las personas que no son capaces de vencer sus vicios.

—¡Pues debieran poder! —aseveró, enojada la madre María.

Celso guardó silencio. Observaba, perplejo, la impasibilidad con que los indígenas soportaban el tormento de las innumerables moscas que cubrían sus caras, mientras él intentaba, a manotazos, alejarlas del rostro suyo. Para los nativos las moscas eran un castigo tan irremediable como el intenso calor diurno, el frío nocturno y el hambre sin fin.

—¿Siempre hay tantas moscas aquí, reverenda? —preguntó disimulando apenas una mueca de asco.

—Ahora estamos en la temporada que hay más. Pero no se preocupe usted, cuando se acostumbre a ellas apenas si las notará.

El galeno consideró un pobre consuelo esta explicación. Apartando a un lado la cortina de canutillos, sucia y pringosa de la puerta, entraron en la primera de las dos alargadas naves que formaban el hospital. A pesar de hallarse abiertas las ventanas mal protegidas por los cientos de veces remendadas mosquiteras, flotaba en el aire un olor desagradable. Los ojos del joven médico recorrieron el interior de aquella construcción y el alma terminó de caérsele a los pies. Las paredes se hallaban llenas de manchas y desconchaduras. A ambos lados, arrimadas a ellas se alineaba un buen número de camas estrechas, viejas, de cabezales herrumbrosos. Sólo tres de estas camas se hallaban ocupadas. Se acercaron a la primera. Una mosquitera, también en pésimo estado, protegía de un enjambre de pegajosas moscas a la muchacha postrada que gemía lastimeramente. Estaba desnuda y el ochenta por ciento de su cuerpo presentaba quemaduras. Celso apreció se había iniciado una infección. Las quemaduras habían comenzado a pelarse y mostraban manchas de pus en varias partes.

—Aquí viene la hermana Asunción —anunció la superiora.

La religiosa que se acercaba con paso firme tenía la misma edad que la madre superiora. Era alta, desgarbada, huesuda y un puro nervio. Dos grandes ojos negros, melancólicos, destacaban en su faz blanca como el yeso. Entreabrió la finísima línea de sus labios con tendencia a curvarse hacia abajo en las comisuras, para expresar a Celso la inmensa falta que él hacía allí. Llevaba una semana agotadora haciéndose cargo de todo con la ayuda voluntariosa, pero de escasa eficacia de cuatro novicias nativas. Eran tantas las situaciones afrontadas sin medios ni conocimientos suficientes para ello, que en algunos momentos temió volverse loca. Habían muerto un par de pacientes que tal vez él habría podido salvar.

—Quien hace lo máximo que puede, queda exonerado de culpa —sentenció la madre superiora favoreciéndola con su comprensión.

—De ahora en adelante, hermana Asunción, haremos juntos lo que podamos por los enfermos —señaló Celso empezando a responsabilizarse.

A continuación, le hizo algunas preguntas sobre la muchacha junto a cuyo lecho estaban.

—Su temperatura es muy alta y los antibióticos que puedo suministrarle no mantienen la infección bajo control —informó la monja-enfermera.

—Lamentable. ¿Qué le ocurrió?

—Se quemó su choza mientras dormían ella y su familia —le explicó la superiora—. Su madre y tres hermanos más pequeños murieron carbonizados. Solo ella se salvó.

Celso guardó para él su pronóstico de que la chica moriría muy pronto. El deber de un doctor honesto es, aunque sólo exista una posibilidad entre un millón, no negársela a un paciente. Nadie debe mantener más alta la esperanza de que ocurra un milagro que un médico, aunque suceda muy de tarde en tarde el paciente que se da por desahuciado termine, de una manera científicamente inexplicable, recobrando la salud. Por eso pocos médicos son capaces de adoptar el papel de Dios y desconectar a un enfermo sin esperanza de salvación. Por eso había tantos facultativos reacios o contrarios a la práctica de la eutanasia.

—Hermana Asunción, quítele el tejido muerto y póngale un vendaje limpio —ordenó.

—¿Ha traído usted algunos medicamentos, doctor? —pidió, esperanzada, la superiora.

—Más de media maleta de analgésicos, antibióticos orales, sueros para la diarrea, antimaláricos, antiparasitarios intestinales, productos contra la disentería y algunos fármacos más.

—Gracias sean dadas al Señor. Nos hallamos tan necesitadas de ellos. Tenemos pedidos, desde hace tres meses, un buen número de fármacos y no llegan. Por desgracia existe un gran problema de suministro a nivel mundial, y es que somos bastantes más los que pedimos que los dispuestos a dar.

—Eso es terrible. Esperemos que lleguen pronto esos medicamentos. Es una vergüenza que los países ricos se permitan despilfarrar a manos llenas tantas cosas mientras países tan pobres como éste carecen de lo más elemental —se indignó a su vez Celso.

—Una vergüenza que pocos parecen sentir en esos países privilegiados.

Las otras dos camas estaban ocupadas por leprosos. La terrible enfermedad había avanzado tanto, que sus cuerpos mostraban horribles mutilaciones. Su espantoso aspecto hizo sentir al joven médico acusado malestar en su estómago. Algo que no había experimentado desde las autopsias realizadas por él durante su periodo de prácticas. Aquellas personas se hallaban muertas, mientras que éstas aún se mantenían vivas. La infinita tristeza que veía en sus ojos grandes, apagados, extrañamente sanos de sus rostros medio comidos por su terrible enfermedad, le hicieron estremecerse.

—¿Les cambian de posición con regularidad?

—Cada hora más o menos, doctor.

Celso había superado ya la sensación de náusea tenida momentos antes. Pasaron a la otra sala. Se encontraban en ella cinco nativas jovencísimas, todas sentadas en dos camas y charlando animadamente. Callaron de inmediato al ver aparecer a las hermanas acompañadas del facultativo. A éste lo miraron con una abierta mezcla de asombro y admiración. Era el primer hombre blanco, joven y guapo, que veían en su vida. El médico anterior había sido un anciano feo, renqueante, gruñón y malhumorado. Celso, tras dedicarles a modo de saludo una inclinación de cabeza, observó que todas mantenían sujetos a sus cuerpos, por medio de anchas tiras de papel de aluminio, bebés muy pequeños. Comprendiendo su finalidad, manifestó desalentado:

—¿No hay incubadoras para las criaturas nacidas prematuramente, reverenda?

—Ni una sola —contestó la madre superiora apartándose de él para enfrentarse a las ruidosas protestas que le dirigían las chicas.

—¿Qué les pasa? —buscó el doctor ratificación a sus sospechas.

—Las tiras de aluminio, les causan un calor insoportable y nos piden, todo el tiempo, se las quitemos. Y nosotras les decimos no podemos hacerlo porque sus hijitos morirían.

Celso comentó que de los nacidos prematuramente, con la tecnología de atención neonatal en la mayoría de las clínicas modernas, pueden salvar a bastante más de la mitad de los niños que al nacer pesan incluso sólo 750 gramos, aunque siguen siendo grandes sus riesgos de sufrir graves deficiencias físicas y mentales.

—Todos los que tenemos aquí pesan más de un kilo y casi seguro también morirán la mitad de ellos —calculó la madre superiora.

El médico, acercándose a cada bebé, rozó con las yemas de los dedos, a modo de caricia, sus mejillas oscuras, relucientes, admirando la belleza de sus grandes ojos negros. Sus madres interrumpieron de momento sus quejas para sonreírle.

—La afectuosidad es una medicina eficaz también —certificó el joven.

—Así es, doctor. Lástima que no lo cura todo.

Él tuvo un súbito arrebato de ira.

—¡Maldita sea! ¡Esto me revienta! ¡La enorme injusticia que hay en el mundo! Mientras los países ricos queman o dejan perder toneladas y toneladas de alimentos para conseguir con ello mantener bien altos los precios del mercado, y tiran a la basura infinidad de ropas pasadas de moda, aunque estén nuevas, y también útiles y máquinas en buen estado porque se han hecho obsoletas, en lugares como éste se carece de todo, hasta de lo más elemental.

Cansada de condenar lo mismo, la madre superiora se limitó a suspirar. Sor Asunción se quedó hablando con las jóvenes mamás. La madre María y Celso llegaron al final de la nave. Este último, al no estar acostumbrado a convivir con enjambres de molestas moscas, las alejaba de su cara, exasperado. Empleando un tono de áspera ironía la veterana misionera señaló con su mano trémula la estrecha puerta blanca con una cruz roja mal pintada en el centro y dijo:

—Aquí tenemos la enfermería y sala de operaciones.

Entraron. El doctor se había esperado algo malo, pero aquello superaba con creces la peor de sus suposiciones. Mobiliario escaso, pobrísimo. Un armario de puertas desencajadas encerraba dentro escaso y anticuado instrumental médico.

—¿Esto es todo lo que tenemos? —preguntó, incrédulo.

—No hay más, doctor Marán —fue la apenada respuesta que obtuvo.

Había asimismo en aquella estancia dos frigoríficos y un congelador herrumbrosos, una destartalada mesa con dos sillas en igual estado, un rústico biombo arrimado a la pared, sobre tres tablas colocadas en posición horizontal media docena de viejos y manoseados libros de Medicina y, por último, un banco alargado recubierto por una chapa de aluminio. En lo alto, colgada del techo, una simple bombilla de cien vatios dentro de una pantallita ancha de loza blanca. Celso no pudo evitar saliera desolada su voz al comentar:

—Esto más que un quirófano parece un matadero.

La preocupación acentuó las arrugas repartidas por la severa faz de la monja. ¿Sería este joven médico capaz de enfrentarse a la difícil y sacrificada misión que le aguardaba? ¿No escaparía de allí a la primera oportunidad que se le presentara?

—Nadie le exigirá aquí realice prodigios, doctor Marán. Sólo que haga lo que humanamente pueda —concedió.

—¿De dónde provienen todos estos pacientes que tenemos?

Con esta frase confirmaba su aceptación de la responsabilidad que él se había buscado.

—De Ngoe, un poblado situado a ocho o diez kilómetros de aquí.

—Ha hablado usted de un hechicero —se ahorró añadir también lo había mencionado el chófer que lo había traído.

—Sí. Se llama Tabuhé. Nunca ha querido hablar conmigo ni con ninguna de las otras hermanas.

—¿Nos considera sus enemigos?

—Posiblemente. Antes de nuestra llegada, era el único que ejercía aquí la medicina. Le hemos quitado protagonismo, clientela y, por lo tanto, poder.

—¿Y qué opinión tiene Kwoyo sobre el brujo de su tribu?

—Opina que es un sabio. Según nuestro chófer, ese hombre presume de entender el lenguaje de las estrellas, de conocer hierbas e insectos curativos, y esos conocimientos le ayudan a dominar a su gente. Existe entre los boruni la antigua creencia de que las estrellas poseen varios corazones y muchos de ellos piden, alzando sus bebés hacia ellas, que les cambien su corazón por uno de los suyos para conseguir así sean más valientes y sabios.

El médico sintió curiosidad por conocer al hombre con el que tenía en común —diferencia de conocimientos aparte— combatir enfermedades y tratar de devolver la salud a quienes la habían perdido. Ejercían sobre él enorme fascinación los métodos de curación antiguos. No pensaba en aquel desconocido sanador primitivo como en un competidor. Reconoció, honesto:

—La astrología es una disciplina que viene de muy antiguo y lo de curar con hierbas igual.

—También vienen de antiguo los taimados faltos de escrúpulos que se aprovechan de la ignorancia de sus semejantes. A ese endiosado hechicero le atribuyen unas palabras que nos han herido a todas nosotras. Estas palabras son: «La caridad perjudica el alma de quien la recibe». Espantoso, ¿verdad?

La voz condenatoria de la misionera dejó patente su animadversión hacia el brujo de Ngoe.

—Debe tratarse de un hombre bastante orgulloso —juzgó Celso.

Abrió un frigorífico primero, y después el otro. Añadió un disgusto más al encontrarlos prácticamente vacíos.

—¿Este poquito es todo el plasma sanguíneo del que disponemos? —preguntó, incrédulo.

—Los boruni creen que si les quitamos sangre corren peligro de morirse. Únicamente ofrecen su sangre cuando se trata de salvar con ella la vida de un familiar. Sostenemos una ardua, y a menudo inútil lucha contra su ignorancia y supersticiones ancestrales.

Celso se mordió los labios para evitar se le escapara el comentario de que todo cuanto se había encontrado hasta entonces no podía ser más desmoralizador para él.

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SED NEGRA – 2. La Misión

CAPÍTULO SEGUNDO

La necesidad de orinar, durante largo tiempo contenida, se le volvió apremiante. Decidió hacerlo, por pudor, al amparo del hangar, colocándose de manera que no pudieran verle desde la vivienda cercana.

Terminada la micción regresó junto a su equipaje. Descubrió de pronto que un vehículo se acercaba por la carretera. Se trataba de un jeep. Cuando lo vio girar supuso que venía a por él. Se detuvo casi a su lado. El único ocupante del todoterreno era un hombre de color, corpulento, de facciones aplastadas. Su cabello ensortijado comenzaba a platear por la parte de las sienes. Aparentaba unos cuarenta y cinco años. Le dedicó un gesto amistoso con la mano, descendió y se dirigió a la choza. Del interior de la vivienda salió una mujer muy delgada, pechugona y de elevada estatura. Ambos comenzaron a charlar dirigiendo a Celso continuas miradas curiosas, pero sin dirigirle la palabra. Su actitud, unida al inhóspito entorno, despertó en el joven blanco un sentimiento de vulnerabilidad. Moscas pegajosas, atormentadoras, habían empezado a atacarle. Se defendió de ellas con bruscos movimientos de sus manos y muecas de fastidio. Por fin el recién llegado se apartó de la flaca mujer, regresó donde él lo aguardaba y entonces le dijo en un español comprensible:

—¿Señor Marán?

—En efecto. Ha venido usted a recogerme, ¿verdad?

—Sí. Mi ser Kwoyo. Nosotros marchar enseguida.

Celso esbozó una sonrisa que pretendió amable. Fue a ofrecerle su mano, pero el otro le había dado ya la espalda para atender al negro de la carretilla que traía una saca. A Celso le pareció era una de las dos que el piloto nórdico le había entregado, aunque abultaba bastante menos. El negro llamado Kwoyo la metió en el asiento de atrás del sucísimo y destartalado todoterreno. Respondiendo a su indicación, Celso colocó también allí su voluminosa maleta y mochila. Frunció el ceño, preocupado al examinar con atención el automóvil. Era un desecho peor, por lo deteriorado, que la avioneta del noruego Alfred Olsson. Mostraban numerosas roturas las cubiertas de sus ruedas, un sinfín de abolladuras la carrocería de pintura muy dañada y los desgastados asientos exponían partes de sus rellenos de espuma. En el lugar civilizado del que él provenía, este cochambroso vehículo no lo habrían querido ni para el desguace. Experimentó auténtica alarma. Si antes había pasado miedo con la baqueteada avioneta del nórdico, ahora le ocurría lo mismo con este ruinoso coche. «Aquí voy a vivir en continuo peligro y debo mentalizarme para afrontarlo todo el tiempo. Este es otro mundo. El tercer mundo», se dijo.

—Marchar ahora, señor Marán —le anunció el chófer.

Celso se acomodó a su lado en el otro asiento delantero. Se dio cuenta enseguida de que el nativo no hacía uso del freno de mano, y se figuró lo tenía estropeado. Antes de arrancar, Kwoyo entreabrió sus carnosos labios en una amistosa sonrisa y dijo, amable:

—Bienvenido a la región de Boruni.

El joven blanco le devolvió la sonrisa.

—Gracias. Gracias, Kwoyo —poseía una excelente memoria para los nombres.

Se pusieron en ruta. Buena la velocidad, aunque imposible de averiguar cuál era pues la aguja del velocímetro, rota, daba saltitos dentro de la agrietada esfera de control. Llevaban recorridos varios cientos de metros cuando la carretera comenzó a empeorar, los trechos no asfaltados a hacerse más largos y los numerosos baches más profundos. El coche levantaba a su paso una nube de polvo que lo seguía, convertida en estela rojiza. Celso comprendió la razón por la cual Kwoyo mantenía las ventanillas del coche cerradas. Pretendía evitar que el polvo exterior pudiera entrar, aunque ello contribuyera a aumentar la alta temperatura de su interior.

Ambos hombres guardaron silencio durante los primeros kilómetros. Se observaban con disimulo, a hurtadillas. Pero se cansaron pronto de este ejercicio. La curiosidad inicial de Celso acabó en tedio. Se quitó el sombrero y lo colocó sobre sus rodillas. Luego secó con el pañuelo, medio empapado ya, su frente sudada. Su compañero de viaje conducía risueño, ensimismado. Parecía no afectarle en absoluto el continuo zarandeo a consecuencia del irregular terreno por el que avanzaban y tampoco el exagerado bochorno reinante. «Veremos qué tal soporto el tórrido clima de este pobrísimo y remoto rincón de África», especuló el joven blanco. De pronto, Kwoyo le señaló dos figuras moviéndose sobre la requemada sabana.

—Mirar allí, señor Marán. Elefantes. Elefantes escapados de reserva Matuka.

Celso localizó de inmediato a los dos enormes paquidermos avanzando por la llana y despoblada lejanía. Se hallaban demasiado distantes para poder verlos tan bien como hubiera deseado. Había leído algunas cosas sobre la reserva Matuka. Turistas procedentes de muchos países ricos acudían con sus cámaras fotográficas, sus aparatos de vídeo, además de los cazadores dispuestos a probar su destreza, su puntería y su valor matando animales salvajes. Quiso saber si se hallaban cerca de este relevante lugar.

—No cerca. Lejos. Reserva Matuka muy lejos. Esos animales escapados allí.

Durante varios minutos, Kwoyo explicó a su compañero de viaje, a menudo soltando sus manos del volante —para la natural intranquilidad de éste—, con su defectuoso español, cargada de profundo rencor la voz, que la extensa reserva Matuka, situada en la parte más fértil de la nación, muy abundante en agua, había pertenecido desde tiempo inmemorial a su etnia, los boruni, hasta que treinta años atrás el Gobierno los había echado de sus tierras y convertido aquel magnífico territorio en reserva de animales salvajes para disfrute de grupos de turistas y cazadores blancos. Estos últimos sólo aprovechaban de los animales que mataban, la cabeza, la piel y poco más, dejando se pudriera la casi totalidad de su carne mientras miles y miles de personas, en las zonas más pobres del país, morían de hambre.

Celso se imaginó a algunos de estos cazadores, ricachones caprichosos de caras rubicundas, estrenando equipos caros, botas relucientes, almidonadas chaquetas monteras, cartucheras nuevas, presentándose delante de los cazadores profesionales —hombres bronceados cubiertas sus cabezas por anchos sombreros luciendo en ellos tiras de piel de leopardo o de león, armados de rifles de gran precisión y dotados de extraordinaria puntería y coraje—, solicitándoles el tipo de animales salvajes que deseaban cazar para exponer luego estos cotizados trofeos en sus lujosas viviendas y provocar con ellos la admiración, cuando no la envidia, de amigos y conocidos. Los favoritos de la gran mayoría de ellos serían, seguramente, por su enorme tamaño los elefantes. Procurando mostrarse amables, los profesionales de la caza les informarían que a los paquidermos debían dispararles entre el ojo y la oreja en el caso de estar parado el paquidermo y en el pecho o las rodillas si éste los atacaba. Ellos, los profesionales de la caza se ocupaban de contratar los porteadores, los ayudantes, instalar los campamentos, etc. Sobre sus hombros caía también la responsabilidad, la preocupación de procurar protección al cliente que ha pagado una pequeña fortuna para que, pase lo que pase, pueda regresar vivo del safari y con los trofeos codiciados.

—Para Gobierno asesino, divisas más importantes que personas —concluyó Kwoyo, amargado, brillantes de rencor sus ojos saltones, un rictus despectivo curvando sus gruesos labios.

—¿Y ninguno de vuestros jefes se rebeló cuando os echaron de vuestras tierras? —quiso saber Celso, muy indignado por lo que estaba escuchando.

—Nuestros jefes muy furiosos. Protestar. Protestar mucho a representante Gobierno. Entonces soldados coger presos jefes y nunca más nadie saber ellos. Quizás asesinados. Gente mucho asustada. Ya nadie más protestar, y los boruni repartirse por todo el país.

—Por desgracia siguen existiendo los tiranos asesinos —lamentó su pasajero.

—En tu país no tiranos asesinos.

—Ahora no. Pero también los tuvimos en el pasado.

Los dos grandes elefantes estaban desapareciendo en el cegador horizonte. Habían cambiado de rumbo. Una especie de tenue bruma envolvía el sol dándole cierto parecido con un colosal huevo frito.

—Van rápidos esos animales —reconoció Celso.

—A más de cuatro millas por hora. Difícil para hombre seguir. Ellos poder oler hombre cientos metros distancia.

Celso pensó sería mucho lo que tendría que aprender sobre aquel país, sus gentes y sus animales salvajes. Kwoyo le contó que dos años atrás un elefante perdido apareció cerca de Ngoe, el poblado del que él provenía; lo mataron a lanzazos y durante varios días pudieron saciar su hambre comiendo carne hasta casi reventar. Los huesos del paquidermo tomaron la precaución de enterrarlos, pues el gobierno tenía prohibido a los nativos matar animales salvajes e infligía terribles castigos a quienes no respetaban esta prohibición.

—Tabuhé único cazarlos. Tabuhé gran hombre. No miedo castigo.

La admiración demostrada por el africano despertó la curiosidad de Celso.

—El que acabas de nombrar, ¿es el jefe de ese pueblo que has dicho?

—Sí, Tabuhé jefe y hechicero de Ngoe. Ngoe mi pueblo.

Una serie de socavones tan profundos que amenazaron descoyuntar el vehículo los sumió en un forzado silencio. Celso recordó, mientras observaba de reojo a Kwoyo cuyo semblante permanecía impasible, la conversación mantenida con el ingeniero holandés compañero suyo de asiento del Boeing salido de Madrid. Al principio del viaje, los dos charlaron amistosamente. Esto fue hasta que aquel hombre supo por su boca los motivos humanitarios que lo llevaban a África y cambió inmediatamente su actitud, pues manifestó, despectivo a más no poder, no merecían los negros que nadie se preocupase por ellos. Él los conocía muy bien, afirmó. Había montado una pequeña empresa minera en Nairobi y aquellos estúpidos, vagos salvajes, le hacían pasar las de Caín para conseguir le resultara rentable su negocio. En su opinión, aquella gente de color tenía la suerte que merecía, pues era la única culpable de la miseria, las muertes prematuras y las enfermedades que sufría, por no controlar su exagerada natalidad y su innata vagancia.

—Crean, con su estulticia e irresponsabilidad, miseria y problemas de todo tipo, que luego esperan les solucionemos los países civilizados y prósperos.

Celso se enfadó con aquel fanático racista por sus filípicas argumentaciones y por el desprecio expresado. Perdió su templanza habitual y le dijo él era quien menos podía despotricar contra aquella pobre gente ya que se estaba aprovechando en beneficio propio de la escasa riqueza que todavía poseían y, encima de explotarles, los despreciaba. El neerlandés, enrojeciendo de ira, le dirigió una mirada fulminante. Por un momento creyó que iba a golpearle. Esperó su agresión dispuesto a responderle de forma adecuada. Por convencimiento y profesión no era persona violenta, mas lo de poner la otra mejilla no iba con él. Pero su antagonista se lo pensó mejor y dando media vuelta marchó hacia la cola del aparato donde había asientos libres.

De pronto, Celso descubrió junto a un arbusto espinoso una serpiente medio erguida. Quiso llamar la atención del conductor, pero el ofidio desapareció tan rápido entre la hierba amarilla que fue vista y no vista. Desistió de mencionarla. No se creía capaz de describirla. Algunos metros más adelante divisaron a poca distancia de la carretera un cuantioso grupo de buitres disputándose los restos de un animal muerto. Quiso Celso hacer un comentario sobre aquellas aves carroñeras que a él se le antojaban asquerosas, pero en aquel momento una de las ruedas del vehículo se metió en un hondo socavón y el jeep salió despedido hacia arriba provocando que las cabezas de sus ocupantes dieran contra el techo. El joven blanco se cogió con ambas manos de la guantera. El chófer se hizo con el dominio del vehículo nada más se posó de nuevo sobre la infame calzada. Dándose cuenta del sobresalto sufrido por su pasajero, Kwoyo soltó una carcajada divertida.

—No temer nada, señor Marán. Kwoyo muy buen conductor. Pocos accidentes. Otros conductores, muchos.

—Me alegra oírlo.

Celso pensó que su padre, en situación parecida, habría usado esta misma frase. ¡Qué preocupados quedaron él y su madre! Los dos eran contrarios a su decisión de pasar una temporada en un remoto y paupérrimo rincón del continente africano. Aún sonaban en sus oídos las temerosas palabras de su angustiada madre: «Ay, ten mucho cuidado, hijo de mi alma. Mucha de esa gente a la que tú quieres ayudar está muy salvaje todavía. Son numerosas las monjas y misioneros a los que han pagado todo el bien recibido de parte de ellos, matándolos». También su hermano se mostró preocupado. Él les tranquilizó lo mejor que supo. Prometió no moverse de la Misión ni correr riesgos. Ninguno mencionó a Victoria, aunque la tendrían muy presente en su pensamiento. Para huir de la tortura que le significaba recordarla, Celso preguntó al chófer la primera cosa que pasó por su cabeza:

—¿Se ha encontrado alguna vez frente a frente con un león, Kwoyo?

—Sí, dos veces.

Sacó pecho el nativo y su rostro de ébano adquirió una expresión de orgullo.

—¿Qué hizo usted, Kwoyo, huir corriendo todo lo más rápido que pudo?

Rechazó el hombre de color este supuesto quitando sus manos del volante, para desasosiego de su pasajero.

—No huir. Si tú correr, león correr más. León correr más que todo hombre. Mejor quedar quieto o alejar despacio y mirar ojos león, sin miedo. Y para defender de elefante furioso, gritar fuerte. Hacer ruido mucho. Nunca huir. Si huir, elefante perseguir y muerte segura.

—Hay que tener mucho valor para hacer lo que dices, Kwoyo —admiró Celso.

—Valiente vivir, cobarde morir. No otra cosa.

—Lo tendré en cuenta. Gracias por la información.

El africano alzó sus poderosos hombros haciéndose de nuevo con el volante, para tranquilidad de su preocupado compañero de viaje. Aquel paisaje reseco y deprimente terminó por aburrir a Celso. Lo único que alteraba la monotonía de las llanuras eran los arbustos grises con sus largas púas blancas y muy de tarde en tarde el diferente color que procuraba un baobab. Abatió los párpados. Estaba cansado y tenía sueño. Había llegado a la metrópoli de aquel país africano al atardecer del día anterior. Durante un largo recorrido por la ciudad tuvo ocasión de conocer la parte más céntrica y comercial donde, gratamente sorprendido vio algunos hoteles de lujo, rascacielos modernos, plazas, avenidas con jacarandás en flor, magníficas tiendas y oficinas. Pero luego se adentró por los suburbios y la diferencia allí existente le impactó de manera brutal: casuchas, chabolas inmundas; callejones estrechos, sucios, hediondos; gente harapienta, mutilada, esquelética; chiquillos desnudos, viejos moribundos. El motel donde le llevó el taxista resultó ser un cuchitril infecto, regido por un rubicundo inglés de mediana edad. Haciendo de tripas corazón aceptó quedarse allí y compartir cuarto con otros dos hombres desconocidos, ambos de color, uno de los cuales roncaba con mayor potencia que una tuba tocada con entusiasmo. Celso pasó una noche terrible. Abrió súbitamente sus ojos al notar que Kwoyo reducía de un modo brusco la velocidad haciendo sonar con violenta insistencia el claxon. Dos chiquillos desnutridos obstruían el camino conduciendo una docena de reses esqueléticas. Los animales se movían con extrema lentitud. Iban en busca de alguna charca lejana, pestilente, que tuviera todavía unas briznas de hierba y unas gotas de líquido que les permitieran sobrevivir algún día más. A golpes de vara, los chicos consiguieron sacar a las escuálidas reses fuera de la carretera. El chófer pudo de nuevo pisar a fondo el acelerador y el vehículo recuperar la velocidad perdida. Era la tercera vez que se repetía la misma escena.

—¿Por qué son siempre niños y no hombres los que llevan el ganado de un lugar a otro? —quiso saber Celso.

—Hombres ser guerreros —zanjó, un tanto seco, el africano.

—Pero ahora no hay guerra en este país. No hacen falta los guerreros.

—Hombres que ser guerreros querer siempre ser guerreros.

Rotundo, aspereza en la voz. No deseando enojar al indígena, el joven blanco optó por callar lo que pensaba sobre las costumbres ancestrales de muchas pequeñas comunidades de aquel país. Según sus informes, en esas comunidades los hombres defendían sus poblados, cazaban, pescaban —si existían posibilidades para ello—, talaban los árboles, preparaban el terreno para sembrar y les sobraba mucho tiempo para holgazanear mientras las mujeres se ocupaban de todos los trabajos de la casa, criar a los hijos, cultivar la tierra y no les quedaba tiempo libre alguno. Celso supuso que las monjas de la Misión estarían tratando de cambiar aquellas injustas costumbres ancestrales, en las que las mujeres cargaban con la mayor parte del trabajo familiar.

Se estaban acercando a una aldea de chozas de forma circular situada al borde de la carretera. Observó el joven blanco que una gran extensión de terreno a su alrededor aparecía deforestada. La pobreza de una tierra que no daba para más de una o dos cosechas seguidas obligaba a una continuada tala de árboles para poder sembrar en tierra virgen y esto conducía a una desertización irremediable. Una vez cortados y quemados los árboles, plantaban sobre las cenizas, un método de fertilización de los más arcaicos. Pero ¿qué otra cosa podían hacer aquellas pobres gentes sin fertilizantes, sin insecticidas y enfrentados a la terrible catástrofe de cuatro años de inmisericorde sequía?

Un puñado de niños desnutridos y zarrapastrosos salió de sus pobrísimas viviendas para agitar en su honor los largos y flacos brazos. Éstos parecían cañas negras agitadas por el viento. Muchos sonreían, aunque en los grandes ojos de sus cadavéricos rostros brillaban el sufrimiento y la desesperanza. Celso les devolvió el saludo y consideró, viendo su mísero aspecto y amistosa conducta, merecían ser ayudados. Kwoyo les dedicó un par de sonoros bocinazos.

El poblado quedó atrás. Con un pañuelo, cada vez más sucio y mojado, Celso trató de secar el sudor que todo el tiempo chorreaba por su semblante. Continuaron circulando por aquellas rectas interminables sin cruzarse con vehículo alguno. El cuentakilómetros tampoco funcionaba. Imposible saber cuántos kilómetros llevaban recorridos. Se repetían los arbustos, las extensiones sin límite, uniformes, entre el gris y el amarillo. No había árboles grandes que rompieran aquella lisa superficie. Sólo allá, en la lejanía, alteraba la homogeneidad la línea borrosa de unas colinas. A Celso, en cierto momento, le agobió la impresión de que aquel paisaje deprimente duraría ya siempre, igual que una pesadilla sin fin. No soplaba viento ni para mover una hoja. Impacientándose por momentos inquirió:

—¿Falta mucho para llegar a la Misión, Kwoyo?

—No mucho. Llegar pronto.

Unos kilómetros más y el conductor abandonó la deteriorada carretera para adentrarse por un camino todavía más polvoriento e infernal. Avanzaron otra interminable hora hasta que surgió una cuesta pronunciadísima. La bordeaba por su lado derecho, justo el ocupado por Celso, un precipicio casi vertical y muy profundo. El vetusto jeep inició penosamente la ascensión. Su motor, emitiendo inquietantes ruidos, metió el miedo en el cuerpo del joven blanco convencido de que si el vehículo llegaba a detenerse rodarían sin remedio a lo más hondo de aquella rocosa sima y encontrarían la muerte. Sabía que el freno de mano no funcionaba, y el otro apenas tampoco. Debía tener sus suelas muy desgastadas. Prodigio era, además de todo lo anterior, que los deterioradísimos neumáticos hubieran resistido tanto tiempo sin reventar. A saber, la cantidad de años que aquel cacharro no había sido sometido a revisión. Decidió no permitir lo paralizara el pánico. El miedo a morir ha matado a muchos hombres que pudieron haberse salvado. Tenía más posibilidades de salir vivo ahora que si se hubiera estrellado la avioneta que lo trajo.

Con todos los sentidos agudizados al máximo cerró su mano derecha sobre la manija de la puerta. Cuando el todoterreno no pudiera avanzar más y se viniera atrás, él abriría la portezuela y lo abandonaría. Los segundos se le hicieron eternos. Notaba una extraña sensación de irrealidad, un violento martilleo en sus sienes. En cambio, su corazón parecía haberse detenido. Sentía un doloroso ahogo dentro del pecho. El coche avanzaba cada vez con mayor dificultad y lentitud. La impasibilidad que mostraban las oscuras facciones del africano tenía perplejo a Celso. Lo juzgó un inconsciente. Evitó hablarle. Distraer su concentración en aquel difícil momento podría precipitar las cosas. Debía prepararse para saltar. Con la velocidad del rayo desfilaron por su cabeza, como tantas veces le contaron otros, los sucesos más importantes de su vida. ¡Con enorme dolor los últimos! El vehículo llegó a un punto que apenas ganaba terreno. Celso miraba obsesivamente la profundidad rocosa, donde podía encontrar la muerte si no conseguía agarrarse a algún arbusto o saliente rocoso que evitase cayera al fondo del abismo junto con el viejo todoterreno avanzando ya centímetro a centímetro. Más lento imposible. Los segundos se le hacían eternos. Burlando su voluntad, mil temblores de miedo sacudían su cuerpo. ¿Por qué ahora le importaba tanto vivir? Recordó dramáticos momentos de su pasado cercano cuando había pedido a la muerte viniera a por él.

Celso no llegó a saltar. Una fuerza misteriosa lo mantuvo paralizado, incapaz de tomar la decisión final. El cochambroso automóvil, con torturante lentitud, eternizando el tiempo logró lo que a Celso le pareció un milagro: alcanzar la cumbre.

Escuchó de nuevo latir su corazón. Estaba empapado de sudor. Miró, incrédulo, al impertérrito chófer y pensó a partir de entonces confiaría ciegamente en él. Circularon, a continuación, por terreno llano. Una hiena enflaquecida y famélica cruzó rauda por delante del coche. Estuvieron a punto de atropellarla. No tardó en perderse entre la agónica arboleda. Kwoyo, obrando todo el tiempo como si no hubiera advertido el pánico sufrido por su pasajero, le explicó, en aquella zona este animal carroñero se hallaba al borde de la extinción. Tenía demasiados enemigos. El peor de todos ellos ya no era el hombre, sino el hambre. Explicó que las mandíbulas de las hienas eran más poderosas que las de ningún otro animal salvaje. Las hienas con sus poderosísimas mandíbulas podían hasta atravesar el fémur de un elefante.

—Procuraré evitar encontrarme con alguna de ellas.

Le costó a Celso imprimir naturalidad a su voz.

—Hienas ser cobardes —despreció el africano— pero muy peligrosas en grupo. Temer hasta leones y leopardos.

Llegaron al final de aquel bosquecillo de árboles muertos de sed y entonces se ofreció a su vista varios edificios de sencilla construcción situados delante de un grupo de blancas acacias En lo más alto de la mayor de las rústicas construcciones sobresalía una gran cruz de madera.

—La Misión —supuso Celso.

—La Misión —confirmó el chófer.

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