GRANDES ESCRITORES NORTEAMERICANOS: JAMES OLIVER CURWOOD

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GRANDES ESCRITORES NORTEAMERICANOS

: JAMES OLIVER CURWOOD

          Nosotros vivíamos en un barrio pobre de la ciudad. Los chiquillos, a la salida del colegio jugábamos en la calle y, cuando nos aburríamos nos peleábamos, actividad que era muy divertida para los que gritaban animando a uno u otro contendiente, y que siempre terminaba cuando uno de los dos jadeantes y sufrientes luchadores pronunciaba la palabra clave: “Me rindo”, a la pregunta clave también: “¿Te rindes?”. Arañazos, moratones y algún ojo a la funerala era lo que habitualmente se sacaba de una buena pelea; menos que eso era considerado un simple tanteo sin importancia.

          En mi misma calle un buen día, en el vestíbulo interior del portal de una casa vieja, como lo eran la totalidad de ellas en nuestro barrio, un viejo organizó con unas tablas y dos sillas de anea una especie de banco y puso a la venta el contenido de un par de cajas que eran libros usados, con la esperanza de venderlos y ayudarse a paliar la necesidad que pasaba. Tardé años en comprender la mueca de tristeza que mostraba aquel buen hombre muy mayor cada vez que se desprendía de uno: aquellos libros eran su más preciado tesoro.

          A mí me aficionó a la lectura mi abuela Rosa, que me había enseñado las figuritas y los sonidos de todas las letras del abecedario y que juntando unas pocas de esas figuritas te salían los nombres de las cosas que te rodeaban como: mesa, silla, ventana, puerta, cara, mano… Así que antes de ir a mi primera escuela pública, con mi ropa remendada y descalzo en verano para ahorrar calzado, yo sabía ya leer y escribir un poco.

          Uno de los días que los dos únicos chicos que tenían una pelota de goma no salieron a la calle por estar castigados,  algunos de nuestra pandilla nos acercamos a la entrada del inmueble donde había instalado su puestecito “el viejo de los libros”, como lo llamábamos. Mis compañeros se cansaban pronto de estar allí, especialmente porque el anciano se enfadaba cuando le tocaban sus libros con las manos sucias, que así las llevábamos más o menos todos nosotros. Yo aguantaba leyéndome y releyéndome todas las portadas de los libros y admirando sus dibujos. Un día hice un comentario al viejo que, por verme respetuoso con los suyo, me mostraba agrado:

          —“El bosque en llamas” —dije leyendo el título de una novela—. ¡Qué pena que ardan los bosques con lo bonitos que son los árboles, ¿verdad?

            El anciano se me quedó observando durante un par de minutos y después me hizo una pregunta:

            —¿Tú sabes leer?

            —Sí, claro —le contesté ufano.

            —¿Te gustaría leer este libro? —poniendo encima de él su sarmentosa mano.

            —Muchísimo —respondí a punto de prenderme la ilusión.

            —Escucha, el libro está muy viejo, pero si me prometes tener mucho cuidado y devolvérmelo igual que está, te lo prestaré.

            —Se lo juro —solté con la misma vehemencia que empleaba para negarle a mi madre que subido en una silla me había comido, a cucharadas, parte del azúcar que contenía la taza con que ella endulzaba su achicoria en la mañana y que estaba guardaba en lo más alto de la alacena con la intención de mantenerla, inútilmente, lejos de mi alcance.

           Fue aquel mi primer libro para adultos. Yo contaba entonces nueve años. Lo disfruté tanto, que ese disfrute quedó para siempre gravado en mi memoria. En vez de ir a jugar con los amigos de mi calle, durante varios días me encerré en mi cuarto a leer. No teníamos luz eléctrica, pero para suerte mía pillé la fase de luna llena, y algunas noches, en el pequeño corralito donde estaba la letrina, que era un agujero en el centro de un banco hecho de madera y cuyo contenido cada pocos meses venía un hombre con una destartalada y apestosa camioneta a vaciarlo dentro de unos repugnantes contenedores de madera con asas, pude terminarlo.

           Y durante varias noches soñé con grandes bosques y montañas cubiertos de nieve, y hombres armados extraordinariamente valientes como David el protagonista principal de “El bosque en llamas”, y mujeres hermosas, especialmente la llamada Carmina, que estaba enamorada de él, y con un grandullón inofensivo y medio tonto que me haría recordar muchos años más tarde otro tipo parecido de la novela de John Steinbeck “De Hombres y Ratones”.

           Yo no había leído hasta entonces otra cosa más que tebeos. Tebeos que los chicos nos íbamos pasando hasta que se caían en pedazos, pues cuando falta comida los comics son un lujo únicamente al alcance de los que van sobrados. A falta de las viñetas con dibujos que tanto me ayudaban, tuve que forzar mi imaginación al máximo, y me gustó ese esfuerzo mental. Aprendí “a ver” a través de la lectura. Que es lo que se necesita.

          Cuando le devolví al anciano el libro, él me preguntó si me había gustado. Entusiasmado le dije que seguramente aquel debía ser el mejor libro que jamás se había escrito en el mundo.

           Él me dirigió una mirada de empatía y replicó:

           —Chiquillo, para los que amamos de verdad los libros, todos ellos son los mejores que se han escrito.

          Tardé algunos años en comprender la sabiduría que encerraba esta afirmación suya. Aquel anciano cuyo nombre me avergüenza no ser capaz de recordar, me dejó muchos más libros; Cuando él murió yo tenía cerca de veinte años y lloré su muerte tanto como pudo llorarla el más conmovido de sus familiares.

          James Oliver Curwood  

          En sus novelas, James Oliver Curwood muestra un conocimiento sobresaliente de los mundos que describe y refleja un gran amor a la naturaleza, a la que contempla casi con respeto religioso. Emplea un vocabulario sencillo y directo. Sus escenarios son selvas, praderas, majestuosos paisajes canadienses, y en ellos se desarrolla la vida de los afrontan los peligros de la naturaleza, tanto hombres como de los animales. Muchos de los cuales conoció directamente. Los finales de sus libros suelen ser positivos, ejemplarizantes en algunos casos. En esto se diferencia de su contemporáneo Jack London, cuyos desenlaces acostumbraban ser duros y cargados de amargura en muchos de ellos. Para apreciar que es así comparemos su “Kazan, perro lobo”, con el “Colmillo Blanco” de Jack London o Buck en “La llamada de lo Salvaje”.

James Oliver Curwood describe magistralmente los hábitos y la inteligencia de los animales, a los que sin duda ama y admira. Sobre el perro Miki explica que la soledad y la vida en el desierto le habían endurecido y enseñado a ser paciente y saber aprovechar el momento que le era propicio, y entonces usar la astucia para engañar y finalmente matar al enemigo. Describe a Miki como un perro sociable, cariñoso, de los llamados  Mackenzie y poseedor de una fuerza extraordinaria.

          Por la forma tan real y, en algunos casos aterradora, con que James Oliver Curwood nos describe las cruentas peleas entre lobos tuvo que presenciarlas. “Durante la última fracción de segundo, cuando ya iban a cerrarse sobre él las mandíbulas del perro-lobo, Miki se transformó en un rayo. Jamás vio nadie movimiento tan rápido como el que hizo para volverse contra Taao. Entrechocaron sus colmillos. Oyóse un ruido espeluznante de huesos triturados, y los dos animales rodaron por el suelo estrechamente unidos”.

           James Oliver Curwood nos da también a conocer al oso Niva que al descubrir la existencia del hombre y su poder destructor queda aterrado. El lector ve crecer a Niva y Miki y comprueba cómo los instintos hereditarios se despiertan en ellos cada vez más, por lo que viven y por lo que ven. Al final tienen que separarse. “Miki pertenecía a una raza que gusta de la carne fresca, mientras que Niva prefería la podrida”. Pero la separación por parte de Niva se debe también a que tiene que marcharse para invernar.

           James Oliver Curwood fue un apasionado cazador en su juventud. Pero con los años se convirtió en un gran defensor del ecologismo y aseguró: “La emoción más grande no es matar, sino a dejar vivir”.

 

ERES UN/A ESCRITOR/A MALDITO/A SI… (Escritores)

ERES  UN/A  ESCRITOR/A  MALDITO/A  SI…

(Dedicado muy especialmente a “mi general”)

        Si ofreces resistencia a los humilladores que te exigen vivir de rodillas.

        Si no apoyas a los tiranos ensalzando sus ruindades y presentándolas, proclamándolas, con tu mejor verbo, como necesarias, benéficas y altruistas.

       Si no te bajas los pantalones ante los poderosos para que ellos puedan deshonrarte como les plazca.

       Si no cambias tu dignidad, tu decencia, tu honorabilidad, por favores viles, prebendas y fama inmerecida.

       Si quienes gobiernan ponen todo su empeño en marginarte, en hundirte en la miseria y en borrarte de la sociedad para que nadie conozca tu existencia y tu talento (grande o pequeño).

       Si ejerces la libertad de tu moral y los inmorales del poder te machacan y acusan de que el inmoral eres tú.

       Si escribes lo que tú quieres, y no lo que quieren que escribas los amos de la sociedad y el capital, y te ves eliminado por ellos del mundo de la literatura.

       Si tienes suerte, escritor/a maldito/a, una vez muerto/a serás reconocido/a por unos pocos seres muy especiales porque no son despreciables rastreros ni han vendido su probidad y por lo tanto no tienen ni su corazón ni su alma podridos.

      Y, si hasta esa suerte del reconocimiento mínimo te es negada, únicamente habrá apreciado y amado tu valía, la madre que te parió y un par de familiares que te hayan salido buenos, íntegros y agradecidos.

      Si eres un/a escritor/a maldito/a, yo, humildemente, te llamo hermano/a.

 

FRASES FAMOSAS DE CHARLES DICKENS (Escritores)

FRASES FAMOSAS DE CHARLES DICKENS

Hay cuerdas en el ser humano que sería mejor no hacerlas vibrar.

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Hay hombres que parecen tener una sola idea y es una lástima que sea equivocada.

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Ella es el ornamento de su sexo.

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Un corazón amoroso es mejor y más fuerte que la sabiduría.

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La verdadera grandeza consiste en que todos se sientan grandes.

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Los caminos de la lealtad son siempre rectos.

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ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE CHARLES DICKENS (Escritores)

ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE CHARLES DICKENS

Hoy se cumplen 200 años del nacimiento del genial escritor inglés, conocidísimo a nivel mundial, Charles John Huffan Dickens. Nacimiento que tuvo lugar en Portsmouth (Inglaterra) en 1812. Vino al mundo en el seno de una familia de clase media. Charles no recibió educación formal hasta la edad de 9 años.

Su padre, que trabajaba de oficinista, era muy malgastador. Despilfarrador hasta tal punto que finalmente fue encarcelado por no pagar sus deudas. El encarcelamiento de su progenitor obligó a Charles a buscarse un trabajo cuando contaba únicamente 12 años. Con el dinero que ganaba, Charles se mantenía a sí mismo y todavía conseguía ahorrar para enviarle parte de su salario a su necesitada familia.

Después Charles fue realizando diferentes trabajos. Estuvo empleado en un bufete de procuradores, como taquígrafo judicial, y luego comenzó a colaborar como reportero para terminar finalmente como periodista político.

Se enamoró y casó con  Catherine Thomson Hogarth y tuvieron nada menos que diez hijos.

Comenzó a escribir para varios periódicos y publicaciones y su fama fue creciendo más y más no solo en Inglaterra sino también en Estados Unidos. Realizó viajes a Italia, Suiza y Francia y, en 1865 comenzó a tener problemas de salud, problemas que agravaron las desgracias de la muerte de su padre, de una hija, y de una hermana.

En 1865 salvó la vida de milagro, pues regresando de Francia en tren ocurrió un terrible choque ferroviario en el que de un puente cayeron varios vagones y sólo se salvo el vagón en el que viajaba él.

En 1869 Charles Dickens se convirtió en el decimosexto presidente de Birmingham and Midland Institute, y en 1870 murió después de sufrir una apoplejía.

La obra literaria de Charles Dickens fue extensísima. Combinó el humor, el sentimiento trágico, la ironía con una ácida crítica social y realizó extraordinarias descripciones de gentes y lugares, tanto reales como imaginados.

Se han vendido millones de libros suyos traducidos a varios idiomas y algunos de ellos han sido llevados al cine con enorme éxito.

Honremos su memoria y admirémosle porque fue uno de los más grandes genios de las letras.

CONFUCIO EL MÁS GRANDE FILÓSOFO ORIENTAL DE TODOS LOS TIEMPOS

CONFUCIO EL MÁS GRANDE FILÓSOFO ORIENTAL DE TODOS LOS TIEMPOS

Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos.

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Una casa será fuerte e indestructibles cuando esté sostenida por cuatro columnas; padre valiente, madre prudente, hijo obediente, hermano complaciente.

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Puedes quitar a un general su ejercito, pero no a un hombre su voluntad.

FECUNDACIÓN, GESTACIÓN Y PARTO DE UN LIBRO (MICRORRELATO)

Mi amigo Gaspar Molares (le he cambiado el nombre pretendiendo con ello ayudarle a guardar el necesario anonimato), se me quejaba continuamente, con notoria amargura, de la despiadada saña con que lo trataba la vida.

         —Lo tengo muy claro, Andrés. Yo vine a este mundo sin traer felicidad alguna en mi desafortunado equipaje. Nada me sale bien. Todos mis bellos sueños acaban convertidos en horribles pesadillas. Negocio que emprendo, ruina segura que consigo. Y en materia amorosa no paro de coleccionar fracasos e infidelidades. ¡Pobre de mí! ¡Compadéceme! Nací perdedor, y perdedor moriré. Y al final resultará que habré pasado por este decepcionante mundo sin haber dejado tras de mí más huella que el blanquecino polvo de mis desdichados huesos. Yo no tengo futuro, y tampoco lo tiene el resto de la humanidad. El sol se apagará muchos millones de años antes de los previstos por los físicos y futurólogos, los polos se derretirán antes de que termine este año, los periodos de lluvia se irán distanciando porque las nubes han comenzado ya a desaparecer y, antes de transcurrida una década, no caerá del cielo ni una sola gota de agua. Los alimentos escasearan y las personas terminarán comiéndose las unas a las otras. Por todo esto, cuando veo  niños que lloran y sufren, dudo de que les merezca la pena crecer y llegar a ser hombres. A mí, personalmente, no me lo ha merecido.

         Con el tiempo llegó mi amigo Gaspar a un estado de depresión tan acusado que temí muy seriamente por su salud física y mental.

         Porque era mi amigo y yo le quería bien, su terrible estado anímico me tenía hondamente preocupado y apenado. Y por mi parte realicé ímprobos esfuerzos para sacarlo del horrendo y fatídico pozo donde él había caído empujado por su negativa voluntad. Me esforcé en hacerle ver el mundo como lo veo yo, con ojos optimistas. Le repetí hasta la saciedad que la vida es un don supremo que merece lo amemos con todas nuestras fuerzas y nuestros sentidos. Que debe llenarnos de gozo y emoción la extraordinaria belleza que nos rodea. Y disfrutar, y  extasiarnos con esas prodigiosas maravillas que tenemos siempre a nuestro alcance: el sol, las estrellas, las flores, los admirables paisajes. No le mencioné la misteriosa, sublime hermosura que poseen la gran mayoría de las mujeres, porque era la traición de una de ellas, que lo había llevado, sobre la sucia vagoneta de la desesperación hasta el borde del abismo y metido en el alma las ganas de arrojarse hasta el fondo de él.

          —Deberías procurar ser más sensato —rematé mi bien intencionado sermón—. Buscar cura para tu espíritu enfermo. Buscar remedio para tus males en alguna religión. Preocuparte menos por las cosas terrenales y bastante más por la salvación de tu afligida alma.  Practicar la bondad, la tolerancia, la misericordia, te ayudará a vivir con resignación y a experimentar amor por tu prójimo y por ti mismo. Lástimas y penas compartidas, pesan bastante menos y se hacen infinitamente más llevaderas.

           Agitó con obstinación su despeluzada cabeza, con hebras grises en las sienes indicadoras de que la flor de la juventud, el paso del tiempo, se la estaba marchitando sin consideración ninguna.

         —Nada ni nadie puede ayudarme, amigo mío. Mi corazón es como una larga alfombra que, después de haberla pisoteado tantos y tantos desalmados, me la han dejado inservible —sentenció en el colmo del pesimismo—. Andrés, he llegado ya al tristísimo punto  de haber suprimido todos mis deseos, para así evitar llevarme nuevos y devastadores desengaños.  La vida se me ha convertido en una carga tan pesada e inútil, que mi mayor alivio será librarme de ella cuanto antes. Ha llegado a un punto mi existencia, que por mi desdichado y consumido cuerpo transita ya, como única y exclusiva viajera, la tristeza. Gracias por tus buenas, pero ineficaces intenciones, amigo mío. No puedo buscar ayuda en la religión, porque me es imposible creer en ninguna. Se basan todas ellas en la fantasía y la falsedad. ¿Cómo voy a creer en dioses que anotan las malas y las buenas acciones de las personas, para luego premiarlas o castigarlas según sus normas, todas ellas sádicas e injustas?  Normas que hasta el más tonto puede darse cuenta de que han sido dictadas por humanos. Por humanos y, encima, por humanos con muy mala leche en sus entrañas. En fin, amigo mío, que el saldo de mi vida es tan negativo, que ya es hora de cerrar la cuenta para siempre. En este mundo estoy de más

        De repente, en el génesis de mi cerebro se hizo la luz, que es lo mismo que decir que surgió de donde un momento antes existía absoluta oscuridad, una idea que califiqué de luminosa.

       —Gaspar, amigo del alma, acabo de dar con la solución a tus problemas, amarguras y desencantos. Voy a escribir una novela en la que tú serás el protagonista principal, el héroe. Y en esta novela te saldrán más cosas bien, que mal. En esta novela conocerás la magia, el amor, la felicidad y otros maravillosos sentimientos que hasta ahora te pasaron de largo, como cometas que no pertenecían a tu misma órbita. ¿Qué te parece mi loable propósito?

         Gaspar quedó paralizado durante un rato largo, observándome entre sorprendido, incrédulo y compasivo.

         —Te has vuelto loco —sentenció por fin, un brillo de lástima en su patética mirada —. ¿Cómo puede influir favorablemente en mi vida el que me conviertas en un personaje de ficción?

        — ¿Cómo puede colgar el sol sin que nada lo sujete, y no caerse?, me preguntaste una vez cuando éramos chicos.  ¿Te acuerdas?

        —Sí, y tardaste semanas en hacérmelo comprender.

         —Bueno, pues ahora ten un poco más de paciencia, pues tardaré algunos meses en escribir ese libro. Cuando lo termine y puedas leerlo, entenderás con mayor claridad por qué debes seguir tú colgado de tu vida, por muy inútil y carente de importancia que la encuentres ahora.

        —Vale, vale. Tendré un poco de paciencia. Y la tendré únicamente por la estrecha y sincera amistad que nos ha unido durante tantos años —me concedió al final.

          El libro lo terminé a principios de este año. Convertí a mi amigo Gaspar Molares en un tierno, entrañable personaje  y, desde entonces, le sobran mujeres hermosas dispuestas a hacerle tan feliz como él desea.  Y es que en este mundo tan influenciado por los medios de comunicación, un poco de publicidad obra milagros. Por eso, comprendan ustedes que les recomiende comprar y leer mi libro: DIEGO EGARA, DETECTIVE.

         Un millón de gracias, amables y generosos lectores. Espero no decepcionarles y conseguir provocarles, con su lectura, alguna que otra sonrisa.