UN VIEJO DOMADOR Y SU VIEJO LEÓN (MICRORRELATO)

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(Copyright Andrés Fornells)

En contra de lo que tanta gente cree, los leones que viven en cautividad suelen llegar a ser bastante más longevos que los leones que viven en libertad. Esto es únicamente un hecho bien comprobado que no cuestiona en cuál de las dos situaciones, libres o cautivos, son más felices estos poderosos y bellos animales, en el caso de que la felicidad exista para ellos.
Max, un anciano domador al que por su avanzada edad dejaron de contratar las compañías circenses, se retiró a vivir a una pequeña casa de campo y se llevó con él a un león al que dio el nombre de Hércules, cuando lo recogió de cachorro. Ellos dos nunca se habían separado y habían actuando juntos a partir del momento en que el joven animal asimiló las enseñanzas de su amo.
Hércules sumó veinticinco años dos días después que Max, su viejo dueño, recibió los resultados de un chequeo médico que confirmó los temores que él tenía debido a las terribles dolencias que venía sufriendo desde hacía varios meses.
Cumplir veinticinco años es para un león todo un récord, incluso para los de su especie que viven en cautiverio.
Max tuvo para su amigo animal un detalle que, de haberlo sabido la gente lo habría calificado de ridículo y extravagante; le compró una tarta y la colocó encima de la mesa, lugar en el que desde que vivía con el león le permitía comer, y que nunca lo hubiera hecho en vida de su mujer, muerta de una trombosis poco tiempo antes de que él se quedara sin trabajo y se trajese a Hércules a su casa.
El animal, al que el paso del tiempo había marcado de inexpresividad su leonino rostro, le vio realizar, sin dar muestra de interés ninguno, la humorada de encender veinticinco velas en la tarta que tenía una forma circular. Sabedor de que no iba a entenderle, Max realizó la ironía de ordenarle, en el mismo tono de voz con que en las actuaciones ante el público le mandaba pasar por el centro de un aro en llamas:
—¡Apaga las velas!
Hércules, durante un largo momento se lo quedó mirando sorprendido, pero observando que su amo se había puesto de pie y señalaba la tarta con su brazo estirado, reculó con marcada lentitud unos pasos, midió la distancia con su cansada vista y realizando una pesada y lenta carrera consiguió saltar por encima de la tarta encendida y también de la pequeña mesa.
Max le dedicó las palabras de felicitación que tenía para él cuando realizaba a su plena satisfacción la maniobra de atravesar el aro en llamas.
Por entre sus párpados medio caídos, los tristones ojos de Hércules adquirieron unos repentinos destellos de contento.
A Max apagar las velas le costó soplarlas varias veces y cada soplo le dio la dolorosa sensación de que dentro de su pecho se producían roturas. Cortó un pequeño pedazo de tarta para él, y el resto se lo dio a Hércules. Era la primera vez que este animal comía un alimento que su amo consideraba perjudicial para su salud, y lo encontró tan deliciosa que mientras lo devoraba dirigía al domador miradas de reconocimiento. Y cuando terminó de relamerse la boca lanzó un breve rugido de satisfacción.
—Tienes buen paladar, ¿eh, amigo mío? —le dijo el viejo domador, con forzada sonrisa, pues se sentía muy mal.
Hércules le respondió con un rugido menos estentóreo que el anterior. Viendo sus fauces abiertas de par en par, Max recordó el número que tan famoso le había hecho durante sus actuaciones por todo el mundo formando parte del elenco de grandes artistas que reunían los circos con merecida fama de ser los mejores.
El número que a Max le había procurado reconocimiento mundial consistía en poner él toda su cabeza dentro de la enorme boca de Hércules, mantenerla allí durante algunos segundos para que la gente sufriera el temor de que la fiera la cerrara en cualquier momento y lo decapitara. Y cuando Max retiraba su cabeza sin haber sufrido daño alguno, la gente aplaudía a rabiar, sobre todo la chiquillería que era la más impresionable. Mientras esto sucedía Hércules lanzaba terribles rugidos, como si quisiera dar a entender que se arrepentía de haber dejado escapar indemne al domador.
La nostalgia de lo irremediablemente perdido para siempre: un pú-blico admirado por su valor, y unos aplausos entusiastas, enfebrecidos, puso humedad en los ojos de Max y, para que se entristeciera más su memoria se le hizo presente la venta que tuvo que hacer de sus otros cinco animales, cuatro leones y un tigre, que lo querían y a los que quería él. Una vez vendidos, no quiso saber que había sido de ellos. Se conocía bien y si el domador que los adquirió, él supiera que no los trataba bien, muy capaz era de buscarlo y cometer una barbaridad.
Hércules se tendió al lado de la silla que Max ocupaba y relajándose colocó su gran cabeza melenuda entre sus enormes zarpas y se durmió recibiendo en la frente las caricias de la nudosa mano de su viejo amo. Max cerró a su vez los ojos y pasó la película de lo acontecido durante su visita al especialista que le había realizado un concienzudo chequeo. Y el doctor, respondiendo a su petición de que le diera su riguroso diagnóstico sobre la enfermedad que estaba convencido, por todo el sufrimiento físico que venía padeciendo desde hacía mucho tiempo, que debían haberle encontrado.
El diagnóstico que Max recibió fue demoledor, terrorífico: le quedaban dos meses de vida, como mucho.
Max había sido siempre un hombre fatalista y valiente. Varias terribles cicatrices repartidas por todo su cuerpo daban buena muestra de ello. Antes de dedicarse a la profesión de domador había sido mercenario, cogido prisionero y sufrido torturas, y de puro milagro escapado a la muerte en un par de ocasiones.
Desde el momento mismo que había recibido la fatídica noticia del poco tiempo de vida que le quedaba, Max había tomado la decisión de adelantar su final, de no soportar la agonía de ir muriendo un poco cada día. Esta decisión la había demorado un poco pensando en Hércules. Su león quizás aún podría vivir un año más. Tenía problemas con su boca, su visión era mala, se movía con enorme torpeza y lentitud y dormía más horas que nunca. Pensando en su fiel animal, el día anterior había visitado el zoológico de la ciudad y hablado con su director. Al final de su explicación, el funcionario le había dicho que no podía satisfacer su petición. El presupuesto que tenían era muy bajo y un animal medio ciego y tan viejo tendrían que sacrificarlo, y para sacrificarlo ellos, mejor lo sacrificaba él que tenía, como propietario, esa obligación.
Ahora que su león estaba dormido, el viejo domador decidió que sería un buen momento para llevar a cabo la dolorosísima decisión que había tomado. Primero le quitaría la vida a Hércules y a continuación se quitaría la suya.
Max caminó, renqueante, hasta la alacena. La rodilla de su pierna derecha le dolía como si tuviera un puñado de cristalitos dentro que le herían la carne y el hueso a cada paso que daba, y ponía en su rostro un continuado rictus de dolor.
Sacó del cajón primero del mueble un revólver. Sabía que lo tenía cargado. A pesar de ello abrió el tambor y comprobó que contenía seis balas.
Cojeando, arrastrando sus pesados, infirmes pies, llegó de nuevo hasta su silla y se sentó. Hércules seguía en la misma posición que lo dejó. Max permaneció un tiempo contemplándolo conmovido, compasivo, tierno. Tenía la mente llena de las películas que de su león favorito había almacenado desde que éste era un alegre cachorro de cuatro meses hasta que le llegó la decrépita vejez.
—Adiós, querido amigo —musitó con voz quebradiza.
Los ojos se le llenaron de humedad. Le habría consolado llorar, pero entre las muchas cosas que le había quitado el paso del tiempo estaba la facultad del llanto. Acercó el cañón del revolver a la sien del animal. No solo le temblaba esa mano, sino que le temblaba el cuerpo entero. Parpadeó con fuerza para que esa humedad dejara de cegarlo y, cuando un sollozo le rompía el corazón apretó el gatillo. Esperó un par de minutos para recuperar el aliento y, acto seguido, dirigió el cañón del revolver a su propia sien.

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