TENÍA UN AMANTE SECRETO (RELATO)

PAREJA EN LA CAMA

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Una pareja se amaba en secreto a espaldas del marido. Ella se llamaba Lucrecia, él Sebastián, y Roque, era el nombre de la víctima de su adulterio.
Un día en que Roque debía haber salido de viaje, cuando se hallaba en la estación a punto de subirse al AVE, su jefe le llamó al móvil comunicándole que pospusiera el viaje. Se había muerto el padre del cliente que se disponía visitar y, había acordado con el susodicho cliente, un encuentro entre ambos para el día siguiente.
—Así que puedes irte a casa con tu mujercita. Ella se alegrará de verte.
—Muy cierto. Me la llevaré de paseo, a tomar un vermú y a comer en cualquier tasca. Gracias, jefe por el día libre. Es usted la mejor persona del universo entero.
—Recuérdalo todo el tiempo y nunca más me pidas aumento de sueldo. ¡Ja, ja, ja!
Cortaron la comunicación riéndose. Los diez minutos de recorrido hasta su hogar, Roque se los pasó silbando alegremente. Su mujer estaría encantada con esta inesperada sorpresa que iba a darle.
Cuando Roque entró en su casa, sonriente y muy animado, escuchó voces, lo cual le extraño bastante, porque una voz pertenecía a su mujer, la otra voz a un hombre y ambas provenían del dormitorio.
Imaginándose de repente lo que esto podía significar, sintió que la sangre que corría por sus venas entraba en estado de ebullición. Lucrecia y él no llevaban ni medio años casados y su mujer, aprovechando su ausencia le estaba metiendo cuernos. ¡Aquello merecía un buen escarmiento! ¡A él no le ponía cuernos nadie, sin recibir un duro castigo por ello! ¡Él era muy macho!
Roque fue hasta la cocina, cogió del cajón de los cubiertos un cuchillo de enormes dimensiones y empuñándolo con mano firme, rugiente de furia se dirigió al cuarto donde sonaban unas risitas cómplices, gozosas. Abrió la puerta y rojo de irá gritó:
—¡Habéis manchado mi honor y voy a degollaros a los dos!
Lucrecia soltó un estridente grito de terror y se cubrió cuerpo y cara con la sábana. Pálido como un muerto, Sebastián, ocultando su hombría con sus dos trémulas manos, suplicó:
—Por favor no pierdas la cabeza, hombre. No arruines tu vida y la nuestra. Tu mujer y yo nos amamos. No hemos podido evitar, a pesar de que lo intentamos con todas nuestras fuerzas, que surgiera entre los dos este amor irresistible, invencible. Y queremos suplicarte que te hagas cargo de ello y nos permitas vivir juntos de ahora en adelante.
—¡De eso nada! Queréis para vosotros un final feliz y para mí la más absoluta desdicha. Vivir solo, sin mujer, con un sueldo de mierda y debiendo un montón de letras por este piso en el que me empeñé para que Lucrecia y yo tuviésemos nuestro nidito de amor. ¡Prefiero degollaros a los dos! ¡A ti por seductor y a ella por traidora!
Amenazador a más no poder, Roque dio dos pasos blandiendo el cuchillo enorme, al que un rayo de sol, colándose por la ventana, arrancó un destello siniestro.
—Por favor, recapacita, hombre. Te compensaré en parte por la pérdida de Lucrecia. Me haré cargo de esas letras que debes.
El cónyuge burlado quedó un momento pensativo, impresionado por la generosa oferta que acababa de recibir.
—¿A cambio de qué pagarías tú las letras? —pidió le aclarase.
—A cambio de que nos permitas, a tu mujer y a mí, que seamos felices viviendo juntos, lejos de ti.
Lucrecia apartó la sábana de su cara y mirando con ojos horrorizados al traicionado por ella, suplicó a su vez:
—Por favor, Roque, atiende nuestros ruegos. Siempre me has demostrado que posees un gran corazón y que eres una persona comprensiva. Tal como Sebastián te ha dicho: el amor ha surgido entre nosotros sin pretenderlo nosotros, de un modo inevitable, irremediable e invencible. Apiádate de nosotros. Todos tenemos derecho a la felicidad, y Sebastián y yo somos muy felices cuando estamos juntos.
—Vuestra felicidad significa la desdicha mía —le recordó Roque.
—Te repondrás. Olvidarás. Los disgustos no matan. Los disgustos nos fortalecen. La vida premiará tu buen corazón, si lo demuestras con nosotros.
Roque dejó caer los brazos en un signo de dolorosa rendición y, tras pensarlo durante unos momentos en los que su rostro reflejó deseos de violencia y finalmente de resignada rendición, dijo:
—Sal de aquí cagando leches, ¡adultero! antes de que me arrepienta de no haberte descuartizado y, cuando regreses delante de mí trae todas las letras de este piso pagadas. Solo entonces podrás llevarte (a mala hora) a mi infiel mujer, aunque yo quede condenado a ser desdichado el resto de mi vida y llore lágrimas de sangre por su pérdida.
Sebastián se vistió rápido y temblando todo el tiempo se encaminó con pasos vacilantes hacia la puerta, seguido de cerca por el todavía armado Roque.
—Por favor serénate y no le hagas nada a Lucrecia —suplicó el amante, temiendo por la seguridad de ella.
—Tú date prisa en cumplir el compromiso que acabas de contraer conmigo y dejaré que te la lleves, aunque me dejéis destrozado el corazón —Roque mostrando abatimiento, rabia y desesperación.
Cuando un par de días más tarde Sebastián le entregó a Roque todas las letras del piso pagadas, Lucrecia que lo estaba aguardando con las maletas preparadas, se fue inmediatamente con él.
Tanto ella como Sebastián, cuando se vieron seguros dentro del coche, respiraron aliviados.
—Estamos a salvo, amor. Podremos ser absolutamente felices de ahora en adelante.
—Sí, me ha salido bastante caro, pero en adelante estaremos libres para amarnos sin ningún temor.
—Y del papeleo del divorcio que se cuide tu abogado, cariño.
—Se ocupará. Dame un beso para ir haciendo boca antes de irnos directamente a mi casa —pidió él.
Se besaron apasionadamente, y después él arrancó el vehículo manteniendo una mano encima del muslo de ella, mientras la mano de Lucrecia se mostraba más atrevida con cierta parte muy sensible del cuerpo de él. Por fin podría amarse libremente sin pasar miedo alguno a ser descubiertos por el violento marido de ella.
Roque les vio alejarse desde la ventana que daba a la calle y, cuando apreció que el coche en el que iban se pedía entre los otros vehículos que circulaban por la calle, marcó un número de teléfono y, cuando recibió respuesta su llamada dijo en tono entre tierno y jocoso:
—Ya puedes venir a mi casa, preciosa, me he librado del amante de mi mujer, de ella y de esa torturadora deuda que tenía pendiente.
Se escuchó un escandaloso grito de júbilo desde el otro móvil y una promesa:
—Prepara las copas que traeré una botella de cava. ¡Esto hay que celebrarlo a lo grande, cariño!
—Sí, y mientras, yo preparo la cama de limpio. Compré esta mañana un juego de sábanas nuevo de muy buena calidad. Vamos a empezar bien este nuevo periodo de nuestra vida, bombón.

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