NO HABÍA RESUCITADO (RELATO NEGRO)

LLUCIA 1

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Peter el Zapatones debía este apodo al enorme tamaño de sus pies, de los que sus enemigos, a espaldas suyas, se burlaban diciendo de ellos que eran tan grandes como tablas de surfing.
Se burlaban a espaldas suyas, por prudencia, pues Peter el Zapatones sacaba con más facilidad su beretta para disparar, que una coqueta de carretera y esquina tarda en guiñarle el ojo a un posible cliente.
Su jefe, el capo mafioso Ramos Culogordo, le tenía como favorito cada vez que le interesaba enviar a alguien al “Patio de los callados”.
Una noche desapacible, en que un cielo malhumorado castigaba a los humanos con rachas de lluvia, de viento; les cegaba dibujando en el cielo rayos parecidos a los garabatos que pintas los niños caprichosos, y ponía además a prueba la resistencia de los oídos con truenos ensordecedores, Peter el Zapatones esperaba en la oscuridad de un portal, saliera de casa de un amigo, donde todos los jueves por noche jugaba algunos dólares al póquer, el juez John Marconich, que estaba investigando las actividades delictivas de su jefe.
Debido al tipo de climatología existente y a que le dolían un par de callos en sus descomunales pinreles, este despiadado asesino estaba de tan mal humor que no le habría importado quedarse huérfano cometiendo un parricidio.
Por fin el magistrado apareció en su campo visual. Llevaba él un paraguas abierto con el que trataba de protegerse, lo mejor posible, del diluvio que caía.
Peter Zapatones nunca usaba paraguas. Los odiaba. Y no solo odiaba los paraguas, sino que también odiaba a quienes los usaban poniendo en peligro, con las salidas varillas de los mismos, dejar tuerto a cualquiera que les pasara cerca; accidente que, por cierto, le había ocurrido a su madre, la única persona en el mundo que había sentido inclinación a sonreírle.
Peter el Zapatones amartillo su pistola, la metió empuñada dentro del bolsillo de su gabardina y, maldiciendo entre dientes, se acercó al juez, que estaba abriendo su lujoso vehículo, y dando muestras del macabro humor que le caracterizaba, el asesino le dijo:
—Mira, mira al pajarito.
El magistrado, sorprendido, volvió medio cuerpo hacia el que le había hablado y, sin mirarse en gastos, al tiempo que mostraba una maligna sonrisa, el asesino le metió en el cuerpo todas las balas que contenía el cargador de su arma. El trece consideraba este esbirro era el número de su buena suerte.
Acto seguido se marchó de allí chapoteando ruidosamente, debido al mucho espacio y charcos que alcanzaban sus enormes zapatos.
Una vez dentro de su coche, en el que llevaba el asiento todo lo atrás que daba de sí, para que cupieran sus enormes pinreles, llamó al teléfono de su jefe y empleó la metáfora habitual entre ambos:
—Todo el pescado vendido, jefe.
—O.K.
Cortaron. Ni el uno ni el otro, evidentemente, se inclinaban por los discursos largos.
Transcurridos seis días, Peter Zapatones salió de un burdel que frecuentaba, con la agradable sensación de haber librado a su entrepierna de un peso molesto e innecesario, pensando en la Cubana, la maciza mulata que le había hecho todas las guarrerías que más le gustaban a él. En su boca de simio una mueca que su madre, que lo amaba tuertamente, habría tachado de hermosa. Llegó junto a su vehículo y antes de que tuviera tiempo de abrir la puerta del mismo, un hombre, que le había estado esperando en la sombra de un portal y se había movido con extraordinario sigilo, le clavó una pistola en los riñones al tiempo que le decía escalofriantemente amenazador:
—Como hagas algún movimiento que yo no te ordene, te dejo listo para el enterrador.
A Peter el Zapatones se le podía acusar de montones de cosas, pero no de que fuese partidario de cometer imprudencias
—¿Qué quieres de mí: dinero? —preguntó dispuesto a negociar, si no le quedaba más remedio.
—Quiero darte una sorpresa —respondió el otro apartándose dos pasos de él, y añadiendo—: Ahora vas a irte volviendo muy despacito para que nos veamos las caras.
Cuando habiéndole obedecido, el asesino vio el rostro del que le estaba apuntando con un arma que acababa de amartillar, la incredulidad le abrió desmesuradamente los ojos al tiempo que mascullaba:
—No es posible… Te vi muerto…
—Resucité —irónico su interlocutor—. Me gusta imitar a los grandes personajes. En este caso es Jesucristo el que estoy imitando.
—Pues te mataré de nuevo —decidió Peter el Zapatones dirigiendo con rapidez su mano a la funda sobaquera donde llevaba su Beretta.
No fue más rápido que su enemigo, que siendo imitador como había asegurado, le metió en el cuerpo su número de la suerte, trece balazos, todos ellos mortales y, para que se hicieran compañía, reunidos todos en el corazón del que se estaba desplomando como un saco de pelotas de béisbol, deporte que, en vida, le había apasionado siempre presenciar en directo.
Su asesino le quito cuanto de valor llevaba encima. Comprobada la cantidad de dólares que contenía la cartera del muerto, se lamentó disgustado:
—¡Mierda! No cubre lo que me costó el entierro de mi hermano gemelo.

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