LA MUJER QUE SE CONVIRTIÓ EN GUITARRA (MICRORRELATO)

guitarra

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)

Hubo una vez un músico llamado Rafaelillo, que amaba de un modo tan exagerado a su guitarra que a todas horas estaba con ella, tocándola, acariciándola, escuchándola y sacándole los más bonitos sonidos que moraban en sus entrañas de madera, y, entretenido en todo esto no dedicaba tiempo alguno a cualquier otra actividad.
Carmelita, su mujer, que la pobrecita lo amaba con inmerecida locura, padecía tanto con el nulo caso que su marido le hacía, que embargada por la tristeza lloraba mañana, tarde y noche. Cierto día, bien aconsejada por su preocupada madre, que sufría sabiéndola desdichada, fue a visitar a la bruja Anastasia que se había ganado merecida fama con su extraordinaria maestría para convertir en posible, lo imposible.
Carmelita contó a la maga, entre sollozo de profunda tristeza, las causas de su infortunio.
—Vamos a darle una solución a tu problema, bonita —compadecida de ella la hechicera sacó un frasquito del interior de un armario donde guardaba varios de ellos y se lo entregó dándole las siguientes indicaciones—: Muchacha, antes de ponerle siete gotas de este mágico elixir (cada una de ellas por las siete columnas que sostienen el firmamento), en la comida o en la bebida que le des a tu desconsiderado marido, después de mantenerla dentro de tus bragas, lo más pegado posible a la flor tuya que tan abandonada y triste la tiene él últimamente. Hazlo así y dentro de poco tiempo verás cómo se produce en tu esposo un cambio espectacular.
Carmelita puso siete gotas (cada una de ellas por las siete columnas que sostienen el firmamento) dentro de la botella de vino tinto que, entre el almuerzo y la cena, su marido se bebía
La pócima surtió efecto a los dos días. Transcurrido ese tiempo, el guitarrista arrojo lejos de él su instrumento musical creyendo que era una bicha, animal que para muchos supersticiosos trae malísima suerte. Y a continuación, viendo a su mujer convertida en guitarra, comenzó a tocarla como nunca antes la había tocado. Con una delicadeza, con una ilusión, con una ternura, con un arte, que ella se derretía de placer entre sus brazos.
Moraleja: Debemos creer en la magia, porque solo con su ayuda podremos convertir en posibles los imposibles.

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