UN CAMPESINO Y UNA CARTOMANTICA (RELATO CORTO)

TAROT BUENO

(Copyright Andrés Fornells)

Él se llamaba Teo y era un habitual del bar. El nombre de ella era Alicia y había entrado por primera vez en aquel local. Los dos estaban tomando café en la barra y se observaban de reojo. Más decidida ella realizó una primera aproximación:
—Tampoco parece que vaya a llover hoy, ¿verdad?
—No, y buena falta que hace. Y sé lo que me digo porque soy agricultor.
—Pues yo soy vidente. Echo las cartas —reveló ella con seriedad.
—¡Qué interesante! ¿Y cobra mucho por echarlas —interesado él.
—Usted quiere que se las eche gratis, y gratis se las voy a echar.
—Oiga, lo ha adivinado usted —él abiertamente admirado.
Alicia sacó del interior de su bolso una baraja de tarot, la barajó con notoria maestría y colocándola encima del mostrador le indicó al hombre del campo que cortara.
—¿Con la navaja que llevo dentro del bolsillo? —bromeó él.
—Es usted una persona con muy buen humor —juzgó ella.
—Oiga, también eso lo ha acertado usted —reconoció él.
—Es que soy muy buena en lo mío —ella sin falsa modestia. Colocó a continuación nueve naipes boca abajo y explicó—: Este es el círculo mágico del sabio Salomón. Vamos a ver que me revelan las cartas —dio la vuelta, con mucha solemnidad, a una de ellas. Su rostro todavía agraciado mostró profunda concentración—. Veo una mujer en su vida —manifestó por fin.
—La guarra de mi mujer.
—Su mujer le hizo algo malo.
—Se fugo con un camionero, la muy puta.
—No se preocupe, se llevará su merecido.
—Eso deseo, que a cada cual le den lo que merece —rencoroso.
—Veo ahora a una persona bastante joven —ella volteando otra carta.
—Mi hijo, otro sinvergüenza. Robándome se compró un coche nuevo, mientras yo voy por ahí con una furgoneta que se cae en pedazos. Lo eché de casa y le dije que se fuera a robar a otros, que a mí no me podría robarme más.
—Vamos muy bien hasta ahora. Todo aciertos —ufana ella—. Ahora veo a una mujer mayor.
—¿Gorda, fea y con bigote?
—Sí, gorda, fea y con bigote.
—Mi suegra. Maldita sea su estampa. Ella tuvo buena parte de culpa en lo que me ocurrió con su hija. Por mal criarla desde que la trajo al mundo. Dándole siempre todos los caprichos, acostumbrándola mal y al final me dio el pago que me dio. Todo lo que yo hacía por ella la parecía poco. No había forma de tenerla contenta. ¡Maldita sea su estampa!
—Veo a otra mujer —la adivina dándole la vuelta a una nueva carta.
—¿Delgada y con cara de bondad?
—Exacto, delgada y con cara bondad.
—Mi madre: una santa, que Dios la tenga en su Gloria.
—Me lo ha quitado de la boca. Veo ahora a un hombre mayor.
—¿Delgado también, con bigote y vestido de luto?
—Exacto, delgado, con bigote y vestido de luto.
—Mi padre, un hombre muy recto, muy trabajador y con un par de cojones. Con perdón. Nunca le vi arrugarse ante nadie y todos lo respetaban. Pero por favor siga usted adivinando cosas, me tiene perplejo —consideró admirado.
Alicia colocó su dedo índice sobre una nueva carta puesta boca arriba.
—Veo que aparece en su vida una mujer buena, misteriosa e inteligente. Es rubia, con los ojos castaños y lleva un vestido rojo con lunares blancos.
El labriego se la quedó observando boquiabierto de asombro y exclamó:
—¡Usted es rubia, con ojos castaños y lleva un vestido rojo con lunares!
—Así es. Mis cartas nunca mienten —ella con arreboles de veinteañera.
—¿Sabe? Yo nunca había creído en los poderes de la adivinación y usted acaba de demostrarme que existen. Queda una última carta. Vea qué dice –demostrando el rústico una mezcla de ilusión y ansiedad.
—Veo un hombre recio de pelo cano, muy cariñoso, que encuentra a esta mujer del vestido rojo con lunares blancos y desea hacerla muy feliz.
El cepo que Teo tenía por boca se abrió cuanto daba de sí. Mantuvo esta máxima apertura dos minutos largos y luego, recuperando la movilidad dijo entusiasmado:
—¡Dios de las buenas cosechas. Acertó usted de nuevo. ¿Nos damos un paseo. Afuera hace un día precioso. ¿No le apetece a usted?
—Sabía que iba a pedírmelo. Me apetece muchísimo. Vamos de paseo.
Pagaron a medias los cafés a un tabernero que los había escuchado con benevolencia y ahora les miraba con los comprensivos ojos del hombre que ha visto muchas personas diferentes, escuchado muchas historias creíbles e in-creíbles, y ya no lo sorprende nada. Y que con una ancha sonrisa del que es gran filósofo sin necesitar estudiarlo en los libros, les siguió con un brillo en la mirada, de sabio de la mirada.
El labriego y la nigromántica se habían cogido de la mano y cuando llegaron a la puerta el agricultor dijo:
—¿Ves ese par de nubes que se están rejuntando por la parte de poniente? Pues mañana o pasado nos darán lluvia.
—Hombretón, presumo que adivinando cosas del tiempo, eres tan bueno como yo en lo mío —tuteándole también.
Y ambos unieron sus alegres risas.  El destino había decidido portarse generosamente con ellos.

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