UNA MUJER INFIEL (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Román Muñoz conocía al taxista que, atendiendo a su llamada, acudió al aeropuerto cuando él regresó de un viaje de trabajo que había durado dos días. Durante el trayecto, el profesional de la conducción, que se llamaba Judas Morales, puso en conocimiento de su cliente un hecho que había presenciado, por casualidad, la noche anterior.
Román Muñoz quiso le confirmase lo que acababa de descubrirle el taxista, con una indignada pregunta que le hizo:
—¿Estás seguro de que viste a mi mujer cenando en Los Comensales con un joven que la cogía las manos?
—Estoy tan seguro como lo estoy de que, en este momento, lo estoy llevando a su casa —afirmó con absoluto seguridad su interlocutor.
Llegaron al apartamento donde vivía Román Muñoz. Éste pagó la carrera con propina incluida y se separó del conductor profesional.
Cuando entró en la vivienda conyugal encontró a su bella mujer tumbada en el sofá siguiendo en el televisor un culebrón y disfrutando, al mismo tiempo que mantenía sus hermosos ojos verdes fijos en la pequeña pantalla, del contenido de una caja de bombones.
—Hola, mi vida —le dedicó ella el cariñoso saludo habitual.
Su marido soltó la pequeña maleta, fue junto a su consorte y cambió con ella un beso, más afectuoso que apasionado.
—¿Has tenido buen viaje? —se interesó ella cargada de dulzura la voz dirigiéndole una mirada de genuino interés.
—Muy bueno. Y he cumplido a la perfección el encargo que me había recomendado mi empresa. —¿Y tú que tal has pasado estos dos días? —demostrando él parecido interés.
—Aburrida el primer día. Divertida el segundo. El hijo de tu jefe me llevó a cenar, luego al baile y finalmente me acompañó a casa.
—¿Y supongo le dijiste que te da miedo dormir sola? —ansioso él.
—Por supuesto, y él fue tan amable que pasó toda la noche conmigo en la cama quitándome el miedo.
—¿Te mereció la pena el sacrificio que hiciste?
—Mas o menos —sin demostrar entusiasmo ella.
—¿Le hablaste de mi aumento de sueldo?
—Pues claro, mi vida. Siempre velo por nuestros intereses. Te conseguí un diez por ciento de aumento.
—¡Estupendo! Siempre he podido confiar en ti. Eres extraordinaria, mi vida. Mira, ponte bien guapa esta noche, que seré yo quien te lleve a cenar a un lujoso restaurante. Te mereces un detalle especial como éste y muchos más.
—¡Ay, que no hará por amor una mujer enamorada, como lo estoy yo de ti! —celebró con una alegre carcajada ella, cuyo metabolismo le permitía atiborrarse de comida sin aumentar de peso por ello.
El cornudo consentido se rio también con parecida satisfacción. Formaban un matrimonio admirablemente bien avenido que compartía ganancias y falta de escrúpulos.

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