UNA VIUDA DESCONSOLADA (MICRORRELATO)

TRISTE-3

(Copyright Andrés Fornells)

A la salida del camposanto el apuesto Antonio Robles se acercó a la desolada viuda que, pañuelito en mano, secaba sus ojos empapados en llanto y, bajando mucho la voz para que sólo ella pudiera oír sus palabras, la dijo:
—¿Sabías que había otras mujeres en la vida de tu marido?
—¿Otras mujeres? ¡Imposible! Mi marido y yo nos queríamos con locura —rechazó la atónita, afligida mujer.
—Una de ellas lo sé seguro, porque era mi propia hermana —afirmó, rotundo, el amistoso confidente.
La viuda registró los bellos, honestos ojos del joven Antonio y supo leer en ellos que la estaba diciendo la verdad. Entonces ella rompió en sollozos y tartamudeó disgustadísima:
—Y yo tan tonta, y tan ignorante, que le sigo siendo fiel, incluso después de muerto.
—Pobrecita, cómo sufres. Ven que te consuele. Ven, dulzura, corazón.
El bello Antonio le abrió sus brazos y la consternada viuda se cobijó confiadamente en ellos.
Las personas compasivas, cuando ven llorar a alguien conocen muy bien el consuelo que estas personas dolientes, acongojadas, precisan. El encantador Antonio, cuando sintió en su cuello el cálido aliento de la hermosa mujer que había enviudado recientemente y, escuchó los fuertes latidos de su corazón supo, lo que todo especialista en consolar sabe, que aquella triste viuda necesitaba urgentemente consuelo y, en él lo encontraría al máximo porque ella le había gustado desde siempre.

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