7 ROSAS TATUADAS (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Sonó el timbre de la puerta. Antes de abrir, Alberto acercó un ojo a la mirilla. No vio a nadie y se figuró podía tratarse de la broma de algún chiquillo que, tras cometerla, había escapado corriendo. Iba a regresar al salón, lugar que había abandonado para acudir a la puerta, cuando escuchó de nuevo el timbre. Enojado abrió rápido y entonces descubrió que su visitante era Marifé. Tardó unos segundos en reponerse de la enorme sorpresa que se había llevado, y musitar un titubeante:
—Hola…
—Hola. Mira, Alberto, que pasaba por esta calle y decidí venir a saludarte. ¿Te parece mal?
—¡Oh, no! Me parece muy bien! —mostrando Alberto parecida turbación a la de su visitante—. Pasa, Marifé. Prepararé café para los dos, en un momento.
Trataban ambos de demostrar una naturalidad que estaban muy lejos de sentir. Pasaron al salón.
—¿Te ayudo a preparar el café? —muy nerviosa ella, retorciéndose las manos y encogiendo levemente los hombros.
—Si quieres…
Entraron en la cocina. Él encendió uno de los fuegos y puso agua a calentar. Ella sacó del armario el tarro de nescafé y recordó:
—Lo tienes donde siempre.
—Sí, yo soy fiel a las personas y a las cosas.
No pudo evitar una nota de reproche en su voz. Marifé aspiró hondo intentando retener las lágrimas que empezaban a engrosas sus párpados.
—Dos días atrás me encontré a Dora en el Corte Inglés. Hacía un montón de años que no nos veíamos —sacó platos y tazas del armario y los colocó encima de la encimera, evitando todo el tiempo encontrase su mirada la mirada de Alberto—. Hablamos de ti.
—Vaya, ¿puedo saber que dijisteis de mí?
Él se había quedado apoyado en la encimera con las manos metidas debajo de las axilas, un gesto característico suyo cuando se halla nervioso.
—Le pregunté por ti. Me dijo que estabas bien y que todos los años, por Navidad, te tatuabas una rosa en el pecho.
—Cuando estabas conmigo solía regalarte una. Y como tú no estabas más conmigo me la regalaba la rosa yo mismo en un tatuaje. He reunido siete: los años que hace que te marchaste de mi lado.
—¿Puedo verlas? —suplicante ella, a punto de rompérsele el velo líquido que engrosaba sus ojos.
Él se desabotonó la camisa y abriéndola dejó al descubierto su pecho.
Ella acercó su mano temblorosa y acariciando el tatuaje con la yema de sus dedos preguntó con un hilo de voz:
—¿Te dolió mucho?
—Muchísimo.
—¿Puedo quedarme contigo… para que no te duela ninguna rosa más? —suplicante, antes de que rompiera su garganta un sollozo.
—Claro. Te he estado esperando todo este tiempo.
Alberto abrió sus brazos y Marifé se arrojó en ellos, bañando con sus lágrimas las siete rosas de su larga ausencia.

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