DOS COCODRILOS Y UNA SARTÉN (RELATO)

cocodrilos

(Copyright Andrés Fornells)

Deseosa de averiguar si su madre, muerta recientemente, y a la que quería muchísimo, había ido al cielo, Paquita visitó a una vidente. Esta pitonisa le echó las cartas y la tranquilizó a este respecto:

—Su mamá era una buenísima persona y fue directo al cielo sin hacer escala alguna por el camino.

—Huy, ¡qué bien! —encantada Paquita—. Y aprovechando que estoy aquí, ¿podría mirar qué le pasa a mi marido que lo encuentro, últimamente, como muy desganado conmigo?

La cartomántica, después de barajarlas, colocó un montón de cartas boca arriba y, después de estudiarlas detenidamente, con evidente gravedad le advirtió:

—Tenga usted mucho cuidado con su esposo. Las cartas me dicen que está planeando matarla.

Cuando Paquita pudo reponerse del sobresalto que le causó este terrible anuncio, defendió:

—Pero si mi marido es manso, bobo e inofensivo. Lo he manejado siempre a mi antojo.

—Las cartas nunca mienten —categórica la vidente—. Solo las personas imprudentes se fían de las aguas mansas—le advirtió.

Convencida de que esta mujer se equivocaba, Paquita abandonó su consulta.

Tres días más tarde, Paquita despertó por la mañana. Su marido, siempre más madrugador que ella, se hallaba en el salón delante del televisor esperando a que ella se levantase y preparara el desayuno.

Paquita se metió en el cuarto de baño con la intención de llenar la bañera. Tenía por costumbre bañarse todas las mañanas. Al ir a abrir los grifos se llevó un susto morrocotudo. Dentro del recipiente de la bañera había dos cocodrilos de buen tamaño que la saludaron abriendo sus descomunales bocas. Cerró de inmediato la puerta. Con ojos desorbitados y muda de terror corrió hasta la cocina. Una vez allí recordó la advertencia que le había hecho la médium con respecto a que su esposo se había propuesto matarla.

Paquita era una mujer valiente. Cuando veía un ratón no huía despavorida, sino que terminaba con él a escobazos. Cuando Paquita se recuperó del sobresalto, decidió enfrentarse a lo que consideró una amenaza exclusivamente para ella. Cogió la mayor de las sartenes que tenía en la cocina, regresó armada con ella al cuarto de baño y, con media docena de violentísimos sartenazos dejó sin sentido a los dos saurios.

A continuación, marchó al salón y golpeó con la sartén la cabeza de Anselmo, su esposo, sentado delante del televisor, dejándolo también noqueado. Paquita necesitó de un par de minutos para reponerse del esfuerzo físico realizado. Luego, cuando tuvo su respiración normalizada, llamó primero al zoológico y, acto seguido, a una ambulancia.

Minutos más tarde los del zoológico se llevaron a los aturdidos cocodrilos, y una ambulancia a su contusionado cónyuge rápidamente a urgencias.

Los abogados contratados por ambos cónyuges llegaron a un acuerdo que consideraron favorecía tanto a Paquita como a Anselmo. Él había traído los cocodrilos a casa con la intención de sorprenderla confeccionándole un bolso y un abrigo con sus pieles, y de que Paquita había golpeado la cabeza de su esposo debido a que padecía sonambulismo y había soñado que se hallaba jugando una partida de tenis en la que la sartén era la raqueta y, la cabeza de su marido, la bola.

Paquita y Anselmo se divorciaron debido a que ella no se fiaba más de los regalos que pudiera hacerle él, y, Anselmo, a que desconfiaba del sonambulismo de ella.

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