ROSAS ROJAS PARA ASUNCIÓN (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Asunción Muñoz era una chica de nuestro barrio que gustaba mucho al personal masculino, por su buena figura, su feminidad y su donaire. A lo largo de los cinco minutos que ella tardaba en ir de su casa a la parada del autobús, que todos los días la llevaba a la boutique donde ella trabajaba de dependienta, recibía numerosas miradas de admiración, de lujuria y requiebros desvergonzados la mayoría de ellos.
Una mañana, al ir a cerrar la puerta del piso que compartía con sus padres y demás miembros de su familia, Asunción encontró en el pomo de esa puerta una rosa roja sujeta por medio de una gomita, para que no cayese al suelo.
Este hecho la sorprendió agradablemente y también la intrigó. A mí, que me tenía mucha confianza, cuando fui a buscar a su hermana, con la que yo estaba saliendo por aquel entonces, me contó lo de la rosa, terminando su revelación con una pregunta:
—¿Tienes tú alguna idea de quién puede haber dejado esa rosa en la puerta?
Encogí los hombros. Me había comprometido a no decírselo. La rosa la había dejado yo allí, de parte de mi primo Agustín, perdidamente enamorado de ella, y que jamás se lo confesaría porque sufría la desgracia de estar imposibilitado en una silla de ruedas. Yo intenté animarle a que revelase a Asunción sus sentimientos, pero él se opuso enérgicamente todo el tiempo aseverando, con total convencimiento:
—Yo nunca podría hacerla dichosa, aunque ella por lástima llegara a hacerme caso. Déjame disfrutar del misterio que le representará encontrar todas las semanas una rosa con su nombre escrito en una tarjetita.
Pasadas algunas semanas, contrariando los deseos de mi primo, le revelé a Asunción que las rosas eran cosa de mi primo Agustín. Después de unos momentos en que la enmudeció la sorpresa, Asunción exclamó con lágrimas en lo ojos:
—¡Pobrecito! ¡Lo siento! Estoy prometida y no tardaré en casarme.
Asunción era una chica admirable. Llena de bondad. En adelante, cada vez que veía a mi primo en la calle se acercaba a saludarle, a interesarse por su salud y se despedía de él dándole dos besos en las mejillas, besos que a él le reventaban de felicidad el corazón.
Yo seguí dejando rosas en la puerta de la casa de Asunción hasta que ella se casó y abandonó el domicilio de sus padres. Fue ella la única mujer que mi pobre primo Agustín, que moriría prematuramente, amó en toda su vida, y la única mujer también, aparte de su madre, que lloró su muerte.

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