TROYANO, MI PERRO, Y LA NIÑA CONCHI (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Generalmente a los niños les gustan mucho los perros, y viceversa. A Troyano lo acarician muchos pequeños cuando salimos a pasear. Lo hacen cuando yo me detengo en algún sitio por algo que ha llamado mi atención, como los últimos títulos expuestos en la vitrina de una librería.
Él recibe las atenciones de los chiquillos, de un modo más bien pasivo. No fiándose del todo. Más de un travieso le ha tirado de la cola o de una oreja. Supongo que impulsados más por la curiosidad, que por la maldad. Sin embargo, con Conchi, una vecinita de seis años reaccionaba de otra manera, daba saltos, le hacia fiestas y movía el rabo con tanto entusiasmo que, cualquier observador insensato podría figurarse pretendía desprenderse de este peludo y locuaz apéndice.
La entusiasta reacción de Troyano con esta niña me tenía algo intrigado. Un día, al coincidir en el supermercado con Conchi acompañada de Merche, su madre, la pequeña me preguntó:
—¿Y Troyano?
—En casa lo he dejado. Por cierto, que Troyano te quiere mucho, pero mucho —reconocí.
—Lo sé. Y yo a él, le doy por encima de la valla del jardincito la mitad de mis chuches.
Le explicamos su madre y yo, que las cosas dulces no son buenas para los perros pues dañan sus dientes, y sucedió lo que nos temíamos. Conchi rompió a llorar a moco tendido. Los próximos minutos los empleamos, Merche y yo consolándola.
La niña Conchi no le echa más chuches a Troyano por encima de la valla que divide nuestras casas adosadas, pero le habla muy tiernamente y, cuando la ve en la calle, Troyano reacciona con la misma alegría de antes, demostrando que su amor hacia ella no se debe al detalle de los dulces que le regalaba, sino a que ella se ha ganado de verdad su cariño.
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