UN NIÑO CREYÓ EN LOS DEMONIOS (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Agapito Cifuentes era un niño muy goloso. Marisa Cifuentes, su mamá, era una persona estricta que no dudaba en castigar, con su mano severa, el todavía tierno trasero de su hijo.
Marisa Cifuentes, para que su pequeño no se comiera las magdalenas que ella compraba para la abuelita Alfonsa aquejada de inapetencia y de mal ajuste en su dentadura postiza, las escondía.
Agapito Cifuentes, que apuntaba para convertirse en sabueso policial, conseguía localizarlas siempre, comérselas, y una vez comidas arrepentirse al pensar en la nalgada que recibiría de parte de su madre, pues de la abuelita Alfonsa lo único que recibía era la blanda y, para él carente, de importancia advertencia:
—Los niños que hacen enfadar a sus mamás y roban van de cabeza al infierno.
Para Agapito carecía de importancia esta advertencia, porque don Julián, el maestro, ateo hasta las cachas, aseguraba en clase que el infierno no existía y era un asutabobos creado por los curas para atemorizar a la gente asustadiza.
Una mañana Marisa compró para su madre dos pastelitos de crema y los escondió dentro de su caja de la costura, envuelto en un plástico. Agapito se puso a ventear igual que un perro de caza y descubrió donde se encontraban los dos pastelitos de crema. Cuando su madre descubrió su falta le hizo la acusación habitual:
—Te los has comido tú, ¿verdad, sinvergüenza?
—No, mamá, he visto como se los llevaban las hormigas. Una gran procesión de hormigas.
Esta original excusa motivo que ella moviese la cabeza, escondiera una sonrisa, y dejara su mano castigadora ociosa.
Agapito creyó haber encontrado la excusa suprema para zamparse las cosas ricas compradas para su abuela. Pero calculó mal, pues la segunda vez que la empleó no hizo sonreír a su mamá que lo golpeo con mayor fuerza que otras veces, demostrándole que, para ella no existían excusas supremas que valieran.
Tal vez tenía razón en ateo profesor don Julián, en lo de que no existía el infierno, pero si existía un algo que castigaba las malas acciones, pues Agapito dormía muy mal debido a que soñaba en hormigas que se lo comían a él. Este sueño lo atormentaba tanto, que dejó de comerse las cosas dulces de su abuela, y las hormigas lo dejaron en paz. Y un día hablando con su profesor Agapito le dijo:
—Maestro, el infierno puede que no exista, pero los demonios sí existen. Yo lo sé y tienen forma de hormiga.
Don Julián fue a decirle que estaba muy equivocado, cuando una hormiga le picó en la punta de la lengua y lo silenció con un calambrazo de dolor.

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