UN POBRE Y UN RICO (RELATO)

puro

 

 

 

 

 

 

(Copyright Andrés Fornells)
Un pobre llamó a la puerta de una lujosa mansión. Le abrió un estirado mayordomo y le preguntó qué quería.
Con una mirada pedigüeña en sus pitarrosos ojos, el desventurado manifestó con voz debilitada por las calamidades que llevaba sufridas:
—Por favor. Piedad. Llevo tres días sin comer. Me estoy muriendo de hambre. ¿Podrían darme aunque fuese un pequeño mendrugo de pan?
—Aquí no alimentamos a hambrientos. Así que lárgate antes de que te eche a patadas —amenazó el criado con la altivez que los soberbios bien cebados demuestran a los humildes indefensos.
—Dígale a su amo que si no me dan algo de comida le echaré una maldición y a partir de mañana su amo se encontrará en la misma situación de necesidad en la que me encuentro yo ahora.
Los ojos del vagabundo habían adquirido de pronto un brillo tan amenazador, que lograron impresionar al sirviente que, al momento fue a contarle a su acaudalado amo lo que estaba ocurriendo con un andrajoso mendigo.
El ricachón que acababa de recibir una estupenda noticia: habían encontrado una riquísima bolsa de petróleo en la prospección que su firma financiera estaba realizando, decidió:
—Conduce a ese mendigo hasta la cocina, que ahora iré yo a hablar con él.
El mayordomo recibió muy contrariado esta orden, regresó a la puerta donde había dejado esperando al mendigo y, de muy mala gana lo condujo a la cocina.
—¿Qué mierdas hace este desgraciado aquí, ensuciando con su mísera presencia mis dominios? —protestó el orondo cocinero vestido con un impoluto traje blanco rematado con un almidonado gorro del mismo color.
—El señor me ha dicho que lo trajera aquí —el mayordomo empezando a rascarse la cabeza imaginando que el pobre acababa de traspasarle algunos piojos suyos.
Un par de minutos más tarde apareció el millonario en la cocina, le echó un crítico vistazo al mendigo y comentó:
—¡Vaya! Estás hecho un asco, ¿sabes?
—Lo sé —humildemente el indigente — Es que soy paupérrimo, llevo tres días sin comer y estoy que me caigo de debilidad.
—No deberías cometeré ese tipo de privaciones pues, a la larga, la salud se resiente —reprobó el ricachón.
—Si sabré yo eso, que cada vez me queda menos salud —el mísero, al borde del llanto apoyándose en una silla pues sus piernas mostraban notoria intención de dejar de sostenerle.
—Siéntate, que te hace falta —compadecido el magnate que, a continuación, una vez se hubo sentado a la mesa de la cocina el mendigo, volviéndose hacia el gordo cocinero le ordenó—: Dale a este hombre hambriento lo mejor que tenemos, y que coma has-ta que él diga que no es capaz de tragar un bocado más. Y cuando esto ocurra me avisas. Estaré en mi despacho.
El grasiento cocinero necesitó varios minutos para reponerse de la sorpresa que acababa de llevarse. El vagabundo temiendo que aquél fuera a negarle el festín prometido, se envalentonó un poco y reclamó perdiéndole todo respeto:
—¡Venga, aligera, que ya no puedo aguantarme más el hambre y empezaré a mor-discos contigo!
El cocinero, muy contrariado, comenzó a cocinar platos, que el inesperado comensal devoraba a toda velocidad pensando en que si todo aquello lo estaba soñando atiborrar-se bien antes de que despertara.
Y comió y comió dando la impresión de que era insaciable. Pero no lo era. Llegó un momento en que confesó no era capaz de engullir ni un gramo más de comida. Entonces, tal como le había pedido su amo, el cocinero fue a comunicarle que su invitado ya no quería comer más. El ricachón dejó de consultar la pantalla de su ordenador, se puso de pie y precedido del cocinero entró en la cocina. Con una amabilidad que conmovió al pordiosero y casi noqueo de sorpresa al cocinero dijo:
—¿De veras no quieres comer nada más?
—No muchísimas gracias. Estoy a punto de reventar. Que Dios le pague sus bondades para conmigo.
—Perfecto. Ahora voy a buscar un cigarro para que te lo fumes. Lo que más apetece después de una buena comilona es fumar.
—Yo es que no fumo —expuso a modo de disculpa el pobre.
—No importa. Hazlo por complacerme.
Y un par de minutos más tarde su anfitrión regresaba con un gran cigarro puro.
—Póngaselo en la boca que voy a encendérselo —Dijo entregándoselo al menesteroso. Éste, sometiéndose a su capricho, colocó el cigarro entre sus labios llenos de postillas y el millonario le ofreció la llama de un encendedor de oro—. Fume, fume con ganas. Huele bien, ¿eh?
Su obediente invitado asintió con la cabeza. Llevaba media docena de caladas cuando el puro explotó tiznando la cara del fumador a la fuerza cuya expresión de perplejidad no podía resultar más cómica.
El hombre acaudalado se tronchaba de risa. El cocinero mostraba una forzada sonrisa para congraciarse con él. Cuando el millonario superó el ataque de hilaridad le preguntó a la víctima de su chanza:
—No te ha molestado mi broma, ¿verdad?
—No. La gente como usted nunca da nada gratis. Me ha invitado a comer para poder reírse a mi costa. Ya se ha reído y con ello queda compensado el generoso detalle que ha tenido conmigo. Detalle que se ha cobrado, por lo tanto no tengo que darle las gracias. Es usted más desgraciado que yo.
Y caminando con enorme dignidad, el pobre se marchó subido en sus destrozados zapatos, habiendo conseguido lo que otros muy poderosos no había conseguido nunca: ofender al potentado.

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