PRINCIPE AZUL (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells
Azucena Ramírez era una chica romántica, ingenua y soñadora. No existía en el mundo cosa que le gustase más que los cuentos de hadas. Leía todos los que caían en sus manos. Embelesada, al terminar cada lectura, cerraba sus ojos, suspiraba y pedía a las madrinas mágicas encontrasen para ella un Príncipe Azul.
Azucena Ramírez creyó que las hadas la habían escuchado y complacido, el día que conoció al apuesto Jacinto Velones y él la confesó, románticamente arrodillado, que ella le gustaba con locura, incluso le gustaba muchísimo más que el jerez y el jamón serrano pata negra.
Y ambos se unieron, siempre en la oscuridad pues ella era muy púdica, y vivieron felices durante un tiempo. Concretamente justo hasta el día en que a Jacinto Velones lo pilló en la calle una lluvia torrencial, desprovisto él de paraguas, y quedó empapado hasta los mismos huesos.
—Cámbiate, mi amor, no vayas a coger una pulmonía —llegado a casa le aconsejó Azucena Ramírez, cariñosísima, temiendo por su salud.
Fue entonces, al ver a Jacinto Velones desprovisto de ropa, cuando Azucena sufrió el mayor y más terrible desengaño de toda su vida al descubrir que, con la mojadura, él había perdido casi la totalidad de su color azul.
Entonces, furiosa y engañada a más no poder, les echó a él y a sus ropas a la calle.
He sabido, por la mamá de Azucena Ramírez, que ahora ella se ha aficionado a las lecturas de horror, y no me extrañaría verla cualquier día del brazo del Conde Drácula, de Frankenstein o de ese masajista de cuellos, el Estrangulador de Boston.

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