UNA VIUDA PELIGROSA (RELATO)

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Antonio Lugano era publicista. Había nacido un 13 de mayo y solía celebrar todos sus cumpleaños dando una pequeña fiesta en su casa, fiesta a la que invitaba a sus mejores amigos entre los que me hallaba yo. La última de estas fiestas, a la que asistí, aceptando su amable invitación, me encontré un tanto solo, pues él se multiplicaba procurando atender a todos los allí reunidos y esto le dejaba escaso tiempo para mí. La mayoría de los asistentes eran compañeros suyos de profesión y, por ello, completos desconocidos para mí que pertenezco al gremio pastelero. Aparte de esto, eran casi todos parejas y terminé con un whisky on de rocks en mi mano sentado en un rincón de la amplia estancia.

Llevaba allí un rato distrayéndome con la visión de las figuras femeninas que, por la armoniosa distribución de sus voluptuosas formas despertaron mi imaginación sensual, cuando apareció junto a mí una mujer vestida totalmente de negro. No era una belleza, pero en su conjunto poseía unas facciones atractivas que despertaban agrado y sobre todo era dueña de un cuerpo, que no exagero si tildo de extraordinariamente escultural.

Me dedicó una seductora sonrisa y ofreciéndome su mano dijo muy amistosa:

—Aurelia Gómez.

Estreché su mano, blanda y cálida, y le dije mi nombre. A ella debió gustarle el mis-mo porque a partir de aquel momento lo estuvo usando todo el tiempo.

—Bonita fiesta, ¿verdad, Jaume?

—Acogedora —acepté, prudente, pues hasta entonces me había estado aburriendo.

—Soy viuda desde hace un año —me soltó con notoria naturalidad.

—¡Vaya! Pues lo siento.

—No lo sientas, Jaume —tuteándome desde el principio—. Conseguí la viudedad por decisión propia.

Una maliciosa sonrisa curvó su boca de labios gruesos y sensuales. Le devolví una sonrisa torpe, pues no había entendido la intencionalidad de su explicación. Ella llevaba un bolso, también negro, colgado del hombro y en su mano derecha un vaso que, por el color y los cubitos de hielo dentro podía tratarse del mismo brebaje espirituoso que estaba tomando yo.

—¿Trabajas también en publicidad? —le pregunté después de un breve silencio que habíamos mantenido.

—No, no trabajo. Vivo del dinero que, al morir, me dejó mi marido. Era muy rácano. Vamos no te puedes figurar lo tacaño que era. Lo tuve que matar para poder heredarle.

Siempre me han funcionado excelentemente bien los dos oídos, pero esta vez quise cerciorarme de que seguía siendo así.

—¿Mataste a tu marido para poder heredarle? —dije escrutando su rostro, buscando alguna señal que me confirmara la posibilidad de que estuviera bromeando.

—Sí. No me quedó otra salida. El muy imbécil seguía enamorado de mí y no quiso dejarme su fortuna por las buenas.

Yo empecé a creerla. La seriedad de su confesión era absoluta, convincente.

—¿Y cómo le mataste? —empezando a preocuparme.

—Le pegué seis tiros con una pistola que llevo dentro de mi bolso. ¿Quieres verla?

—No, no, soy alérgico a las armas —me apresuré a decirle, temeroso ya.

—Oye, Jaume, acabo de darme cuenta de que te pareces mucho a mi difunto marido. Pero mucho, mucho. ¡Es curioso!

—Ay, seguro que estás confundida. Yo no me parezco a nadie —me apresuré a contradecirla—. Perdona, pero tengo que ir a un sitio urgentemente.

Marché directo hacia la salida. Por el camino dejé mi vaso en lo alto de una mesa y gané la calle. Mirando todo el tiempo hacia atrás, entré en mi coche y me alejé de allí pisando el acelerador a fondo. Reconozco que poseo un sentido de la prudencia que muchos interpretan como enfermiza cobardía. Entre aquellos que lo interpretaban así se contaba mi imprudente amigo Antonio Lugano.

Justo en este momento me estoy vistiendo de oscuro para asistir a su sepelio. Mi valiente amigo Antonio Lugano cometió la temeridad de casarse con Aurelia Gómez, cinco meses atrás. Según el informe que ella dio a la policía, entraron ladrones en la casa, su intrépido esposo ofreció resistencia y los ladrones le pegaron seis tiros dejándole para ser enterrado.

Por pura cobardía yo me mantuve al margen de este asunto. No se encontró el arma homicida, lo cual significa que ésta continúa en poder de su dueña y ya lo dijo el sabio Salomón: “Los cementerios están llenos de valientes que murieron prematuramente”.

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