LA ESTRATEGIA DE UNA CHICA ENAMORADA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Aurorita González era una joven que, encantos aparte, siempre supo lo que quería y obrado en consecuencia. A los dieciocho años conoció a Roberto Piñones en una heladería donde ambos acababan de comprar dos helados iguales.
Se miraron con simpatía, y él dijo:
—Los de turrón y vainilla son mis favoritos.
—También lo son míos —reconoció ella.
—¿Nos los vamos comiendo juntos? —propuso él.
—Será un placer —aceptó ella.
Y echaron a andar cambiando, entre lametazo y lametazo sensual, miradas encantadoras y sonrisas divertidas. Total, que de este encuentro surgió una mutua atracción, y de la mutua atracción pasaron los dos a mantener una relación estable.
Un buen día Aurorita González cogió los ahorros que tenía, y como no le llegaba para lo que se había propuesto realizar, pidió a su madre, que nunca había tenido para ella un no, le prestase lo que faltaba para la suma total que necesitaba.
Cuando tuvo reunida esa suma, Aurorita González fue, se compró una motocicleta y, con ella llevaba todos los días a Roberto Piñones a la oficina donde él estaba empleado, y una vez terminada él su jornada laboral, ella se lo traía de vuelta a casa. Entonces los dos preparaban juntos la cena y si sus cuerpos lo demandaban, se iban a la cama, aunque no tuviesen sueño.
Una compañera de trabajo, que se las daba de feminista, acusó un día a Aurorita González de sumisa, blandengue y esclava:
—Yo nunca llevaría a mi chico en moto al trabajo —afirmó contundente.
—Ya, porque tu chico es más feo que un demonio con viruela y no intentan todas las lagartas de la ciudad ligárselo en el autobús en el que mi Roberto viajaba antes de comprarme yo la moto.
Pasan los años y Aurorita y Roberto siguen viajando en motocicleta, comiendo helados de turrón y vainilla, yéndose a la cama, aunque no tengan sueño, y manteniendo vivo su amor.

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