NORMA CREO UN NUEVO TRUCO DE CONQUISTA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Eran un pequeño grupo de adolescentes. Se reunían algunas noches, los fines de semana, en el almacén que poseía el padre de Mario, local cerrado al público los sábados y domingos. Mario contaban con la autorización paterna. En el almacén había materiales de construcción y balas de heno para los animales. Estos últimos les servía para sentarse. Solían beber y fumar sin llegar al embrutecimiento de la borrachera. Y tomando el máximo cuidado de no provocar un incendio. Eran unos jóvenes sensatos y disciplinados. Su meta era conseguir un futuro exitoso gracias al estudio y al esfuerzo.
Hablaban mezclando la realidad con algo de fantasía, riéndose de esta última pues sabían que consistía únicamente en un juego. Norma y Rafa eran de los que menos hablaban. Eran introvertidos, reflexivos. Aportaban al grupo sus sonrisas, su hilaridad cuando convenía, pero raramente exponían sus opiniones tanto acordes con las de otros, como diferentes. Su máximo interés consistía en mirarse ellos dos a hurtadillas. Nunca habían confesado que se gustaban, pero ambos sabían que era así. Y se gustaban muchísimo.
Una mañana de sábado organizaron todos una excursión al monte. Agustín, que era hijo de un profesor de botánica, sirvió de gran entretenimiento para todos descubriéndoles los nombres de numerosas plantas, así como algunas propiedades curativas que se les atribuían.
Hicieron parada junto a una muralla de rocas considerándolo un lugar ideal para asentar su campamento allí y preparar una paella con todos los ingrediente que, para este fin, habían traído. Alberto y Carmen, que llevaban meses formando pareja, se habían ofrecido para cocinarla.
Norma y Rafa se brindaron voluntarios para ir a buscar leña. Trajeron un buen puñado cada uno. Los improvisados cocineros consideraron podía bastarles, pero por si acaso podían ir a buscar un poco más. Una vez alejados del grupo, Norma le dijo a Rafa:
—Hay una cosa que he deseado siempre hacer, y si tú vigilas por si me caigo, la voy a hacer ahora.
—¿Qué cosa es? —solicito y sorprendido él.
—Subirme a un árbol como hacéis los chicos.
Viendo la ilusión reflejada en los ojos de Norma, Rafa se prestó a ayudarla.
—Mira, ese árbol de ahí no te será muy difícil subirlo. No es muy alto y las ramas mantienen entre ellas una distancia cómoda.
—Lo voy a intentar —ilusionada ella—. Pero tú quédate debajo por si me caigo, ¿eh?
—Vale. No te preocupes, si te caes te cogerán mis brazos.
—En ti confío. No me falles.
—Descuida, que no te fallaré.
Norma reía deliciosamente todo el tiempo a medida que ganaba cierta altura. Estaba gozando la nueva experiencia. Rafa la animaba, riendo también. La encontraba encantadora, tan femenina en sus movimientos, pidiéndole su parece sobre si subía más arriba. Llegó a un punto en que él consideró estaba muy elevada.
—Creo que es mejor que bajes —aconsejó.
—No tengo miedo —aseguró ella.
—Pero yo si lo tengo de que puedas caerte. Desciende ya por fa.
—¿Te preocupas por mí? —coqueta.
—Me preocupo por ti muchísimo —sincero.
—Bueno, pues bajaré. Pero no de muevas de donde estás junto al tronco para el caso de que me caiga.
Cuando le faltaba un metro para llegar al suelo, ella se cayó sobre él y rodaron los dos al suelo riendo. Luego se pudieron muy serios cuando sus miradas fijas, sinceras, se confesaron lo que llevaban mucho tiempo sin atreverse a decirlo. Y cuando se dieron un beso, supieron que estaban ciertamente predestinados el uno para el otro.
Y Norma, muy satisfecha, recordó que su abuela le había contado que, de joven, ella había conquistado a su abuelo dejando caer al suelo un pañuelo suyo perfumado que él recogió y se lo entregó. Como los tiempos habían cambiado, en vez de un pañuelo se había tirado ella en los brazos del chico que la había enamorado.
Los tiempos cambiaban, pero los resultados a obtener eran los mismos.

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