CUENTO DE BLANCANIEVES INÉDITO (PARA ADULTOS) RELATO

(Copyright Andrés Fornells)
La encantadora y bella Blancanieves había enviado a su enano Sabio al castillo de su madrastra a espiarla, quedando ella sentada junto a la ventana de su vivienda a la espera de su regreso. Sabio tardó más de una hora en regresar, tiempo suficiente para que a la niña blanca como la nieve le creciera considerablemente el malhumor.
—¡Vaya lo que has tardado, tonto de capirote! ¡Hasta Dormilón se hubiera dado más prisa que tú en hacer lo que te ordené!
Como si el enano que acababan de mencionar les hubiese oído en sueños emitió un sonoro ronquido, pero continuó durmiendo.
Sabio justificó su tardanza, de la siguiente manera:
—Tuve que esperar a que tu madrastra terminase de cepillar su largo, espeso pelo, se restregase en la cara crema antiarrugas, engordara con rímel sus tupidas y negras pestañas, pintase de rojo sus labios y finalmente, después de haber hecho todo esto se situó delante de su espejo mágico y le hizo la pregunta de siempre.
—¿Y qué respuesta le dio el espejo mágico? —impaciente Blancanieves.
—Le dio también la misma de siempre.
La joven princesa cerró con fuerza los puños, apretó los labios y frunció el entrecejo.
—¡Qué rabia! ¿Has visto si ha regresado ya Gruñón?
—Afuera en el salón se encuentra discutiendo con Feliz que, como es su costumbre, ni se altera ni pierde su estúpida, radiante sonrisa.
—Dile enseguida, a ese eterno descontento, que venga inmediatamente aquí —marimandona Blancanieves.
Pasado un minuto Gruñón entró en la estancia rezongando entre dientes.
—Deja ya de rezongar —le ordenó la princesita—. ¿Has realizado mi encargo?
Gruñón, en cuyos pequeños ojillos brillaba la maldad, asintió con la cabeza y, a continuación le entregó una cesta de mimbre con cuatro piezas de fruta dentro.
—Bien, puedes marcharte a descansar, que mañana tendrás que trabajar duro.
Gruñón agitó de nuevo la cabeza y abandonó la estancia refunfuñando.
—A veces, este tonto habla menos que Mudito —comentó para sí la niña blanca como la nieve refiriéndose al que acababa de marcharse.
A media tarde Estornudón se presentó ante Blancanieves dando estornudos tan potentes que le obligaban a doblar el cuerpo hacia adelante como si realizase exageradas reverencias.
—Estornuda para otro lado, cochino, que me has llenado de saliva —protestó la princesita.
Apretándose fuertemente con dos dedos la nariz, único método con el que conseguía este enano eternamente resfriado dejar de estornudar anunció:
—Blancanieves, acaba de llegar tu madrastra.
—¡Estupendo! Hazla pasar
La hermosísima reina entró, elegantes y majestuosos sus andares, en el saloncito donde su hijastra la esperaba.
—Hola, mi querida niña —saludó mostrando una sonrisa bella y tierna—, ¿cómo estás?
Blancanieves nunca había soportado a esta distinguida, hermosísima mujer que había ocupado el puesto de su querida madre cuando aquélla falleció
—Estoy maravillosamente, señora —respondió la princesita forzando una sonrisa que le salió falsa, y acto seguido le ofreció la cesta con frutos que para ella había manipulado Gruñón—. Tomad una, alteza —dijo con voz extremadamente melosa—. Acaban de ser cogidas y están riquísimas. Yo me he comido ya una —mintió.
—Oh, gracias, Ya sabes cuánto me gustan.
La agraciada madrastra cogió uno de los frutos que su hijastra puso a su alcance, se lo llevó a la boca y le dio un mordisco. Inmediatamente su visión se nublo, sus piernas dejaron de sostenerla y la bondadosa reina cayó al suelo muerta por la manzana envenenada que su perversa e envidiosa hija acababa de darle.
Blancanieves soltó una maligna, odiosa carcajada, y exclamo triunfal:
—Ahora, muerta mi madrastra, yo seré la más hermosa de las mujeres y la nueva reina.

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