ODIABA LAS VACACIONES (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Varios hombres ociosos, apuntalados en la barra de un bar de barrio bebiendo cerveza fresca, sacaron a colación el tema de las vacaciones y contaron algunas anécdotas que tenían que ver con este popular, multitudinario, lúdico asunto veraniego.
Uno contó que reservado un viaje en avión a la mítica India, llegados él y su mujer al aeropuerto se dieron cuenta de que habían olvidado en su casa los pasa-portes que les eran imprescindibles para viajar al país que pretendían visitar, y no pudieron coger otro avión con el mismo destino hasta el día siguiente.
Otro contó que yendo al aeropuerto estrelló su coche contra un árbol, afortunadamente no se hizo ninguna herida importante, pero perdió el avión y los desperfectos hechos al automóvil le habían costado una fortuna.
Otro contó que llegado a su destino, Buenos Aires, se encontró con la des-agradable sorpresa de que le habían perdido la maleta y le tuvieron dos días sin ella y se vio obligado a comprar prendas de vestir que de no haberle extraviado el equipaje, no habría necesitado. Luego la compañía aérea no quiso hacerse cargo del gasto al que lo habían obligado con su fallo.
Finalmente hubo uno de los contertulios que afirmó tajante:
—Yo odio las vacaciones con toda mi alma. Estoy seguro de que fue un invento del cabrón del demonio.
Todos los presentes le miraron con sorpresa, y un par de ellos le pidieron explicara el porqué de su contundente afirmación.
—Odio las vacaciones porque significan para mí el mayor sufrimiento que padezco a lo largo de cada año.
—Explícate, hombre; explícate —le exigieron.
—Me explicó. Os cuento cómo fueron las vacaciones mías del año pasado. Empezaré diciendo (para los que no lo sabéis) que vivimos en el mismo piso, mi mujer, mi hija, mi hijo y mi suegra. Semanas antes de la fecha de partida reservamos dos habitaciones en una modesta pensión de la Costa Blanca. Durante se-manas hasta el día de partida tuve que escuchar a todas horas lo que todos los miembros de mi familia pensaban hacer durante ese tan anhelado periodo vacacional. Planes y más planes. Diversiones y placeres. ¡Guay y más guay! Y por fin llegó la fecha de partida. Del lugar escogido para nuestras vacaciones nos separaba una distancia de seiscientos kilómetros, distancia que recorreríamos en nuestro coche utilitario, pues habíamos calculado que por este medio de transporte nos saldría mucho más barato que yendo en autocar o en tren. El trajín comenzó nada más despertarnos por la mañana del día que debíamos partir. Desayuno y a conti-nuación preparar las maletas. Todos queriendo meter dentro de ellas infinitamente más de lo que les cabía. Al final reunimos cinco maletas que pesaban como demonios y otras tantas bolsas de mano que, en peso y volumen, no le iban mucho a la zaga. Reunimos todo esto en el salón añadiendo el gato de mi hija, el perro de mi hijo que es un pastor alemán grande como un caballo, la pecera de mi suegra que mide 40 x 20 centímetros y la jaula con tres periquitos que no mide mucho menos. Dos maletas cupieron en el maletero junto con la jaula y la pecera. Y otras tres maletas, las más grandes y pesadas en lo alta de la baca. Tuve una discusión de muerte con mi suegra porque quería que nos lleváramos también su silla de ruedas (adquirida por casi nada en una subasta) para poder ella desplazarse más cómodamente cuando sus viejas piernas se cansaran. Al final la silla se quedó en casa, luego de llamarme la airada madre de mi mujer lo que no está escrito. Por fin lo tuvimos todo acomodado. Las ruedas del vehículo, debido al abusivo peso con que lo habíamos cargado casi rozaba el suelo con las llantas a pesar de haber-las hinchado yo al máximo el día anterior. El asiento de atrás lo ocuparon mi mujer, nuestros dos hijos, el perro y el gato, todos ellos apretados como sardinas en lata, y mi suegra delante, a mi lado dándome con el codo en las costillas cada vez que despegaba los codos hacia los lados, ejercicio cabrón que realizaba cada pocos segundos alegando que se le entumecían los hombros. Lo que yo me temía, por obligar al automóvil a llevar tan exagerada carga ocurrió cuando llevábamos re-corridos unos doscientos kilómetros: ¡pincharon a la vez las dos ruedas traseras! Puse la de recambió y otra que me vi obligado a comprar. Todo esto tuve que hacerlo solito, sudando a mares, mientras dentro del coche los demás miembros de mi familia disfrutaban, con el motor en marcha, de aire acondicionado, escuchaban música, leían y contaban chistes con los que se mondaban de risa. Cuando terminé, en vez de alabanzas recibí críticas porque los miembros de mi familia consideraron que soy muy torpe, tardé muchísimo en cambiar las ruedas pincha-das y los forcé a permanecer más de una hora aburridos. Medio deshidratado, pedí agua y resultó que se la habían bebido toda. Finalmente llegamos, a media tarde, a la pensión donde teníamos alquilado hospedaje. En la pensión nos tocó una habitación en la cuarta planta. Otra mala noticia para mí, el ascensor se había averiado y los botones que solían encargarse de llevar los equipajes a las habitaciones de los clientes se habían declarado en huelga. Como las maletas eran demasiado pesadas para las débiles fuerzas de los miembros de mi familia, tuve que subirlas yo por la escalera terminando esta pesadísima tarea más muerto que vivo, y maldiciendo las vacaciones y el cabrón de mierda que las inventó. Por la no-che tuve que dormir con el perro de mi hijo porque (Dios sabrá porqué maldita razón, el animal se había encariñado conmigo). El gato que ha nacido para incordiarle se instaló en el alfeizar de la ventana de mi cuarto y me mantuvo toda la noche en vela el perro ladrándole. Al día siguiente se le murió un periquito a mi inconsolable suegra que llorado como una magdalena me culpó de ello por los bruscos frenazos que durante el viaje en coche hice al llegar a cada curva. Todos los miembros de mi familia le dieron la razón sin atender a mi explicación que con todo el peso que llevaba el vehículo éste se me iba fuera de control en las curvas. Al mediodía fuimos a comer a un restaurante, sufrí una intoxicación (sólo yo, ¿eh?) y estuve tres días sin poder abandonar mi cuarto porque a cada momento yo me salía por el trasero y no me convenía estar lejos de un cuarto de baño.
Al llegar aquí el hombre rompió a llorar amargamente. Ninguno de sus oyen-tes tuvo tan mal corazón como para pedirle que terminara de contar las desdichas que seguramente todavía le quedaban en el tintero, al pobre desgraciado y todos le dedicaron palabras de consuelo y lo invitaron a beber más cervezas.
A continuación dejaron de hablar de las vacaciones y hablaron de los temas más comunes: de la climatología, del fútbol y de lo mal que lo hacía el gobierno de turno.

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