UN LADRÓN ABRIÓ UNA CAJA FUERTE (MICRORRELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Ricardo Tarima era un delincuente de esos que practican obstinadamente el robo animados por la esperanza de poder dar un golpe definitivo que les haga ricos. Tenía treinta y dos años, era tan pobre como cuando comenzó su carrera delictiva con dieciocho, y ya había conocido las amarguras de verse preso en tres ocasiones consiguiendo con ello verse casi un lustro privado de libertad.
—Algún día cambiará mi mala suerte —solía asegurar a los pocos que se apiadaban de él.
Y pareció estar en lo cierto, pues en su último encarcelamiento tuvo la fortuna (entendió él) de haber conocido a un ladrón de cajas fuertes que le enseñó todo lo que debía hacer para abrirlas.
—Ahora sí que me voy a hacer rico —se dijo todo ilusionado.
En cuanto le pusieron en libertad se enteró por medio de un jardinero, al que prometió parte del botín que obtuviese, de una lujosa mansión cuyos dueños se hallaban de vacaciones.
—No te olvides de que vamos a medias, ¿eh? —le recordó el jardinero traidor.
—No lo olvidaré. Tú encárgate de dejar desconectado el sistema de alarma y yo me ocuparé del resto.
Ricardo encontró poca dificultad en conseguir entrar en la mansión, forzando una puerta de la cocina. Cuando vio la caja de caudales, enorme como un frigorífico de cuatro puertas, se frotó las manos de contento.
—Con la mitad de lo que habrá ahí dentro en joyas, dinero, acciones y demás cosas valiosas, podre vivir el resto de mi vida como un marajá —se dijo exultante de felicidad.
Gracias a los conocimientos recibidos de parte del compañero suyo de celda, el ex preso consiguió abrir aquella gran caja de seguridad, en menos de una hora. Y ciertamente allí dentro había cosas de valor suficientes para que él y su informador llevasen una existencia de lujos y de placeres.
Pero ocurrió que aquella caja de caudales pertenecía a un modelo muy moderno de cierre automático, y antes de que Ricardo tuviese tiempo de sacar nada de ella, se le cerró dejándole preso dentro. Y tuvo la mala suerte de no haber recibido unos conocimientos imprescindibles en aquel momento: había aprendido a abrir una caja desde afuera, pero no desde dentro.
Tuvo suerte de que los dueños regresaran a tiempo, llamaran a la policía y lo sacaran de allí antes de que se asfixiara.
Cuando salió después de cumplir una condena de cuatro años, decidió convertirse en un ciudadano honrado y, como siempre había envidiado la vida que llevaban los pájaros viajando por el aire, se hizo paracaidista.
Ricardo tuvo un triste final, debido sin duda a la mala suerte que le había acompañado siempre: le dieron un paracaídas defectuoso.

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