EL ANCIANO DE LOS CARAMELOS (I) (MICRORRELATOS)


(Copyright Andrés Fornells)
Ha transcurrido tanto tiempo que se me olvidó su nombre, pero nunca se me olvidó él. Era un anciano encorvado de cuerpo y con cara de pasa. Su pelo era blanco y una gran parte del mismo se le había escapado hasta la mitad de su cráneo, pulido y brillante como si se la hubiesen barnizado la parte despoblada. A cada lado de la boca, un poco más allá de las comisuras, tenía dos arrugas profundas como cuchilladas que daban a su enjuto rostro una falsa sonrisa perenne.
Este anciano se ganaba el sustento fabricando caramelos. Los fabricaba de un modo auténticamente artesano. En un cazo ponía la mezcla que nunca le vi preparar, pues me decía que debía prepararla de madrugada, cuando el día aún no ha pecado, para que saliera todo lo buena que él deseaba. Cuando la pasta dulce que él sabía sacar de diferentes colores y sabores alcanzaba su punto, la repartía en unos pequeños moldes cuadrangulares. Cuando esta masa se enfriaba era el momento de envolver cada uno de esos sólidos cuadraditos en papeles de vistosos colores.
Era una vez llegado esa fase del proceso que él permitía intervenir al mocoso que era yo entonces, con mi arrugado y deteriorado pantaloncito corto y un cordel para sujetarlo, cara sucia y cabeza despeluznada. Y a mí me encantaba realizar la tarea de cubrir los caramelos con aquellos papelitos de alegres colores y repetir con él, mientras retorcíamos los extremos empleando tres dedos de cada mano:
—Esto hago yo con los malos pensamientos que sobre mí tienen mis enemigos.
Hay recuerdos imborrables porque los asociamos a cosas materiales que nunca desaparecen de nuestra vida. En este caso los caramelos. He podido escribir esto porque tengo uno en mis manos y me lo voy a meter en la boca ahora que he terminado este microrrelato.
Abuelo cuyo nombre no recuerdo, mientras yo viva tú seguirás vivo también, en mí. Es lo mínimo que puedo hacer por esos entrañables momentos que, en mi niñez, tú me regalaste.

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