CUANDO EL AMOR SE ROMPE (microrrelato)


(Copyright Andrés Fornells)
Llevaban unas pocas semanas durmiendo en camas separadas. Ella se lo había pedido. Sufría frecuentes jaquecas y, de este modo, él se sentiría menos frustrado cada vez que se acercaba a ella y ella lo rechazaba porque no se encontraba bien y le era imposible complacerle en lo que él deseaba apasionadamente, porque él era un hombre apasionado, mientras que ella era más tranquila, más fría, menos impulsiva.
Además de las dos camas separadas se estaban ambos separando psicológica y amorosamente. Cuando se reunían en casa, no se contaban cómo empleaban su tiempo en la oficina, de qué hablaban con sus compañeros, la mayor o menor tiranía y desconsideración de sus jefes, ni exponían su opinión sobre asuntos de actualidad.
Reconocieron que su matrimonio estaba pasando por una fase muy negativa. Él manifestó su deseo de salvarlo, ella coincidió con él. Creyeron que les ayudaría pasar una semana de vacaciones juntos.
Playa, sol, cenas a la luz de la luna y bailes románticos les regresarían a los tiempos en que, locamente enamorados, se habían convertido en inseparables. No se cansaban de hacer el amor. Vivían una continua, frenética embriaguez sexual.
Era su segundo día de vacaciones. La noche anterior habían cenado a la luz de la luna y bailado con la música romántica de unos violines, pero cuando llegaron al dormitorio ella dijo sufrir una insoportable jaqueca y, para no molestarla, él se fue a dormir al sofá.
Cuando él despertó, triste y malhumorado, ella ya no estaba en la habitación. Por la ventana de la estancia entraba un chorro de sol resplandeciente. Él se acercó a esa ventana. Daba a la piscina. Descubrió, entre los bañistas que ocupaban las hamacas, a su mujer. Se hallaba junto a un joven apuesto y atlético. Los dos charlaban animadamente. Reían. Daban la impresión de que lo estaban pasando estupendamente juntos.
Él no experimento enojo. Él no experimentó celos. Él reconoció lo que se había resistido a reconocer por lo dolorosísimo que le resultaba, pues la seguía amando. Reconoció que no quedaba nada del gran amor que ella y él se tuvieron tiempo atrás. Él siempre había sido un buen perdedor e iba a demostrarlo otra vez más.
Sacó la maleta de debajo de la cama y comenzó a llenarla con su ropa.

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