ESE AMIGO QUE NUNCA QUISO SEPARARSE DE MÍ (MICRORRELATO)

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“A nadie que te quiera de veras lo perderás en los laberintos que nos crea el azar” solía decirme mi entrañable abuela Rosa.
Esto me lo demostró un perro que recogí de muy chico. Por lo achinados que tenía los ojos, le puse de nombre “Mandarín”. “Mandarín” fue, como lo son la gran mayoría de los perros: fiel, inteligente y cariñoso. Cuando sus patas adquirieron la suficiente fortaleza, lo saqué todas las mañanas a dar un paseo. Me encantaba verle marchar a mi lado, muy chulo él, con la cabeza alta como si quisiera demostrarle al mundo entero que se sentía orgulloso de tenerme a mí por compañero de su vida.
A menudo, cuando yo permanecía demasiado tiempo concentrado en mi trabajo con el teclado y el ordenador, exteriorizaba unos gemidos de tristeza que me obligaban a hacer un alto en mi labor y dirigirle la palabra:
—¿Qué te pasa, “Mandarín”, que rezongas igual que una vieja malhumorada?
Inmediatamente él convertía su rabo en un eufórico ventilador y se acercaba a colocar su noble cabeza en lo alto de mi muslo para que se la acariciase. Yo se la acariciaba durante un par de minutos y después le decía:
—Ya tuviste tu ración de pamplinas. Ahora túmbate tranquilo y déjame trabajar que tengo mucha tarea por hacer.
Y él se tendía a dos pasos de mí, sin perderme de vista sus ojos color miel hasta que se le cerraban y quedaba traspuesto.
Hay gente que, cuando se refiere a perros muy inteligente dice: “Solo le faltaba hablar”. A “Mandarín” ni eso, porque hablaba, a su modo, claro.
Uno de tantos domingos por la mañana, que me lo llevé al campo para que los dos hiciéramos ejercicio y respirásemos aire limpio, de pronto “Mandarín” salió disparado detrás de una liebre, desapareció por el fondo de una quebrada y ya no regresó a mi lado. Creo que no se extravió. Creo que alguien se adueñó de él porque era un animal muy bonito, alegre y manso.
El caso es que yo le busqué durante horas y horas, hasta bien entrada la noche, en que tuve que darme por vencido. El disgusto mío fue tremendo. Le tenía a “Mandarín” un gran cariño.
En adelante, con harta frecuencia pensaba en él y lo echaba de menos. De vez en cuando miraba hacia el lugar de la estancia donde él solía colocarse, llevado yo de la ilusoria esperanza de que apareciese de pronto.
Transcurrieron varios días. Empecé a hacerme a la idea de que lo había perdido irremediablemente. Hasta que una mañana escuché unos ladridos provenientes de la puerta de la calle. Corrí presuroso a abrirla y allí estaba “Mardarín”, sucio, esquelético, rodeado su cuello con una cuerda. Se me lanzó encima en una explosión de alegría tal que me conmovió hasta los mismos cimientos del alma. Le acaricié, le dije las palabras más tiernas que en aquel momento me brotaron directamente del corazón. Entre la veintena de mayores alegrías que me he llevado a lo largo de la vida, su regreso fue una de ellas.
Hace un par de semanas volví a perder a “Mandarín”. Esta vez irremediablemente para siempre. Es una imperdonable crueldad que la vida de los perros sea tan corta. “Mandarín” solo pudo permanecer catorce años a mi lado. Vivo, claro, porque en el recuerdo lo sigo teniendo conmigo.

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