DIOS PADRE Y ADÁN (MICRORRELATO)

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Adán tuvo que esperar a morirse para que se le presentara la oportunidad de poder hablar otra vez más con Dios. Ya muerto, Adán llegó al cielo y san Pedro, antes de permitirle la entrada, leyó en voz alta y de manera concisa, lo más relevante de su vida:
—Adán, por el pecado de desobediencia, por haber comido la fruta prohibida del árbol del bien y el mal fuiste justamente expulsado del Paraíso. Después de haber sufrido tan importante pérdida has sabido ganarte el pan con el sudor de tu frente, pasado calamidades, enfermedades y has aceptado, aunque enfureciéndote a veces, todas las desgracias que han caído sobre ti. Como la desgracia de que un hijo tuyo matara a otro, y tu mujer cometiera incesto con el más joven de tus hijos. Finalmente, aunque te costó, pediste perdón al Señor por tus pecados y te arrepentiste de haberlos cometido. Ahora, juzgado misericordiosamente por todo lo que acabo de reseñar, se te autoriza a entrar en la gloria. Aquí tienes un bollo de pan eterno y un vaso de agua eterna. Cómelo y bébela y, durante toda la eternidad, no volverás a conocer ni el hambre ni la sed.
Adán comió y bebió lo que acababa de recibir y a continuación pidió audiencia para poder hablar con el Todopoderoso.
El encargado de controlar este tipo de demandas, le advirtió que eran muchísimos los que, antes que él, habían solicitado lo mismo:
—Por lo tanto, Adán, tendrás que esperar tres millones seiscientos trece mil años hasta que puedas ver atendida tu petición.
—De acuerdo; a un ser humano mortal que suele vivir menos de cien años, le parecería una auténtica barbaridad, pero para mí que voy a vivir ya para siempre, será una pequeñez —aceptó resignado.
Durante la obligada espera, Adán fue de nube en nube preguntando a todo el que encontraba dentro de aquella inmensidad sin fin, si conocía el paradero de Eva, a la que amó siempre a pesar de la jugarreta de la manzana y habérsela pegado con su hijo pequeño.
Pero antes de haber podido descubrir dónde se hallaba aquella mujer que, a pesar de los pesares tanto quiso, le tocó el turno de ser llevado a presencia del Creador.
La impresionante, gigantesca figura del Omnipotente ocupaba un trono colosal y se hallaba
rodeada de una luz áurea tan potente, que cegaba al que se enfrentaba a ella, y también de una numerosa corte de maravillosos angelitos voladores, juguetones y tañedores de innumerables instrumentos musicales.
Delante del Omnipresente, Adán cayó de rodillas en señal de absoluto respeto y sumisión.
Con voz de trueno, pero que no ensordecía, sino que sonaba infinitamente dulce, amistosa y tierna, le preguntó Quién acababa de concederle audiencia:
—¿Para qué querías verme, Adán?
Dando muestras de un valor que le sorprendió hasta a él mismo, su humilde siervo expuso:
—He venido a presentarte varias quejas, Señor. Lo habría hecho antes, pero me he visto obligado a esperar dos millones setecientos trece años, sin contar los noventa que me permitiste de vida terrenal.
Su explicación mereció una benévola sonrisa por parte del Sumo Hacedor.
—¿Qué vienes a quejarte de mí, has dicho? ¿Tú, Adán, al que di la vida, regalé un paraíso, primero, y después, por tu gran pecado, envié a la Tierra, que no siendo lo mismo que el Paraíso, también contiene sus maravillas, aunque para disfrutarlas tuviste que ganar el sustento con el sudor de tu frente y el cansancio de tu cuerpo, me vienes a mí con quejas?
—Sí, Señor, todo eso que has enumerado es muy cierto, pero sigo queriendo quejarme, porque, a mi modo de ver, a Eva y a mí nos castigaste injustamente.
Ante la obstinación del primer hombre que Él puso sobre la Tierra, Dios Padre enarcó sus enormes cejas, grandes como arcos iris, con la diferencia de que no eran multicolores sino de un blanco deslumbrante.
—Veamos. ¿Por qué consideras tú, Adán, que yo os castigué injustamente a Eva y a ti?
—Porque la culpa de que fuéramos tan imperfectos es totalmente tuya, Señor, puesto que Tú fuiste quien nos creó. Y el culpable de toda chapuza es siempre quien la realiza, no quien paga sus consecuencias. Y por habernos Tú creado imperfectos, mi mujer cayó a la primera tentación que le pusiste; y por habernos Tú creado imperfectos, Caín, nuestro hijo mayor, mató a su hermano Abel por los celos homicidas que Tú le despertaste prefiriendo el primogénito del rebaño de Abel a los primeros frutos de la cosecha de Caín. Luego, en castigo por su crimen, maldijiste a Caín condenándole a vagabundear por la tierra y lo marcaste con una señal para que nadie que lo encontrase le atacara; advirtiendo que quien matase a Caín lo pagaría con un castigo siete veces mayor. Como puedes ver, de dos hijos que tenía para ayudarme en los penosos trabajos que debía realizar para poder subsistir, quedé sin ninguno. Luego tuvimos otro hijo más, Set, que aquejado del complejo de Edipo —otra imperfección gravísima tuya— cometió conmigo la imperdonable, vergonzosa desconsideración de meterme cuernos.
El Altísimo observó al compungido Adán y, compadeciéndose de él, dio muestras de una extraordinaria magnanimidad, pues reconociendo justas las reclamaciones que le había presentado el reclamante y, aceptando que le había salido bastante defectuoso, concedió:
—Vale, Adán, acepto la parte de culpa que me corresponde. ¿Qué reparación deseas obtener de mí?
—Que me devuelvas al maravilloso Paraíso, que me des dos primeros hijos que conozcan el amor y desconozcan el odio. Y que me procures una segunda Eva para que el más joven de mis hijos, Set, no se vea en la denigradora necesidad de adornarme la frente, hecho lamentable que le quita mucha dignidad y respetabilidad a un padre que quiera atesorar ambas virtudes.
Cuando Adán vio la enorme, afectuosa, sublime sonrisa que apareció en el barbudo y bondadoso rostro del Creador, supo que había valido la pena esperar aquellos tres millones setecientos trece años, que había esperado, para formular sus justas reclamaciones.

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