LO QUE LE SUCEDIÓ A UN ASESINO TRAMPOSO (RELATO NEGRO)

phlipe el greñas
Entre los pistoleros que Ramos Culogordo tenía a su servicio, había dos que fanfarroneaban todo el tiempo de tener mejor puntería que el otro. Estos dos jactanciosos eran Larry el Bello, y Philip el Greñas. El primero tenía merecida fama de conquistador, y lo demostraba acostándose todas las noches con una mujer, cuando no con dos. El segundo alardeaba de no haberse peinado ni una sola vez desde su venida al mundo en mitad de una noche huracanada, y aseguraba que antes se cortaría la mano, que poner en ella un peine.
Convencido de que él saldría ganador, Philip el Greñas manifestó una tar-de, en que toda la banda se hallaba reunida, al tiempo que sus ojos saltones miraban con ofensivo desdén a su competidor:
—Me apuesto 10.000 dólares a que tengo mejor puntería que tú.
—No quiero arruinarte, apostemos solo 1000 —recortó Larry el Bello exhibiendo una de sus irresistibles sonrisas.
—¡Bah! Eres un gallina —despreció el que llevaba 32 años eludiendo la labor de peinarse.
—Y tú eres tan valiente como un caracol que se esconde en la sequía —se burló el guaperas, que sabía esto por haber buscado gasterópodos durante su niñez para, con el dinero que por ellos le daba el dueño de un restaurante francés, comprar botellas de whisky a su padre y evitar con ello que le pegara.
El orondo jefe de ambos intervino, al tiempo que rascaba con entusiasmo su abultado trasero:
—¡Basta de insultos! Aquí, el único que insulta soy yo, sacos de mierda. Venga soltad mil pavos cada uno. Yo guardaré el dinero de la apuesta y se lo entregaré al ganador.
Los antagónicos hicieron caso al que les pagaba, y les pagaba muy bien, por cierto. Se hallaban todos los miembros de la banda en la vieja granja donde manipulaban la cocaína que les enviaban desde Colombia (metidos en los cuerpos sin vida de empleados norteamericanos de la embajada), convirtiéndola en pequeñas dosis para el consumo individual.
Fue Ramos Culogordo quien colocó dos botellas de cerveza vacías encima de sendos barriles. Realizada esta operación contó diez pasos, hizo con el cañón de su Parabellum una línea recta en el suelo, y les dijo a los contendientes se colocasen allí, a corta distancia el uno del otro. Esperó a ser obedecido para entonces indicarles:
—En el caso de que los dos hagáis blanco, será considerado ganador aquel de vosotros que haya disparado más rápido. ¿OK?
—Por mí de acuerdo.
—Por mí también de acuerdo.
—Bien, sacad vuestras armas. Yo contaré hasta tres y entonces vosotros disparáis. ¿vale?
Sus dos esbirros respondieron que sí, echando mano a las fundas soba-queras, y amartillaron sus pistolas una vez sacadas.
—Te voy a ganar, despeinado —convencido, burlón, Larry el Bello.
—¡Jo, jo! Verás cómo gano yo —Philip el Greñas, acompañándose de una siniestra carcajada.
Desde prudente distancia, el que mandaba en ambos, comenzó a contar:
—Una, dos y… ¡tres!
La botella de cerveza de Larry el Bello saltó por los aires hecha añicos. La de Philip el Greñas permaneció intacta. Este pistolero, en vez de dispararle al envase disparó a la cabeza de su hermoso compañero que cayó de bruces al suelo muerto, soltando sangre por el boquete que la bala del eternamente des-peinado le había abierto en la sien.
Los que habían presenciado este crimen volvieron sus miradas hacia Ramos Culogordo quien, dirigiéndose a Philip el Greñas le preguntó:
—¿Y ahora qué hacemos con el “fiambre”, descerebrado?
—Pues que esos 2000 dólares sirvan para procurarle un entierro decente al que ha perdido la apuesta —manifestó el asesino poniendo cara de contable listo.
El asombro de los otros miembros de la banda quedó patente en sus bocas y en sus ojos abiertos por la perplejidad. Ninguno de ellos se esperaba que, por el crimen que acababa de cometer Philip el Greñas, su jefe ni siquiera le regañase. Ellos ignoraban que lo habido allí no había sido un desafío, sino una ejecución acordada entre el asesino y Ramos Culogordo, para castigar los cuernos que el occiso le había metido enamorando a la novia del capo mafioso, y que él este tipo de libertades no se las perdonaba a nadie, ni siquiera a su mismo hermano al que había ejecutado una Navidad aprovechando que aquél tenía ocupadas ambas manos abriendo una botella de champán.
—Con 2000 dólares podría pagársele un buen entierro a Larry el Bello, pero tendríamos difícil convencer a nadie de que murió de muerte natural con un tiro en los sesos —reconoció su adiposo jefe—. Vamos a hacer otra cosa. Los 2000 dólares os los repartís entre todos a partes iguales, para que os emborrachéis llorando al muerto —decidió dejándolos encima de una destartalada mesa—. No quiero peleas entre vosotros, ¿eh? En las peleas, lo sabéis desde que erais chicos, siempre sale alguien malparado.
Todos aceptaron su propuesta. Cuando favorece, ni los muy tontos muestran desacuerdo.
—¿Y con el muerto qué hacemos, ocho letras: entierro? —pregunto Jimmy el Pecas, que aprovechadas muy bien sus horas de ocio, se había convertido en experto crucigramista.
—Pues, como decía mi abuelo, cuando yo rompía un cristal de un balo-nazo: El que rompe, paga. Philip, te toca a ti enterrarlo al pie de la higuera —señalando hacía el árbol uno de los morcillones dedos de Ramos Culogordo—, a ver si en el futuro da higos un poco más dulces.
—A mí no me gustan los higos —con la esperanza de escaquearse, manifestó Philip el Greñas, que le tenía más miedo al trabajo físico, del que tiene un gitano a una bicha.
—Pues te jodes. Tampoco a mí me gusta prestar mis picos y mis palas y voy a hacer una excepción contigo. Ahí en la caseta de las herramientas están.
Todos, menos el aludido, sintieron ganas de soltar la carcajada, pero se las guardaron, no se podía reír a gusto a costa de un tipo que podía matar con tanta sangre fría como acababa de hacerlo Philip el Greñas. En la tarea de enterrar a Larry el Guapo, el del pelo enmarañado se dio la mayor sudada de toda su holgazana existencia.
Una semana más tardes las numerosas, desconsoladas amantes de Larry el Bello le tendieron una emboscada a Philip el Greñas, lo ataron y una vez in-movilizado, lo caparon y luego, a tantas cuchilladas por cabeza le dieron una lenta, dolorosísima y cruenta muerte.
Al enterarse de esta terrible ejecución, Ramos Culogordo descubrió sus dotes filosóficas al comentar:
—No puedes matar flores y librarte de que alguna abeja se enfade y se vengue de ti.
Tuvo enorme suerte de que las vengativas amantes no descubriesen que él había sido el instigador del asesinato de Larry el Bello, porque podía haber sido emasculado y muerto también él.

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