OTRA CENICIENTA MUY DIFERENTE (RELATO NEGRO)

Cenicienta Dibujos para Imprimir 35 Purita López se hallaba en el salón de su desordenado apartamento, pues, si ella se había negado a realizar tareas de aseo personal y labores de limpieza cuando se hallaba bajo el dominio de sus padres, menos iba a hacerlo ahora que tenía alquilado un cochambroso apartamento, y nadie la obligaba. En aquel momento se hallaba, entre calada y calada de un grueso porro que ella se había elaborado con hachís, pintando las uñas de sus manos de color berenjena. Iba en bata y despeluzada pues llevaba pocos minutos levantada después de una noche en la que había recibido a dos clientes cazurros de pueblo, muy brutos y necesitados de descargar el enorme depósito de municiones que traían.
Llamaron al timbre. Soltó refunfuño de contrariedad. Acercó su ojo derecho a la mirilla. Se le alegro el semblante. El que acababa de llamar era un guaperas. Estupendo sería comenzar la mañaca con él.
—Hola, ricura —saludó, risueña, al abrirle la puerta.
El visitante nada más entrar le mostró su placa de policía. Purita perdió la sonrisa. Como les ocurre a tantos que militan al otro lado de las leyes, odiaba a los que, dentro de los bajos fondos, despectivamente, llaman maderos.
—¿Qué quiere? —preguntó hostil.
—Que te sientes —señalando él hacia el baqueteado sofá, que mostraba sus tripas de espuma verde en un par de lugares.
—Muy amable —áspera, obedeciendo de mala gana.
El agente sacó del interior de la bolsa que llevaba una zapatilla de tenis sucísima y volvió a ordenarle:
—Póntela.
Purita López estuvo a punto de negarse, pero comprendió que no le serviría de nada. Que lo más conveniente para ella sería seguir obedeciendo al agente. La zapatilla entró fácilmente en su pie.
—Adiviné que sería tuya. La encontramos ayer tarde en el jardín del chalé donde estuviste asesinando a su dueño. Te van a caer un buen montón de años de cárcel por este asesinato, zorra.
Si pensaba el representante de la ley añadir algo más a esta sentencia no pudo hacerlo porque le silenció el brutal golpe de cachiporra en la cabeza, que acababa de propinarle el chulo de Purita. Ésta se volvió hacia él y le preguntó, muy preocupada:
—¿Y ahora qué haremos, tío?
—Lo mejor para nosotros. Ayúdame a atarlo y amordazarlo. Y cuando terminemos me acercaré a casa de Jorge el Pitufo a pedirle su motosierra.
Purita le prestó la ayuda pedida y, cuando terminaron, le recomendó:
—No tardes mucho, que voy a preparar los desayunos enseguida.
—No te preocupes. Me daré prisa.
Ambos actuaban con la naturalidad que procura la experiencia.

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