LA ENCANTADORA Y AMBICIOSA MARION DULAMIEUX (RELATO NEGRO)

Lautrec 6
LA ENCANTADORA Y AMBICIOSA MARION DULAMIEUX
La Belle Époque se hallaba en todo su esplendor. En París la antigua aristocracia europea gozaba de notoria influencia política y el capitalismo a gran escala se hallaba en su máximo auge. Muchas jóvenes del campesinado francés acudieron a la importantísima metrópoli francesa en busca de un trabajo menos duro y mejor pagado que el que realizaban en el campo y, las más ambiciosas, albergando la esperanza de hacer fortuna.
Marion Delamieux fue una de estas últimas. No era ninguna belleza pero poseía cierto atractivo y un cuerpo fuerte y muy bien formado. Apasionada y ardiente, llegó a “la ville lumière” con la doncellez largo tiempo perdida y un amplio conocimiento sobre la sexualidad, sobe lo que más les gusta a los hombres de las mujeres y lo que debe hacer una hembra para seducirles, complacerles y también dominarles.
Su primera colocación fue de sirvienta en la casa de los condes de Chatobreau. Camille, la condesa, Florián el conde; ambos sexagenarios. La condesa con inclinaciones zoofilias que satisfacía sus necesidades de placer con sus dos perros cocker spaniel a los que cuidaba y mimaba llevándolos dos veces por semana a salones de embellecimientos. El conde era impotente y gozaba únicamente del sexo visual y olfativo. Marion tardó poco descubrirlo y le arrancó al anciano oleadas de placer haciéndole tumbarse en la ca-ma y poniéndose ella de cuclillas colocarle en su picuda nariz sus afrodisiacos pétalos femeninos. El viejo aristócrata, agradecido, le hacía regalos que empezaron siendo pequeños y fueron aumentando debido al astuto proceder de Marión.
—Hoy me he puesto pantalones de pana porque me he levantado de muy mal hu-morada. Tendrás que regalarme algo que merezca me anime a ponerme la faldita corta.
—¿Te pondrán de buen humor unas ligas nuevas? —propuso el conde que no era precisamente desprendido.
—Tengo ya demasiadas ligas. Quiero abrirme una pequeña cuenta en el banco e ir ahorrando un poco cada vez que pueda, para cuando mis encantos se marchiten contar con algo para mi vejez.
—Nunca me pediste dinero antes —lamentándose él.
—Para todo hay una primera vez y la mía ha llegado ahora —contundente ella.
—Dinero no —obstinado él.
Marion sabía cómo vencer su resistencia y tacañería. Se paseaba por la casa señorial desprovista de esa prenda femenina que muchos llamas la más íntima, atormentándole con el fuerte aroma sexual que desprendía su entrepierna. El conde de Chatobreau ter-minó claudicando y entregándole encima del sueldo una substanciosa cantidad de dinero. Marion tenía un día libre a la semana, generalmente los sábados. Un sábado por la tarde en unos grandes almacenes se encontró a Nina, una joven vecina suya del pueblo. Celebraron el encuentro tomando un refresco en una café. Lógicamente hablaron de cómo les iba en París. Nina contó que estaba trabajando en un cabaret y le iba bastante bien. Marion quiso saber en qué consistía su trabajo y la otra le explicó que su trabajo consistía en desnudarse poco a poco, realizando al hacerlo movimientos eróticos delante de los clientes que acudían al local. Y entre actuación y actuación se dejaba toquetear por los hombres que la invitaban a consumiciones sobre las que ella recibía un pequeño porcentaje.
—Y para ganar más todos las noches me acuesto con dos o tres clientes. A veces más y lógicamente les cobro por ello.
—¿O sea que te has convertido en una prostituta?
—Hija, di mejor que me he convertido en una artista camera. En esta vida si vas con melindres nunca sales de la pobreza. ¿Te acuerdas de la finca del viejo Lautrec, ¿pues acabo de comprarla con mis ahorros?
—Pero eso te habrá costado una fortuna. Esa finca es grandísima.
—Ciertamente. Me ayudó el dinero que heredé de un viejo que murió, con el que durante algún tiempo me mostré extraordinariamente cariñosa. Sus herederos se me echaron encima, pero como todo había sido legal nada pudieron contra mí.
—Nunca pensé que fueras tan lista, Nina —admirada y envidiosa.
—Tampoco yo, hasta que descubrí que sí lo era —riéndose la otra.
A Marion, que cada día que pasaba le crecía la codicia, esta conversación la dio mucho que pensar, sin embargo estaba bien con los condes y poco a poco su cuenta del banco aumentaba, y no tenía que trasnochar, algo que no le apetecía, pues acostumbrada a trabajar en el campo se acostaba con las gallinas y despertaba con las primeras luces del día. Más su cómoda y provechosa existencia sufrió un repentino, inesperado vuelco debido un terrible accidente ferroviario. La locomotora de vapor que hacía la ruta Granville-Paris, por culpa de un freno defectuoso no pudo parar, atravesó la fachada de la estación y entre los muertos que hubo en este desdichado accidente se hallaban los condes Chatobreau. Al día siguiente de habérseles dado santa sepultura apareció en su magnífica propiedad, el heredero de los occisos, un sobrino ambicioso que acusó inmediatamen-te a Marion de haber robado, antes de su llegada, las joyas de sus tíos. La fámula lo negó, sostuvo que los difuntos eran muy desconfiados y las joyas se las habían llevado con ellos. El sobrino argumento que las joyas no se encontraron entre las pertenencias de los condes. Marión se defendió sosteniendo que alguien debió robárselas. La detuvieron, pero al no conseguir pruebas de su culpabilidad tuvieron que soltarla. Las joyas Marion las había guardado en la caja de seguridad de un banco. De nuevo en la calle, Marion no queriendo tocar sus ahorros, buscó inmediatamente un nuevo trabajo. Acordándose de su amiga Nina, se presentó ante el director del Moulin Rouge, un tipo gordo, calvo y con cara de hastío, quién le pidió que se desnudase delante de él. Marión no dudo un instan-te en hacerlo, el pudor llevaba mucho tiempo sin hacer uso de él.
—No eres muy guapa —juzgó él—, pero con el rostro bien maquillada podrás parecerlo. En cuanto a tu cuerpo es exuberante y voluptuoso. Gustarás a los hombres.
Efectivamente Marion gustó a la lujurioso clientela del Moulin Rouge y empezó para ella una buena época, aunque seguía resintiendo lo de acostarse de madruga y dor-mir durante el día, mal, pues vivía en una zona con mucho tráfico y trasiego de transeúntes, todos ellos ruidosos. Finalmente buscó y encontró un viejo chaletito provisto de un pequeño jardín situado en uno de los barrios antiguos de la ciudad. Una noche, después de realizado su número de striptease, un anciano que la había estado contemplando con ojos embelesados la invitó a beber y le confesó que lo tenía fascinado por lo mucho que ella se parecía a su difunta esposa a la que había amado con locura. Las visitas del anciano y las invitaciones a Marion se sucedieron y un día él la invitó a ir a su casa.
—Desgraciadamente no funciono ya —confesó—, pero gozaré teniéndote desnuda a mi lado en la cama perfumada con el perfume que usaba mi desaparecida esposa.
El anciano le pagaba por acostarse con él. Pero Marión, además de desarrollar más y más su ambición se convirtió en una cleptómana incurable y le robó al viejo las joyas pertenecientes a su difunta esposa. Este hurto lo indignó y fue a denunciarla a la policía. De nuevo no pudieron demostrar que las joyas las tenía ella y quedó libre, pero el dueño del Moulin Rouge era un hombre muy estricto y la despidió, pasando además aviso a los dueños de otros cabarets de las sospechas recaídas sobre Marion Delamieux, y nadie más la contrató. Marion decidió entonces cambiar de actividad. Realizó un curso de enferme-ría y no tardó en encontrar plaza en un céntrico hospital particular. A lo largo de su vida había aprendido a ser encantadora y a ganarse la voluntad de la gente. Puso estas artes suyas en funcionamiento máximo. Trataba tan bien a los pacientes, era tan servicial y cariñosa con ellos, que la adoraban. Y también se ganó el aprecio de la dirección pues, aunque hubiera terminado su turno y algún paciente sin familia se estaba muriendo ella se quedaba, dando ejemplo de caridad humana, con él hasta que expiraba.
Entre una paciente anciana llamada Anastase y Marion surgió una simpatía tan grande que, cuando esta mujer se repuso de la severa gastroenteritis que padecía la enfermera la invitó a pasar unos días en su casa. Y pasada una semana, cuando le pregunta-ron por ella en el hospital, Marion esbozando una tierna sonrisa comunicó que la adorable Anastase se había marchado a vivir con una sobrina que tenía en Lyon.
La dirección de la empresa, en reconocimiento por las muchas muestra de agradecimiento y alabanzas sobre la labor tan humanitaria que realizaba Marion Delamieux, decidió nombrarla jefa de enfermeras. Aceptando este puesto mucho mejor remunerado que el anterior, la ex stripper manifestó conmovida, emocionada:
—Bendeciré cada día de mi vida el haber decidido dedicarme a esta profesión humanitaria que tantas satisfacciones me da.
De vez en cuando, Marión se llevaba a su casa algún paciente a su casa y lo atendía divinamente hasta que se marchaba. Cuando en el hospital elogiaban su caritativo proceder, Marion explicaba con humedad de lágrimas en sus grandes ojos castaños daba siempre la misma explicación:
—Mis padres murieron siendo yo muy jovencita y sé lo triste que es que nadie te demuestra un poco de calor humano. Y por eso yo se lo demuestro a los pacientes.
A sus cuarenta años Marion se había convertido en una persona muy respetada y elegante. Fuera de la clínica vestía muy bien y, a quienes, le mencionaban este hecho replicaba:
—Como no tengo a nadie a quien mantener, me gasto en el lucimiento de mi persona todo cuanto gano.
El paso del tiempo la había favorecido y resultaba más atractiva en su edad madura de lo que lo fue en su juventud. El director del banco donde tenía ella depositados sus ahorros, la recibía en su despacho y allí encerrados gozaban ambos unas sesiones de sexualidad desenfrenada.
Una mañana ingresó en la clínica con un problema de insuficiencia cardíaca una anciana adorable. Su dulzura y amabilidad extremas se ganaron el cariño de todo el personal, lógicamente, entre Danielle, que así se llamaba esta mujer mayor, y Marion surgió un afecto muy especial. Daniel encontró en la eficiente y atenta Marion la hija querida que nunca había tenido, y la enfermera en ella la madre que le murió joven y había podido disfrutar muy poco tiempo. Cuando a madame Danielle la dieron el alta, aceptó pasar unos días con la encantadora y servicial Marion.
Marion tenía un turno de trabajo muy largo, pues comenzaba a las nueve de la mañana y terminaba a las nueve de la noche. Una noche cuando salía de cumplir con su ardua jornada laboral un hombre joven le interceptó el paso y enseñándole su credencial de agente de policía le dijo:
—Soy Aurelien Chamoi, inspector de policía, y tengo que hablar con usted, señora Delamieux. Acompáñeme.
Marion se mostró sorprendida:
—¿De qué quiere usted hablar conmigo? Se ha quejado algún paciente de mal trato por parte mía? —un tanto irónica.
—Acompáñeme a la comisaría, y lo averiguará —muy serio el agente—. Tengo mi coche aparcado ahí—señalándolo.
Durante el viaje apenas se dijeron nada. Fue cuando se encerraron en el despacho del funcionario quedando sentados frente a frente que él comenzó su ataque contra ella:
—Estuvo usted empleada en el Moulin Rouge, ¿no es cierto?
—Oh, pecadillos de juventud —rio burlona Marion.
—De allí la echaron por ladrona, ¿no es cierto?
—Fue una acusación falsa —perdiendo la sonrisa la jefa de enfermeras—. Nada pudieron probarme.
—Exacto, la soltaron por falta de pruebas.
—Todo el mundo es inocente mientras no se demuestra su culpabilidad —segura de sí misma.
—Efectivamente, y ante la falta de pruebas se prefiere soltar a un culpable que man-tener preso a un inocente.
—Exacto.
Recordando sus tiempos de seductora de cabaret, Marion realizó un cruce de piernas que elevó su falda hasta dejar la mitad de sus fuertes muslos al descubierto. Creyó haber conseguido la atención del policía sobre sus piernas, cuando él la cogió por sorpresa al referirse a la mano de ella apoyada en el regazo.
—¿De dónde ha sacado esa bonita y valiosa pulsera que lleva en su muñeca izquierda?
Ella, sin ponerse nerviosa, respondió astuta:
—Me la regalaron.
—¡Miente! Esa pulsera era propiedad de mi abuela Leana y no pudo regalártela por-que se la tenía prometido a mi hermana Colette que vive en Nantes, por tratarse de un recuerdo de familia, y que desapareció misteriosamente un par de semanas atrás, justo cuando usted se la llevó a su casa. Vamos a detenerla, acusada de su asesinato.
—No tiene prueba ninguna de lo que dice —con la arrogante seguridad que algunos psicópatas muestran en momentos muy comprometidos para ellos.
—Las encontraré. Queda detenida.
Una excavadora halló enterrados en el chaletito de Marion Delamieux ocho cadáveres de otros tantos pacientes que se había llevado a su casa. Y esta perversa mujer fue condenada a morir en la misma guillotina que le cortó el cuello al mayor asesino de mujeres de toda la historia de Francia, Henry Desire Landru.

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