RELACIÓN ADÚLTERA (último fragmento)

Marta reprime sus deseos de estrangularla. Paulina, con sus crudas palabras, acaba de traspasarla de dolor. No quiere darle la satisfacción de verla llorar. Forzando una naturalidad que no puede estar más lejos de sentir, pretexta:

-Perdona un momento, chica. Tengo que hacer una llamada.

Sale a la calle anegada en llanto. Se ha hecho de noche. Toma un taxi. Durante el trayecto que la lleva a su casa maldice con toda su alma a Roberto y se llama estúpida mil veces por haber creado castillos en el aire. Él no la ama, la ha utilizado para procurarse placer, igual que ha hecho con otras muchas, Paulina entre ellas.

Su marido la está esperando en casa. Ella se deja caer sobre el sofá. Se quita los zapatos. Rehúye mirarle. Teme traicionarse. Tiembla. El desengaño sufrido y la amargura consiguiente le contraen el estómago y golpean las sienes, causándole dolor de cabeza. Se siente fatal.

-¿Te encuentras indispuesta, cariño? Tienes muy mala cara -pregunta Luis, solícito, mirándola preocupado.

-Me duele un poco la cabeza.

-Te traeré una aspirina en seguida -vuelve él de inmediato con el analgésico y un vaso de agua-. Toma, cariño. Esas reuniones llenas de gente fumando y charlando como cotorras aturden a cualquiera.

Ingiere ella el calmante y se dirige acto seguido al servicio. No quiere llorar delante de su marido. Colocándose frente al espejo se observa con ojos despiadados. Sus patas de gallo le parecen más profundas que nunca. Se ve vieja, como si de golpe le hubieran caído varios años encima. Se cubre el rostro con ambas manos y rompe en sollozos.

Tarda un rato largo en regresar junto a Luis. Él se muestra afectuoso con ella. Deduce por su aspecto que no debe encontrarse nada bien. Está pálida como una muerta. Le pasa el brazo por la espalda. Marta apoya la cabeza en su hombro. Se siente destrozada  física y espiritualmente.  Y ella es la única culpable.  Ha sido tan insensata, tan ilusa. Ha despreciado y ha estado dispuesta a perder, por sexo, a un hombre que ha sido su sostén durante diez años. Un hombre que la ama con el corazón, no sólo con el pene como Roberto que, en cuanto se ha cansado, no ha querido saber más de ella. Se la ha quitado de encima igual que si ella fuera un kleenex sucio. Pero es tan injusto sentirse joven, en total desacuerdo con el calendario, llena de pasión, de abrasante sexualidad y resignarse a renunciar, a aceptar que las mejores cosas de la juventud las estamos perdiendo, sueños incluidos.

-¿Te vas sintiendo mejor, cariño?

-Sí. Tendré que seguir viviendo.

Luis le dedica una bondadosa sonrisa. Interpreta como animosa ironía lo que es honda amargura por parte de su mujer.

-No te quedará más remedio, cariño. Yo te quiero con toda mi alma y tú también me necesitas a mí.

-Sí, envejecer juntos no es lo peor que puede pasarnos, compañero -concede ella resignada, apoyando la cabeza en el hombro de su aburrido, pero comprensivo y afectuoso marido.

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