RELACIÓN ADULTERA (tercer fragmento)

Ya de vuelta, el AVE recibe a una Marta saciada, feliz, exhausta. ¿Cuántas veces ha muerto de placer entre los brazos de su amante? Han sido tantas  que ni capaz es de contarlas. Ante ella se abre una nueva espera interminable. Le cuesta escribir los dos cortos artículos que se ha comprometido entregar por la tarde. La mirada se le extravía, los pensamientos no. Deja de ver la pequeña pantalla del ordenador portátil. Revive  el  pasado  reciente. Sueña  en un  futuro  compartido con el potente, insaciable Roberto.

Recién  llegada  a casa, su marido la llama por teléfono. Está muy trastornado. Necesita su soporte moral. Ha ocurrido una desgracia en la empresa. Se desprendió una viga de hierro cuando la estaba transportando la grúa de un sitio a otro en el interior de la gran nave, con tan mala fortuna que la viga cayó sobre la cabeza de un obrero, matándole en el acto.

-¡Qué tragedia, Dios mío! ¡Es horrible! Ya puedes figurarte cómo estamos todos de afectados.

Marta tiene para él cariñosas palabras de consuelo y ánimo. Nada se puede hacer contra lo irremediable. Hay que afrontar las desgracias con resignación y fortaleza.

-No sé a qué hora podré venir a casa, Martita.

-Hazlo cuando puedas, cariño. El deber es lo primero.

-Gracias por ser tan comprensiva y buena conmigo.

Cuelgan. Marta es consciente del mal trago que una persona tan sensible como su marido está pasando. Se apiada de él. Pasan de las diez de la noche cuando por fin Luis regresa al apartamento. Se le ve ojeroso, abatido, tristísimo. Busca los brazos de su mujer. Llora abrazado a ella. Con voz entrecortada le cuenta que el accidentado, un joven de treinta y dos años, deja viuda  y tres niños pequeños. Penosísima su misión de informar a su mujer de la terrible desgracia acaecida.

-Me partió el alma ver la pena inconmensurable que causó tan horrible noticia a esa pobre desdichada. Lo he pasado fatal.

Marta acaricia los cabellos de Luis, plateados ya en las sienes. Le afecta verle tan conmovido. Lleva bastante tiempo sin inspirarle el afecto que siente en estos momentos. Desgrana en sus oídos algunas palabras que desea que alivien algo su aflicción. Lo consiguen. Se acuestan. Marta sigue acariciando a su marido y él aprecia que, a pesar de la congoja, su virilidad hace acto de presencia. La muerte que ha presenciado parece haberle despertado la necesidad de sentir con intensidad la vida. Contagia a Marta su necesidad. Y después de semanas sin experimentarlo con Luis, Marta no tiene que fingir el orgasmo esta vez. Se quedan dormidos muy juntos. Satisfechos.

Al día siguiente, temprano, Luis marcha a realizar todos los trámites que por el accidente laboral debe seguir todavía. También se reunirá con el propietario de la industria, que ha tenido que venir de Francia, donde reside. La empresa ha declarado tres días de luto durante los cuales permanecerá cerrada.

A media tarde suena el teléfono móvil de Marta. ¡Es él, Roberto! Le basta escuchar su voz ronca, varonil, para estremecerse de gozo. Sus apasionadas palabras la incendian. Dice él morir de ganas de tenerla de nuevo junto a él y poder devorarla. Muy excitada, Marta se expresa en parecidos términos. También ella perece de deseos de entregársele una vez más en cuerpo y alma, de amarle como sólo es capaz de amarle a él. Se reunirá con Roberto en cuanto pueda. Buscará una excusa más.

Luis, que hasta entonces nada ha dicho de los frecuentes viajes de Marta a la capital, muestra esta vez su contrariedad:

-¿No te parece que está abusando de ti ese periódico con el que colaboras, enviándote tan a menudo a Madrid?

Marta tiene la excusa preparada. Le han encargado una serie de entrevistas con personajes pertenecientes al mundo de la política, las artes y los deportes no muy conocidos todavía, las cuales le publicarán en fecha próxima.

-Me lo van a pagar bien y es algo que a mí me gusta, cariño.

Luis suspira comprensivo. Comenta, adulador y sincero:

-Leí esta mañana en el diario local tu artículo sobre los accidentes laborales. Realmente conmovedor. Se me saltaron las lágrimas. Eres buenísima escribiendo, cariño. Te admiro de verdad.

Agradece Marta sus sentidas palabras de elogio. Experimenta vergüenza por la conducta que está llevando. Tal vez debiera decírselo. Le mira. Le ve tan vulnerable que le falta valor para confesarle que ama a otro. Necesita más tiempo. Escoger la ocasión adecuada. Las palabras adecuadas, si existen. No quiere partirle el corazón.  Si por lo menos no le desazonara tanto este continuo urdir una mentira tras otra… Este sentimiento de culpabilidad que la embarga en tantos momentos. Decide que, cuando Roberto le diga que la ama, que la necesita como a la vida misma, ella dejará a Luis y no le importará tanto si le rompe el corazón o no.

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