RELACIÓN ADULTERA (segundo fragmento)

Terminado su aseo de todas las noches, Marta y Luis se van a la cama. Luis siente de pronto el apremio del deseo. Qué menos que una vez por semana. Sus manos inician la cariñosa caricia. Marta se halla saciada todavía. No le apetece.

-¿Te importa que lo dejemos para otro día, cariño? Me duele un poco la cabeza -ha sonado suplicante su voz.

Su marido renuncia resignado:

-Claro, mi vida. ¿Te traigo una aspirina o alguna otra cosa?

-Ya me tomé una -miente ella; la constante práctica de los últimos tiempos le permiten que suene convincente su explicación.

Antes de apartarle la mirada ha podido apreciar Marta un destello de decepción en los mansos ojos castaños de Luis. Siente un mordisco de remordimiento. Poca cosa. Nada que no sea capaz de soportar. La vida endurece a las personas por fuera y por dentro. Le da la espalda. Le oye suspirar, dolido. Esta misma negativa la ha venido repitiendo demasiado desde que conoció a Roberto. Nota ella la cálida y suave mano de Luis sobre su hombro. Aprecia que tiembla. Conoce lo suficiente a su marido para saber que tanto rechazo por su parte le está haciendo sufrir. Compadecida, se vuelve hacia él. Se sacrificará.

-Ya me siento un poco mejor, cariño -dice.

-¿De veras? ¿No lo dices por complacerme?

-No, tontito. Ven… ¡Ven!

Él se halla tan necesitado de ella que, cuando Marta baja su mano, le encuentra preparado. Se abre de piernas.

-Pobrecito. Las ganas que tienes -reconoce, casi tierna.

Le entrega su cuerpo como si  hiciera una obra de caridad. Traiciona. Piensa

en el otro. Tendrá que esperar para encontrarse de nuevo con él. Finge el orgasmo. Tan mal que le parece mentira que Luis no se  haya  dado  cuenta, que no se haya dado cuenta de que no ha sentido nada al hacerlo con él.

-Pesas mucho, cariño -le dice a Luis que, después de los espasmos de la eyaculación, se ha quedado inmóvil encima de ella.

-Perdona, mi vida. Ha sido maravilloso, ¿verdad?

-Mejor que nunca.

Agradece ella la oscuridad que oculta su sonrojo. Luis se duerme en seguida. A Marta le cuesta conciliar el sueño. La situación que vive le llena, en buena medida, de zozobra. Amar a un hombre y convivir con otro le resulta, cuanto menos, angustioso.

Han transcurrido para Marta tres días interminables. Y por fin toma el AVE. Destino Madrid o mejor sería decir: Roberto. Apasionado, ardiente, irresistible Roberto. Ese gran amor con el que sueñan todas las mujeres le ha llegado a ella a sus cuarenta años, cuando ya creía que iba a pasar por la vida sin conocerlo.

Marta ocupa su asiento. Alivio al comprobar que no tiene cerca a nadie conocido. Se pone en marcha el tren de alta velocidad. Marta escapa de la realidad que la rodea. Roberto llena por completo su mente. ¿Está él tan loco por ella como ella lo está por él? ¡Así lo desea! ¡Le necesita! Su existencia era un pozo de tinieblas y él es el sol que ha venido a llenarla de radiante luz. ¿Qué hará si Roberto le pide que abandone a su marido y se vaya a vivir con él? Lo tiene bien claro, aunque le duela en el alma hacerle daño a Luis. Ha sido siempre muy bueno con ella. Ojalá pudieran separarse sin trauma alguno. Pero diez años de convivencia, aunque ésta haya sido anodina en su mayor parte, atan en buena medida a dos personas.

Madrid. Un taxi. A Marta el corazón comienza ya a latirle con inusitada violencia. El edificio que se le ha hecho ya familiar. El ascensor. El timbre. La puerta. Sus latidos cada vez más acelerados. Torrentes de sangre ardiente circulando impetuosa por sus venas. Roberto abre. Se miran risueños, ávidos; se abrazan, besan, devoran. Camino del dormitorio se van quitando ropa, presurosos, como si ésta fuera el lastre que impide volar su pasión desenfrenada.

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