RELACIÓN ADULTERA (primer fragmento)

RELACIÓN ADULTERA

Marta y Luis llevan diez años casados. No tienen niños. Piensan, que se vive mejor sin ellos. Consideran, además: ¿para qué traer criaturas indefensas a un mundo decadente cuya destrucción los más pesimistas -y ellos dos lo son- consideran inevitable y vaticinan cercana?

Marta es periodista free-lance.

Luis es director de una pequeña empresa metalúrgica.

Establecieron al poco tiempo de casarse la costumbre de salir juntos a cenar los sábados por la noche. Han escogido una semana más un restaurante tranquilo, acogedor, no demasiado caro. Cocina nacional. Ambos pasan de exotismos culinarios. Vino blanco para ella. Tinto para él. Correcto servicio de un camarero de estereotipada sonrisa. La comida transcurre por los cauces habituales. Gestos, frases, opiniones, amabilidades repetidas mil veces. Discreto el rumor de voces de los demás comensales y la suave música de fondo. Distrae, en los largos silencios en que se sumergen ambos, observar la vacilante llama de la lamparilla que ocupa el centro de la mesa.

Siempre igual. Falta de variedad. Monotonía. Cuando callan, Luis ocupa su mente en todos los problemas de diferente índole que afectan a la empresa que gestiona. Marta, por su parte, no piensa en trabajo, sino en Roberto, el extraordinario amante que le surgió, sin buscarlo, unas semanas atrás. Tampoco Roberto y ella hablan mucho. Prefieren emplear todas sus energías en hacer el amor con total desenfreno. ¡Qué pasión tan arrebatadora la que comparten! Una frenética locura que ella jamás ha experimentado con su marido. Bueno, tal vez al principio de casados… Pero fue hace tanto tiempo… La hoguera se apagó ya, sólo quedan cenizas…

Marta y Luis regresan de sus divagaciones mentales. Intercambian una sonrisa amable, desgastada, circunstancial. Él está terminándose su solomillo a la pimienta. Ella, que apenas si ha probado su dorada a las finas hierbas, juzga despectiva, a su marido: «Luis disfruta ya más comiendo que jodiendo. ¡Qué glotón! ¡Y luego no quiere coger peso!».

-¿No te gusta la dorada, cariño? ¿Quieres que pida para ti otra cosa? – ofrece Luis, viendo lo poco que ha comido Marta.

-No, no. La dorada está estupenda. Es que tengo poco apetito, Luis.

-Tú sí sabes sacrificarte a la hora de comer y por eso mantienes la misma línea y peso que cuando nos casamos. No sabes cuánto admiro tu fuerza de voluntad, mi vida.

-Con dos que se quieran y uno que coma basta, cariño.

Otra frase hecha más. Nueva sonrisa circunstancial. Postre para él, café para ella. Marta tiene la suerte de que no le quita el sueño la cafeína. Pagada la cuenta, emprenden el regreso al hogar. Él conduce; piensa en la labor que le aguarda el lunes: un pedido urgente. Ella echa la cabeza atrás, la apoya en el cabezal del asiento, cierra los ojos; piensa en su amante. ¿Cuándo podrá volverle a ver? Se interponen varios cientos de kilómetros entre ambos.

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