EL MISTERIO LÁCTEO (último fragmento)

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Minutos más tarde Lacterina llega junto a sus ansiosas y preocupadas compañeras y, sin dilación, las hace partícipes de lo que ha organizado para que todas las de su especie escapen de la masacre que las amenaza. Al escuchar tan esperanzadoras nuevas, ellas recuperan inmediatamente el optimismo y la alegría perdida. Y corretean, lanzan al aire jubilosos mugidos. Consiguen despertar, sobresaltar, a José y María, que asomándose a la ventana de su dormitorio descubren con ojos desorbitados de asombro a sus lecheras dando saltos de contento y embistiéndose juguetonas, para a continuación empezar a comer con voracidad, dispuestas a recuperar el alimento perdido.

La repentina recuperación de salud que muestra su ganado llena de gozo al matrimonio ganadero que se pone a bailar de felicidad, alocadamente, al ritmo de un vals que ambos tararean. ¡Qué suerte! ¡Qué felicidad! ¡Ha desaparecido su amenaza de ruina! Les invade una oleada de reconocimiento.


— ¡Gracias san Antonio por habernos concedido el milagro que tan fervientemente te pedimos! ¡Gracias, gracias! ¡Eres fantástico! ¡Se puede confiar en ti! ¡Ayudas a quienes lo necesitan!

— ¡Sí, sí! ¡Viva san Antonio! José, en cuanto claree el día me acercaré a la tienda de la Pepita, comparé el cirio que le prometimos al santo y se lo llevaré a la iglesia.

—Sí, María, y no hace falta sea muy grande el cirio, los santos no obran nunca movidos por el interés. Por eso son santos.

—Cierto, cierto, Pepe. Eso mismo estaba pensando yo.

José y María son humanos y, obrando como tales, quitan al favor reci- bido ya, importancia y buena parte de agradecimiento.

Pasados unos días, Invencible y dos compañeros suyos son cargados en un camión que parte rumbo a la capital, donde van a ser lidiados el sábado siguiente por la tarde. Durante el largo trayecto el trío de cornúpetas se dedica a trasmitir con sus poderosos mugidos, a todas las vacas lecheras que ven paciendo en los prados, el mensaje que la extraordinaria Lacterina le encargó al primero de ellos. En menos de una semana, ese mensaje se ha extendido ya por todo el territorio nacional y, en un alarde de colectivismo vacuno jamás conocido anteriormente, las vacas lecheras hispanas de repente reducen su producción láctea a la mitad. Este insólito fenómeno asombra, desconcierta, desorienta, pasma al mundo entero. Multitud de periodistas, investigadores, curiosos y aventureros de toda índole invaden España dispuestos a desentrañar lo que un reportero norteamericano ha calificado desde un primer momento como El Misterio Lácteo. En su afán por explicarlo algunos se inventan las cosas más descabelladas e inverosímiles. Culpan de este excepcional suceso a la capa de ozono dañada, a la picadura de un mosquito desconocido, a una malvada manipulación extraterrestre, a una evolución monstruosa, etc.

Por su parte los prestigiosos economistas de la Unión Europea están que trinan. Furiosos a más no poder. Meses y meses de cálculos y estudios exhaustivos, de estrujarse los sesos al máximo, al final no va a servirles absolutamente para nada. Las vacas hispanas reduciendo por voluntad propia a la mitad su producción lechera los han hecho inútiles. “Off the record” maldicen, condenan, opinan que los españoles, tanto los racionales como los irracionales no son de fiar. Basta para reafirmarse en ello con echar un vistazo a la Historia de este país. ¿No eran acaso españoles quienes cometieron en el pasado la imperdonable osadía de adelantarse a todas las demás naciones de Europa en la conquista de América? ¿Y no se puede decir otro tanto de la sangría, el gazpacho, el flamenco y la paella? Y la Inquisición y las guerrillas, ¿no se las impusieron asimismo los españoles?”

También los ganaderos hispánicos están que trinan con sus vacas. Se consideran muy perjudicados por ellas. Han de alimentar el mismo número de animales para obtener la mitad de la producción anterior y además se han perdido la subvención que habrían recibido por aquellas reses que debían eliminar. Así andan las cosas cuando un eminente investigador suizo descubre que la leche de las vacas españolas es infinitamente más nutritiva que la de todas sus congéneres del mundo entero, aumenta el normal crecimiento en los niños, alarga la vida a los ancianos, también aumenta la potencia sexual y, además, no produce colesterol en el organismo humano. No hace falta desnatarla ni semidesnatarla añadiendo así una ventaja más a su comercialización. En nada de tiempo la demanda de productos lácteos hispanos se dispara. Todo el mundo los quiere. Los precios suben como la espuma. Ganaderos e industriales del ramo se hacen ricos de la noche a la mañana.

José y María no son la excepción. Su vida cambia radicalmente. No más ropas confeccionadas con telas baratas por la torpe modista del pueblo. Pasan a vestirse en las mejores boutiques. Perfumes y desodorantes caros y exóticos les ayudan a eliminar los malos olores corporales. María deja de guisar. Ella y su marido almuerzan y cenan las exquisiteces culinarias de los restaurantes de postín. Pronto se instalan en un hotel para que un afamado arquitecto eche abajo su cortijillo de mala muerte y les construya en su lugar un chalet lujoso y supermoderno.

Transcurrido medio año pueden ocuparlo. Son tales los adelantos de que está provista su nueva y ostentosa vivienda que un experto en tecnología punta ha de venir a enseñarles el funcionamiento de varios de los artilugios allí instalados.

A Chocolate le desagrada hasta tal punto vivir en un sitio tan aséptico y nuevo que decide buscarse otro hogar que posea todavía un tejado de requemadas y musgosas tejas como el que disfrutaba antes.

Flojillo, mucho más acomodaticio que el felino, acepta resignado la prosperidad de sus amos y se somete apaciblemente a las dos visitas semanales al salón de belleza canino y a su cambio de nombre que ha pasado a ser Frufú.

Asimismo Lacterina y sus compañeras perdieron su viejo, sucio y querido establo, y viven ahora en uno superlujoso, supermoderno, superhigiénico, provisto de aire acondicionado, calefacción, ambientadores, desinfectadores, música estereofónica, ordeñadores superautomáticos, etc. Todo este artificio las tiene traumatizadas. Suspiran por la llegada del buen tiempo que les permite disfrutar otra vez del prado y el aire libre y natural.

Cierta mañana bonancible con la primavera a punto de entrar en escena las vacas de José y María son sacadas de su sofisticado establo y pueden pacer contentas en su querido herbazal rodeado de una alta alambrada, sistemas de alarma y cámaras de televisión estratégicamente instaladas. Se las protege al máximo, pues lo que sale de sus ubres se cotiza ahora como el mismo oro.

Cerca del mediodía un vientecillo juguetón le trae a Lacterina la hoja de un periódico imprimido el día anterior. Su habitual curiosidad la impulsa a retenerlo entre sus patas delanteras y entretenerse en su lectura. Así es como se entera de que el país celebra elecciones generales el domingo siguiente y el Gobierno en el poder, ansioso por ser reelegido, se atribuye incontables logros de todo tipo durante su mandato y muy especialmente económicos; entre ellos nada más y nada menos que el prodigio lácteo que tan enormes beneficios está procurando al país —según ellos sólo ligeramente por debajo de los ingresos por el Turismo y la Construcción—. Esta descomunal falsedad arranca a Lacterina un estruendoso mugido de indignación. ¡Políticos sinvergüenzas atribuyéndose como propios los méritos que son únicamente de las vacas!

José, que anda paseando muy próximo a ella, bien abrigado con su elegante y nada barata chaqueta de piel, se llega junto a Lacterina y comete el mayor y más trágico error de toda su vida, decirla en plan simpático:

— ¿Qué te pasa, vieja tetuda? ¿Te ha picado una avispa?

La res sabia, enfadadísima por lo que acaba de leer, perdidos momentáneamente prudencia y control, rompe su secreto tan bien guardado y le contesta en perfecto castellano:

— ¡Lo que me ha picado es la absoluta desvergüenza de que hacéis gala los que andáis a dos patas y presumís de racionales! ¡Vuestra desfachatez y cinismo claman al cielo! ¡No conocen límites! ¡Sois lo que no hay, coño!

El prodigio lingüístico que acaba de exhibir la más veterana de sus vacas supera con creces la capacidad de asombro del pequeño granjero produciéndole tal cataclismo mental que, a consecuencia del mismo, cae fulminado al suelo.

Una ambulancia llamada por su mujer le lleva rápido a una clínica de re- nombre. En ella, un equipo de eminentes médicos le somete a todo tipo de pruebas tras las cuales diagnostican, pesarosos, no existe posibilidad alguna de devolver al infortunado José la razón perdida y la movilidad de de sus extremidades inferiores; quedará para siempre con-vertido en un vegetal humano.

Su afligida esposa contrata a una enfermera para que cuide de él y también a un mozo joven y fuerte para que le ayude en la granja y, de paso, le dé el goce camero que su vegetativo marido no puede proporcionarle. Se siente María demasiado joven y ardorosa para resignarse de por vida a una forzada y cruel abstinencia sexual.

Cuando el tiempo es bueno, la enfermera saca de su habitación al desventurado José y lo lleva hasta la gran encina que hay en el prado donde pacen las vacas. Lo deja en un lugar con sombra y marcha a charlar un ratito con la cocinera, joven atractiva a la que le une algo más que una estrecha y profunda amistad.

Lacterina aprovecha esta circunstancia para acercarse a su amo y pedirle disculpas:

—Ten por seguro que, de haber sabido yo aquel fatídico día, iban a sentarte tan mal mis palabras, para mí me las habría guardado. Siempre me caíste bien, hombre.

Cada vez que esto sucede en los extraviados ojos de José aparece una débil lucecita de entendimiento y se le oye mascullar:

—Coño, queriendo o no, me jodiste bien, vaca de los cojones…

Los mansurrones, dulces ojos castaños de Lacterina suelen dirigirle entonces una comprensiva mirada y guarda para ella el otro secreto que podría dar el puntillazo definitivo a este desgraciado: que su mujer va camino de tener descendencia, una descendencia en cuya elaboración para nada ha intervenido él.

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Elena

Oye, muy divertido tu relato El misterio Lácteo. Has derrochado imaginación, amigo. Después de leerlo, les tengo a las vacas mucha más simpatía de la que les tenía antes. Estoy siguiendo también tu otro relato, Aniversario. Estoy esperando la continuación.