UN TRIUNFADOR SE ESTRELLÓ (RELATO)

UN TRIUNFADOR SE ESTRELLÓ (RELATO)

Heriberto Pozuelo era un profesor muy apreciado por sus alumnos y también por los padres de ellos. Contando con la autoridad de la dirección del colegio, de vez en cuando el profesor Pozuelo invitaba a su clase a triunfadores en distintas profesiones para que diesen una charla que él consideraba didáctica y beneficiosa, para los chicos que él enseñaba.

La semana anterior había invitado para que lo conocieran sus alumnos y le hiciesen preguntas de su interés, a un famoso jugador de futbol de la primera división y cuando él se marchó anunció a su alumnado:

—La semana que viene traeré para que lo conozcáis a un admirable hombre de negocios que comenzando prácticamente de la nada. Vamos, habiendo empezado vendiendo quesos por los pueblos, montando en una destartalada motocicleta, a constructor multimillonario. Tiene 50 años y continua plenamente activo.  Ha consentido en venir a daros una charla, aunque está siempre ocupadísimo, porque él y yo crecimos en el mismo barrio obrero y fuimos amigos, de niños. Este extraordinario triunfador se llama Víctor Bastión.

Todos los chicos, menos uno, aplaudieron entusiásticamente. El chico que no aplaudió se llamaba Inocencio Paz. Su padre, del que había heredado nombre y primer apellido, era un hombre que se había convertido en un pozo de tristeza a partir del momento en que un ajuste de plantilla dentro de la empresa donde llevaba veinte años trabajando a pleno rendimiento lo despidió.

Al principio de haberse quedado parado, este buen hombre y eficaz obrero había intentado encontrar un nuevo trabajo, pero debido a que ya no era joven y además poseía un carácter apocado nadie quiso darle un nuevo empleo. Esto le provocó tal depresión que en nada de tiempo envejeció como si el periodo de tiempo que significaban los meses, para él se hubiese convertido en años.

Dejó de buscar trabajo, se abandonó, se cerró en sí mismo y se pasaba los días abatido por la depresión, sentado delante de la ventana de su casa que daba a la calle viendo pasar a la gente con cara inexpresiva y mirada muerta.

Su mujer y su hijo, al principio, intentaron sacarlo de este total hundimiento físico y psíquico, pero fracasaron.

El día anunciado por el pedagogo y a las once en punto de la mañana, el ujier le abrió la puerta de la clase a Víctor Bastión, el empresario triunfador.

—¡Chicos, en pie por favor! ¡Acaba de llegar mi querido amigo! ¡Apláudanosle, por favor! —anuncio afable y sonriente, el educador.

Con el dinamismo que le caracterizaba y a buen paso, el importante empresario avanzó por el pasillo hacia donde, detrás de su mesa le esperaba el profesor Pozuelo. Le faltaban apenas dos metros para llegar junto a él, cuando este próspero empresario tropezó, perdió el equilibrio y en su caída dio con la cabeza en el canto de la mesa del profesor y se abrió un buen boquete en la frente por el que comenzó a manar abundante sangre.

El hombre de negocios quedó tendido en el suelo semiinconsciente.

—¡Que alguien vaya hasta el director y le informe de la desgracia que acaba de ocurrir!

Inocencio Paz fue el más rápido de todos los alumnos en salir corriendo hacia la puerta. Dos minutos más tarde regresaba acompañado del hombre que ostentaba la máxima autoridad en el centro de enseñanza y de la profesora de religión, que había seguido un curso de enfermería y llevaba con ella un botiquín.

El empresario, herido y asustado, perdió el conocimiento. A los pocos minutos llegó al colegio la ambulancia que habían pedido y dos sanitarios cargaron en la camilla que traían el cuerpo del hombre desvanecido y se lo llevaron al hospital.

Para las dos de la tarde el profesor Pozuelo que se había mostrado todo el tiempo apesadumbrado y abatido comunicó a sus alumnos que aparte de la herida en la frente, el señor Víctor Bastión se encontraba bien.

Una semana más tarde este importante empresario había ocupado de nuevo su despacho y dirigía su próspero imperio financiero.

Solo entonces, un chico llamado Inocencio Paz confesó a su padre lo que él había hecho con su pie.

Desde la más remota antigüedad la venganza ha tenido un extraordinario número de defensores y de detractores y permanecido vigente entre los más poderosos sentimientos humanos.

A partir de la confesión de su hijo, Inocencio Paz padre salió de su apatía, postración y desánimo, recuperó energías, salió a la calle mostrando enorme entusiasmo y como suelen decir de la suerte, que es caprichosa (y puede ser cierto) ésta se decantó a favor de Inocencio Paz y él encontró un nuevo, buen empleo.

Y todo esto ocurrió por una totalmente condenable venganza filial. Venganza que por haber sido coronada con éxito no deja de merecer total desaprobación y censura.

(Copyright Andrés Fornells)

Read more