LA ELECCIÓN DE LA PRINCESA AKU MUNÁ (RELATO)

LA ELECCIÓN DE LA PRINCESA AKU MUNÁ (RELATO)

    En un pueblecito del planeta Superlejanus, muchos, muchos años atrás hubo una princesa que se llamaba Aku-Muná. Según la leyenda que llegó a mis oídos, se trataba de una joven muy hermosa, porque las feas, según los tradicionales cuentos de hadas tradicionales allí, no suelen ser princesas.

Con cualquiera que opine que esto es una injusticia, sin la menor duda, estaré totalmente de acuerdo.

Aku-Muná llegó al final de la pubertad, y a su padre le entró el repentino, y no por repentino menos arrollador deseo de tener nietecitos y empezó a darle la lata a su hija con que debía casarse y darle esos nietos que tanto ansiaba tener.

La princesa Aku-Muná le respondió que ella también deseaba casarse, pues había llegado a un punto en que su naturaleza ardiente soportaba mal la castidad y como era deber inquebrantable en su tribu que todas las mujeres llegaran al matrimonio sin ser estrenadas, ella tenía que esperar hasta que apareciera el hombre soñado por ella para, siguiendo fielmente esta estricta y antiquísima tradición tribal, que la estrenaran y gracias a ese estreno poder llegar a la maternidad.

         ―¿Y cómo es ese hombre que has soñado, hija mía?

         Sorprendió al rey lo muy colorada que su hija se puso antes de decir con cierto tartamudeo provocado por la turbación que estaba sintiendo:

         ―Pues he soñado con un hombre joven, fuerte, varonil cariñoso y… y algo más que por pudor no te diré, padre mío.

         ―¡Santo cielo! Acabas de despertar mi curiosidad y, ahora mismo quiero que me digas que es eso que, por pudor callas —entre exigente y enojado su progenitor.

         ―Padre, no existe mujer en el mundo, que se precie, que no guarde algún secreto, y yo pienso guardar el mío aunque me amenaces con desheredarme. Nunca he sido pobre e igual, si lo pruebo, pueda gustarme.

         El soberano sintió un enfado que le removió las tripas hasta el punto de que éstas se hicieron oír con una sonoridad desagradable. Miró a su hija con ojos abrasantes, amenazadores, pero ella, que poseía una voluntad de hierro, ni se inmutó.

         —Está bien, ¡maldita sea! Nunca he conseguido doblegarte y seguimos en las mismas. Guarda tu secreto y ojalá te dé una buena indigestión.

          Y acto seguido el soberano envió pregoneros a todos los reinos cercanos anunciando que su hija, la bellísima princesa Aku Muná había llegado a la edad de poder contraer nupcias y su padre concedería una cuantiosa dote al hombre que ella escogiera para marido.

Comenzaron en días sucesivos a aparecer candidatos a esposarla. Con cada uno de ellos la joven princesa se encerraba unos minutos en un cuarto y después salían los dos, el pretendiente con la humillación pintada en su rostro y la princesa muy seria, decepcionada, moviendo la cabeza en sentido negativo y diciendo convencida:

         —No lo quiero para marido, papá. Probaré otro.

         Y para desesperación de su augusto padre llevaba ya desechados trece príncipes cuando apareció un nada agraciado pastor analfabeto, vestido con una burda zamarra y toscas albarcas fabricadas por él mismo, quién dejando su rebaño en la plaza del castillo al cuidado de su perro “Canilus” se presentó en la sala del trono, muy nervioso, dando vueltas a una gorra de lana tejida por el mismo y dijo, ingenuo,  mostrando una sonrisa tan amplia que le empezaba en una oreja y le terminaba en la otra:

         —Bueno, estoy aquí porque me he enterado que una princesa muy guapa busca marido y, lo que es la casualidad, yo también busco esposa. Así que podríamos juntarnos los dos y ella podría dejar de buscar marido, y yo de buscar mujer. ¡Jo, jo, jo!

         Ofendidísimo el rey ordenó a los cuatro soldados de la guardia que se mantenían muy tiesos dos a cada lado de su sillón real:

         —¡Echad a la calle a este palurdo!

         —Un momento —intervino la princesa saliendo de detrás de la cortina donde, escondida, lo había estado viendo y oyendo todo—. Este hombre pretende que se respeten sus derechos humanos que son universales e irrenunciables. Y según estos derechos cualquier persona puede exigir las cosas que considera importantes y necesarias para vivir. Pastor, ¿consideras tú importante y necesario tener una esposa para vivir feliz?

         El interpelado mostró su dentadura completa en una nueva sonrisa que acompañó de una mirada de embeleso para ella y respondió:

         —Tenerte a ti por esposa lo considero importantísimo e imprescindible para vivir feliz.    

         —¿Qué cosas serías tú capaz de hacer por mí? —la princesa Aku Muná encontrando gracioso al bastante feo pastor.

          —Todas las cosas de este mundo y más —bien dispuesto él a complacerla.

          —Te voy a poner a prueba. Por tu cabeza en el suelo y conviértete en una peonza.

           Su tosco y feísimo pretendiente colocó su peluda cabeza encima del suelo, levantó sus pies a lo alto y comenzó a girar su cuerpo vertiginosamente. La princesa se partía de risa. Y cuando él terminó medio mareado pero feliz por haber conseguido hacerla reír, Aku Muná le dijo que pasara un momento con ella a una habitación. Transcurrieron varios minutos, en la sala del trono murmullos de indignación entre los presentes, y por fin aparecieron la princesa y el pastor cogidos de la mano y ella radiante de felicidad dijo a su padre:

       —Me caso con él y te garantizo que vas a tener muchos nietos.

       Todos los lectores inteligentes deben ya saber a estas alturas de lo contado por mí el secreto que guardaba la princesa Aku Muná.

Un montón de guapos príncipes desechados se suicidaron, yéndose al otro barrio sin saber por qué la bella princesa había preferido a un tipo feísimo, ordinario, tosco, en vez de a ellos.

Todos los que acusaron de caprichosa a la princesa Aku Muná, no se tomaron la molestia de preguntarles a sus decepcionadas esposas porque había tomado la princesa, la decisión que tomó.

(Copyright Andrés Fornells)

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