ESE PRODIGIO QUE LLAMAMOS TERNURA (VIVENCIAS MÍAS)

ESE PRODIGIO QUE LLAMAMOS TERNURA (VIVENCIAS MÍAS)

En mi cuartito de trabajo tengo un puñado de libros, mi ordenador, algunas fotografías de mi familia y otras donde yo, envalentonado de juventud, me exhibo montado en un caballo, en un elefante o en un camello.

También tengo un sillón viejo, baqueteado, que el tiempo ha amoldado a mi cuerpo y en el que me relajo cuando, en vez de escribir prefiero leer un rato. A veces, cuando estoy en esa situación, alguna palabra o frase que acabo de leer me aleja de la lectura y mi mente viaja en el tiempo y me lleva a recuperar y revivir momentos en los cuales fui inmensamente feliz. Y en momentos así me envuelve una especie de nube algodonosa, rosada, mágica, dentro de la que recupero imágenes sublimes.

Acabo de leer: ternura.

Y he recuperado inmediatamente el delicioso olor a lavanda que desprendía el cuerpo de mi madre.  Y de pronto, transportado al lejano pasado, me he vuelto muy chico y estoy sentado en su regazo abrazado a ella sintiendo palpitar su cálido pecho mientras su mano suave acaricia mi pelo y yo cierro los ojos ebrio de felicidad.

¡Ah, la ternura, esa maravilla de las maravillas! Si somos afortunados, en la vida podemos encontrar a alguien que vuelque su ternura sobre nosotros, pero esa ternura materna, es muy difícil si no imposible que otra persona, por mucho que nos ame, pueda igualarla. Mejorarla totalmente imposible.

Porque la ternura de una madre es tan intensa, tan sentida, tan verdadera. Por eso somos multitud las personas que podemos olvidarnos de cosas muy importantes, pero jamás de la ternura que nos regaló una madre buena.

Una ternura que comenzó en el instante mismo en que ella supo que nos llevaba dentro de su vientre y terminaría regalándonos al mundo.

Ciertamente, yo he sido bendecido y nunca me ha faltado la ternura de las personas que componen mi familia. Esa ternura se la agradezco al máximo que puedo, pero aunque nunca se lo diré porque con ello seguramente las heriría, en esos momentos sin testigos, reconozco como muy cierto lo que acabo de escribir aquí.

Pues aparte de las caricias de mi madre, puedo hablar igualmente de su mirada. Su mirada limpia como el agua virgen, me penetraba hasta el fondo del alma y me la acariciaba y mimaba también.

Esta evocación me ha hecho saltar las lágrimas porque la vida no es una película en la que puedes rebobinar y recuperar de nuevo aquello que fue maravilloso y no volverá ser jamás.

Quienes lean esto podrán juzgarme como les venga en gana. Eso no cambiará que todo cuanto he plasmado aquí me ha salido del corazón.

(Copyright Andrés Fornells)

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