ENAMORADOS (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Una noche, mientras los dos solos compartían intimidad y confidencias, bebiendo sorbo a sorbo una botella de buen vino, alumbrados por una danzante vela de color rosa y escuchando muy bajo de volumen “El lago de los cisnes”, de Tchaikovsky, la mujer hizo al hombre que la contemplaba con ojos embelesados una pregunta que nunca antes se había atrevido a formularle:
—Cariño, has llevado una vida aventurera, has conocido mucho mundo y a un buen número de mujeres, ¿por qué te enamoraste de mí y no de alguna otra de ellas?
Esta pregunta lo cogió a él por sorpresa, pues lo tenía muy claro.
—Verás, me enamoré de ti porque nada más conocerte te vi con los ojos del alma. Y a medida que te fui conociendo mejor me enamoré de tu risa, de tus tristezas, de la inigualable belleza de tus sentimientos. Y supe que mi mayor deseo, la primordial necesidad en mi existencia era permanecer siempre contigo, envejecer a tu lado, cuidarte, dedicarte hasta el último minuto de mi vida, porque todo esto es para mí la felicidad suprema y por nada del mundo renunciaré a ella.
Aquella pareja de auténticos enamorados dejaron las copas a medio beber, pues la acuciante necesidad de amarse se les hizo inaplazable.
Tchaikovsky terminó su genial melodía. Los dos amantes ni se dieron cuenta, estaban interpretando su propia música de jadeos y gemidos gozosos.

ELLA, SU PERRO Y ÉL (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Almudena Ramos tenía un perro pequinés, más feo que un demonio decían muchos a espaldas de ella. A espaldas de ella porque Almudena quería al can con delirio y le reía las gracias hasta partirse por la mitad. Las gracias del perro (al que ella había puesto el totalmente inmerecido nombre de Adonis), eran regar ruedas de coches aparcados delante de la casita adosada de su dueña, y los zapatos de los caballeros que atraídos por los voluptuosos encantos de Almudena se le acercaban con intenciones de conquistarla.
A Roberto Aledaños le gustaba Almudena muchísimo, pero experimentaba profundo odio a los canes desde el día que, celebrando él su primera comunión uno de estos animales con dientes de cocodrilo le hizo un siete en el trasero de su trajecito de almirante, y un ocho en sus nalgas que le significaron varios días sin poder sentarse y obligado a dormir boca abajo.
Almudena y Roberto, cuando se veían por la calle se miraban con ojos encendidos de pasión y se mordían el labio inferior, demostración preclara de que rugía una atracción incendiaria entre ambos.
Un día Roberto se detuvo delante de Almudena y con voz y expresión altamente apasionada le confesó que moría de amor por ella. Para inmensa alegría suya, Almudena respondió que le correspondía, en igual o mayor medida.
—Preciosa, cada vez que te veo, los ojos me hacen chiribitas, se me aflojan las canicas y me bombardea el corazón.
—Guapísimo, pues a mí me ocurre otro tanto, y, además, se me ponen los labios golosos.
Pero ocurrió que mientras ambos se confesaban sus sentimientos, Adonis levantó su pata izquierda y le dejó al galán dos rúbricas chorreadas, una en los zapatos y, la otra, en los bajos de sus pantalones. Indignado por estas agresiones miccionas, Alberto le dijo a Almudena, en plan a ultimátum:
—El ordinario de tu perro no lo quiero en nuestra relación.
—Para que el tren de nuestro amor llegue a buena estación, Adonis tendrá que venirse a vivir con nosotros —con máxima contundencia ella.
—Eso nunca. Antes la muerte —se precipitó él.
—Pues si no quieres tenernos a los dos, no nos tendrás a ninguno —demostrando ella una voluntad de hierro.
En la actualidad Almudena y Roberto comparten cama con Adonis que se acuesta en medio de ambos. Cada vez que ellos dos quieren estar juntos, tienen que tirarle un hueso muy grande y tienen de intimidad la media hora que tarda el can en roerlo por completo.

SOLO FUE UN BESO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Jamás sabrás, Eloísa, lo que me hiciste aquella noche en la oscuridad del portal de tu casa, cuya farola más cercana dejé ciega de una certera pedrada. Yo apenas comenzaba a intuir los misterios, la magia del amor, todavía más presentidos que experimentados por mí. Tú ya habías saboreado muchos besos antes del mío. Tenías novio. El beso mío era primerizo, pero qué fuego llevaba, qué ilusión, que apasionamiento, qué entrega. Las gloriosas sensaciones que me produjo ese beso aún perduran en mí. Supongo que te divirtió coquetear conmigo, embelesar mi cándida inexperiencia.
Volaron los años, el polvo del tiempo cubre de olvido nuestra memoria, se olvidan innumerables acontecimientos hermosos, únicos. Nos crece la cizaña de las frustraciones, las penas y las desdichas. Pero, Eloísa, ese beso que nos dimos en una oscuridad cómplice, ha logrado el milagro de pervivir conmigo igual que la eternidad.
Daría los tesoros que no tengo por saber si tú lo has recordado alguna vez y has sentido la misma añoranza dolorosa que sigo sintiendo yo. “Solo fue un beso, un simple beso”, dirán los insensibles, los inconmovibles, los prosaicos, que nunca han puesto su alma en una caricia.
Cuando pasabas por la calle, cogida de la mano de tu novio, me mirabas de reojo y en tu boca de grana y miel aparecía una levísima curvatura comparable a la de la Gioconda que cada cual puede interpretar como le viene en gana.
Yo era demasiado joven para ti me dijiste al declararte yo, impulsivo y precoz, el exaltado amor que me inspirabas. Fuiste buena samaritana al no decir que te era imposible amarme, porque yo te era indiferente.
Eloísa al escribir estas cortas líneas me anima la remota, ilusa esperanza de que tú las leas y, porque sigo creyendo en los milagros, recuerdes que una noche, en la oscuridad del portal de tu casa nos dimos un beso, y en ese beso yo te entregué mi alma entera.

MADRECITA, TE TRAJE UNAS PEONIAS (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Un hombre postrado de rodillas delante de una tumba, con voz compungida, temblorosa, entrecortada, decía:
—Hoy habrías cumplido años, madrecita. Te he traído un ramo de peonias, esas flores que tanto de gustaban. No pude venir en tus dos últimos cumpleaños porque me hallaba muy lejos de ti. Te pido perdón. Beso tu arrugadita frente y lloro de pena y vergüenza porque no pude acompañarte en tus últimos momentos. Perdóname, madrecita. Te dije muchas, muchas veces cuánto te quería, pero tú merecías muchísimas más por lo buena y generosa que fuiste siempre conmigo y el amor infinito que me demostraste en vida.
El hombre que había dejado flores encima de una lapida mortuoria, se marchó cabizbajo, con pasos inseguros, llorando.
En una tumba vecina una mujer, escuchándole, se enamoró de él. Su marido, que llegaba tarde a la cita que tenía con ella, dijo con su brusquedad habitual:
—¿Nunca dejarás de llorar por tu hermano, estúpida? Ese accidente de moto en el que se mató ocurrió hace ya diez años. Si no fueses tan ridículamente sensiblera ya lo habrías superado.
La mujer guardó silencio. No podía decirle a este bruto que lloraba por ella y la causa era que él no había sabido ni sabría hacerla feliz. Al hombre con el corazón rebosante de ternura, que había venido al cumpleaños de su madre, lo estaba perdiendo por la salida del camposanto. Su llanto arreció.

UN LLANTO DESCONSOLADO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
El dolor más grande que existe, ese dolor que nos desgarra por dentro, que nos lacera el corazón, que le cierra todas las puertas al consuelo y a la resignación, es el dolor que nos produce la muerte de nuestros seres más queridos.
Recuerdo que un anciano, en una de las mañanas más tristes de mi vida, colocando su compasiva mano sobre mi débil hombro me dijo, cuando siendo yo muy niño me vio llorar desconsoladamente durante el entierro de mi abuela Vicenta a la que yo adoraba, que el llanto lo había inventado Dios porque a menudo, las palabras, no saben expresar lo que sí saben las lágrimas.
Ese buen hombre me enseñó que, lo único que nos ayuda en los peores momentos de nuestra vida son las demostraciones de compasión, de ternura y de empatía.

DEJARON DE PERTENECERSE (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Una cama fue testigo del febril, loco, desenfrenado amor que un hombre y una mujer compartieron durante dos horas que, a ellos, teniendo tantísimo que darse, se les hicieron muy cortas. Se dijeron con infinita entrega las palabras más hermosas que han creados los enamorados para los momentos en que se consumen de lujuria y de pasión.
Ahítos de felicidad, recobrada la calma, exhaustos, confesaron devorándose de ternura los ojos:
—Nunca imaginé pudiera llegarse a amar tanto como yo te amo a ti, Lorena.
—Tampoco yo imaginé llegar nunca a amarte tan desesperadamente como te amo, Alfredo.
Minutos más tarde se vistieron. Cariñosísimo él:
—Abotónate bien el abrigo, mi vida. Afuera hará mucho frío.
—Y tú súbete el cuello de la gabardina, amor mío.
Cambiaron un beso que desearon eterno, y no pudo serlo. Luego abandonaron la habitación y, al llegar a la calle, cada uno tomó una dirección diferente. Habían dejado de pertenecerse. Tenían a sus dueños esperándoles a ambos.

FALIFAS, UN SIMIO MUY INTELIGENTE (microrrelato)

(Copyright Andrés Fornells)
Un pequeño pueblo malayo contaba entre sus habitantes con un anciano llamado Abdias cuya única posesión en el mundo era un macaco al que amaba como a un hijo, y al que el animal correspondía con continuas muestras de cariño, como demostró cuando el anciano cayó enfermo preparándole platos de sopa de verduras para que no muriese de inanición.
Cuando Abdias sintió que había llegado a los últimos días de su vida, llamó al único familiar que tenía, su sobrino Gabai, y le dijo:
—Si me prometes que cuidarás bien de él te dejaré en herencia mi única posesión, mi monito Falifas.
—Muchas gracias, tío. No te preocupes que yo cuidaré perfectamente de él.
—Pórtate bien con Falifas y él te ayudará en lo que pueda. Falifas es mas inteligente que muchos hombres que conozco y debes ser siempre justo con él.
—Seré justísimo con él, tío. Muere tranquilo.
Al día siguiente el anciano Abdias pasó a mejor vida. Su sobrino se llevó a Falifas con él y lo primero que hizo fue enseñarle a subir hasta el penacho de los cocoteros, arrancar cocos y tirarlos abajo. Él, con la ayuda de un machete les quitaba la gruesa cascara exterior y luego los llevaba al mercado donde los vendía.
Falifas, observándole, pensaba que si a su antiguo y cariñoso dueño se le hubiese ocurrido montar aquel fácil negocio habría vivido bastante menos pobre de lo que vivió.
Gabai no cumplió la promesa hecha a su moribundo tío y trataba muy mal a Falifas no dejándole guarecerse en su choza los días de lluvia y dándole tan mal de comer que el macaco se estaba quedando en los puros huesos.
Una mañana Gabai, al levantarse, descubrió que Falifas había huido. Decisión que el animal tomó por no considerarle merecedor de su lealtad y su ayuda.
Falifas marchó a Kuala Lumpur y allí, en la capital de Malasia, vendiendo cocos que él recogía, quitaba su corteza y vendía (proceso aprendido del perverso Gabai), fue el primer simio de la historia, aparte de la Chita de Tarzán, que se convirtió en millonario.

ENCONTRÓ EL MOMENTO MÁS FELIZ DE SU VIDA (MICRORRELATO)

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Anita Ventana era una mujer que había ido adquiriendo, con el paso de los años, el perjudicial síndrome de la insatisfacción. Igual se quejaba de los pequeños inconvenientes que le surgían, que de las ventajas que encontraba, porque éstas no eran tan importantes como ella las quería.
En cierta ocasión, una mujer con la que mantenía una relativa amistad, mientras ambas tomaban café en un bar, le habló de una maga que ella había visitado tiempo atrás y que, actualmente había sido noticia de última hora, en los medios de comunicación, por haber visionado esta pitonisa el lugar donde un secuestrador tenía preso al hijo de un popular ministro, haberlo comunicado a la policía y conseguido con esa información atraparan al delincuente y liberaran al pequeño:
—Es una vidente extraordinaria. A mí me descubrió el lugar donde mi marido había escondido dinero, y que yo nunca habría encontrado, pues mi marido murió inesperadamente de un infarto estando solo en casa.
Anita Ventana no contaba, entre sus fantasías, la credulidad; pero por probar pidió, a través del teléfono, cita con la maga. No se la dieron hasta casi dos meses más tarde debido a lo muy solicitada que aquella notable mujer estaba.
Cuando por fin fue recibida en la praxis de la adivina, una habitación pintada de color morado y con gran cantidad de signos esotéricos en sus paredes, aquella, sentada tras una artística mesa de caoba, la estuvo observando durante unos momentos y finalmente le preguntó:
—¿Qué quieres que haga por ti, mujer de los ojos descontentos?
Impresionada muy a su pesar por aquella mujer de rostro cadavérico y ojos penetrantes como estiletes, toda vestida de negro y con la asombrosa originalidad de llevar, por pendientes, dos escorpiones prendidos en sus orejas, expuso:
—Estoy aquí porque quisiera regresar al momento más feliz de mi vida. ¿Puede usted hacerme eso?
—¿Puede darme la dirección de sus padres? —respondió la vidente sin inmutarse.
Aunque le pareció extraña esta petición, Anita se la escribió en un papel.
—Bien. Te complaceré enseguida —dijo la maga. Sacó del cajón de su mesa una varita mágica, la colocó sobre la cabeza de Anita Ventana y pidió con voz solemne:
—Honorables espíritus de la recuperación del pasado, complaced a esta persona llamada Juanita Ventana en el mayor de todos sus deseos.
Inmediatamente se produjo una multicolor explosión. Terminada la misma, Juanita Ventana sufrió una extraordinaria transformación. La vidente llamó al teléfono que su consultante le había procurado, y cuando le contestó la madre de Juanita Ventana le dijo:
—Señora Ventana, venga a mi consulta a recoger un bebé que le pertenece.
Una carcajada de cría feliz llenó la estancia.

EL FUTURO EN UNA LOSA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Óscar era un chico obsesivo, extraño y maniático. Siempre se salía a la calle, deliberadamente, daba el primer paso con el pie izquierdo. Cuando se veía obligado a pronunciar la palabra muerte se santiguaba acto seguido y, las noches de luna llena, permanecía encerrado en su casa con todas las cortinas bien cerradas.
Las mañanas de los fines de semana, Óscar se daba un largo paseo por la Avenida Central donde caminaba poniendo el máximo cuidado de no pisar ninguna raya de las que separaban las losas convencido de que pisar alguna de ellas le traería muy mala suerte.
Otra acción suya rara consistía en contar sesenta y seis pasos, detenerse y decir en voz alta:
—Sesenta y seis.
Llevaba Oscar más de media hora realizando este entretenido ejercicio cuando al ir a poner el pie sobre una losa la encontró ocupada por un pie femenino. Concentrándose al máximo colocó el pie suyo al lado del otro pie. Respiró entonces aliviado porque durante un momento había corrido el riesgo de pisar una raya.
Levantó la cabeza y sus ojos quedaron presos de los ojos de la joven que había estado practicando su mismo juego. Ella dijo:
—Sesenta y seis.
Maravillado, Oscar también dijo:
—Sesenta y seis.
Ella sonrió encantada. Oscar sonrió encantado igualmente. Sin ellos tener conciencia de que se estaban buscando, acababan de encontrarse.

LA JOVEN DEL PARAGUAS CON MARIPOSAS (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Pronto haría dos años que Santiago y Virginia se habían conocido en aquel café durante una noche de intensa lluvia. Entre ambos surgió una inmediata, irresistible atracción, un amor incendiario, esa clase de amor especial que solo surge entre personas marcadas por el destino. Santiago y Virginia vivieron, durante unos pocos días, una pasión devastadora. Se amaron como solo pueden amar, una única vez en la vida, los seres especialmente afortunados.
Ella le confesó, con infinita tristeza, la última noche que pasaron juntos, que tenía dada su promesa de matrimonio a un joven maravilloso, al que no quería ni podía destrozar el corazón faltando a su compromiso.
—Y no te importa, para evitar destrozar el corazón de ese joven, destrozar el mío —se quejó Santiago, transido de dolor, sollozante.
—No sufras, por favor —suplicó Virginia entre lágrimas—. Me mata verte tan abatido. Hablaré con él. Si renuncia a mí, volveré a nuestro bar un sábado noche con lluvia, llevando en mi mano este paraguas de las mariposas, que a ti tanto te gusta.
Santiago, otra noche más, llegó al café donde Virginia y él se conocieron tantos meses atrás. Llovía intensamente. Santiago iba con el cuello de su gabardina subido y cubierta la cabeza con su viejo sombrero Sinatra. Colocó éste encima de una mesa vacía desde la que tenía una perfecta visión de cualquier persona que llegase de la calle. Su esperanza sobrevivía, aunque cada día más debilitada, al inexorable paso del tiempo.
Iba Santiago por el segundo brandy cuando entró en el local un hombre desconocido. El alma se le encogió cuando descubrió que el recién llegado llevaba en su mano un paraguas femenino con mariposas estampadas. Se puso inmediatamente de pie. Temblaba todo su cuerpo sacudido por el agorero ventarrón de la fatalidad. El recién llegado se fijó en su persona y caminó directo hacia él. Mostraba un rostro notablemente demacrado y unos ojos tristísimos, empapados en llanto.
Santiago supo al instante el significado que tenía la presencia de aquel hombre desconocido. Especialmente cuando, convencido de que él era la persona que buscaba anunció, con voz quebradiza al detenerse junto a su mesa.
—Virginia me pidió viniera a verte.
—¡Virginia ha muerto! —Santiago soltando un alarido de dolor.
Los dos hombres se abrazaron compartiendo la misma desdicha, tal como había sido el último deseo de la adorable mujer que ambos habían amado con toda su alma.
Fuera del establecimiento, se intensificó la lluvia como si un ser sobrenatural quisiera manifestar con esta alteración su invisible presencia.