RELACIÓN ADÚLTERA (quinto fragmento)

Se les pegan las sábanas a la mañana siguiente. Marta ruega a Roberto que la lleve a la estación, pues de lo contrario perderá el tren que quiere tomar. Él transige de mala gana. Conduce serio, pendiente del tráfico, sin concederle una mirada. Marta, que, por el contrario, no le pierde de vista un instante, sufre con esta despegada actitud suya. Le produce gran malestar. Le encuentra en estos momentos tan extraño, lejano. Intranquilidad e incertidumbre se adueñan de ella.

Detiene Roberto su vehículo a la entrada de la estación. Marta le da las gracias. Nota fríos sus labios al besarlos. Cuando al llegar a la puerta se vuelve, él ya ha desaparecido. Siente abrirse una dolorosa grieta en lo más profundo del corazón. ¿Qué le pasa a su amante? ¿Por qué se ha mostrado tan raro de repente? ¿Le ha disgustado traerla hasta la estación? ¿Ha sido eso? Admite que no le conoce tan bien como suponía.

Descubre a Paulina. La tiene a pocos metros, despidiéndose de un jovenzuelo. Le produce intranquilidad pensar que ella haya podido presenciar el beso que ha intercambiado con Roberto. No se fía de su discreción. Camina rápido. Se mezcla con la gente que se dirige al AVE. No se produce encuentro alguno entre ambas. Esto la tranquiliza en cierta medida. Nunca consigue vencer del todo el sentimiento de culpabilidad que lleva alojado dentro.

Nada más llegar a su casa trata de escribir un artículo que lleva varios días madurando, y no puede. Le resulta imposible concentrarse, pensar en otra cosa que no sea Roberto, sus manos sabias, su lengua abrasante, su sexo agresivo, inagotable. Cuando están juntos hacen el amor con frenesí. Apenas conversan. Apenas saben nada el uno del otro. Qué cosas les gustan, emocionan, conmueven o maravillan aparte del sexo. Y ella necesita que hablen de una cosa muy importante: del futuro de ambos. La próxima vez que se reúna con Roberto le preguntará qué piensa al respecto. Necesita saberlo, antes de abandonar a Luis.

Su marido regresa a casa temprano. Se le ve agotado. Explica que hay, además de pesadumbre, una gran desazón entre los obreros. Acusan a la empresa de negligencia. Son injustos. No hubo tal. La muerte de su compañero se produjo por una imprudencia suya. Marta encuentra una vez más palabras que le alivian, que le tranquilizan. Luis reconoce, agradecido:

-No sé qué haría sin ti. Te necesito tanto, Martita. Perdóname por ser tan egoísta. Ni me he acordado de preguntarte si tuviste un buen viaje.

-Sí, ya sabes lo cómodo que es el AVE.

Tras una cena ligera toman asiento en el sofá del salón, ven un ratito la televisión. Están dando las noticias. Las voces estereotipadas, monótonas, de los locutores profesionales comunican las cosas más relevantes que han ocurrido en el mundo hasta este momento. Pocas de ellas son buenas.

Marta y Luis se acuestan temprano. Antes de que le venza el sueño, Luis repasa dentro de su cabeza todos los sucesos que le angustian. Su mujer goza rememorando la noche de amor desenfrenado que ha pasado con Roberto, Marta sufre recordando la fría actitud que le ha mostrado él durante el recorrido hasta la estación y al despedirse allí. Lo justifica considerando que debía sentirse agotado. Se niega a creer que Roberto pueda quererla sólo para disfrutar con ella en la cama.

Amanece un nuevo día. En cuanto su marido marcha al trabajo, Marta marca el número del móvil de Roberto. Está desconectado y no recibe su llamada. Igual resultado obtiene todas las veces que lo intenta ese día y otros dos más. Marta se siente fatal. Angustiadísima. ¿Qué ocurre? ¿Le habrá sucedido algo a Roberto? ¿Trata él de evitarla? Le parece imposible. «¡Me ama, me ama!», se repite. El martes se encuentra a Paulina en la presentación del libro que ha escrito un político de mucho renombre. Se saludan. Aceptan la copa de champán que les ofrece un camarero servicial. Con malicia, no tarda en comunicar Paulina a Marta:

-El viernes pasado presencié, sin proponérmelo, claro, lo muy cariñosamente que te despedías de Roberto Fuertes.

Marta considera inútil negarlo. Disimula su contrariedad.

-¡Ah, le conoces!

-Desde luego que le conozco. Y muy bien, por cierto. He sido yo una más de las muchas mujeres que se ha llevado a su cama. Roberto es un semental muy solicitado. -Paulina esboza una sonrisa burlona al apreciar la palidez que su revelación ha producido a su compañera de estudios-. Es un despiadado canalla, pero tan bueno fornicando que una no puede hacer otra cosa que perdonárselo todo. Cuando se cansa de la amante de turno, le da un martillazo al móvil para que ella no pueda contactar más con él, adquiere uno nuevo y otro ligue también. Para las despechadas esgrime, en su defensa, que él nunca promete nada a ninguna de sus conquistas. Tonta es la que se hace ilusiones con él. ¿No será ese tu caso, verdad?

RELACIÓN ADÚLTERA (cuarto fragmento)

Un viernes por la tarde Marta coge el AVE. La excusa que le ha dado a su marido es que la actriz de cine y televisión que quiere entrevistar le ha dado cita a las ocho de la noche, lo cual le obligará a pernoctar en la capital de España.

Luis se muestra comprensivo, disimula lo mejor que puede su contrariedad. Le traiciona, sin embargo, la profunda tristeza que reflejan sus sentimentales ojos castaños. Desde que se casaron, será la primera noche que ella pasará lejos de él.

Nada más subirse al tren de alta velocidad, Marta tiene un encuentro nada deseado. Al principio del  pasillo casi choca con Paulina, una periodista conocida de antiguo; cursaron estudios juntas. Fuerza un saludo afable.

-No nos veíamos hacía meses, Marta.

-Cierto, Paulina. Desde que acudimos allá por el mes de enero a cubrir la manifestación que tuvo lugar frente a la embajada estadounidense.

-Venga, bonita. Vamos a tomar café y charlar un rato. Igual que hacíamos en los viejos tiempos.

Marta no puede rechazar la invitación. Ofendería. Mientras consumen los cafés sacan a colación el trabajo, los últimos acontecimientos políticos y algunas cosas personales. Paulina es muy curiosa. A Marta le cuesta mostrar naturalidad frente a la perspicaz mirada de su compañera de profesión. Se separa de ella en cuanto puede. Excusa: le urge escribir un artículo para el día siguiente. Han intercambiado números de teléfono móvil; se llamarán.

Llega el tren a la estación madrileña. Marta busca presurosa un taxi. No respira aliviada hasta verse dentro del vehículo, temiendo todo el tiempo que pueda aparecer Paulina proponiendo compartirlo con ella.

Igual que en todas las veces anteriores: desenfrenado galope dentro del pecho de Marta cuando pulsa el timbre del apartamento de su fogoso amante.

Aparece Roberto. Le regala su amplia e irresistible sonrisa. Brillo libidinoso en sus ojos negrísimos, seductores. Entreabierta su hambrienta boca sensual. En cuanto cierra la puerta, Marta se arroja en sus fuertes brazos. Dios, ¡cuánto ha ansiado que llegara este momento! Comienza la magia. Se desnudan el uno al otro sin dejar de prodigarse ardientes, urgentes caricias.

-¡Marta! ¡Marta! ¡Me tienes loco!

-¡Más loca me tienes tú a mí, Roberto de mi vida!

De nuevo hacen el amor de manera frenética. En la primera pausa comen caviar y champán que ha traído ella. Él, alto ejecutivo de una importante multinacional, nunca tiene nada en casa. Hace todas las comidas del día fuera.

Aprovecha Marta el momento en que él marcha al cuarto de baño para llamar a Luis. La entrevista con la actriz secundaria -que se enteró de que se halla actuando en un teatro de la capital- la ha retrasado aquélla un par de horas. Sí, es un verdadero fastidio. Terminará tarde. Volverá mañana, sin falta, a casa. Luis dice que la echa mucho de menos. Temblorosa su voz. Se siente profundamente deprimido desde lo ocurrido con el obrero. Le falta tanto su presencia, su cariño y comprensión. Consigue conmoverla. Despertar su sensibilidad afectiva. Marta le recomienda tomar un somnífero. En el estado de ánimo en que se encuentra le ayudará dormir algunas horas. Se despiden con besitos sonoros.

Roberto, que se está mostrando menos activo que otras veces, propone a Marta, cuando regresa a la cama de sábanas arrugadas, impregnadas del olor de ambos:

-Si te encuentras cansada podemos darnos un largo respiro. Descansar.

Marta lo interpreta como consideración por su parte. Responde alegre:

-Ya descansaremos cuando no nos queden más fuerzas, mi vida.

-¡Qué sexy y ardiente eres, Marta! -pondera Roberto.

Suena algo forzado su entusiasmo.

-Y tú eres un volcán inextinguible -ensalza Marta a su vez.

Viven ambos varias horas de explosiva sexualidad alternadas con otras de reposo para poder recuperar energías. En contra de lo habitual, corre a cargo de Marta la máxima actividad. Es de madrugada cuando ambos se rinden al sueño.

RELACIÓN ADULTERA (tercer fragmento)

Ya de vuelta, el AVE recibe a una Marta saciada, feliz, exhausta. ¿Cuántas veces ha muerto de placer entre los brazos de su amante? Han sido tantas  que ni capaz es de contarlas. Ante ella se abre una nueva espera interminable. Le cuesta escribir los dos cortos artículos que se ha comprometido entregar por la tarde. La mirada se le extravía, los pensamientos no. Deja de ver la pequeña pantalla del ordenador portátil. Revive  el  pasado  reciente. Sueña  en un  futuro  compartido con el potente, insaciable Roberto.

Recién  llegada  a casa, su marido la llama por teléfono. Está muy trastornado. Necesita su soporte moral. Ha ocurrido una desgracia en la empresa. Se desprendió una viga de hierro cuando la estaba transportando la grúa de un sitio a otro en el interior de la gran nave, con tan mala fortuna que la viga cayó sobre la cabeza de un obrero, matándole en el acto.

-¡Qué tragedia, Dios mío! ¡Es horrible! Ya puedes figurarte cómo estamos todos de afectados.

Marta tiene para él cariñosas palabras de consuelo y ánimo. Nada se puede hacer contra lo irremediable. Hay que afrontar las desgracias con resignación y fortaleza.

-No sé a qué hora podré venir a casa, Martita.

-Hazlo cuando puedas, cariño. El deber es lo primero.

-Gracias por ser tan comprensiva y buena conmigo.

Cuelgan. Marta es consciente del mal trago que una persona tan sensible como su marido está pasando. Se apiada de él. Pasan de las diez de la noche cuando por fin Luis regresa al apartamento. Se le ve ojeroso, abatido, tristísimo. Busca los brazos de su mujer. Llora abrazado a ella. Con voz entrecortada le cuenta que el accidentado, un joven de treinta y dos años, deja viuda  y tres niños pequeños. Penosísima su misión de informar a su mujer de la terrible desgracia acaecida.

-Me partió el alma ver la pena inconmensurable que causó tan horrible noticia a esa pobre desdichada. Lo he pasado fatal.

Marta acaricia los cabellos de Luis, plateados ya en las sienes. Le afecta verle tan conmovido. Lleva bastante tiempo sin inspirarle el afecto que siente en estos momentos. Desgrana en sus oídos algunas palabras que desea que alivien algo su aflicción. Lo consiguen. Se acuestan. Marta sigue acariciando a su marido y él aprecia que, a pesar de la congoja, su virilidad hace acto de presencia. La muerte que ha presenciado parece haberle despertado la necesidad de sentir con intensidad la vida. Contagia a Marta su necesidad. Y después de semanas sin experimentarlo con Luis, Marta no tiene que fingir el orgasmo esta vez. Se quedan dormidos muy juntos. Satisfechos.

Al día siguiente, temprano, Luis marcha a realizar todos los trámites que por el accidente laboral debe seguir todavía. También se reunirá con el propietario de la industria, que ha tenido que venir de Francia, donde reside. La empresa ha declarado tres días de luto durante los cuales permanecerá cerrada.

A media tarde suena el teléfono móvil de Marta. ¡Es él, Roberto! Le basta escuchar su voz ronca, varonil, para estremecerse de gozo. Sus apasionadas palabras la incendian. Dice él morir de ganas de tenerla de nuevo junto a él y poder devorarla. Muy excitada, Marta se expresa en parecidos términos. También ella perece de deseos de entregársele una vez más en cuerpo y alma, de amarle como sólo es capaz de amarle a él. Se reunirá con Roberto en cuanto pueda. Buscará una excusa más.

Luis, que hasta entonces nada ha dicho de los frecuentes viajes de Marta a la capital, muestra esta vez su contrariedad:

-¿No te parece que está abusando de ti ese periódico con el que colaboras, enviándote tan a menudo a Madrid?

Marta tiene la excusa preparada. Le han encargado una serie de entrevistas con personajes pertenecientes al mundo de la política, las artes y los deportes no muy conocidos todavía, las cuales le publicarán en fecha próxima.

-Me lo van a pagar bien y es algo que a mí me gusta, cariño.

Luis suspira comprensivo. Comenta, adulador y sincero:

-Leí esta mañana en el diario local tu artículo sobre los accidentes laborales. Realmente conmovedor. Se me saltaron las lágrimas. Eres buenísima escribiendo, cariño. Te admiro de verdad.

Agradece Marta sus sentidas palabras de elogio. Experimenta vergüenza por la conducta que está llevando. Tal vez debiera decírselo. Le mira. Le ve tan vulnerable que le falta valor para confesarle que ama a otro. Necesita más tiempo. Escoger la ocasión adecuada. Las palabras adecuadas, si existen. No quiere partirle el corazón.  Si por lo menos no le desazonara tanto este continuo urdir una mentira tras otra… Este sentimiento de culpabilidad que la embarga en tantos momentos. Decide que, cuando Roberto le diga que la ama, que la necesita como a la vida misma, ella dejará a Luis y no le importará tanto si le rompe el corazón o no.

RELACIÓN ADULTERA (segundo fragmento)

Terminado su aseo de todas las noches, Marta y Luis se van a la cama. Luis siente de pronto el apremio del deseo. Qué menos que una vez por semana. Sus manos inician la cariñosa caricia. Marta se halla saciada todavía. No le apetece.

-¿Te importa que lo dejemos para otro día, cariño? Me duele un poco la cabeza -ha sonado suplicante su voz.

Su marido renuncia resignado:

-Claro, mi vida. ¿Te traigo una aspirina o alguna otra cosa?

-Ya me tomé una -miente ella; la constante práctica de los últimos tiempos le permiten que suene convincente su explicación.

Antes de apartarle la mirada ha podido apreciar Marta un destello de decepción en los mansos ojos castaños de Luis. Siente un mordisco de remordimiento. Poca cosa. Nada que no sea capaz de soportar. La vida endurece a las personas por fuera y por dentro. Le da la espalda. Le oye suspirar, dolido. Esta misma negativa la ha venido repitiendo demasiado desde que conoció a Roberto. Nota ella la cálida y suave mano de Luis sobre su hombro. Aprecia que tiembla. Conoce lo suficiente a su marido para saber que tanto rechazo por su parte le está haciendo sufrir. Compadecida, se vuelve hacia él. Se sacrificará.

-Ya me siento un poco mejor, cariño -dice.

-¿De veras? ¿No lo dices por complacerme?

-No, tontito. Ven… ¡Ven!

Él se halla tan necesitado de ella que, cuando Marta baja su mano, le encuentra preparado. Se abre de piernas.

-Pobrecito. Las ganas que tienes -reconoce, casi tierna.

Le entrega su cuerpo como si  hiciera una obra de caridad. Traiciona. Piensa

en el otro. Tendrá que esperar para encontrarse de nuevo con él. Finge el orgasmo. Tan mal que le parece mentira que Luis no se  haya  dado  cuenta, que no se haya dado cuenta de que no ha sentido nada al hacerlo con él.

-Pesas mucho, cariño -le dice a Luis que, después de los espasmos de la eyaculación, se ha quedado inmóvil encima de ella.

-Perdona, mi vida. Ha sido maravilloso, ¿verdad?

-Mejor que nunca.

Agradece ella la oscuridad que oculta su sonrojo. Luis se duerme en seguida. A Marta le cuesta conciliar el sueño. La situación que vive le llena, en buena medida, de zozobra. Amar a un hombre y convivir con otro le resulta, cuanto menos, angustioso.

Han transcurrido para Marta tres días interminables. Y por fin toma el AVE. Destino Madrid o mejor sería decir: Roberto. Apasionado, ardiente, irresistible Roberto. Ese gran amor con el que sueñan todas las mujeres le ha llegado a ella a sus cuarenta años, cuando ya creía que iba a pasar por la vida sin conocerlo.

Marta ocupa su asiento. Alivio al comprobar que no tiene cerca a nadie conocido. Se pone en marcha el tren de alta velocidad. Marta escapa de la realidad que la rodea. Roberto llena por completo su mente. ¿Está él tan loco por ella como ella lo está por él? ¡Así lo desea! ¡Le necesita! Su existencia era un pozo de tinieblas y él es el sol que ha venido a llenarla de radiante luz. ¿Qué hará si Roberto le pide que abandone a su marido y se vaya a vivir con él? Lo tiene bien claro, aunque le duela en el alma hacerle daño a Luis. Ha sido siempre muy bueno con ella. Ojalá pudieran separarse sin trauma alguno. Pero diez años de convivencia, aunque ésta haya sido anodina en su mayor parte, atan en buena medida a dos personas.

Madrid. Un taxi. A Marta el corazón comienza ya a latirle con inusitada violencia. El edificio que se le ha hecho ya familiar. El ascensor. El timbre. La puerta. Sus latidos cada vez más acelerados. Torrentes de sangre ardiente circulando impetuosa por sus venas. Roberto abre. Se miran risueños, ávidos; se abrazan, besan, devoran. Camino del dormitorio se van quitando ropa, presurosos, como si ésta fuera el lastre que impide volar su pasión desenfrenada.

RELACIÓN ADULTERA (primer fragmento)

RELACIÓN ADULTERA

Marta y Luis llevan diez años casados. No tienen niños. Piensan, que se vive mejor sin ellos. Consideran, además: ¿para qué traer criaturas indefensas a un mundo decadente cuya destrucción los más pesimistas -y ellos dos lo son- consideran inevitable y vaticinan cercana?

Marta es periodista free-lance.

Luis es director de una pequeña empresa metalúrgica.

Establecieron al poco tiempo de casarse la costumbre de salir juntos a cenar los sábados por la noche. Han escogido una semana más un restaurante tranquilo, acogedor, no demasiado caro. Cocina nacional. Ambos pasan de exotismos culinarios. Vino blanco para ella. Tinto para él. Correcto servicio de un camarero de estereotipada sonrisa. La comida transcurre por los cauces habituales. Gestos, frases, opiniones, amabilidades repetidas mil veces. Discreto el rumor de voces de los demás comensales y la suave música de fondo. Distrae, en los largos silencios en que se sumergen ambos, observar la vacilante llama de la lamparilla que ocupa el centro de la mesa.

Siempre igual. Falta de variedad. Monotonía. Cuando callan, Luis ocupa su mente en todos los problemas de diferente índole que afectan a la empresa que gestiona. Marta, por su parte, no piensa en trabajo, sino en Roberto, el extraordinario amante que le surgió, sin buscarlo, unas semanas atrás. Tampoco Roberto y ella hablan mucho. Prefieren emplear todas sus energías en hacer el amor con total desenfreno. ¡Qué pasión tan arrebatadora la que comparten! Una frenética locura que ella jamás ha experimentado con su marido. Bueno, tal vez al principio de casados… Pero fue hace tanto tiempo… La hoguera se apagó ya, sólo quedan cenizas…

Marta y Luis regresan de sus divagaciones mentales. Intercambian una sonrisa amable, desgastada, circunstancial. Él está terminándose su solomillo a la pimienta. Ella, que apenas si ha probado su dorada a las finas hierbas, juzga despectiva, a su marido: «Luis disfruta ya más comiendo que jodiendo. ¡Qué glotón! ¡Y luego no quiere coger peso!».

-¿No te gusta la dorada, cariño? ¿Quieres que pida para ti otra cosa? – ofrece Luis, viendo lo poco que ha comido Marta.

-No, no. La dorada está estupenda. Es que tengo poco apetito, Luis.

-Tú sí sabes sacrificarte a la hora de comer y por eso mantienes la misma línea y peso que cuando nos casamos. No sabes cuánto admiro tu fuerza de voluntad, mi vida.

-Con dos que se quieran y uno que coma basta, cariño.

Otra frase hecha más. Nueva sonrisa circunstancial. Postre para él, café para ella. Marta tiene la suerte de que no le quita el sueño la cafeína. Pagada la cuenta, emprenden el regreso al hogar. Él conduce; piensa en la labor que le aguarda el lunes: un pedido urgente. Ella echa la cabeza atrás, la apoya en el cabezal del asiento, cierra los ojos; piensa en su amante. ¿Cuándo podrá volverle a ver? Se interponen varios cientos de kilómetros entre ambos.

LAS COPLAS ANDALUZAS MARAVILLOSAS (6)

JUANITO VALDERRAMA

“LOS MIMBRALES”

Letra de Luis Palomar y Kola

Música del maestro Quiroga

Brilla en toa la marisma como un lusero

el cortijo famoso de “Los Mimbrales”,

donde en medio de toros y de vaqueros,

se quisieron de niños los dos chavales.

Cuando pasa la luna por el serrao

y en el campo se abren las campanillas,

canta así el vaquerillo desde el sercao

a la chiquilla…

Cortijo de “Los Mimbrales”

en la llana Andalusía,

entre breñas y jarales

guarda una perla escondía.

En la marisma huervana

cuna de bravos vaqueros,

es flor que abrió la mañana

la chiquilla que yo quiero.

Pa la fiesta campera to er señorío

se junto en el cortijo de “Los mimbrales”

y lusió er vaquerillo su poderío

derribando a los toros y los erales.

A desirle de amores fue un ganaero

a la novia bonita del vaquerillo,

que, segá por el brillo de su dinero,

dejo al vaquerillo.

Cortijo de “Los Mimbrales”

en la llana Andalusía,

entre breñas y jarales

lloro mi ilusión perdía.

En la marisma huervana

cuna de bravos vaqueros

al despuntá la mañana

me dejó la que más quiero.

UN PAR DE BANDERILLAS (último fragmento)

Maoliyo había llegado junto a la banderilla que le quedaba más cerca. Por el gran cariño que le profesaba, esperó a que Julito llegara junto a la otra banderilla. Los dos chiquillos sin quitarle ojo al astado, en ningún momento. No llegaron a coger los palos, pues de repente la res se lanzó hacia ellos convertida en furibundo bólido.

-¡Corre, primo! -gritaron a dúo.

Salieron disparados en dirección al cercado, el terror que sentían distorsionando sus rostros infantiles. El animal escogió a Julito porque corría menos. Atronaba el aire el violento golpeteo de sus poderosas pezuñas contra el duro suelo. Sus mortíferos cuernos rasgaban el velo neblinoso del aire mañanero. Estaba ya encima de Julito. Menos de dos metros le separaban de él. Bajó el animal su negra y mortífera cabeza, consiguió colocar una de sus astas entre las piernas del chiquillo y lanzó a éste hacia arriba como si fuera una insignificante monigote de plástico, catapultándole limpiamente por encima de la valla. Horrorizado como nunca antes en toda su joven vida,  Maoliyo saltó las tablas y corrió  junto a su primo tendido de bruces en el suelo, inerte. Llorando y gimiendo, con el miedo de que estuviera muerto desgarrándole el alma, le dio la vuelta y vio su cara cubierta de polvo, sus ojos cerrados, su boca ensangrentada.

-¡Ay, Dios mío de mi alma que lo ha matado! ¡El hijoputa del toro lo ha matado! -logró balbucir, ahogándole los sollozos.

Abrazándole con desesperación, Maoliyo suplicó a su primo que abriera los ojos y le hablase. Julito no reaccionaba. El cuchillo del dolor atravesó las entrañas de  Maoliyo. Los rosarios de lágrimas que ya corrían por sus ojos, le pintaban surcos húmedos en las pálidas mejillas.

De pronto creyó percibir un leve gemido en el cuerpo que apretaba. Lo apartó  un poco de él. Observó que se producía un movimiento apenas perceptible en los párpados de su primo. Esperanzado gritó su nombre:

-¡Julito!

Y entonces el chiquillo abrió sus ojos y con un hilo de voz preguntó:

-¿Estoy vivo, primo?

-Estás vivo, aunque con la cara llena de polvo pareces un fantasma -pasando Maoliyo del llanto al júbilo-. Mecachis en la mar, primo, me has dado un susto tan grande, que no sé si de ahora en adelante el corazón volverá a funcionarme como antes, o se me ha escacharrado del todo.

-Primo, te voy a asegurar una cosa: y es que en lo que me resta de vida, vuelvo yo más a acercarme a un toro.

-Pues lo mismo te digo yo a ti.

Y enlazados por los hombros, los dos emprendieron la vuelta a casa. El mundo taurino acababa de perder a dos posibles toreros.

UN PAR DE BANDERILLAS (tercer fragmento)

Uno de los morlacos les miraba; el fondo oscuro de sus ojos salvajes y traidores emitiendo un centelleo avieso. Su pelaje era de color zaino y poseía una cornamenta  amplia y afilada. El otro toro, negro también, les ignoraba.

-Hay dos banderillas en el suelo, primo -apuntó  Maoliyo bajando un poco la cabeza para escapar del dorado chorro de sol que, tras elevarse por encima de los edificios próximos, le estaba dando en la cara.

Julito le adivinó el pensamiento.

-Podrían ser una banderilla para cada  uno, ¿no?

En aquel momento,  el cornúpeta que les estaba observando se incorporó. Cojeaba ostensiblemente de una de sus patas traseras. Inclinó la testuz y empezó a comer el pienso que contenía el barril cortado por su mitad y colocado encima de un soporte de hierro.

-¿Vamos a por ellas, primo? -propuso el más atrevido de los dos.

-¿No tienes miedo, Maoliyo?

-Algo sí tengo, Julito; pero me lo aguanto.

-Bueno, pues lo mismo haré yo.

-Vamos para allá. Pero estate  preparado  para salir cagando leches si se viene para nosotros una de esas fieras, ¿eh? ¿Me has escuchado?

-Digo. Me tiemblan las piernas, primo.

-Si no piensas en ello, lo notarás menos, primo.

Ciertamente mostraban notorio tembleque las flacas piernas que asomaban por debajo de los pantalones cortos de los dos chicuelos. Dentro de sus pechos  sonaban a arrebatados tambores sus corazones. Y brillaba en sus ojos el coraje y el fatalismo característicos de la raza a la que pertenecían.

La distancia a recorrer hasta los palos era de unos cuatro metros y, a otros seis más se hallaba la res que no les perdía  de vista.  Los dos primos avanzaron el uno al lado del otro, despacio, tratando de transmitirse mutuamente valor, mentalizados para salir flechados hacia las tablas y salvarse pasando por entre medio de ellas sus flacos cuerpos.

No se hablaron, ni tan siquiera en susurros. Imposible hacerlo. Las pelo- tas del miedo bloqueaban sus gargantas. El tiempo se fue desgranando en segundos muy alargados. Ni el uno ni el otro prestaron oído al par de vehículos pesados que acaban de entrar en el recinto ferial. Ni tampoco a los primeros feriantes que se disponían a iniciar el  desmonte de los artilugios mecánicos de su propiedad. Una nueva feria les estaba aguardando en otro sitio.

Las negras pupilas del toro se encogieron. Tensó sus orejas. Expandió las aletas de su nariz. Una de sus patas delanteras escarbó el suelo.

UN PAR DE BANDERILLAS (SEGUNDO FRAGMENTO)

SEGUNDO FRAGMENTO

Al llegar a la plaza vieron  a un chucho esquelético y sucísimo comiéndose con avidez un churro pisoteado. Y en uno de los bancos de hierro descubrieron el cuerpo tendido de un hombre. Su inmovilidad era absoluta.  Apestaba.  Parte de sus ropas aparecían cubiertas de vómito. Con una mezcla de curiosidad y temor, los dos chiquillos se acercaron a él. Consideraron:

-Menuda borrachera debe haber cogido el tío.

-No estará muerto, ¿verdad, Maoliyo?

Observándole con mucha atención, pudieron percibir que su pecho subía y bajaba lentamente.

-Respira. Está vivo.

Les produjo alivio esta apreciación. Asusta tanto la muerte. Se alejaron de él. Julito se agachó a coger la varilla de un cohete. Sirvió para que ambos comentaran, entusiasmados, la espectacular maravilla de explosiones multicolores que había sido el castillo de fuegos artificiales de la noche anterior. Todavía eran capaces de ver, en el registro guardado dentro de su memoria, aquellas saetas de fuego rasgando la negrura del cielo antes de estallar en magníficas, continuas cascadas de estrellas multicolores y deslumbrantes. Con que fruición aspiraron entonces el fuerte olor a pólvora quemada que impregnaba todo el aire. Con qué exultante placer contribuyeron al clamor de admiración que formaron las gargantas de cuantos presenciaron aquel apoteósico espectáculo luminoso y atronador.

Habían llegado al solar donde, al otro lado de un cercado de troncos y tablas estaban los dos toros que, luego de recibir un puyazo y dos pares de banderillas, habían retirado la tarde anterior de la plaza  portátil, por defectuosos. Estaban los dos tendidos en el suelo, medio adormilados. En las heridas que presentaban en lo alto de sus lomos empezaban a hacinarse algunas moscas despertadas por el ancho rayo de sol que acababa de hacer acto de presencia colándose por entre la cañada de viviendas que formaba la ancha calle situada a Levante.

Tomaron asiento los chiquillos en lo alto  del vallado de tablas que ser- vía de cerca. Sentían, como la gran mayoría de los españoles, una auténtica fascinación por estos animales legendarios que simbolizan la fuerza, la bravura, la muerte y, en muchos casos, también la nobleza encomiable.

-Que grandes son y que enormes sus cuernos, ¿eh, Julito?

-Para cagarse de miedo, Maoliyo.

Y como van tan ligados de toda la vida toros y toreros,  coincidieron los dos primos en que un hombre valiente y con arte podía enriquecerse en el toreo, ahorrando  castigar, como sus progenitores, el cuerpo de sol a sol intentando sacarle a la mala y dura tierra que poseían, poco más que el sustento diario.

-Toreros es lo que deberíamos hacernos tú y yo de mayores.

-Eso. Y ganar el  dinero a espuertas  y comprarles a nuestros viejos  un buen cortijo en el que hubiera de todo, y no faltara de nada.

-Y comprar un camión lleno hasta arriba de jamones, para que toda nuestra familia comiera hasta reventar.

La magia de los sueños adorno con hermosos destellos las negrísimas pupilas de ambos arrapiezos. Y sus aniñadas bocas las entreabrió el resorte de la ilusión.

UN PAR DE BANDERILLAS (primer fragmento)

LOS DOS PRIMOS

Tardaron los primos casi media hora en llegar a la zona donde durante una semana había disfrutado de su feria de primavera el barrio de los Altramuces. Todavía flotaban en el aire partículas del olor dejado por los pinchitos morunos, las patas de pulpo a la plancha, el algodón de azúcar, las almendras garrapiñadas y las patatas fritas.

Por la parte de levante se anunciaba el alba con su ruborosa claridad. La luz de las farolas del alumbrado público, puesta todavía, se tornaba mortecina, innecesaria.

Un vientecillo suave, algo húmedo, agitaba las banderitas de colores, los farolillos de papel y las guirnaldas también de papel. El barrio, así vacío, tenía un aspecto fantasmal. Sus vecinos, todavía en la cama, se recuperaban del empacho, de  la diversión y el trasnoche del día anterior. Una fina capa de polvo cubría las hojas y ramas de los árboles y el suelo del recinto ferial se hallaba sembrado  de papeles, envases, restos de comida, colillas… Noria, montaña rusa, tiovivo, casetas y demás atracciones aparecían cerradas, solitarias, inmóviles igual que enormes monstruos dormidos.

El silencio y la soledad  reinante sobrecogían  un poco el ánimo de los dos chavales tempraneros. Sus ojos, muy abiertos, registraban ávidamente cada palmo de terreno. De vez en cuando, por entre toda aquella porquería encontraban alguna moneda  o billete generalmente de poco valor, que les recompensaba el esfuerzo y el madrugón. Hallaron  en el alféizar de una ventana una bolsa casi llena de patatas fritas sabor a ajo con queso. Mientras se la comían, animándose de repente, comentaron lo mucho que se habían divertido la noche anterior lanzando “buscapiés”, viendo como los petardos zigzagueando a ras de suelo se metían soltando chispas entre las piernas de las chicas arrancándoles cómicos, escandalosos chillidos de miedo.

-La feria debería durar un año entero, ¿eh, Maoliyo? Aunque luego le duela a uno el estómago de comer tantas golosinas.

-Sí, Julito, un año entero y un mes más de propina -rió el interpelado.

A los dos causaba profunda melancolía pensar que, dentro de un par de horas, tendrían que coger las mochilas y marchar al colegio. Y no podrían hacer novillos de momento hasta que se les pasara a sus madres el colosal enojo causado por la carta del director del centro de enseñanza poniendo en su conocimiento las continuadas ausencias a clase de sus retoños. Adivinándose el uno al otro los pensamientos, masculló despectivo Maoliyo:

-Menudo chivato está hecho don Damián, el director.

-Pues anda que don Antonio, el maestro. Más todavía.

Desahogaron su momentáneo malhumor dándole patadas a una lata de refresco vacía. El hallazgo de un billete todo arrugado y sucio, junto al bordillo de la acera, les devolvió el contento y treparon por la gozosa liana de los recuerdos recientes, agradables.

-Lo pasaron fenómeno anoche nuestros viejos bailando, ¿eh, Julito?

-En la vida les hemos visto más felices. Estaban como jóvenes.

-La gente debería ser feliz todo el tiempo. Es muy bonito ser feliz, ¿verdad, Maoliyo?

-Sólo los ricos, que andan sobrados de todo, pueden ser felices todo el tiempo; los pobres no -muy convencido el niño.

-¡Pues me cago en la leche!

-¡Y yo me cago en el café!

Les entró la risa. Poseían facilidad para contagiársela el uno al otro.

-Cuando seamos mayores, tendremos que pensar seriamente en eso de ser, igual que nuestros padres, pobres siempre.

-Sí, habrá que pensarlo muy seriamente.

Su corta edad  no era impedimento para que imaginaran  el futuro como un algo amenazador además de desconocido y lejano todavía.