ODIABA LAS VACACIONES (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Varios hombres ociosos, apuntalados en la barra de un bar de barrio bebiendo cerveza fresca, sacaron a colación el tema de las vacaciones y contaron algunas anécdotas que tenían que ver con este popular, multitudinario, lúdico asunto veraniego.
Uno contó que reservado un viaje en avión a la mítica India, llegados él y su mujer al aeropuerto se dieron cuenta de que habían olvidado en su casa los pasa-portes que les eran imprescindibles para viajar al país que pretendían visitar, y no pudieron coger otro avión con el mismo destino hasta el día siguiente.
Otro contó que yendo al aeropuerto estrelló su coche contra un árbol, afortunadamente no se hizo ninguna herida importante, pero perdió el avión y los desperfectos hechos al automóvil le habían costado una fortuna.
Otro contó que llegado a su destino, Buenos Aires, se encontró con la des-agradable sorpresa de que le habían perdido la maleta y le tuvieron dos días sin ella y se vio obligado a comprar prendas de vestir que de no haberle extraviado el equipaje, no habría necesitado. Luego la compañía aérea no quiso hacerse cargo del gasto al que lo habían obligado con su fallo.
Finalmente hubo uno de los contertulios que afirmó tajante:
—Yo odio las vacaciones con toda mi alma. Estoy seguro de que fue un invento del cabrón del demonio.
Todos los presentes le miraron con sorpresa, y un par de ellos le pidieron explicara el porqué de su contundente afirmación.
—Odio las vacaciones porque significan para mí el mayor sufrimiento que padezco a lo largo de cada año.
—Explícate, hombre; explícate —le exigieron.
—Me explicó. Os cuento cómo fueron las vacaciones mías del año pasado. Empezaré diciendo (para los que no lo sabéis) que vivimos en el mismo piso, mi mujer, mi hija, mi hijo y mi suegra. Semanas antes de la fecha de partida reservamos dos habitaciones en una modesta pensión de la Costa Blanca. Durante se-manas hasta el día de partida tuve que escuchar a todas horas lo que todos los miembros de mi familia pensaban hacer durante ese tan anhelado periodo vacacional. Planes y más planes. Diversiones y placeres. ¡Guay y más guay! Y por fin llegó la fecha de partida. Del lugar escogido para nuestras vacaciones nos separaba una distancia de seiscientos kilómetros, distancia que recorreríamos en nuestro coche utilitario, pues habíamos calculado que por este medio de transporte nos saldría mucho más barato que yendo en autocar o en tren. El trajín comenzó nada más despertarnos por la mañana del día que debíamos partir. Desayuno y a conti-nuación preparar las maletas. Todos queriendo meter dentro de ellas infinitamente más de lo que les cabía. Al final reunimos cinco maletas que pesaban como demonios y otras tantas bolsas de mano que, en peso y volumen, no le iban mucho a la zaga. Reunimos todo esto en el salón añadiendo el gato de mi hija, el perro de mi hijo que es un pastor alemán grande como un caballo, la pecera de mi suegra que mide 40 x 20 centímetros y la jaula con tres periquitos que no mide mucho menos. Dos maletas cupieron en el maletero junto con la jaula y la pecera. Y otras tres maletas, las más grandes y pesadas en lo alta de la baca. Tuve una discusión de muerte con mi suegra porque quería que nos lleváramos también su silla de ruedas (adquirida por casi nada en una subasta) para poder ella desplazarse más cómodamente cuando sus viejas piernas se cansaran. Al final la silla se quedó en casa, luego de llamarme la airada madre de mi mujer lo que no está escrito. Por fin lo tuvimos todo acomodado. Las ruedas del vehículo, debido al abusivo peso con que lo habíamos cargado casi rozaba el suelo con las llantas a pesar de haber-las hinchado yo al máximo el día anterior. El asiento de atrás lo ocuparon mi mujer, nuestros dos hijos, el perro y el gato, todos ellos apretados como sardinas en lata, y mi suegra delante, a mi lado dándome con el codo en las costillas cada vez que despegaba los codos hacia los lados, ejercicio cabrón que realizaba cada pocos segundos alegando que se le entumecían los hombros. Lo que yo me temía, por obligar al automóvil a llevar tan exagerada carga ocurrió cuando llevábamos re-corridos unos doscientos kilómetros: ¡pincharon a la vez las dos ruedas traseras! Puse la de recambió y otra que me vi obligado a comprar. Todo esto tuve que hacerlo solito, sudando a mares, mientras dentro del coche los demás miembros de mi familia disfrutaban, con el motor en marcha, de aire acondicionado, escuchaban música, leían y contaban chistes con los que se mondaban de risa. Cuando terminé, en vez de alabanzas recibí críticas porque los miembros de mi familia consideraron que soy muy torpe, tardé muchísimo en cambiar las ruedas pincha-das y los forcé a permanecer más de una hora aburridos. Medio deshidratado, pedí agua y resultó que se la habían bebido toda. Finalmente llegamos, a media tarde, a la pensión donde teníamos alquilado hospedaje. En la pensión nos tocó una habitación en la cuarta planta. Otra mala noticia para mí, el ascensor se había averiado y los botones que solían encargarse de llevar los equipajes a las habitaciones de los clientes se habían declarado en huelga. Como las maletas eran demasiado pesadas para las débiles fuerzas de los miembros de mi familia, tuve que subirlas yo por la escalera terminando esta pesadísima tarea más muerto que vivo, y maldiciendo las vacaciones y el cabrón de mierda que las inventó. Por la no-che tuve que dormir con el perro de mi hijo porque (Dios sabrá porqué maldita razón, el animal se había encariñado conmigo). El gato que ha nacido para incordiarle se instaló en el alfeizar de la ventana de mi cuarto y me mantuvo toda la noche en vela el perro ladrándole. Al día siguiente se le murió un periquito a mi inconsolable suegra que llorado como una magdalena me culpó de ello por los bruscos frenazos que durante el viaje en coche hice al llegar a cada curva. Todos los miembros de mi familia le dieron la razón sin atender a mi explicación que con todo el peso que llevaba el vehículo éste se me iba fuera de control en las curvas. Al mediodía fuimos a comer a un restaurante, sufrí una intoxicación (sólo yo, ¿eh?) y estuve tres días sin poder abandonar mi cuarto porque a cada momento yo me salía por el trasero y no me convenía estar lejos de un cuarto de baño.
Al llegar aquí el hombre rompió a llorar amargamente. Ninguno de sus oyen-tes tuvo tan mal corazón como para pedirle que terminara de contar las desdichas que seguramente todavía le quedaban en el tintero, al pobre desgraciado y todos le dedicaron palabras de consuelo y lo invitaron a beber más cervezas.
A continuación dejaron de hablar de las vacaciones y hablaron de los temas más comunes: de la climatología, del fútbol y de lo mal que lo hacía el gobierno de turno.

DISPUESTOS A DIVORCIARSE (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Almudena y Toni desayunaron en silencio. Se palpaba entre ellos la tensión. Ambos sabían que era la calma que precede a la tempestad que está a punto de estallar. Con toda intención, los dos terminaron de comer al mismo tiempo y, nada más dejar en lo alto de la encimera la vajilla empleada, comenzó la bronca. Vociferante, Toni acusó a Almudena de malgastar el dinero con el que ambos contribuían al mantenimiento de su hogar, en un nuevo par de zapatos cuando ya tenía otros diez pares de ellos. Y Almudena, para no ser menos, acusó, a gritos, a Toni, de haberse él comprado un nuevo videojuego cuando debía tener ya más de veinte.
—¡Eres un criticón y un desconsiderado despilfarrador de nuestros ingresos!
—¡Y tú una manirrota y una impulsiva malgastadora! ¡Me tienes harto!
—¡Y tú, a mí, me tienes más harta todavía!
—¡Pues ya sabes lo que podemos hacer!
—¡De acuerdo! ¡Hagámoslo de una vez!
Furiosísimos los dos cogieron, ella su bonita chaquetilla de cuero de la percha, y él su anorak y se lanzaron a la calle, donde llamaron la atención de los transeúntes por lo rápido que caminaban.
El abogado especialista en divorcios, tenía su despacho a unos trescientos metros del edificio donde la joven pareja tenía su pequeño y coqueto apartamento.
La secretaria del letrado les recibió con cierta frialdad. A su petición de que querían hacerle una consulta al abogado Joaquín Mariñas, les respondió:
—El señor Mariñas está ocupado en este momento. Tengan la bondad de esperar. Les atenderá enseguida que pueda.
Durante varios minutos el joven matrimonio permaneciócallado, el ceño fruncido y con una expresión de encono en sus atractivos rostros.
De pronto, Almudena suspiró. Al escucharla, Tino suspiró a su vez. Siguió un silencio total, luego ambos se giraron hacia el otro y se fijaron en los labios que los dos mantenían entreabiertos. Permanecieron un momento presas sus miradas, después las miradas recorrieron el hermoso cuerpo del otro y Tino fue el primero en abrir la boca para reconocer con voz vibrante de pasión:
—¡Pero qué buena estas, Almudenita!
—¡Pues anda que tú, Tinito!
—¡Uf, como te deseo, mi vida!
—¡No más de lo que te deseo yo a ti!
Él se puso en pie y alargó el brazo. Ella lo alargó también y cuando sus manos se juntaron, ambos echaron a correr hacia la puerta:
—¡Eh! ¿A dónde van? —les gritó la secretaria del abogado Mariñas.
—¡En busca de la gloria! —le respondió a dúo la pareja, riéndose, mirándose como si no existiera en el mundo entero nada mejor que lo que estaban viendo el uno en el otro.
Aprovechando que no había nadie cerca, la secretaria soltó un denuesto soez. Estaban a veintiocho y esta era la tercera vez en el mes que aquel par de locos habían llegado hasta allí con la intención de divorciarse y escapado a toda prisa.

UN FANTASMA FEMENINO (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
A Fermín Portales, un fantasma que se le aparecía todas las noches en su dormitorio no lo dejaba dormir por el susto que le daba. El fantasma bailaba agitando mucho sus brazos hechos de niebla y dando espectaculares saltos en el aire.
El hecho de no poder pegar ojo en casi toda la noche tenía a este joven dueño de un pequeño quiosco donde vendía golosinas, somnoliento todo el día y, durante algunos momentos quedaba dormido y unos niños desaprensivos aprovechaban para llevarse chucherías de su quiosco, sin pagarlas.
Un día le hablaron a Fermín de una bruja blanca que podría darle una solución a su angustiante problema. Y decidió ir a visitarla.
La bruja se llamaba Ramona Tiesto y era tan fea que habría podido actuar en películas de terror sin necesitar de maquillaje alguno. Fermín, mirándola con bastante miedo, le expuso que tenía un problema.
Ella, que había estado limpiando con un paño de gamuza una bola de cristal del tamaño de un balón de fútbol le ordenó:
—No me digas nada. Estoy viendo en mi bola mágica la cosa que te atormenta. Es una muchacha. Una muchacha que se había enamorado de ti. Esta muchacha murió en un accidente de automóvil y su espíritu te ronda amargado por no habértelo podido confesar.
—¡Vaya, qué dramático! —el joven tendero aceptando como verdadero lo que acababa de decirle aquella mujer que daba susto mirarle la cara—. ¿Qué me aconseja que haga?
La pitonisa le dijo que acercase la cara a la suya y le susurró algo al oído.
—¿Por qué me ha hablado tan bajito? —quiso saber su visitante que igualaba su timidez a su curiosidad.
—Porque las paredes oyen—le explicó ella—. Y luego lo cuentan todo.
—¡Ah! Entiendo. Y si hago lo que usted me dice me veré libre de ese fantasma.
—Garantizado al cien por cien.
—Pero yo no estoy enamorado de nadie —manifestó Fermín.
—Eso no importa. Lo que importa es que hagas lo que yo te he dicho.
—De acuerdo. ¿Qué le debo?
—Son cien euros más el IVA.
—Me parece un poco caro.
—¿Sabes cuánto cuesta una bola de cristal mágica como la mía?
—Ni idea.
—Pues cuesta dos millones de euros. Tardaré cincuenta años en amortizarla. Si la salud y la longevidad me lo permiten, tendré ciento dos años cuando termine de pagarla.
—Visto así, cobra usted muy barato —reconoció el joven, comprensivo.
Siguiendo el consejo de la bruja, que daba miedo mirarla, Fermín puso en el periódico el anunció que aquella sabía hechicera le había indicado. El anuncio rezaba así: “Preciso tener una chica en mi cama durante una noche”. Para gran asombro suyo que creía ninguna joven aceptaría su demanda, se presentaron más de doscientas voluntarias en su quiosco de venta de chucherías.
Fermín, desbordado, decidió someterlas a una prueba que consideró importante. Les fue dando un chupa-chups a cada una de ellas diciéndoles que lo disfrutaran delante de él y, al final, escogió a la chica que, según su parecer, lo había chupado con más gracia.
La elegida se llamaba Alicia y le hizo tantas maravillas su boca al caramelo con palito, que Fermín le propuso compartiese cama con él hasta que ambos gastasen toda su vida.
Alicia, que de Fermín le había gustado todo, hasta su nombre, le respondió que aceptaba su propuesta.
La muchacha fantasma, tal como la señora Tiesto había asegurado ocurriría, al ver que Fermín ya tenía compañía femenina, desencantada, despareció para siempre de su dormitorio y él pudo dormir todo el tiempo que la muy cariñosa Alicia le permitía, y contando ella con lo a gusto que él permanecía en vela.
Cinco años más tarde Fermín era dueño de cinco quioscos de chucherías pues necesitaba muchos ingresos para mantener a los cinco chiquillos que Alicia le había ayudado, con entusiasmo a tener. Para aquellos poco expertos en matemáticas, que no les salen las cuentas, explicaré que un año, Alicia, le regaló gemelos a Fermín.

EL HOMBRE DEL GLOBO (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Era un hombre raro, delgado y con un rostro tan chupado que se le marcaban limpiamente las quijadas. La gente se fijaba en él porque caminaba cabizbajo con las manos unidas detrás de la espalda y nunca miraba a nadie. Y como nunca hablaba con nadie tampoco, pues nadie hablaba con él. No tenía amigos, ni conocidos, ni mostraba interés alguno en tenerlos. Vivía de las cosas de algún valor que encontraba en los contenedores de basura, de recoger caracoles, espárragos y setas.
A los niños nos daba miedo, especialmente porque nuestros padres nos decían que seguramente estaba loco. Pero un día coincidí con él en la librería donde yo había entrado a comprar el periódico para Alfonso el bodeguero, que me daba siempre las cajitas de cerillas vacías que los niños utilizábamos para jugar a los cromos.
Vi al hombre aquel comprar un globo y, curioso por saber qué iba a hacer con él, le seguí.
Él no se dio cuenta de mi seguimiento, por ir siempre encorvado y con la vista puesta en el suelo. Llegó a la plaza, se detuvo, hinchó el globo tanto que me sorprendió no le explotara. Lo ató y a continuación lo soltó. Y el aire se llevó su globo y él, entonces, enderezó el cuerpo y lo estuvo siguiendo con la vista hasta que convertido en un `punto cada vez más diminuto, el globo se perdió en el cielo. A la segunda vez que le vi hacer lo mismo, mi curiosidad había crecido hasta tal punto que, superando el temor que todos, influidos por nuestros mayores le teníamos, le dirigí la palabra:
—Oiga, señor, ¿por qué suelta el globo? ¿Le divierte eso?
Me dirigió una mirada hosca. El brillo de sus ojos me pareció que debían ser los de un loco, aunque nunca había visto ninguno en toda mi vida. Finalmente me habló. Poseía una voz débil, susurrante, seguramente por el poco uso que les daba a sus cuerdas vocales:
—Cada vez que estoy triste suelto un globo y mi tristeza se va con él.
Y tuve que creerle porque le vi sonreír tras decir esto.
A partir de aquel día pensé que aquel hombre solitario no estaba loco, que había encontrado la fórmula que otros no sabían encontrar para librarse de sus tristezas y sus problemas.
No sé si me reconoció por los pasos, lo cierto fue que alguna que otra vez cuando pasaba cerca de él levantaba de repente la cabeza y me sonreía. Y yo encantado le devolvía la sonrisa y me sentía bien, como si su sonrisa me hiciera el mismo efecto que el globo soltado, le hacía a él.
—Nene, ahora ya sabes porque hincho un globo y lo suelto cuando me siento muy triste

UN BURRO, SU AMO Y UN LIBRO (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
El verano avanzaba consumiendo jornadas de sol abrasante. Un burro llevaba muchos días amarrado en una misma zona del campo, y se había comido ya hasta las raíces más profundas y ni el más incipiente brote de hierba asomaba por parte alguna. Los cagajones soltados por su descargador de retaguardia sembraban todo el terreno que le limitaba la cuerda cerrada a su cada vez más pelado cuello.
Un matemático poco escrupuloso con los olores habría podido, contándolas, sacar la cifra exacta de días que el infortunado animal llevaba excrementando allí.
Cuando al asno le quedó únicamente para comer las florecillas existentes en unas peligrosas matas de espinos, tuvo que disputárselas a las diligentes abejas que defendieron a picotazos su perfumado néctar.
No eran únicamente las trabajadoras de la miel las que atormentaban al jumento, también lo hacían las moscas que el buen Dios puso en el mundo para que no proliferaran los santos ni en el mundo animal ni en el mundo humano.
Para espantarlas el cuadrúpedo movía su rabo al cansino ritmo de un metrónomo con las pilas agotadas. Pues agotado y sin fuerzas se hallaba el pobre de él.
Por fin, Zacarías, el dueño de este animal-mártir se presentó con un puñado de alfalfa y escuchando sus rebuznos de queja, se la tiró delante al tiempo que le soltaba enfadado:
—¡Te quieres callar, pedazo de bestia, que vives mejor que nadie! ¡Sin mujer fea y puerca que te chille, ni hijos vagos que no ayudan en nada ni tienen en la vida más preocupación que comer y cagar!
Como si le hubiese entendido, el rucio dejó de rebuznar y atacó con todos sus dientes, grandes como fichas de dominó, la comida que acababa de serle arrojada. Se marchó su amargado amo despotricando. Entre la alfalfa había un libro de tapas verdes que llevaba escrito en su portada: “Las cien mejores poesías del mundo”.
El ignorante asno le arreó bocado y masticó sin notar nada. Para él todo lo verde era alimento para el cuerpo.
Igual trato dan al saber humano aquellos que consumen cultura sin concederle valor alguno, igual que hace el asno con todo lo que es verde.
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UNA MUY SENCILLA HISTORIA DE AMOR (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Ernesto Martos era un joven alto y desgarbado. Lo más bonito de su cara, las cejas, dos grandes medios arcos bastante igualados, exageradas cornisas para sus ojillos apocados. Trabajaba en un taller de reparación de bicicletas y, quizás por convivir todo el día con ellas y sus averías, las odiaba. Las odiaba hasta el punto de no poseer él uno de estos artilugios de dos ruedas, e ir caminando de su pisito de soltero al taller.
Ernesto Martos era lo que todos aquellos inclinados a la crítica simplista llamaría: un tipo anodino y más aburrido que un gato de escayola.
Una mañana de primavera que, en aquella región comenzó como era bastante habitual allí, con lluvias intermitentes, Ernesto Martos, dando muestras de cierta torpeza, provocó tropezase su paraguas con el paraguas de Elvirita Salas que había comenzado la semana anterior de dependienta en una mercería situada en la misma calle que el taller de bicicletas donde laboraba él.
—Perdón —se disculpó ella.
—Perdón. Ha sido culpa mía —reconoció él.
—Bueno, da igual…
—Bueno, adiós…
Debido a la notoria timidez poseída por ambos, apenas si se miraron.
Elvirita Salas no era guapa, no poseía uno de esos cuerpos voluptuosos que llaman la atención y despiertan deseo carnal en los hombres. Elvirita era delgada de cuerpo y feílla de cara, exceptuando sus grandes ojos claros en los que brillaba la limpia candidez de los niños que no han descubierto todavía la existencia del pecado.
Aquel fortuito encuentro sirvió para que, al día siguiente, sin lluvia y sin paraguas abiertos, los grises ojos de Ernesto Martos encontraron acogedor puerto en los ojos aguamarina de Elvirita. Y este encuentro visual les despertó el dormido sentimiento del amor. Cambiaron un escueto “Adiós” y cada uno siguió su camino pensando en el otro.
Ernesto Martos que seguía impactado por la límpida mirada de Elvirita, en un momento en que aflojó el trabajo, escribió el primer poema de su vida.
Supe, nada más verte,
que eras el sol de mi vida,
y que cerca de ti nunca más
me faltarán ni el calor ni la luz.
Como los dos eran personas sencillas, sinceras, directas, la próxima vez que se vieron en la calle, Ernesto le entregó a Elvirita, con mano temblorosa, la hoja de papel donde había escrito su primer poema.
—Toma —le dijo, trémulo de cuerpo y de voz—. Lo escribí para ti.
—¿Puedo leerlo ahora? —preguntó ella toda ilusionda.
—Me gustaría mucho que lo hicieras —respondió él nerviosísimo.
Los lindos ojos de Elvirita recorrieron el escrito y al llegar al final del mismo dijo conmovida, llenos de humedad los ojos:
—¿De veras te sucedió esto nada más verme?
—Sí. Y me sigue sucediendo —categórico, embelesado él.
—¿Te gustaría que diésemos un paseo juntos algún día?
—¿A qué hora cerráis esta noche la tienda donde trabajas?
—A las ocho —ansiosa ella.
—¿Quieres que pase a recogerte? —él más ansioso todavía.
—Me encantaría —ella encantada.
Y así fue como un chico y una chica, que no eran hermosos por fuera, pero sí lo eran por dentro, unieron sus vidas y conocieron la felicidad de las personas sencillas, que es una felicidad mansa y cantarina como la corriente de los riachuelos de los cuentos de hadas.
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SUDECIÓ EN LA ÉPOCA QUE LOS DRAGONES RAPTABAN PRINCESAS (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Es bien conocido por todos los amantes de las leyendas antiguas, que hubo un tiempo en que los grandes dragones se enamoraban de princesas hermosas y las secuestraban para gozar contemplando su belleza, pues por las insalvables diferencias físicas existentes entre ellos, ningún otro placer podían obtener de ellas aparte del visual.
Hubo una vez un dragón llamado “Casimiro”, que tuvo la debilidad de enamorarse de una princesa llamada Margarita, joven poseedora de tan extraordinarios encantos físicos, que, en su tiempo, fue considerada por muchos la princesa más hermosa del mundo.
Dentro del castillo donde moraba esta inigualable beldad, junto a sus padres y abuelos, el dragón contó con un sirviente codicioso y traidor que, por el pago de un puñado de perlas negras se comprometió a dejarle abierta la puerta de entrada a la fortaleza para que “Casimiro” pudiese entrar en ella y secuestrar a la bella princesa.
—Será mañana noche, cuando en el castillo duermen todos y todas las luces están apagadas, que dejaré abierta su entrada.
—¿Y cómo podré, a oscuras, encontrar entre las veinte habitaciones con que cuenta el castillo, la habitación de la princesa? —quiso saber el monstruo cuyo cerebro, aunque era muy pequeño, hasta cierto punto, funcionaba.
—El cuarto donde duerme la princesa Margarita lo descubrirás, tú que tan buen olfato tienes, por el perfume a violetas imperiales que el escultural cuerpo de ella desprende —informó el vendido.
La noche en que el dragón debía llevar a cabo el rapto de Margarita, se desató una terrible tempestad con profusión de rayos cegadores y truenos aterradores tan fuertes, que hubo momentos que pareció se estuviese rompiendo el mundo.
El dragón “Casimiro” estuvo tentado de dejar aquel asunto para otro día que hiciese mejor tiempo. Pero considerando que, el criado sobornado por él quizás no pudiese volver a facilitarle la entrada a la fortaleza y verse él obligado a intentar la seguramente imposible hazaña de escalar los altos muros del castillo, le decidió a no posponerlo.
Debido al diluvio que caía del cielo, el dragón llegó a la fortaleza calado hasta los huesos, pues en aquellos remotos tiempos no se habían inventado ni los chubasqueros ni tampoco los paraguas y los taxis todavía menos. Además de hecho una sopa, el enorme animal llegó a su meta con la vista muy irritada debido al continuado, cegador impacto que los relámpagos causaron a sus ojos.
Cruzó el Dragon la gran puerta abierta e inmediatamente activó al máximo su descomunal nariz oliendo con ella el interior de cada habitación que abría a tientas, pues, para dificultarle el delito que se proponía realizar, los relámpagos habían dejado de manifestarse y alumbrarle. El monstruo “Casimiro” tuvo que visitar trece habitaciones antes no consiguió captar la fragancia que buscaba: fragancia a violetas imperiales.
A ciegas llegó hasta le figura femenina dormida, la envolvió con la ropa de la cama y se la llevó acunada contra su empapado, amoroso pecho. Su presa, aterrada por el horrible hecho que le acontecía y le era imposible ver nada, solo pudo emitir unos gemidos de espanto, que no fueron lo suficientemente altos para despertar al rey o a algunos de sus soldados y que fueron silenciados por el inoportuno desvanecimiento que padeció.
Muy contento el secuestrador con el resultado obtenido, regresó finalmente a su cueva, después de extraviarse media docena de veces por el camino, y encerró a su inconsciente víctima en una celda que para ella había construido. Y mientras se secaba con una toalla tan grande como un campo de futbol, “Casimiro” estuvo estornudando, a más y mejor, pues era muy propenso a resfriarse. Luego se acostó y sus atronadores ronquidos compitieron, superándolos muchas veces en decibelios, con los truenos de la tempestad.
En la región donde acontecieron los hechos aquí narrados, la climatología estaba notablemente loca, como demostró amaneciendo el día siguiente sin viento, sin lluvia, sin tempestad y luciendo un sol esplendoroso.
El dragón despertó y, al hacerlo, cambió ronquidos por estornudos. No se quejó del tremendo constipado cogido. Valía la pena sufrir unas pequeñas molestias a cambio de tener, para su gozo contemplativo, a la princesa más hermosa del mundo.
Se acercó a la celda donde la había dejado encerrada la noche anterior y el horror que experimentó desorbitó sus ahuevados ojos y le descolgó la barbilla que cayó, pesadamente, sobre su escamoso pecho. La mujer que habían raptado no era la bellísima princesa, sino su feísima abuela. La confusión sufrida por él, se debía al hecho de que esta anciana y su nieta usaban el mismo perfume: violetas imperiales.
La secuestrada, para infortunio del monstruo “Casimiro” estaba despierta y furiosísima, y entre sus extraordinarias habilidades personales contaba la de poder hipnotizar a cualquier criatura viviente. Al instante, la anciana, sin mostrar temor alguno, se quitó el corazoncito de oro y brillantes que rodeaba su arrugado cuello y, mientras lo balanceaba delante de su captor le preguntó:
—¿Por qué me has traído aquí, monstruo feísimo?
—Por equivocación te traje. No era a ti a quien quería traer, vieja bruja, si no a la bellísima princesa Margarita.
—Bien. Pues duérmete ahora mismo, para que no puedas asustar con tu colosal y horripilante figura a mi regio esposo que está a punto de llegar aquí.
“Casimiro”, hipnotizado ya, juntó sus párpados bordeados de pestañas tan grandes como los cuernos de los búfalos, y quedó profundamente dormido. La anciana hipnotizadora salió fuera de la cueva donde encontró a su viejo esposo viniendo hacia ella, dando él muestras de agotamiento y también de alegría al verla.
—¡Gracias doy al cielo porque sigues viva, mi amada Perséfone! —exclamó.
Se abrazaron los dos esposos, estrecha y tiernamente.
—Mi querido Nobel, sabía que sabrías seguir las huellas de mi secuestrador y llegar hasta aquí para intentar salvarme.
—Así es. Ya sabes lo listo que soy —se auto elogió él.
—Listísimo. Nobel de mi vida, ¿has traído contigo algunos de esos cilindros de tu invención, que parecen cigarros puros?
—Los he traído. Vamos a alejarnos unos pasos, para nuestra seguridad, Perséfone de mi alma.
Varios siglos más tarde, un grupo de espeleólogos encontró el cadáver de un enorme Dragon sepultado dentro de una cueva derrumbada, y juzgaron que su derrumbe se debió a un fenómeno sísmico.
Advertencia: Cometen frecuentemente este tipo de ridículos equívocos todos los que se atreven a opinar sobre hechos que no presenciaron.
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EL MISTERIO COLETTE (relato)


(Copyright Andrés Fornells)

París es reconocida en el mundo entero como la ciudad de los artistas y del amor. A mí me tenía poderosamente fascinado, mucho tiempo antes de poder visitarla. Por este motivo, cuando por medio de mi tío Alberto, que poseía un pequeño restaurante en la zona de Pigalle, me surgió la posibilidad de ocupar una plaza vacante de profesor de español en una academia de idiomas, la acepté sin siquiera negociar la cuantía de mi salario.
Llevaba un par de semanas viviendo en la capital de Francia cuando, en una fiesta organizada por una multinacional de la comunicación, conocí a Colette. Colette contaba con ese chic que hace irresistibles a la gran mayoría de las mujeres parisinas. No era una gran belleza, pero los rasgos exóticos de su rostro y su escultural figura la hacían irresistiblemente atractiva. Surgió una poderosa atracción entre nosotros dos a partir del momento en que ella, para librarse de un pretendiente suyo, pesadísimo (insupportable), que se acercaba a nosotros me pidió:
—Bésame y me ayudarás a librarme de un tipo que me mata de asco.
Nunca me he negado a ayudar a una dame en apuros, y en esta ocasión muchísimo menos. Inmediatamente, Colette y yo nos abrazos y nuestras bocas se unieron en un beso incendiario, devastador, en el que nos sentimos ambos tan a gusto, que lo hicimos durar un par de minutos largos. Cuando nos separamos, su pretendiente, rojo de humillación, se hallaba parado a muy corta distancia de nosotros. Ella muy decidida, le dirigió la palabra con gran naturalidad:
—Hola, Jean Pierre. Permite que te presente a mi prometido…
Aquel individuo la dirigió una mirada de reconcentrado odio y replicó furibundo, odioso:
—¡Putain!
Y a continuación se alejó rápido como si le hubiesen insuflado gasolina en el mismo centro de sus posaderas. Colette y yo nos reímos. Y ya no nos separamos en toda la velada. Nos encontrábamos tan bien juntos, riéndonos, besándonos de vez en cuando (y ya no para espantar a admiradores, sino porque lo gozábamos plenamente). Total, que aquella noche la pasamos en la boardilla que yo tenía alquilada. Y disfrutamos tanto nuestra experiencia de unión corporal, que al día siguiente ella abandonó la pensión de mala muerte donde se alojaba y se vino a vivir conmigo.
Colette no contaba con un empleo fijo. Era bailarina y actuaba esporádicamente en programas de televisión y también en pequeños spots publicitarios.
Nos entendíamos de maravilla, los dos, y no tardamos en convertirnos en una pareja de inseparables enamorados. Como yo tenía una colocación y un sueldo estable, corría con todos los gastos del arrendamiento y de nuestra manutención. Yo lo aceptaba encantado, convencido de que, de haberse dado el caso contrario, Colette habría hecho lo mismo por mí.
Una noche nos hallábamos cenando en un bistró que frecuentábamos. Conversábamos animadamente, como siempre. Los dos éramos buenos observadores y gozábamos de un excelente buen humor. Nos comimos unos filetes de carne de caballo, alimento favorito de muchos galos y al que comenzaba yo a acostumbrarme, no sin dificultad.
Mientras esperábamos los flanes que habíamos pedido de postres, Colette cogió su bolso, de junto a la silla donde lo tenía, y me dijo que iba al servicio.
—Me encanta el carmín de tus labios —le confesé en tono jocoso.
—Ya he notado el placer que experimentas quitándomelo —bromeó también ella.
Pasaron varios minutos y Colette no regresó. Cuando llevaba un cuarto de hora de duración su ausencia, se apoderó de mí la preocupación. Me asaltó la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo. Pensé en una caída o un desvanecimiento.
Abandoné la mesa, me acerqué al camarero y le expuse mis temores. El, servicial, me acompañó inmediatamente a los servicios; primero al de señoras y, por si acaso, también al de caballeros, infructuosamente, pues no encontramos rastro alguno de Colette. Aboné la cuenta y, considerando la posibilidad de que, por alguna razón ignorada por mí, ella hubiese marchado a nuestra vivienda. Caminé rápido hacia la misma, encontrándome con la inquietante realidad de que ella tampoco se hallaba allí.
Viví una noche de gran angustia y desasosiego tratando de figurarme, inútilmente, qué podía haberle sucedido. Aconsejado por mi tío Alberto, me presenté a la mañana siguiente en la comisaría de policía y denuncié su desaparición. Los agentes se mostraron amables, e intentaron tranquilizarme con los argumentos de que la mayoría de personas que desaparecían de repente, volvían a aparecer sin haber sufrido daño alguno.
Colette nunca regresó ni tan siquiera para recoger sus cosas. Su misteriosa desaparición sembró en mi espíritu una gran zozobra y, cada vez que daba algún medio de comunicación la noticia del hallazgo de una mujer muerta en algún descampado o bosque, viví la angustia de que se tratase de ella. Poco a poco fui asimilando aquel inexplicable, tétrico suceso y normalizando mi existencia.
Transcurrieron cinco meses y una mañana recibí con el correo una postal enviada desde Brasil. No llevaba dirección ninguna y solo unas pocas palabras:
“Hola, mon chou. Perdona que me fuese sin decirte adiós. Resulta que me encontré en los servicios del bistró a un antiguo pretendiente mío. Me propuso irme con él a Río de Janeiro, y acepté. Me molan cantidad las limusinas. Creo que te lo mencioné en más de una ocasión. En fin, lo siento. Lo nuestro fue bonito mientras duró. Cuídate. Colette”.
El tiempo es un buen lenitivo. Y contribuyó a que se me pasara el gran disgusto que Colette me había causado. También me ayudó mucho a conseguirlo, Silvia, otra francesa con mucho chic. Estaba encargada de la dirección de una prestigiosa boutique de lujo de la que pude vestirme con ropa de marcas caras, a precio de saldo. Fue la época de toda mi vida en que vestí con mayor elegancia. Y como soy un tipo conformista y optimista, considero siempre: “No hay mal que por bien no venga”.
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ESE EXTRAORDINARIO AMIGO QUE NUNCA DESEARÍA SEPARARSE DE NOSOTROS (RELATO)

Al primer perro que tuve poco tiempo después de emanciparme de mis padres, le puse, de nombre, “Leal”. No tenía pedigrí. Era lo que vulgarmente llaman un chucho. No era un animal muy inteligente. Sudé para conseguir enseñarle las cosas más simples, como sentarse o permanecer pegado a mi pierna derecha cuando lo sacaba a pasear. Yo no solía perder la paciencia ni enfadarme con él por lo torpe que era, porque poseía una maravillosa cualidad: me quería exageradamente. Me lo demostraba con su cariñosísima actitud y en las miradas cargadas de incondicional amor que me dirigía todo el tiempo. Y digo todo el tiempo porque cuando estábamos juntos no me perdía de vista un solo instante.
Yo he sido siempre un gran amante de la naturaleza. Los fines de semana acostumbraba coger el coche y, llevando conmigo algunas provisiones, pasar la mayor parte del día gozando de algún paraje que yo encontraba paradisiaco y, de ser posible, poco concurrido. Allí “Leal” se sentía inmensamente feliz. Se echaba carreras locas, hacía agujeros en la tierra blanda y recogía, hasta la extenuación, el palo que yo le tiraba. Y los ratos en que, cansado de disfrutar la visión del paisaje, yo me entretenía leyendo, él reposaba, confiado, apoyada la cabeza sobre mis piernas como queriendo decirme: “Tú te evades de mí, pero yo no me evado de ti”.
Un sábado, después de compartir con “Leal” el contenido de la fiambrera que me había traído: pollo en pepitoria, corría un airecillo muy agradable, me entró sueño y decidí echarme una siestecita.
Cuando desperté “Leal” no estaba más junto de mí. Lo llamé y no acudió a mi llamada. Presa de una lógica inquietud lo busqué por mi entorno gritando su nombre. Desgraciadamente me alcanzó la noche sin haber podido yo localizarle. Para entonces me hallaba ya disgustadísimo y convencido de que alguien lo había cogido. Era tan manso y confiado, que cualquiera podía haberse hecho con él, sin correr el menor peligro de que le agrediera. Tuve que rendirme a la tristísima evidencia de que lo había perdido irremediablemente.
La enorme congoja que este hecho me produjo me tuvo abatido durante días. Quienes amamos a los perros sufrimos la perdida de uno de ellos, como si nos arrancaran una parte del nosotros. Sin su presencia, la casa se había convertido para mí en un lugar solitario, triste y silencioso.
Transcurrieron dos semanas. Durante todo este tiempo me reproché infinidad de veces el no haberlo vigilado todo el tiempo, considerando que, de haberlo hecho, “Leal” seguiría estando conmigo.
Y una madrugada escuché unos gemidos en la puerta de la casita adosada donde yo vivía entonces. Primero pensé que mis sentidos estaban jugando conmigo. Pero no era sí. Aquel tipo de gemidos los realizaba “Leal” cuando, por las tardes, yo me retrasaba en prepararle y darle la comida.
Ni siquiera me detuve a calzar mis zapatillas. Corrí hacia la puerta, la abrí y allí estaba “Leal” loco de contento, meneando su rabo con tanta fuerza que me hizo temer pudiera terminar desprendérsele. Estaba sucísimo. No me importó lo más mínimo esta circunstancia. Lo abracé y le dije mil veces lo muchísimo que le quería y cuánto le había echado de menos. Él llevaba rodeando su cuello, en vez del collar suyo, una cuerda. Esto podía significar que alguien me lo había robado y mantenido preso hasta entonces en que, finalmente, “Leal” había conseguido librarse y recorrer los cuarenta kilómetros que lo distanciaban de mí. Cómo supo orientarse, desde tan larga distancia y llegar junto a mí, es una de esas increíbles proezas que solo son capaces de realizar los canes que aman a sus dueños hasta el punto de poder dar su vida por ellos.
“Leal” y yo no volvimos a separarnos hasta que, esa vida tan corta que la naturaleza les ha concedido a los mejores amigos del hombre, nos separó irremediablemente.
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EL HOMBRE DEL JARDÍN BONITO (RELATO)


(Copyright Andrés Fornells)
Aquel hombre se llamaba David. En nuestra calle, donde todas las viviendas eran casas adosadas con una parcelita de terreno de unos veinte metros en la entrada, él había creado un jardín notable por lo bien cuidado y por la gran variedad de hermosas plantas que había reunido en él. A veces, cuando nuestras miradas se encontraban al pasar yo por delante de su propiedad, cambiábamos un breve saludo y una sonrisa.
Él vivía solo, debía pasar de los sesenta y yo pensaba de él que era un buen hombre contento con su soledad. Una tarde de verano, crucé por delante de su jardín, camino del pequeño supermercado situado en una calle paralela, al que solíamos acudir muchos vecinos del barrio.
Me sorprendió verle sentado en un rustico banco de madera situado en su pequeño porche, con una copa en su mano y una botella de champán al lado, de la cual debía haberse bebido buena parte pues se estaba riendo de un modo ostensible. Aquella muestra de júbilo por su parte me llamo la atención. Así que me detuve y, advirtiendo él inmediatamente mi presencia se volvió a mirarme dando pie a que yo le dirigiera la palabra:
—Parece estar usted muy contento hoy, señor David —le dije.
—Lo estoy —respondió él cuando descendió la intensidad de sus carcajadas.
—¿Le ha tocado la lotería tal vez? —dije despertada mi curiosidad.
—Me ha sucedido algo infinitamente mejor: se ha muerto mi hermano.
Durante varios segundos la sorpresa despertada en mí por su inesperada respuesta me retrasó la reacción. Finalmente, observándole con extrañeza le dije:
—¿Le causa regocijo la muerte de su hermano?
—Me causa infinita alegría su muerte —afirmó él, contundente, después de haberse tomado otro sorbo de champán—. Llevaba treinta años deseándola y esperándola.
Aunque no me gusta meterme en la vida de nadie, mi innata curiosidad me animó a preguntarle:
—¿Odiaba usted a su hermano?
—Con toda mi alma. Por eso su muerte me colma de felicidad y lo estoy celebrando emborrachándome.
El deseo de averiguar los motivos de su odio le pedí:
—¿Por qué odiaba usted a su hermano?, perdone el atrevimiento de mi pregunta.
—Porque era un maldito canalla. Me robó a mi mujer a la que yo amaba más que a mi vida, y por su culpa he vivido todo este interminable periodo de tiempo, desdichado. La primera alegría mía durante treinta años, me la ha dado él con su fallecimiento y la zorra de su mujer a la que han detenido acusada de haberle envenenado.
—Que tenga usted un buen día. Adiós —dije despidiéndome de él disgustado con lo que acababa de saber.
Y pensando en la breve conversación mantenida con aquel hombre consideré que él tenía con su vida material suficiente para escribir una interesante novela dramática. Yo, en su lugar, la habría escrito.