“EL TEMPRANILLO” PASÓ DE BANDOLERO A POLICÍA GUBERNAMENTAL (LEYENDAS)

(Copyright Andrés Fornells)

Entre las muchas e interesantes leyendas andaluzas está la de José María “el Tempranillo”. Este destacado personaje nació en Jauja, término municipal de Lucena (Córdoba) un 24 de junio de 1805 (día de san Juan). Debió su apodo a que, a la temprana edad de 15 años tuvo que huir al monte porque en una reyerta de faldas, con su cuchillo mató a un rival. La razón de su huida fue que, de haber sido apresado lo habrían condenado por su asesinato a la horca o al garrote vil, sin que importase su corta edad.

En el monte, el joven José María se unió a otros huidos, con los que no tardó en formar una banda de bandoleros, junto a los que comenzó a crear la leyenda que le convirtió en un personaje famoso, temido, romántico y generoso pues, parte de lo que robaba a los ricos lo entregaba a algunos necesitados, convirtiéndose en la versión andaluza de Robín Hood.

La inquina que demostraba a los señoritos ricos, la justificaba él hecho que, uno de ellos había matado a su padre cuando aquél contaba solo 30 años.
“El Tempranillo” asaltaba a personas que viajaban a caballo y, muy especialmente, a diligencias con pasajeros acomodados. Y a las damas asaltadas les arrebataba sus joyas con una galantería y un encanto desconcertantes para ellas. Hasta tal punto era así, que más de una de las perjudicadas elogió sus modales.

La fama de este osado bandolero llegó a todos los rincones de España y Europa convirtiéndose en toda una leyenda sobre la que volcaron ríos de tinta los medios de comunicación de aquella época.

Los mercenarios del rey Fernando VII, a pesar de todos los esfuerzos realizados no consiguieron apresarlo, debido a lo escurridizo que era y a que muchos campesinos, favorecidos por este bandolero y su banda les ayudaban a esconderse a pesar de las elevadas recompensas que se ofrecían por su captura.

José María “el Tempranillo” se enamoró de una joven llamada María Jerónima Francés. Su relación tuvo que afrontar continuos sobresaltos y huidas. Cuando le nació su primer hijo, las autoridades prepararon a este bandolero una emboscada en el cortijo donde tuvo lugar el parto de su mujer. María Jerónima murió al dar a luz. El afamado bandolero cargó con el cadáver de ella sobre la grupa de su caballo, metió al recién nacido en la faja de su cintura y escapó de allí a galope tendido disparando sus dos pistolas y esquivando la lluvia de disparos que le lanzaron sus enemigos.

Para aquel entonces, su banda contaba con más de medio centenar de bandoleros, habían cometido varios asesinatos y eran temidos muy especialmente por viajeros y autoridades.

Ante la imposibilidad de derrotarles, las autoridades acordaron con el temible bandolero pagar un portazgo (Derechos que se pagan por pasar por un sitio determinado de un camino) para que las diligencias que iban de Sevilla a Madrid pudieran cruzar los caminos de Sierra Morena, zona que dominaban los bandoleros.

Esto dio motivo a un dicho muy celebrado en aquellos tiempos: Fernando VII es el rey de España, pero “el Tempranillo” lo es del reino de Sierra Morena.

En 1833, el rey de España creyó haber encontrado una buena solución para aquel gran conflicto considerado interminable. La solución consistió en conceder el indulto a José María “el Tempranillo” y nombrarle jefe comandante de un nuevo escuadrón de migueletes (los migueletes eran una milicia de soldados que había formado el rey para combatir a los bandoleros que se escondían y cometían todo tipo de delitos en las sierras andaluzas).

Aquellos de sus hombres que no quisieron unirse al ahora nuevo representante de la ley y pasar de asaltantes de caminos a policías, se enfrentaron a él.

Uno de sus antiguos hombres, llamado José María “el Barberillo” se enfrentó a su antiguo jefe y lo mató de un disparo a bocajarro.

José María “el Tempranillo” contaba 28 años cuando murió.

Su tumba, bonita y en excelente estado de conservación, pues es toda una atracción turística, puede ser visitada por quienes sientan curiosidad, en una estancia del patio interior de la iglesia de la Inmaculada Concepción de la población de Alameda, municipio de la provincia de Málaga.

LO QUE LE SUCEDIÓ A UN ASESINO TRAMPOSO (RELATO NEGRO)

phlipe el greñas
Entre los pistoleros que Ramos Culogordo tenía a su servicio, había dos que fanfarroneaban todo el tiempo de tener mejor puntería que el otro. Estos dos jactanciosos eran Larry el Bello, y Philip el Greñas. El primero tenía merecida fama de conquistador, y lo demostraba acostándose todas las noches con una mujer, cuando no con dos. El segundo alardeaba de no haberse peinado ni una sola vez desde su venida al mundo en mitad de una noche huracanada, y aseguraba que antes se cortaría la mano, que poner en ella un peine.
Convencido de que él saldría ganador, Philip el Greñas manifestó una tar-de, en que toda la banda se hallaba reunida, al tiempo que sus ojos saltones miraban con ofensivo desdén a su competidor:
—Me apuesto 10.000 dólares a que tengo mejor puntería que tú.
—No quiero arruinarte, apostemos solo 1000 —recortó Larry el Bello exhibiendo una de sus irresistibles sonrisas.
—¡Bah! Eres un gallina —despreció el que llevaba 32 años eludiendo la labor de peinarse.
—Y tú eres tan valiente como un caracol que se esconde en la sequía —se burló el guaperas, que sabía esto por haber buscado gasterópodos durante su niñez para, con el dinero que por ellos le daba el dueño de un restaurante francés, comprar botellas de whisky a su padre y evitar con ello que le pegara.
El orondo jefe de ambos intervino, al tiempo que rascaba con entusiasmo su abultado trasero:
—¡Basta de insultos! Aquí, el único que insulta soy yo, sacos de mierda. Venga soltad mil pavos cada uno. Yo guardaré el dinero de la apuesta y se lo entregaré al ganador.
Los antagónicos hicieron caso al que les pagaba, y les pagaba muy bien, por cierto. Se hallaban todos los miembros de la banda en la vieja granja donde manipulaban la cocaína que les enviaban desde Colombia (metidos en los cuerpos sin vida de empleados norteamericanos de la embajada), convirtiéndola en pequeñas dosis para el consumo individual.
Fue Ramos Culogordo quien colocó dos botellas de cerveza vacías encima de sendos barriles. Realizada esta operación contó diez pasos, hizo con el cañón de su Parabellum una línea recta en el suelo, y les dijo a los contendientes se colocasen allí, a corta distancia el uno del otro. Esperó a ser obedecido para entonces indicarles:
—En el caso de que los dos hagáis blanco, será considerado ganador aquel de vosotros que haya disparado más rápido. ¿OK?
—Por mí de acuerdo.
—Por mí también de acuerdo.
—Bien, sacad vuestras armas. Yo contaré hasta tres y entonces vosotros disparáis. ¿vale?
Sus dos esbirros respondieron que sí, echando mano a las fundas soba-queras, y amartillaron sus pistolas una vez sacadas.
—Te voy a ganar, despeinado —convencido, burlón, Larry el Bello.
—¡Jo, jo! Verás cómo gano yo —Philip el Greñas, acompañándose de una siniestra carcajada.
Desde prudente distancia, el que mandaba en ambos, comenzó a contar:
—Una, dos y… ¡tres!
La botella de cerveza de Larry el Bello saltó por los aires hecha añicos. La de Philip el Greñas permaneció intacta. Este pistolero, en vez de dispararle al envase disparó a la cabeza de su hermoso compañero que cayó de bruces al suelo muerto, soltando sangre por el boquete que la bala del eternamente des-peinado le había abierto en la sien.
Los que habían presenciado este crimen volvieron sus miradas hacia Ramos Culogordo quien, dirigiéndose a Philip el Greñas le preguntó:
—¿Y ahora qué hacemos con el “fiambre”, descerebrado?
—Pues que esos 2000 dólares sirvan para procurarle un entierro decente al que ha perdido la apuesta —manifestó el asesino poniendo cara de contable listo.
El asombro de los otros miembros de la banda quedó patente en sus bocas y en sus ojos abiertos por la perplejidad. Ninguno de ellos se esperaba que, por el crimen que acababa de cometer Philip el Greñas, su jefe ni siquiera le regañase. Ellos ignoraban que lo habido allí no había sido un desafío, sino una ejecución acordada entre el asesino y Ramos Culogordo, para castigar los cuernos que el occiso le había metido enamorando a la novia del capo mafioso, y que él este tipo de libertades no se las perdonaba a nadie, ni siquiera a su mismo hermano al que había ejecutado una Navidad aprovechando que aquél tenía ocupadas ambas manos abriendo una botella de champán.
—Con 2000 dólares podría pagársele un buen entierro a Larry el Bello, pero tendríamos difícil convencer a nadie de que murió de muerte natural con un tiro en los sesos —reconoció su adiposo jefe—. Vamos a hacer otra cosa. Los 2000 dólares os los repartís entre todos a partes iguales, para que os emborrachéis llorando al muerto —decidió dejándolos encima de una destartalada mesa—. No quiero peleas entre vosotros, ¿eh? En las peleas, lo sabéis desde que erais chicos, siempre sale alguien malparado.
Todos aceptaron su propuesta. Cuando favorece, ni los muy tontos muestran desacuerdo.
—¿Y con el muerto qué hacemos, ocho letras: entierro? —pregunto Jimmy el Pecas, que aprovechadas muy bien sus horas de ocio, se había convertido en experto crucigramista.
—Pues, como decía mi abuelo, cuando yo rompía un cristal de un balo-nazo: El que rompe, paga. Philip, te toca a ti enterrarlo al pie de la higuera —señalando hacía el árbol uno de los morcillones dedos de Ramos Culogordo—, a ver si en el futuro da higos un poco más dulces.
—A mí no me gustan los higos —con la esperanza de escaquearse, manifestó Philip el Greñas, que le tenía más miedo al trabajo físico, del que tiene un gitano a una bicha.
—Pues te jodes. Tampoco a mí me gusta prestar mis picos y mis palas y voy a hacer una excepción contigo. Ahí en la caseta de las herramientas están.
Todos, menos el aludido, sintieron ganas de soltar la carcajada, pero se las guardaron, no se podía reír a gusto a costa de un tipo que podía matar con tanta sangre fría como acababa de hacerlo Philip el Greñas. En la tarea de enterrar a Larry el Guapo, el del pelo enmarañado se dio la mayor sudada de toda su holgazana existencia.
Una semana más tardes las numerosas, desconsoladas amantes de Larry el Bello le tendieron una emboscada a Philip el Greñas, lo ataron y una vez in-movilizado, lo caparon y luego, a tantas cuchilladas por cabeza le dieron una lenta, dolorosísima y cruenta muerte.
Al enterarse de esta terrible ejecución, Ramos Culogordo descubrió sus dotes filosóficas al comentar:
—No puedes matar flores y librarte de que alguna abeja se enfade y se vengue de ti.
Tuvo enorme suerte de que las vengativas amantes no descubriesen que él había sido el instigador del asesinato de Larry el Bello, porque podía haber sido emasculado y muerto también él.

OTRA CENICIENTA MUY DIFERENTE (RELATO NEGRO)

Cenicienta Dibujos para Imprimir 35 Purita López se hallaba en el salón de su desordenado apartamento, pues, si ella se había negado a realizar tareas de aseo personal y labores de limpieza cuando se hallaba bajo el dominio de sus padres, menos iba a hacerlo ahora que tenía alquilado un cochambroso apartamento, y nadie la obligaba. En aquel momento se hallaba, entre calada y calada de un grueso porro que ella se había elaborado con hachís, pintando las uñas de sus manos de color berenjena. Iba en bata y despeluzada pues llevaba pocos minutos levantada después de una noche en la que había recibido a dos clientes cazurros de pueblo, muy brutos y necesitados de descargar el enorme depósito de municiones que traían.
Llamaron al timbre. Soltó refunfuño de contrariedad. Acercó su ojo derecho a la mirilla. Se le alegro el semblante. El que acababa de llamar era un guaperas. Estupendo sería comenzar la mañaca con él.
—Hola, ricura —saludó, risueña, al abrirle la puerta.
El visitante nada más entrar le mostró su placa de policía. Purita perdió la sonrisa. Como les ocurre a tantos que militan al otro lado de las leyes, odiaba a los que, dentro de los bajos fondos, despectivamente, llaman maderos.
—¿Qué quiere? —preguntó hostil.
—Que te sientes —señalando él hacia el baqueteado sofá, que mostraba sus tripas de espuma verde en un par de lugares.
—Muy amable —áspera, obedeciendo de mala gana.
El agente sacó del interior de la bolsa que llevaba una zapatilla de tenis sucísima y volvió a ordenarle:
—Póntela.
Purita López estuvo a punto de negarse, pero comprendió que no le serviría de nada. Que lo más conveniente para ella sería seguir obedeciendo al agente. La zapatilla entró fácilmente en su pie.
—Adiviné que sería tuya. La encontramos ayer tarde en el jardín del chalé donde estuviste asesinando a su dueño. Te van a caer un buen montón de años de cárcel por este asesinato, zorra.
Si pensaba el representante de la ley añadir algo más a esta sentencia no pudo hacerlo porque le silenció el brutal golpe de cachiporra en la cabeza, que acababa de propinarle el chulo de Purita. Ésta se volvió hacia él y le preguntó, muy preocupada:
—¿Y ahora qué haremos, tío?
—Lo mejor para nosotros. Ayúdame a atarlo y amordazarlo. Y cuando terminemos me acercaré a casa de Jorge el Pitufo a pedirle su motosierra.
Purita le prestó la ayuda pedida y, cuando terminaron, le recomendó:
—No tardes mucho, que voy a preparar los desayunos enseguida.
—No te preocupes. Me daré prisa.
Ambos actuaban con la naturalidad que procura la experiencia.

BARRIO CÉNTRICO DE UNA CIUDAD (RELATO NEGRO)

muchacha
Barrio céntrico de ocio. Abundante iluminación eléctrica que casi supera la diurna. Caótica mezcla de multicolores letreros anunciando establecimientos de bebida y de comida. Colosales edificios modernos luciendo enormes pantallas digitales con publicidad de grandes marcas. Salones recreativos. Estridentes sonidos electrónicos. Andanadas de música provenientes de los locales, cuando alguien abre sus puertas.
Gente animada yendo y viniendo por las calles. Rumor de conversaciones, risas y pasos. Gente sentada en el interior de establecimientos y en sus terrazas. Delicias gastronómicas aromatizan el aire y son servidas por eficaces camareros. Ropas tradicionales envuelven los cuerpos de las personas mayores, y ropas deportivas llevadas con soltura y descuido por las personas jóvenes. Seriedad en los rostros de los primeros, bullicio, alegría y vitalidad, en los rostros de los segundos.
Circulan por la zona asfaltada gran cantidad de vehículos lentos con sus luces de ciudad puestas, bañando de plata el pavimento, alerta sus conductores no se les cruce de pronto algún imprudente transeúnte.
Sentada en un banco, aprovechando la luz proveniente de una farola cercana, una muchacha espera a alguien leyendo un libro. Viste una chaqueta de cuero, unos pantalones vaqueros y unas zapatillas de tenis. Lleva el pelo muy largo y apenas va maquillada. Posee cierto atractivo, aunque no es bella. Está totalmente aborta en la lectura. De vez en cuanto frunce el entrecejo con aire concentrado.
Todo esto forma la típica, habitual estampa de una metrópoli cosmopolita, dinámica, pacífica y próspera.
Y de pronto ráfagas de metralletas rompen, la paz, la armonía, la belleza y la vida festiva de una población inocente que está siendo víctima del fanatismo criminal terrorista.
La joven que leía se tira al suelo donde permanece totalmente inmóvil. En el último párrafo que ha leído en el libro ponía: “Los terroristas nunca les disparan a los que creen están muertos”. Y ella está muerta: muerta de miedo.

UN TIPO OPTIMISTA (RELATO)

HOMBRE OPTIMISTA
Un hombre llegó con un coche robado y, al encontrar aparcamiento justo delante del edificio que quería visitar, pensó con el optimismo que le caracterizaba. “Es mi día de buena suerte”. Y sacando el revólver que llevaba en el bolsillo de su vieja y puerca gabardina se dirigió a la entrada del banco. Entró en el mismo y poniendo cara de malo, algo que le costaba muchísimo esfuerzo pues era puro fingimiento, ordenó empleando voz de mala persona:
—¡Todo el mundo al suelo, poniendo cuidado de no hacerse daño! ¡No quiero que nadie salga perjudicado! ¡Y tú, capitalista, el de la caja, ya me estás dando todo el dinero que guardáis, si no quieres que agujeree tu traje por media docena de sitios! —esta advertencia fue para el cajero que, por falta de experiencia, pues era el primer atraco que sufría, se mostraba exageradamente asustado.
De pronto el atracador sintió en lo alto de la cabeza un golpe tan fuerte que, antes de perder el conocimiento creyó que se le había caído encima de ella el globo terráqueo entero.
Dos horas más tarde recobraba todos sus sentidos encerrado en el calabozo. Lo primero que hizo fue tocarse la cabeza. Comprobó que no la tenía rota, que lo único nuevo en lo alto de ella era un chichón del tamaño de un huevo de avestruz y murmuró:
—No puedo quejarme podía haber sido muchísimo peor. Los que tienen la obligación de hacer cumplir las leyes me condenarán a varios meses de cárcel. Bueno, “no hay mal que por bien no venga, que decía mi santa madre que al pobre hizo lo imposible por inculcarme honradez y amor al trabajo, y fracaso estruendosamente. Bueno, ahora que vamos de cara al invierno, mejor estaré preso disfrutando de calefacción gratis, comida gratis, medico gratis, televisión gratis y la compañía de gente menos honrada todavía que yo; que libre y pasando mucho frío de noche en portales y bancos del parque expuesto a que algún asesino loco se le ocurra degollarme para quedarse con mis zapatos casi nuevos.

DEJÓ A DEBER EL CAFÉ (RELATO NEGRO)

cafe
El camarero que atendía la barra le servía, todos los días, al cliente de la sucia gabardina gris, un café muy concentrado. Se trataba de un hombre de unos cincuenta años de aspecto desaliñado, y carácter taciturno y silencioso. Todos sus intentos iniciales de entablar una conversación con él fracasaron, por lo tanto, el empleado se limitaba a darle las buenas noches y servirle el café que, invariablemente, tomaba siempre igual. A pesar de su nada boyante aspecto, al abonar su consumición, aquel hosco individuo solía dejarle una pequeña propina.
Aquella noche llovía a mares. El hombre de la gabardina sucia de color gris apareció con su aire sombrío habitual. Traía con él un paraguas negro, antiguo, que metió dentro del gran paragüero de plástico marrón situado a un lado de la puerta de entrada al establecimiento.
Con pasos cansinos, llegó junto a la barra y pidió lo acostumbrado. Fijó su mirada en la niquelada cafetera y quedó totalmente ensimismado.
—Servido, señor —dijo el camarero pretendiendo sacarle de su abstracción.
El hombre de la sucia gabardina gris se tomó su café, con lentitud, mostrando su enteco rostro una lúgubre expresión
Cuando se terminó la consumición dijo al camarero, que se hallaba muy atareado en aquel momento:
—Mañana te pago el café.
—De acuerdo —dijo el interpelado sin mirarle siquiera mientras atendía al encargado de la sala que le estaba haciendo un pedido.
Un par de minutos más tarde de haber abandonado este hombre el local, se escucharon, fuera del mismo varios disparos, seguidos de gritos de mujer.
Un par de clientes temerarios se acercaron a mirar a través de la puerta acristalada. Tuvieron tiempo de ver como un individuo vestido de oscuro registraba rápidamente el cuerpo del hombre de la sucia gabardina gris tendido de bruces en el suelo y, segundos más tarde, subía a un coche negro que escapó a todo gas.
Alrededor del sujeto muerto a tiros se formó inmediatamente un círculo de curiosos. Uno de ellos llamó a la policía.
Avisado por su compañero, el camarero que atendía siempre la barra salió un momento a la calle para cerciorarse de que quien acababan de matar era el que, por primera vez, en semanas, no le había pagado el café. Lamentó su muerte y se quedó con la duda de si aquel extraño cliente no le había pagado el café porque sospechaba que iban a asesinarlo y, por igual motivo no se había llevado el paraguas dejándolo para él.
Por motivos supersticiosos, el camarero no lo toco. El próximo día que llovió, alguien se llevó aquel paraguas encontrando dentro de él una pequeña bolsa de gamuza con dos diamantes grandes dentro, y creyó que Dios existía y le había favorecido en lo que él continuamente le pedía: pasar de pobre a rico.
Nunca más se acercó a aquel establecimiento por miedo a que alguien pudiera reclamarle el paraguas y su contenido. Hombre de poca imaginación, jamás se le ocurrió asociar aquel objeto para protegerse de la lluvia, y su contenido, con el asesinato, tres días atrás, de un hombre delante de aquel local.
(Colaboración mía en http://www.agitadoras.com/mayo%202016/andres.html )

CORNUDOS (RELATO)

CORNUDOS
Arriba, cielo sombrío, amenazador, con pocos claros entre las negras nubes para que asomaran las titilantes estrellas. Sin luna visible. Abajo, un barrio marginal. Escaso tráfico en sus calles estrechas, llenas de baches y suciedad. Aceras en mal estado, sucias también. Olor a pobreza flotando en el aire inmóvil, denso. Las luminarias de las farolas rotas, apagadas por indigestión de piedras lanzadas por críos aburridos, encanallados. Oscuridad siniestra ocultando los edificios feos, deteriorados, míseros. Temperatura ambiente: templada.
De pronto surgen dos cegadores haces de luz provenientes de un vehículo surgido al principio de la calle que, abriendo sendos túneles lechosos rescatan de las sombras el escenario lúgubre, sombrío, peligroso.
Gracias a esta repentina claridad el hombre que camina cabizbajo, con las manos metidas en los bolsillos de su mugrienta gabardina, descubre a otro hombre sentado en el escalón de una puerta cerrada. Antes de que el coche se aleje y con él la visibilidad, el hombre de la gabardina ha tenido tiempo de ver que el hombre sentado está llorando. Y más que su silencioso llanto le impresiona la tristísima, la desesperada expresión que muestra su cadavérico semblante. Se le despierta un súbito sentimiento de lástima y, deteniéndose delante de él, le pregunta, amistoso, solidario:
—¿Por qué llora, amigo?
Ha de esperar media docena de sollozos para que el preguntado responda con voz ronca, entrecortada, plañidera:
—Mi mujer me ha echado de casa.
—¡Vaya! ¿Y por qué le ha echado ella de casa?
—Para que mi presencia no les moleste a ella y a su amante mientras me ponen los cuernos.
—¡Eso es imperdonable! ¡Los muy cerdos! —indignadísimo su oyente—. ¿Y qué piensa hacer al respecto?
Su interlocutor deja escapar un suspiro que encierra, a la vez, sufrimiento y resignación, para acto seguido responder avergonzado:
—Nada… Sólo esperar a que ese tipo asqueroso se largue, para regresar yo a la casa. Afortunadamente los cuernos no matan.
Recibe del hombre que se ha interesado por él, una mirada de profundo desprecio y una trágica sentencia:
—A los hombres de verdad, sí los matan los cuernos.
El hombre de la gabardina mugrienta reanuda su camino. Demasiado cobarde el desgraciado individuo dejado atrás. No mereció que le prestase su pistola para que se suicidase como va a hacer él, por el mismo motivo que desespera al otro, pero no lo hará antes de haberse cargado a la infiel y a su maldito amante.
La oscuridad se lo traga y el llorón desesperado deja de escuchar sus pasos. Libera un hondo suspiro, seca sus lágrimas y sus mocos en la manga de su chaqueta ensuciándola un poco más, y vence su cuerpo hacía adelante abatido por el peso de su desdicha. Seguirá vivo, sin dignidad, sin amor propio y dolorosamente humillado.
Del manto celeste se cae una estrella. El cornudo resignado no la ha visto. Ha perdido la oportunidad de pedirle un deseo.

PROPUESTA DE ASOCIACIÓN (RELATO NEGRO)

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Mike Warner hizo girar la manivela de la puerta acristalada llena de pegatinas publicitarias, y entró en el Bar Sparow. En su interior no pasaban de media docena los clientes que había. Mike, joven, atlético y ágil; vestido con una chaqueta gris claro, una camiseta llena de palmeras con isla estampadas debajo de ésta, pantalones vaqueros y zapatillas de tenis un tanto sucias, al llegar al mostrador pidió al camarero, un hombre de mediana edad y acusados rasgos latinos que, con aspecto aburrido lo miraba expectante, acodado de brazos en la barra, un Jack Daniel´s con mucho hielo.
—Inmediatamente, señor —servicial el empleado.
Mike esperó a que le sirviera la bebida, la pagó inmediatamente y fue, llevando en su mano izquierda el vaso largo, a sentarse a una mesa al fondo del salón, cerca de la cual no había nadie. Para lo que se proponía realizar no quería curiosos cerca. Echó un trago de la bebida on the rocks y a continuación sacó del bolsillo derecho exterior de su chaqueta tres cosas: un bolígrafo, una pequeña libreta y la cartera que acababa de robar a un turista australiano en la parada del autobús.
De su contenido escogió la tarjeta de crédito y empezó a imitar la firma de un tal Jaques Thomson. Era muy bueno falsificando firmas, y a los diez minutos de practicar copiaba ya tan bien la rúbrica del perjudicado, que seguro conseguiría engañar al empleado del primer banco en el que entrase. Obrar con rapidez era primordial. El individuo robado tardaría poco en darse cuenta del hurto y pedir la anulación de su tarjeta. Se terminó de un solo trago el contenido de su vaso y marchó a la calle.
Tuvo que andar únicamente dos manzanas para encontrar una entidad bancaria. El empleado que le atendió le dedicó una sonrisa tras comprobar que coincidía su firma con la de la visa de oro que acababa de entregarle. Colocó Mike el dinero recibido en su propia cartera, la metió en un bolsillo interior de su chaqueta y deseó al amable joven que le había atendido:
—Qué tenga un buen día.
—Igualmente, caballero.
Al salir Mike del establecimiento bancario, tropezó con él una joven atractiva que le pidió perdón por su torpeza acompañándose de una sonrisa encantadora.
Mike le devolvió la sonrisa y la siguió con ojos apreciativos. Ella parecía tener prisa. Caminaba presurosa. Su cuerpo esbelto, de movimientos vivos, deliciosamente femeninos, llamaba la atención de la gente que la dirigía miradas de agrado. El carterista la perdió de vista entre el gentío. “Un exquisito bombón”, juzgó.
Caminados una veintena de pasos entró en un estanco a comprar tabaco. Y entonces se dio cuenta de que le faltaba la cartera en la que había metido el dinero recién sacado del banco.
Dejó a la estanquera con el cartón de Winston en su mano y salió corriendo. Mike poseía una buena constitución física y su carrera fue veloz. Tropezó con algunas personas, pero no perdió el tiempo disculpándose. Le urgía dar con la chica que un momento antes, chocando con él, le había robado. Cada segundo que transcurría lo alejaba de la posibilidad de atraparla. Su esfuerzo y su velocidad obtuvieron recompensa. La descubrió bajando por la escalera del metro. Iba confiada pues, aunque llevaba el paso rápido, no miraba atrás por estar convencida de que nadie la seguía.
Al llegar junto a ella Mike la cogió fuertemente del brazo justo delante de la barrera de control obligándola a detenerse. La joven se asustó al reconocerle. Sus grandes ojos verdes lo demostraron, al tiempo que forcejeaba intentando escapar de él. Mike la mantuvo firmemente presa, convencido de que a la menor oportunidad que la diera ella intentaría escapársele.
—No te voy a hacer nada, bonita —le advirtió sonriéndole para inspirarle confianza—. Devuélveme lo mío y te invitaré a un refresco. No estoy enfadado contigo. Los dos nos dedicamos a lo mismo.
Ella le registró la mirada. Se tranquilizó algo. Su cuerpo perdió cierta tensión. Los ojos de Mike mantenían todo el tiempo un brillo amistoso. La joven metió la mano que él le dejó libre dentro del bolso que colgaba de su hombro y sacando una cartera se la entregó.
—Esta no es la mía —él con un ronroneo divertido en su garganta.
Ella la devolvió al interior del bolso y sacó otra.
—Ésta sí es la mía. Vamos a la cafetería de la estación —Mike amistoso en todo momento, tirando del brazo de ella.
—Por favor… déjame ir. Te quité la cartera por necesidad. Tengo que mantener a mi madre enferma y estoy sin trabajo —intentando despertarle lástima.
—Tranquila, de eso hablaremos mientras tomamos algo.
Entraron en el establecimiento elegido por Mike. Cuando la obligó a sentarse a una silla de la mesa por él escogida, le repitió que era, al igual que ella, un carterista. Para convencerla de que estaba diciéndole la verdad, Mike le enseñó la cartera robada un rato antes al turista australiano y un par de carnets de conducir pertenecientes a personas diferentes.
Ahora sí se tranquilizó la joven y a la pregunta de él, sobre cómo se llamaba, respondió dedicándole un esbozo de sonrisa seductora:
—Camille.
Tenían el camarero a su lado.
—¿Tiene champán? —le pidió Mike.
El empleado, un jovenzuelo con el rostro sembrado de acné les observó sorprendido. Nunca nadie le había pedido champán a media mañana. Camille, encontrando divertida su reacción, intervino:
—¿Tenéis champán, o debemos irnos a otro sitio a tomarlo?
—Tenemos. Lo traeré enseguida —reaccionando torpemente el camarero y dirigiéndose acto seguido al mostrador, derribando por el camino una silla contra la que tropezó.
Los dos carteristas rieron de buena gana su cómico atolondramiento. Una hora más tarde habían terminado de beberse el champán y acabado convertidos en socios. Ninguno de los dos tenía ataduras. Mike estaba divorciado y Camille era soltera y huérfana criada en un orfanato.

JAQUE MATE (HISTORIAS AMERICANAS) “RELATO NEGRO”

JAQUE MATE
JAQUE MATE
Cuando Larry el Niño entró en la banda de Ramos Culo Gordo, Gerard el Pecas le avisó que tuviera mucho cuidado con Washington el Loco.
—No le lleves nunca la contraria. Meses atrás envió al patio de los callados a Marcos el Guapo porque le dijo que era más feo que un tiro de mierda.
—¿Pero hay alguien en el mundo más feo que Washington? —rio Larry el Niño que era un chico bien parecido, alegre y estaba siempre de buen humor.
—Ten cuidado, no se lo digas a él en la cara. Recuerda lo que le hizo a Marcos el Guapo: le metió en el cuerpo seis tiros a bocajarro, está ahora criando malvas y le lloran su mujer y tres queridas que tenía.
—Bueno, tranquilo, Pecas. Con él me andaré siempre con mucho cuidado.
Gerard el Pecas se preocupaba por este simpático jovencito, y por eso se había toma-do la molestia de avisarle y de meterle en la banda. Por eso y porque su hija Pat se había enamorado de él y pedido le ayudase a obtener un empleo fijo y bien pagado.
Ramos Culo Gordo estaba interesado en la adquisición de un local céntrico en el que su propietario, un viejo llamado Thomas Stransvic, tenía montado un estanco que le daba para vivir bien, coleccionar guitarras de músicos famosos y procurarles una vida regalada a la docena larga de gatos que convivían con él en un apartamento que apestaba peor que un cementerio de mofetas, a pesar de que gastaba, con la intención de remediarlo, un spray diario de aromas de madreselva, perfume que usaba la única mujer que en su vida se la dejó meter en caliente, antes de fugarse con un domador de leones que no usaba el látigo únicamente con ellos.
Ramos Culo Gordo estaba interesado en adquirir el local del viejo Thomas Stransvic, pero éste no quería vendérselo al precio, miserable, que aquél quería comprárselo, así que el capo mafioso decidió emplear el medio intimidatorio que siempre le había dado exitosos resultados, y encargó a Washington el Loco y a Larry el Niño le dieran un “aperitivo” de lo que iba a sucederle si seguía negándose a cederle su establecimiento por el precio que él ofrecía.
Washington el Loco y Larry el Niño, en cuanto se hizo de noche se ocultaron en un portal desde el que podían vigilar el estanco del viejo Thomas. Esperaron a la hora habi-tual del cierre, para entrar en el mismo y, mientras Larry el Niño cerraba la puerta y echaba la cortina para que desde el exterior no pudieran ver lo que iba a acontecer en el interior del establecimiento, Washington el Loco le preguntó al viejo tendero si estaba dispuesto a venderle el local a su jefe. Éste demostrando que poseía un coraje suicida, le respondió:
—Por el precio de mierda que me ofrece no se lo vendo. Vale diez veces más.
El pistolero, con el bate de béisbol que llevaba, de un brutal golpe le rompió un brazo. El anciano se puso a bramar de dolor dando saltos como los de los sioux durante su danza de la lluvia.
El joven que salía con la hija de Gerard el Pecas, queriendo hacer méritos y de paso congraciarse con Washington el Loco, le pidió el bate de béisbol.
—Dame que contribuya también yo a darle parte del “aperitivo” a este asqueroso Matusalén.
El Loco sonrió perversamente, consiguiendo el casi imposible logro de aumentar su fealdad, y se lo entregó.
Larry el Niño, de un fuerte golpe con el palo de béisbol le rompió una pierna al herido que cayó al suelo aullando, revolcándose de dolor. Esta salvaje acción le ganó el agrado de Washington el Loco que se lo demostró dándole amistosas palmadas en la espalda.
Acción que repetía cada vez que Larry el Niño decía algo gracioso. A Gerard el Pe-cas esto no le parecía mal. Al Loco era absolutamente preferible tenerle como amigo que como enemigo.
El pobre Thomas Stransvic cuando salió del hospital donde le habían tenido enca-mado varios días, lo hizo con una pierna y un brazo escayolados, y en una silla de ruedas que empujaba una hermana suya, coja, que se había cuidado de sus gatos el tiempo que él estuvo hospitalizado.
Ese mismo día, sabiéndose amenazado de muerte, el aterrado estanquero vendió su estanco por lo que quiso darle Ramos Culo Gordo que acudió junto al notario para es-tampar la firma de compra-venta fumando uno de sus caros cigarros puros sostenido por sus dedos morcillones llenos de ostentosos anillos, impasible totalmente su grasiento rostro de buda urbanita.
Una noche, esperaban en un gran almacén la llegada de un tráiler que debían cargar con cajas de fruta en cuyo fondo iba camuflada una importante cantidad de droga: Gerard el Pecas, Washington el Loco y Larry el Niño.
Para entretener la espera y mientras compartían una botella de excelente bourbon, el Loco propuso echar unas partidas de póquer. El Pecas se opuso:
—De jugar al póquer nada, que tú tienes muy mal perder.
—Y yo no sé jugar —añadió el Niño—. Lo que sí se me da bien es el ajedrez. ¿Nos echamos una partida, suegro? —propuso, cariñoso, dirigiéndose al Pecas.
—No sé jugar al ajedrez —reconoció el interpelado.
—Yo juego contigo —manifestó el Loco acompañándose de una de sus horribles sonrisas-mueca.
Larry el Niño colocó las fichas encima del tablero y se situaron, él y Washington el Loco a cada lado de la mesa. Encima de sus cabezas una lámpara de plato lanzaba un amarillento círculo de luz sobre ellos. En otra silla, sin demostrar interés por la partida que iba a tener lugar, Gerard el Pecas decidió fumarse el puro que Ramos Culo Gordo le había regaló aquella tarde, cuando él regresó de pasear el agasajado perro de su mujer, animal que el mismo capo mafioso reconocía, ella le quería infinitamente más que a él.
De vez en cuando Larry el Niño soltaba una exclamación de puro júbilo porque le había comido una pieza al Loco. Gerard el Pecas, sin fijarse en ellos, fumaba impasible. Pertenecía a ese numeroso grupo de personas que no ve en los juegos de entretenimiento una diversión, sino una estúpida manera de perder el tiempo.
Larry el Niño anunció de pronto, a su adversario en el juego, dando muestras de explosivo regodeo, que le hacía jaque-mate.
Washington el Loco sintió que una oleada de humillación encendía sus venas, circulando veloz por las mismas le alcanzaba la cabeza y le nublaba la razón. Sacó rápido la berreta que llevaba metida en la sobaquera de su deformada y sucia americano que, para estar más cómodo había abierto nada más comenzar la partida, y escupió con voz cargada de vesánico odio:
—¡El jaque-mate te lo hago yo a ti, niñato de mierda!
Y le metió a Larry el Niño, en su joven pecho, seis balazos, todo ellos mortales de necesidad. Gerard el Pecas era un hombre en plena forma todavía y con admirable celeridad de reacción. Soltó el puro que llevaba consumido por la mitad y fue más rápido que Washington el Loco, pues cuando éste se volvió hacia él con su pistola humeante, antes de que pudiera apretar el gatillo, Gerard el Pecas le metió en el cuerpo todo el cargador de su parabellum.
Todo lo más que pudo hacer el asesino de Larry el Niño fue un disparo al techo, unas décimas de segundos antes de morir, y una pequeña cantidad de escayola cayó sobre sus ojos que ya no podían ver.
Gerard el Pecas se acercó al novio de su hija. Éste había pasado a mejor vida. Lo único que pudo hacer por él fue cerrar sus ojos velándose ya. En el rostro curtido de Gerard el Pecas se pintó una expresión de amargura.
A su hija, la única persona en el mundo que él quería y por la que era querido, tendría que darle una noticia que le rompería el corazón. Miró de nuevo el cuerpo cubierto de sangre de Larry el Niño y le reprochó, apenado:
—Chico, te advertí que tuvieras mucho cuidado.
Recogió del suelo el cigarro puro, que no había tenido tiempo de apagarse y continúo fumándolo a pesar de saberle amargo.
El camión, cuando llegara, tendrían que cargarlo él, el chofer y el ayudante de éste. No le importaba. Cualquier cosa que retrasase su regreso a casa donde su enamorada hija estaba esperando el regreso de su amado, le valía.
En cuando a Ramos Culo Gordo, su enfado le traía sin cuidado. En definitiva, al capo le supondría un gasto insignificante pagarles un buen entierro a los dos hombres que había perdido. Y si se hacía el rácano con una corona para Larry el Niño, él la pagaría de su propio bolsillo.
—Estúpido juego el ajedrez —masculló a través del pedazo de boca que no mordía el cigarro.

LA ENCANTADORA Y AMBICIOSA MARION DULAMIEUX (RELATO NEGRO)

Lautrec 6
LA ENCANTADORA Y AMBICIOSA MARION DULAMIEUX
La Belle Époque se hallaba en todo su esplendor. En París la antigua aristocracia europea gozaba de notoria influencia política y el capitalismo a gran escala se hallaba en su máximo auge. Muchas jóvenes del campesinado francés acudieron a la importantísima metrópoli francesa en busca de un trabajo menos duro y mejor pagado que el que realizaban en el campo y, las más ambiciosas, albergando la esperanza de hacer fortuna.
Marion Delamieux fue una de estas últimas. No era ninguna belleza pero poseía cierto atractivo y un cuerpo fuerte y muy bien formado. Apasionada y ardiente, llegó a “la ville lumière” con la doncellez largo tiempo perdida y un amplio conocimiento sobre la sexualidad, sobe lo que más les gusta a los hombres de las mujeres y lo que debe hacer una hembra para seducirles, complacerles y también dominarles.
Su primera colocación fue de sirvienta en la casa de los condes de Chatobreau. Camille, la condesa, Florián el conde; ambos sexagenarios. La condesa con inclinaciones zoofilias que satisfacía sus necesidades de placer con sus dos perros cocker spaniel a los que cuidaba y mimaba llevándolos dos veces por semana a salones de embellecimientos. El conde era impotente y gozaba únicamente del sexo visual y olfativo. Marion tardó poco descubrirlo y le arrancó al anciano oleadas de placer haciéndole tumbarse en la ca-ma y poniéndose ella de cuclillas colocarle en su picuda nariz sus afrodisiacos pétalos femeninos. El viejo aristócrata, agradecido, le hacía regalos que empezaron siendo pequeños y fueron aumentando debido al astuto proceder de Marión.
—Hoy me he puesto pantalones de pana porque me he levantado de muy mal hu-morada. Tendrás que regalarme algo que merezca me anime a ponerme la faldita corta.
—¿Te pondrán de buen humor unas ligas nuevas? —propuso el conde que no era precisamente desprendido.
—Tengo ya demasiadas ligas. Quiero abrirme una pequeña cuenta en el banco e ir ahorrando un poco cada vez que pueda, para cuando mis encantos se marchiten contar con algo para mi vejez.
—Nunca me pediste dinero antes —lamentándose él.
—Para todo hay una primera vez y la mía ha llegado ahora —contundente ella.
—Dinero no —obstinado él.
Marion sabía cómo vencer su resistencia y tacañería. Se paseaba por la casa señorial desprovista de esa prenda femenina que muchos llamas la más íntima, atormentándole con el fuerte aroma sexual que desprendía su entrepierna. El conde de Chatobreau ter-minó claudicando y entregándole encima del sueldo una substanciosa cantidad de dinero. Marion tenía un día libre a la semana, generalmente los sábados. Un sábado por la tarde en unos grandes almacenes se encontró a Nina, una joven vecina suya del pueblo. Celebraron el encuentro tomando un refresco en una café. Lógicamente hablaron de cómo les iba en París. Nina contó que estaba trabajando en un cabaret y le iba bastante bien. Marion quiso saber en qué consistía su trabajo y la otra le explicó que su trabajo consistía en desnudarse poco a poco, realizando al hacerlo movimientos eróticos delante de los clientes que acudían al local. Y entre actuación y actuación se dejaba toquetear por los hombres que la invitaban a consumiciones sobre las que ella recibía un pequeño porcentaje.
—Y para ganar más todos las noches me acuesto con dos o tres clientes. A veces más y lógicamente les cobro por ello.
—¿O sea que te has convertido en una prostituta?
—Hija, di mejor que me he convertido en una artista camera. En esta vida si vas con melindres nunca sales de la pobreza. ¿Te acuerdas de la finca del viejo Lautrec, ¿pues acabo de comprarla con mis ahorros?
—Pero eso te habrá costado una fortuna. Esa finca es grandísima.
—Ciertamente. Me ayudó el dinero que heredé de un viejo que murió, con el que durante algún tiempo me mostré extraordinariamente cariñosa. Sus herederos se me echaron encima, pero como todo había sido legal nada pudieron contra mí.
—Nunca pensé que fueras tan lista, Nina —admirada y envidiosa.
—Tampoco yo, hasta que descubrí que sí lo era —riéndose la otra.
A Marion, que cada día que pasaba le crecía la codicia, esta conversación la dio mucho que pensar, sin embargo estaba bien con los condes y poco a poco su cuenta del banco aumentaba, y no tenía que trasnochar, algo que no le apetecía, pues acostumbrada a trabajar en el campo se acostaba con las gallinas y despertaba con las primeras luces del día. Más su cómoda y provechosa existencia sufrió un repentino, inesperado vuelco debido un terrible accidente ferroviario. La locomotora de vapor que hacía la ruta Granville-Paris, por culpa de un freno defectuoso no pudo parar, atravesó la fachada de la estación y entre los muertos que hubo en este desdichado accidente se hallaban los condes Chatobreau. Al día siguiente de habérseles dado santa sepultura apareció en su magnífica propiedad, el heredero de los occisos, un sobrino ambicioso que acusó inmediatamen-te a Marion de haber robado, antes de su llegada, las joyas de sus tíos. La fámula lo negó, sostuvo que los difuntos eran muy desconfiados y las joyas se las habían llevado con ellos. El sobrino argumento que las joyas no se encontraron entre las pertenencias de los condes. Marión se defendió sosteniendo que alguien debió robárselas. La detuvieron, pero al no conseguir pruebas de su culpabilidad tuvieron que soltarla. Las joyas Marion las había guardado en la caja de seguridad de un banco. De nuevo en la calle, Marion no queriendo tocar sus ahorros, buscó inmediatamente un nuevo trabajo. Acordándose de su amiga Nina, se presentó ante el director del Moulin Rouge, un tipo gordo, calvo y con cara de hastío, quién le pidió que se desnudase delante de él. Marión no dudo un instan-te en hacerlo, el pudor llevaba mucho tiempo sin hacer uso de él.
—No eres muy guapa —juzgó él—, pero con el rostro bien maquillada podrás parecerlo. En cuanto a tu cuerpo es exuberante y voluptuoso. Gustarás a los hombres.
Efectivamente Marion gustó a la lujurioso clientela del Moulin Rouge y empezó para ella una buena época, aunque seguía resintiendo lo de acostarse de madruga y dor-mir durante el día, mal, pues vivía en una zona con mucho tráfico y trasiego de transeúntes, todos ellos ruidosos. Finalmente buscó y encontró un viejo chaletito provisto de un pequeño jardín situado en uno de los barrios antiguos de la ciudad. Una noche, después de realizado su número de striptease, un anciano que la había estado contemplando con ojos embelesados la invitó a beber y le confesó que lo tenía fascinado por lo mucho que ella se parecía a su difunta esposa a la que había amado con locura. Las visitas del anciano y las invitaciones a Marion se sucedieron y un día él la invitó a ir a su casa.
—Desgraciadamente no funciono ya —confesó—, pero gozaré teniéndote desnuda a mi lado en la cama perfumada con el perfume que usaba mi desaparecida esposa.
El anciano le pagaba por acostarse con él. Pero Marión, además de desarrollar más y más su ambición se convirtió en una cleptómana incurable y le robó al viejo las joyas pertenecientes a su difunta esposa. Este hurto lo indignó y fue a denunciarla a la policía. De nuevo no pudieron demostrar que las joyas las tenía ella y quedó libre, pero el dueño del Moulin Rouge era un hombre muy estricto y la despidió, pasando además aviso a los dueños de otros cabarets de las sospechas recaídas sobre Marion Delamieux, y nadie más la contrató. Marion decidió entonces cambiar de actividad. Realizó un curso de enferme-ría y no tardó en encontrar plaza en un céntrico hospital particular. A lo largo de su vida había aprendido a ser encantadora y a ganarse la voluntad de la gente. Puso estas artes suyas en funcionamiento máximo. Trataba tan bien a los pacientes, era tan servicial y cariñosa con ellos, que la adoraban. Y también se ganó el aprecio de la dirección pues, aunque hubiera terminado su turno y algún paciente sin familia se estaba muriendo ella se quedaba, dando ejemplo de caridad humana, con él hasta que expiraba.
Entre una paciente anciana llamada Anastase y Marion surgió una simpatía tan grande que, cuando esta mujer se repuso de la severa gastroenteritis que padecía la enfermera la invitó a pasar unos días en su casa. Y pasada una semana, cuando le pregunta-ron por ella en el hospital, Marion esbozando una tierna sonrisa comunicó que la adorable Anastase se había marchado a vivir con una sobrina que tenía en Lyon.
La dirección de la empresa, en reconocimiento por las muchas muestra de agradecimiento y alabanzas sobre la labor tan humanitaria que realizaba Marion Delamieux, decidió nombrarla jefa de enfermeras. Aceptando este puesto mucho mejor remunerado que el anterior, la ex stripper manifestó conmovida, emocionada:
—Bendeciré cada día de mi vida el haber decidido dedicarme a esta profesión humanitaria que tantas satisfacciones me da.
De vez en cuando, Marión se llevaba a su casa algún paciente a su casa y lo atendía divinamente hasta que se marchaba. Cuando en el hospital elogiaban su caritativo proceder, Marion explicaba con humedad de lágrimas en sus grandes ojos castaños daba siempre la misma explicación:
—Mis padres murieron siendo yo muy jovencita y sé lo triste que es que nadie te demuestra un poco de calor humano. Y por eso yo se lo demuestro a los pacientes.
A sus cuarenta años Marion se había convertido en una persona muy respetada y elegante. Fuera de la clínica vestía muy bien y, a quienes, le mencionaban este hecho replicaba:
—Como no tengo a nadie a quien mantener, me gasto en el lucimiento de mi persona todo cuanto gano.
El paso del tiempo la había favorecido y resultaba más atractiva en su edad madura de lo que lo fue en su juventud. El director del banco donde tenía ella depositados sus ahorros, la recibía en su despacho y allí encerrados gozaban ambos unas sesiones de sexualidad desenfrenada.
Una mañana ingresó en la clínica con un problema de insuficiencia cardíaca una anciana adorable. Su dulzura y amabilidad extremas se ganaron el cariño de todo el personal, lógicamente, entre Danielle, que así se llamaba esta mujer mayor, y Marion surgió un afecto muy especial. Daniel encontró en la eficiente y atenta Marion la hija querida que nunca había tenido, y la enfermera en ella la madre que le murió joven y había podido disfrutar muy poco tiempo. Cuando a madame Danielle la dieron el alta, aceptó pasar unos días con la encantadora y servicial Marion.
Marion tenía un turno de trabajo muy largo, pues comenzaba a las nueve de la mañana y terminaba a las nueve de la noche. Una noche cuando salía de cumplir con su ardua jornada laboral un hombre joven le interceptó el paso y enseñándole su credencial de agente de policía le dijo:
—Soy Aurelien Chamoi, inspector de policía, y tengo que hablar con usted, señora Delamieux. Acompáñeme.
Marion se mostró sorprendida:
—¿De qué quiere usted hablar conmigo? Se ha quejado algún paciente de mal trato por parte mía? —un tanto irónica.
—Acompáñeme a la comisaría, y lo averiguará —muy serio el agente—. Tengo mi coche aparcado ahí—señalándolo.
Durante el viaje apenas se dijeron nada. Fue cuando se encerraron en el despacho del funcionario quedando sentados frente a frente que él comenzó su ataque contra ella:
—Estuvo usted empleada en el Moulin Rouge, ¿no es cierto?
—Oh, pecadillos de juventud —rio burlona Marion.
—De allí la echaron por ladrona, ¿no es cierto?
—Fue una acusación falsa —perdiendo la sonrisa la jefa de enfermeras—. Nada pudieron probarme.
—Exacto, la soltaron por falta de pruebas.
—Todo el mundo es inocente mientras no se demuestra su culpabilidad —segura de sí misma.
—Efectivamente, y ante la falta de pruebas se prefiere soltar a un culpable que man-tener preso a un inocente.
—Exacto.
Recordando sus tiempos de seductora de cabaret, Marion realizó un cruce de piernas que elevó su falda hasta dejar la mitad de sus fuertes muslos al descubierto. Creyó haber conseguido la atención del policía sobre sus piernas, cuando él la cogió por sorpresa al referirse a la mano de ella apoyada en el regazo.
—¿De dónde ha sacado esa bonita y valiosa pulsera que lleva en su muñeca izquierda?
Ella, sin ponerse nerviosa, respondió astuta:
—Me la regalaron.
—¡Miente! Esa pulsera era propiedad de mi abuela Leana y no pudo regalártela por-que se la tenía prometido a mi hermana Colette que vive en Nantes, por tratarse de un recuerdo de familia, y que desapareció misteriosamente un par de semanas atrás, justo cuando usted se la llevó a su casa. Vamos a detenerla, acusada de su asesinato.
—No tiene prueba ninguna de lo que dice —con la arrogante seguridad que algunos psicópatas muestran en momentos muy comprometidos para ellos.
—Las encontraré. Queda detenida.
Una excavadora halló enterrados en el chaletito de Marion Delamieux ocho cadáveres de otros tantos pacientes que se había llevado a su casa. Y esta perversa mujer fue condenada a morir en la misma guillotina que le cortó el cuello al mayor asesino de mujeres de toda la historia de Francia, Henry Desire Landru.