MI FAVORITO DE LOS 10 LIBROS MÍOS PUBLICADOS: “MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR”

(UN LIBRO ESCRITO DESDE LA TERNURA
Y LOS RECUERDOS MÁS ENTRAÑABLES)
SINOPSIS:
Adanito, un niño fantasioso, travieso y soñador, nos cuenta con entrañable candidez y sinceridad los acontecimientos diarios que vive con sus amigos y su familia. Un día, Adanito descubre la causa por la que su madre, soltera, suspira cuando lee novelitas de amor,
y decide poner su máximo empeño en ayudarla a conseguir lo que él cree la hará inmensamente feliz.
Pulsando este enlace pueden leer gratis dos capítulos de este libro.
https://www.amazon.es/Madre-le%C3%ADa-novelitas-Andr%C3%A9s-Fornells/dp/1549582801
(Libro para niños y adultos publicado en Amazon 2,99 € e-book y 5,99 € papel)

LES PRESENTO MI DÉCIMA NOVELA: “MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR” (LIBROS)

(UN LIBRO ESCRITO DESDE LA TERNURA
Y LOS RECUERDOS MÁS ENTRAÑABLES)
SINOPSIS:
Adanito, un niño fantasioso, travieso y soñador, nos cuenta con entrañable candidez y sinceridad los acontecimientos diarios que vive con sus amigos y su familia. Un día, Adanito descubre la causa por la que su madre, soltera, suspira cuando lee novelitas de amor,
y decide poner su máximo empeño en ayudarla a conseguir lo que él cree la hará inmensamente feliz.
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MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR (MI NUEVO LIBRO)


“MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR”
(LIBRO MÍO ESCRITO DESDE LA PROFUNDA TERNURA
Y LOS RECUERDOS MÁS ENTRAÑABLES)
SINOPSIS:
Adanito, un niño fantasioso, travieso y soñador, nos cuenta con entrañable candidez y sinceridad los acontecimientos diarios que vive con sus amigos y su familia. Un día, Adanito descubre la causa por la que su madre, soltera, suspira cuando lee novelitas de amor,
y decide poner su máximo empeño en ayudarla a conseguir lo que él cree la hará inmensamente feliz.
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(Libro para niños y adultos publicado en Amazon 2,99 € e-book y 5,99 € papel)

“MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR” (LIBROS)

(LIBRO MÍO ESCRITO DESDE LA TERNURA
Y LOS RECUERDOS MÁS ENTRAÑABLES)
SINOPSIS:
Adanito, un niño fantasioso, travieso y soñador, nos cuenta con entrañable candidez y sinceridad los acontecimientos diarios que vive con sus amigos y su familia. Un día, Adanito descubre la causa por la que su madre, soltera, suspira cuando lee novelitas de amor,
y decide poner su máximo empeño en ayudarla a conseguir lo que él cree la hará inmensamente feliz.
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MI NUEVO LIBRO “MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR” (LIBROS)


(ESCRITO DESDE LA TERNURA Y LOS RECUERDOS MÁS ENTRAÑABLES)
SINOPSIS:
Adanito, un niño fantasioso, travieso y soñador, nos cuenta con entrañable candidez y sinceridad los acontecimientos diarios que vive con sus amigos y su familia. Un día, Adanito descubre la causa por la que su madre, soltera, suspira cuando lee novelitas de amor,
y decide poner su máximo empeño en ayudarla a conseguir
lo que él cree la hará inmensamente feliz.
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(Este libro es para niños y adultos y está publicado en Amazon 2,99 € e-book y 5,99 € papel)

MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR (MI NUEVO LIBRO (ESCRITO DESDE LA TERNURA Y LOS RECUERDOS ENTRAÑABLES

(Libro para niños y para adultos publicada en Amazon 2,99 € e-book y 5,99 € papel)
SINOPSIS:
Adanito, un niño fantasioso, travieso y soñador, nos cuenta con entrañable candidez y sinceridad los acontecimientos diarios que vive con sus amigos y su familia. Un día, Adanito descubre la causa por la que su madre, soltera, suspira cuando lee novelitas de amor, y decide poner su máximo empeño en ayudarla a conseguir lo que él cree la hará inmensamente feliz.
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SEGUNDO CAPÍTULO DE MI NUEVO, ENTRAÑABLE LIBRO “MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR” QUE ES APTO PARA TODOS LOS PÚBLICOS.

2. Enamorarse, un mal de ojo
En la cocina, sentados frente a frente en la pequeña mesa cuya cojera, debido a una pata más corta que las patas de sus tres hermanas, igualábamos poniendo una cuña debajo, mi abuela y yo nos entreteníamos jugando a la Brisca con unas cartas muy viejas y deslucidas. La mayoría de las partidas las ganaba yo por lo rápido que hacía las trampas. Mi abuela, cuya vista no era ni de lejos lo que había sido algún tiempo atrás, me decía sorprendida, incrédula:
—No sé cómo te las arreglas, granuja, para ganar casi siempre.
—Suerte que tiene uno, abuela —encantado con mi astucia.
En cierto momento, la vista se me fue a la novelita que madre había dejado abierta encima de la estantería donde teníamos el botecito con hojas de laurel, botecitos de otras especies y el mortero de madera, y me salió una pregunta que había rondado otras veces por mi cabeza, sin detenerse el tiempo suficiente para decidir yo formularla:
—Abuela, ¿por qué madre, a veces, cuando está leyendo alguna de esas novelitas que le prestan sus compañeras de trabajo, levanta la vista al techo, se lleva las manos a la cara, pone los ojitos tontos y suspira como si le faltase el aire?
Mi abuela se afiló la barbilla con una de sus manos cubiertas de venas azules hinchadas y abundantes manchitas oscuras y me procuró una de esas respuestas que yo más odiaba:
—Eres demasiado niño para saber ciertas cosas de los adultos. Cuando crezcas más, lo sabrás.
—Abuela, el año pasado me dijiste lo mismo —abandoné mi bailona silla de anea, con el asiento averiado, me coloqué de inmediato debajo de la lámina de un calendario enmarcada en cartón por madre, el cual mostraba a un pastor dirigiendo por lo alto de un puente un rebaño de ovejas y dije—: Mira lo que he crecido. Toco ya el cuadro con la cabeza. El año pasado no llegaba a él.
Regresé a mi asiento. Mi abuela y yo nos sostuvimos la mirada. Ella, mostrando contrariedad, arreglándose el pañuelo negro que cubría su cabeza y tendía a resbalarle hacia atrás, me explicó:
—Tu madre es muy joven para renunciar a enamorarse. Y esas malditas novelitas son un incordio para ella, porque hablan de enamorados todo el tiempo.
Yo en vez de fijarme en la palabra incordio (que escuchaba por primera vez), me fijé en la otra: enamorados.
—¿Quiénes son los enamorados, abuela?
—Pues los que se enamoran. ¿Quiénes van a ser si no? —con disgusto, evidenciando no gustarle hablar de aquel tema conmigo.
—¿Qué es enamorarse, abuela? En muchas películas lo mencionan. ¿Significa ese beso que los actores se dan al final de las películas, y no en todas porque a veces me ha dicho Gustavito, que lo sabe por su hermano mayor, unos tipos siniestros del gobierno lo cortan?
Ella comenzó a mover la cabeza a un lado y a otro como si quisiera imitar a un manómetro y me propuso poniéndose a barajar:
—¿Qué te parece si cambias esa pregunta por otra más fácil?
Yo me encontraba en plan borde y le aseguré:
—Abuela, de las varias preguntas que tengo en reserva, esta es, de todas, la más fácil de responder, con que tú verás que hacemos.
—¡Pues sí que estamos bien arreglados!
Ella alzó la vista y no debió ver una telaraña que colgada de la lampara del techo, porque de haberla visto me habría hecho subir en lo alto de la mesa y quitarla con el plumero en el que solo sobrevivían cuatro plumas medio rotas. Su intención era pedir inspiración divina y ganar tiempo para que se le ocurriese responder algo que seguro no sería lo que a mí me interesaba de veras. Depositó el mazo de naipes sobre la mesa y dijo:
—Corta.
—Ya está —velocísimo yo—. No me has contestado a lo que significa enamorarse y si es el beso que se dan al final de las películas —inquisidor.
Ella unió en el centro de su cara los arrugaditos labios desteñidos, soltó una especie de soplido atrompetado y, por fin, respondió:
—A ver cómo te lo explico que lo entiendas tú, mocoso. Veras, enamorarse es como ir andando y, de pronto, el suelo ceda debajo de tus pies y te caigas en un abismo lleno de nubes, sin hacerte daño, quedes aturdido y sin saber lo que te ha sucedido.
Más desconcertado que un pulpo en una zapatería, repetí dentro de mi mente, varias veces, lo dicho por ella y, finalmente, protesté:
—¡Lechuga, abuela, no me he enterado de nada! Nadie va andando por la calle y de pronto le cede el suelo bajo los pies, cae en un abismo lleno de nubes, no se hace daño y no sabe lo que le ha sucedido.
—¿Lo ves? Ya te lo dije —triunfante ella—. Te dije que eres demasiado niño para entenderlo. El año que viene me lo preguntas de nuevo.
—El año que viene, a lo mejor ya no me interesa saberlo —protesté inútilmente.
Como la cosa me preocupaba, como me preocupaba todo aquello que los adultos cubrían de misterio, a la tarde, mientras jugábamos con mi pelota de tenis en la pared trasera de la iglesia, pared altísima porque daba al altar, y vigilando con un ojo no apareciese don Lucas, el cura, que no nos quería allí, se subiera él la sotana, saliese trotando detrás de nosotros y nos ablandase el cerebro del cogotazo que nos daría si conseguía pillarnos, se lo pregunté a mi mejor amigo:
—Oye, Gustavito, ¿tú sabes lo que es enamorarse?
Él, que iba a sacar en aquel momento, se quedó quieto parado, se rascó la cabeza con la mano que no sujetaba la pelota y me procuró una respuesta casi tan enigmática como la de mi abuela:
—Enamorarse es una especie de enfermedad repentina que ataca a los adultos cuando la sangre se les altera, según me explicó mi hermano mayor. Y a los adultos la sangre se les altera especialmente en primavera. Tiene algo que ver con las flores, su perfume, el buen tiempo y la forma en que visten las chicas.
—¡Lechuga! ¡Pues vaya! Una enfermedad repentina —repetí preocupándome yo por mi madre—. ¿Y cómo se coge esa enfermedad? —quise averiguar.
—Mi hermano mayor me dijo que, Encarnita y él enfermaron de enamoramiento los dos, a la vez, mirándose fijamente a los ojos durante un rato y diciéndose con los ojos cosas que a él lo excitaron y a ella le sacaron los colores.
—¿Crees que es algo así como el mal de ojos? —empezando a preocuparme muy seriamente.
—Pues sí, será como el mal de ojo, pero en bonito.
—¿En bonito?
Yo conocía lo perjudicial que podía ser el mal de ojo, porque me lo había contado mi abuela, que sabía curarlo con el ritual de la sal y las semillas de mostaza. A mí me lo curaba de este modo cada vez que yo llegaba a casa después de haberme tropezado en la calle con un bizco, y se lo pedía por si acaso.
Como no entendí nada, y encima me había asustado, me amparé en la resignación y el ensimismamiento. Gustavito se escupió la mano como había visto hacer a algunos pelotaris en el frontón municipal y me avisó:
—¡Alerta, que va bolea!
Y sacó poniendo todas sus fuerzas. Fui a por la pelota y, aunque era fácil de devolver, la fallé encontrando una buena explicación para ello:
—¡Lechuga! Me desconcentro cuando la preocupación entra en mi cabeza y aparta a un lado todos mis otros pensamientos.
—¡Larguémonos rápido que viene el cura con la sotana arremangada! —apremió Gustavito recogiendo la pelota del suelo.
Y echamos a correr a todo tren, pues don Lucas era todavía joven, no quería que jugásemos en la pared de su iglesia y te daba unos capones, que te dolían durante una semana entera.
Esta vez no nos cogió. Al llegar él a la altura del estanco se detuvo con el resuello perdido, pero no lo suficientemente perdido para privarle de emitir una amenaza:
—¡Ya os pillaré otra vez, sinvergüenzas!
Nosotros, casi tan asfixiados como él, paramos a la altura de la fuente de los Cuatro Caños y dijimos para nosotros:
—Eso está por ver, señor cura. Nosotros cada vez tardamos más en cansarnos, y usted cada vez menos.
Descubrimos un gato en lo alto de una tapia y, convirtiendo nuestros dedos índices en pistolas, le disparamos. El felino ni se inmutó. Pertenecía al multitudinario grupo de los que no se dejan engañar.
—Si estuviese aquí mi “Generalísimo” lo enviaba a pelear con ése.
—Y “Generalísimo” lo mataría, seguro —yo, que veía en su felino evidentes condiciones de asesino.
—Tú le tienes miedo a mi gato, ¿eh? —con sádica complacencia él.
—Que espere a que haga yo la mili, me entreguen un mosquetón, y se va a enterar tu gato de quien soy yo.
—Largo me lo vendes, amigo. Para cuando tu hagas la mili, “Generalísimo” puede que se haya convertido en un tigre y emigrado a la selva —disfrutando él con esta fantasía.
En ocasiones, Gustavito obraba como si me quisiese menos de lo que un buen amigo debe querer a otro.
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MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR (MI NUEVO LIBRO APTO PARA TODOS LOS PÚBLICOS)


PRIMER CAPÍTULO DE MI NUEVO, ENTRAÑABLE LIBRO “MADRE LEÍA NOVELITAS DE AMOR” QUE ES APTO PARA TODOS LOS PÚBLICOS.

1. La calle Amanecer

La calle Amanecer era estrecha, corta y marginal. Tenía su pavimento sembrado de baches y socavones, y las aceras hundidas, con más losas rotas que enteras. Transitarlas durante el día era incómodo; transitarlas por la noche, peligroso. Contaba con un estanco para los adictos a la nicotina, una bodeguita para los adictos al morapio, y una droguería para los practicantes de la limpieza.

En la calle Amanecer, vivíamos nosotros de inquilinos en una casa tan vieja que se mantenía en pie, como decía mi entrañable abuela Vicenta, porque Dios es tan bueno que algunas veces se compadece hasta de los pobres.

Los días de lluvia, nos veíamos obligados a sembrar el suelo de cacharros de cocina para que recogieran el agua que penetraba por las numerosas goteras que padecía nuestro maltrecho tejado.

El dueño de aquella ruinosa propiedad era un viejo avaro y huraño que se negaba a reparar nada argumentando que, por el mísero arrendamiento que nos cobraba, no podía permitírselo. Si no estábamos conformes, nadie nos obligaba a seguir allí; podíamos marcharnos procurándole con ello una gran alegría pues alquilaría inmediatamente la vivienda por un precio mucho más alto que el acordado con nosotros.

Reconocida esta triste realidad, mi madre y mi abuela agachaban la cabeza, silenciaban su descontenta lengua y buscaban consuelo en la resignación, ese triste refugio que, ante las injusticias, suelen escoger los humildes.

Todos los años, para mejorar el lastimoso aspecto de nuestro hogar, llegada la primavera, que dicen la sangre altera y embellece el campo, madre se liaba una toalla vieja alrededor de su cabeza, para no ensuciarse el pelo, se ponía el vestido más roto y harapiento que guardaba y, con una brocha muy pelona ya, cubría con cal las numerosas desconchaduras de las paredes, algunas de ellas tan profundas que mostraban, a través de sus heridas, los ladrillos cochambrosos.

En la cocina teníamos, aparte de los renegridos y abollados cacharros que utilizábamos para cocinar los alimentos y recoger agua de goteras, un reloj redondo, blanco-amarillento y plano, parecido, por su forma, con un queso. Nosotros dependíamos de él, pues no poseíamos relojes de pulsera.

Por si pudiera interesarle a alguien, yo fui durante mi infancia un menguado conjunto de huesos recubiertos de piel blancuzca, con una cara orejuda tan poco agraciada que asustaba a los espejos. Lo único aprovechable de la misma, eran mis ojos color miel, grandes y tontorrones.

Músculos, aunque visibles, ninguno se apreciaba. Ocultos debía poseer unos pocos pues, de lo contrario, no se explicaría que pudiese andar, jugar, rascarme la cabeza cuando la poblaban malas compañías y hacer, con los dedos, registros en el interior de mis narices, nunca en presencia de los miembros de mi familia porque me regañaban.

Y en cuanto a inteligencia, yo me quedaba en esa generalizada y poco envidiada posición de no poseer ni mucha ni poca. Cualidades remarcables poseía mi persona una sola: mi voz era bonita y armoniosa.

Así lo reconocía don Damián, nuestro viejo maestro (Nariz de Pimiento Morrón le llamábamos por cómo le coloreaba este apéndice el vino que, metido en una tetera, bebía en taza grande para disimular), pidiéndome siempre dirigir el canto de la tabla de multiplicar y animando a toda la clase a seguirme.

Que nuestro educador reconociese en mí este mérito sonoro, me animaba a perdonarle los coscorrones que a menudo me daba por mi mala conducta. Mala conducta consistente en hacerles la zancadilla a los meones que pasaban por mi lado, después de haberles nuestro educador concedido permiso para ir al servicio a desaguar. A lo anterior debía añadirse que yo disparaba, con gran disimulo y notable acierto, empleando de cerbatana un fino canuto de caña, bolitas de papel mascado a las cabezas de los condiscípulos que no gozaban de mis simpatías, ni gozaba yo de las suyas. Si alguien hubiese calificado estas acciones mías de malvadas, me habría sorprendido de lo más, pues yo las consideraba únicamente divertidas.

Madre trabajaba en una empresa textil por un sueldo de miseria. Mi abuela hacía las labores del hogar, ganchillo, iba a buscar espárragos y caracoles, y yo iba a un colegio en el que don Damián, el maestro, trataba de enseñarnos lo poco que él sabía.

Nuestras diversiones habituales eran: mi abuela rezar el rosario, mi madre leer novelitas de amor y yo leer comics medio destrozamos casi siempre debido a las innumerables manos sucias por las que habían pasado antes de llegar a las mías, que tampoco podían dar ejemplo de limpieza.

La televisión, vieja y en blanco y negro, la teníamos escacharrada y no la reparábamos porque, como justificaba mi abuela:

<<No tenemos para llenar más de cinco centímetros de los siete metros de tripas con que contamos los humanos, y vamos a gastar perras que no tenemos, en ese invento del demonio que es una caja llena de personas enanas y otro montón de cosas tan endemoniadas o más>>.

Yo echaba de menos el televisor por los dibujitos animados que me gustaban mucho. Madre lo echaba de menos por el programa “Historias para no dormir”, que me obligaba a ver con ella porque, teniendo mi compañía, decía pasaba mucho menos miedo, al procurarle yo cierta seguridad armado con mi espada de madera.

Para ver la televisión de otros, al principio tuve dos posibilidades: visitar la casa de mi tía Merche o la casa de Gustavito, mi mejor amigo. La posibilidad de mi tía Merche se evaporó a partir del día en que ella entró a formar parte de un grupo religioso llamado “Los Hijos del Santo Cielo”.

Este grupo prohibía a sus seguidores todos los aparatos infectados de pecado como son los televisores, las radios, los tocadiscos, las revistas y también cantar canciones de amor porque la mayoría de ellas contienen una cosa muy asquerosa llamada pornografía.

Lo más bueno que hacían los seguidores del grupo religioso “Los Hijos del Santo Cielo” era visitar a los enfermos en los hospitales y ayudarles, con cariñoso entusiasmo, a terminarse antes la comida que les servían, poniendo sus diligentes bocas en esta caritativa tarea.

La posibilidad de ver televisión en casa de Gustavito se terminó para mí el día en que me senté en el destripado sillón que su gato “Generalísimo” consideraba suyo, pues nada más descubría mi presencia, el felino se venía para mí con las garras armadas y me arañaba. Quizás pegarle una buena patada habría sido la mejor solución para disputarle el puesto. Pero me habría enemistado con mi amigo y con toda su familia, que veneraba al bicho aquel porque creían les traía buena suerte, lo cual no deseaba. Lo de la buena suerte lo justificaban porque encontraron con un billete de lotería alrededor del collarcito del animal. Billete que salió premiado por una cantidad modesta, pero que les llegó para comprar un frigorífico que buena falta les hacía.

En fin, como madre decía cuando la amargura se le convertía en reflexión:

<<La felicidad era verde y se la comió un burro hambriento>>.

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Riqueza, amor y muerte (accésit del III Premio Wilkie Collins de Novela Negra 2013, Tres amantes y un revólver (ganador Premio NQP 2012), Los placeres de la hija del embajador (ganadora del II Premio Incontinentes 2.011), El seductor y la rica heredera (finalista del premio de novela Ciudad de Almería 2.009), etc.