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LOS HUEVOS SALVADORES (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Numerosos intelectuales exponen, a menudo, su opinión de que el conocimiento de lenguas extranjeras tiene suma importancia porque puede servir, entre otras muchas cosas, para averiguar lo que otros piensan hacernos.
Había en un gallinero muy humilde dos gallinas y un gallo. La relación entre estas tres aves era la de pleno entendimiento y una pacífica convivencia. El gallo cumplía con chulería el papel que debía cumplir, y las gallinas también el suyo. Una de las dos ponedoras jamás se había preocupado en tratar de entender el idioma que hablaban los dueños del pequeño gallinero, un matrimonio anciano que, por falta de recursos vivían pobremente. La otra ponedora había puesto todos sus sentidos en comprender la lengua de quienes las tenían presas.
Para aquella pareja de viejos sus tres animales de pluma significaban una de sus principales fuentes de alimentación, pues sobrevivían prácticamente de las tortillas de patata que se hacían con los huevos de las dos ponedoras.
Pero llegó el otoño y recortó considerablemente la duración de la luz diurna. Todos los que están al tanto de cómo funciona el asunto de la huevería, sabe que este recorte de claridad diaria desorienta a las ponedoras y corta su producción de huevos. Producción que se convierte en cero patatero si se junta con la muda como fue el caso de aquellas dos gallinas (el gallo se libró de toda crítica por carecer de huevos).
Cierta mañana los dos ancianos, cuando les daban de comer a sus animales comentaron:
—Nuestra situación es tan desesperada que, pasado mañana, sábado, tendremos que sacrificar a una de las gallinas puesto que, al no darnos huevos, se nos han convertido en un gasto inútil.
Y aquí viene la importancia de procurar conocer más lenguas que la propia. La gallina que poseía un brillo muy despabilado en sus ojos, y que se había esforzado en entender el habla de sus dueños, detuvo el proceso del cambio de plumas, inmediatamente, y forzó a su cuerpo a poner de nuevo huevos.
Su ignorante compañera siguió con el proceso natural de soltar plumas viejas para suplirlas por plumas nuevas, y el sábado de aquella misma semana fue sacrificada por sus explotadores. Su lista compañera vivió durante quince años y llegada a su máxima longevidad sirvió para hacer un caldo de gallina de los que resucitan a los muertos, como reconocieron los dos octogenarios que lo disfrutaron.

ACARICIABA A UN GATO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
La soledad es una gruta tenebrosa, lúgubre y absorbente. Quien la padece siente que lo aísla de la alegría, del optimismo y del gozo.
Arsenio Gómez vivía gravemente aquejado de soledad. No tenía ni familia ni amigos. Se ganaba la vida realizando trabajos informáticos en su ordenador, lo cual contribuía a alejarlo de cualquier posible contacto con otras personas. Hombre carente de atractivo, silencioso y patéticamente tímido, recibía la indiferencia, antipatía y rechazo de la gente que vivía en su mismo inmueble. Y tampoco en el gran supermercado donde compraba sus alimentos encontraba el agrado de los dependientes. Todo lo anterior motivaba que se Arsenio se pasara días sin hablarle a nadie, ni le hablaran a él.
Pero todas las noches, después de comida la frugal cena por él preparada, este hombre solitario bajaba a un bar situado en la misma calle del edificio donde moraba. El dueño de este bar poseía un gato al que llamaba “Cafeconleche” por su pelaje negro con manchas blancas. “Cafeconleche” tenía como lugar favorito de reposo una silla colocada junto a una mesa situada en un rincón del establecimiento. Nadie iba a sentarse cerca de él por haberse corrido, entre los parroquianos, la voz de que el animal tenía pulgas.
Arsenio solía ocupar una silla de esa mesa excluida. La silla más próxima al felino tumbado. Alargaba hasta él su mano y, al tiempo que lo acariciaba con extremado cariño arrancándole un feliz ronroneo, le decía todas las ternezas que tanto deseaba alguien le dijera a él. La reacción del animal era mirarlo con sus ojos color musgo y dedicarle unos miaus que Arsenio entendía cargados de ternura.
Quizás no lo fuera para el felino, pero para el hombre solitario esos momentos que pasaba con él, eran los mejores suyos de todo el día.

ESCRIBIR O NO ESCRIBIR LO DECIDÍA SU GATO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Filiberto Zapatones era un escritor de los considerados del montón: o sea que si no emplease la mayor parte de su tiempo en un empleo diario de ocho horas (en su caso trabajando de traductor) habría muerto de hambre.
Cuando a Filiberto lo abandonó su infiel mujer, por otro hombre menos culto, pero más divertido que él, este escritor sin éxito volcó el cariño que todavía guardaba en el amargado corazón, en su gato “Popeye”.
Generalmente, “Popeye”, los fines de semana que era cuando su dueño dedicaba más tiempo a la escritura, dormitaba durante horas en lo alto de la mesa, al lado de su ordenador sin que le molestase el ruido que hacían los veloces dedos del escritor golpeando el teclado.
Pero de vez en cuando, “Popeye” se acostaba encima del teclado y para no molestar al gracioso felino, que tanta compañía le hacía, Filiberto comentaba disculpándole:
—De momento no voy a escribir nada. “Popeye” ha entendido que hoy me encuentro algo falto de inspiración.

DÍA DE LA NIÑA -UNA NIÑA Y UN PAJARITO- (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
—La ternura consigue resultados sorprendentes —diría siempre la madre de Sonia.
Y lo diría así por un suceso que presenció. Sonia, su hijita de cinco años, una criatura dulce y cariñosa, cierta mañana, se hallaba jugando a la rayuela en el pequeño patio de su casa cuando un pájaro muy torpe chocó en el cuerpecito de ella desplomándose.
Sonia, compungida por lo ocurrido, le recogió del suelo, le pidió perdón por haberle causado un daño involuntario y le dio un beso tan tierno que la avecilla, recuperándose de su aturdimiento, decidió quedarse con ella para siempre.

SE LO CONFIRMÓ EL HORÓSCOPO (MICRORRELATO)


SE LO CONFIRMÓ EL HORÓSCOPO
(Copyright Andrés Fornells)
Lina se dio cuenta de que su mejor amiga, Mayte, no había sabido mantener su boca cerrada y cumplir la promesa que le había hecho de no decirle a nadie la confidencia suya de la noche anterior, pues nada más entrar en la oficina y quitarse el abrigo, su compañera de trabajo, Mariona, se acercó a ella y con expresión compungida en su rostro pecoso y en su voz le dijo:
—Es una pena lo ocurrido entre tú y Norberto. Hacíais tan buena pareja.
—Bueno, cosas que pasan —Lina procurando quitarle importancia mientras el enojo la centrifugaba por dentro—. Nos dimos cuenta, a tiempo, de que lo nuestro no funcionaba.
—¿Descubriste que era un cerdo, que te la pegaba con otra? —con morbosa curiosidad la otra.
—Nada de eso. Norberto nunca ha dejado de serme fiel. Digamos que se nos rompió el amor, ¿vale? Y ahora, si me dejas, tengo que terminar un informe.
Lina ocupa su mesa y enciende el ordenador. Suelta un suspiro de exasperación cuando la sentimental Simona, otra compañera de oficina, toma asiento en un extremo de su mesa, lleva entre sus manos un pañuelito y con voz quebradiza y ojos acuosos quiere le confirme:
—¿Es verdad lo que cuenta Mayte de que tú y Norberto habéis roto?
—Sí, hemos terminado nuestra relación —mostrando cansancio Lina—. Nuestra relación había dejado de funcionar hacía ya algún tiempo. No pasa nada, querida. Sin traumas. Hemos quedado amigos.
—¡Oh! No voy a poder soportarlo —trágica Simona, rompiendo a llorar y dándole utilidad al pañuelito—. Ya nada tiene sentido. Si lo vuestro no ha funcionado, con lo enamorados que estabais, lo mío con Genaro será un rotundo fracaso. No voy a salir más con él. Vale más prevenir que curar.
Lina suspira de nuevo. Controla como puede la exasperación que se ha ido apoderando de ella.
—No seas tan dramática, bonita. Estas cosas pasan. Genaro es un tío estupendo. Te quiere y le quieres. Norberto y yo no formábamos una la pareja ideal. No le demos más vueltas, por favor.
Simona solloza ya a todo volumen. Lina, que está para que la consuelen, tiene que consolarla. Tarda varios minutos en conseguir que su compañera dejé de sollozar como si acabara de rompérsele el corazón. Por fin logra que haga caso a su reiterado consejo:
—Anda. Ve al cuarto de baño a arreglarte un poco. Se te ha corrido el rímel y te ha quedado la cara que pareces un osito panda.
—¡Que admirable eres, Lina! Con la desdicha tan grande que debe estar rompiéndote el alma y aun te queda ánimo para bromear —se aleja la otra sollozando de nuevo.
Por fin llega el jefe con la habitual expresión severa en su rostro y todo el mundo finge hallarse muy ocupado.
Durante toda la mañana, influenciada por lo que han estado exponiendo todas sus compañeras, Lina se ha sumergido en un mar de dudas. ¿Ha hecho realmente bien terminando su relación de más de un año con el hermoso Norberto? Tal vez con la convivencia la horrible Encarna, la insoportable mama de él, no fuera tan mala como estaba siendo. A todo se acostumbra una. Por ejemplo, sus primeros zapatos de tacones altos que los primeros días de ponérselos, cumplidos los quince años, a cada paso que daba estaba a punto de caerse de narices al suelo, ahora, los lleva a todas horas y sin ellos tiene la impresión de haber perdido la mitad de sus piernas.
Mientras ella y Mayte, durante la pausa en la oficina, comen en una hamburguesería, la segunda va al baño a retocar su maquillaje, Lina hojea un periódico que alguien ha dejado olvidado en una silla cercana. Se va directo al horóscopo y lee lo que dice sobre su signo del zodiaco. Suspira aliviada.
—Estoy totalmente convencida de que haber roto con Norberto ha sido absolutamente acertado —le dice a su amiga cuando ésta regresa a su lado.
—Eso me dijiste anoche cuando me lo contaste —Mayte atusándose el pelo en un gesto lleno de coquetería dedicado a un chico atractivo que la está observando desde una mesa vecina.
—Sí, pero ahora tengo la seguridad absoluta.
—Pues mira que bien —Mayte más pendiente de lo que hace el chico que le gusta, que de lo que está escuchando.
Lina le cuenta que en el horóscopo ha leído un consejo primordial que se da a las mujeres que tienen el mismo signo que ella: Vivir bajo el mismo techo con la suegra: ¡jamás de los jamases! Descubre que su amiga y el adonis de la otra mesa han cambiado una sonrisa y una oleada de optimismo la invade. Bueno, romper con un novio no es el fin del mundo. Y recuerda lo que su cariñoso abuelo Anselmo solía decirle cuando ella era pequeña: “Chiquilla, eres tan guapa que, cuando seas mayor darás un puntapié en el suelo y te saldrán cien novios”.

ENCONTRAR A UN HOMBRE MARAVILLOSO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Lucy Rong y Pamela Rait son amigas desde que iban a la guardería y compartían potitos. Las dos están solteras y tienen ganas de dejar de estarlo. De vez en cuando se reúnen para contarse como les va con los hombres.
—Cuéntame, con todo detalle porque terminaste con Arturo, ese chico que sonreía como una flor que se abre al sol —pide Pamela, remedando con ironía a su amiga.
—Me di cuenta, finalmente, de que para lo único que él me quería era para aprovecharse de mí.
Se interrumpe para atender al camarero que acaba de detenerse junto a la mesa ocupada por ellas. Es un hombre mayor tan carente de atractivo que, en la cama y fuera de ella, su mujer le da siempre la espalda para no verle la cara. Lucy interroga con la mirada a Pamela.
—Yo tomaré un capuchino —decide ésta.
—Que sean dos —ordena Lucy.
El empleado se aleja arrastrando los pies. A Pamela le falta tiempo para interrogar a su acompañante:
—¿Por qué dijiste que Arturo solo te quería para aprovecharse de ti?
—Los fines de semana me dejaba limpiando y pintando su cochambrosa casa, y él se iba a jugar al golf.
—El golf es un deporte inocente y sano. Se juega al aire libre —con ingenuidad Pamela.
—El sinvergüenza de Arturo lo jugaba en el dormitorio de una viuda joven y voluptuosa.
—¡Qué indignante! No tienes suerte con los hombres, querida.
—¡Pues anda que tú! El último con el que saliste, ese tal Gimeno, te pidió dinero para pagar la entrada a un piso para los dos y nunca más lo has vuelto a ver.
—Otro sinvergüenza como el que te robó tu mejor chaqueta de cuero y descubriste se la había regalado a una chica que vive en la Gran Avenida Morales.
—¡Menudo canalla! Cuando se lo eché en cara me dijo que se la había regalado a una prima suya para que no pasara frío.
—Lo que más te irritó, me dijiste, no fue la perdida de esa prenda, sino descubrir que no había parentesco alguno entre ellos dos.
—Te dije eso un día en que rebosaba optimismo. Esa chaqueta de cuero me gustaba muchísimo más que él.
—Seguramente.
El camarero que arrastra los pies acaba de servirles las bebidas diciendo algo tan poco original como esto:
—Servidas, señoras.
—Pobre hombre, tiene pies de plomo —se burla Pamela cuando él ya no puede escucharla.
Las dos amigas se ríen de muy buena gana.
—Lucy, ¿sigues subiendo y bajando escaleras en vez de apuntarte a un gimnasio?
—Obtengo el mismo resultado y me ahorro un dinero.
—Te saldrán varices —juzga Paulina.
—Pero estoy consiguiendo mi propósito. Estoy consiguiendo un desarrollo de glúteos extraordinario. A los hombres ya les gusta más verme por detrás, que verme por delante.
—¡Ay, los hombres! No hay que perder la esperanza, chica. Un día encontraremos a uno guapo, serio, trabajador, honrado y maravilloso.
—Sí, ¿eh? ¿Dónde?
—Ahí está la gran dificultad.
Las dos amigas rompen a reír. Las dos cultivan el optimismo. Las dos tienen buena salud, un buen empleo y no están en la situación que estaban muchas mujeres de la época de sus madres y sus abuelas: dependiendo económicamente de los varones.

TODAVÍA NO ERES TOTAL OLVIDO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
Todavía apuro con deleite sibarita el néctar de tus labios,
en mis sueños, con sedienta, febril desesperación.
Todavía soy tu esclavo sin deseos de libertad,
porque fuera de tu cárcel dejo de existir.
Todavía en el recuerdo mi boca es capaz de paladear
de tus labios las últimas, embriagadoras gotas de amor.
Presentí, al encontrarte, tenías fecha de caducidad,
pero no me importó inmolarme en tu vergel
que has convertido para mí en árido desierto.
Mendigo es el hombre que ama con toda su alma,
porque de limosna vivirá ya para siempre.
Me resultará mortal la operación de extirparte
de los ardientes ríos de mis venas enamoradas,
y de la tierna cueva donde te cobijó mi corazón.
Tu amor, que fue ambrosía dionisiaca, embriaguez total,
será triste, mortal resaca, cuando se me borren del todo
los maravillosos recuerdos que, desesperadamente,
todavía hoy consigo guardar de ti presentes.
Todavía sobrevive, cada vez más leve, el aroma tuyo
sobre esa almohada que compartimos y que nunca lavaré.
Cuando esa afrodisiaca fragancia se desvanezca del todo,
quizás seré, entonces, a la vez, desdichado y libre.

UN TESTAMENTO CON TRAMPA (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
El conde Rodolfo Solanas había llevado la clase de vida disipada y hedonista característica de este tipo de encumbrados individuos que, gracias a fabulosos patrimonios recibidos, han dedicado toda su vida al vicio y al despilfarro, que una cuantiosa fortuna les ha permitido disfrutar.
Tanto exceso realizado a lo largo de su vida le pasó factura al disipado conde, que murió a los sesenta y dos años en su lujoso y antiguo palacio, rodeado de media docena de mujeres, hermosas y bien pagadas, que le acompañaron hasta que dio su último suspiro.
Un albacea, hombre cincuentón, de corta estatura, cuerpo orondo, rostro rubicundo y despeinado a lo Puigdemont, llamó a los cuatro herederos del finado, sobrinos suyos pues él no había dejado descendencia alguna a pesar de haber practicado abusivo fornicio, sin que de ninguna de estas continuadas prácticas obtuviese fruto.
Ninguno de los sobrinos esperaba que el despilfarrador conde Rosendo Solanas hubiese dejado dinero alguno, pero confiaban en heredar el suntuoso palacio, venderlo y sacar por él y su contenido una fortuna.
Los sobrinos se llamaban: Melchor, Gaspar, Baltasar y Serafín al que, los tres primeros consideraban tonto por la beatífica sonrisa que mantenía todo el tiempo y porque en sus inocentones ojos no se apreciaba brillase ni una sola chispa de astucia.
El notario abrió un cofrecito dentro del que había un montoncito de papeles y comenzó a leer:
“Yo, el honorable conde Rodolfo Solana de Mayorcore, Sotomediano, Vallerraso, Altorradiales y Roscaprieta, anuncio la primera parte de mi testamento: ¡Ja, ja, ja! Dejo en herencia a mis sobrinos lo que tengo en la media docena de bancos con los que he trabajado todo el tiempo: Nada, ni una perra chica. Y en cuanto a mi magnífico palacio les dejó una hipoteca que asciende a cincuenta millones, que es bastante más del precio que la valoraron. ¡Ja, ja, ja! Los sobrinos que me odien, este es el momento de marcharse y maldecirme.
Melchor, Gaspar y Baltasar se levantaron furiosísimos y abandonaron el despacho del albacea gritando contra el crápula malgastador de su tío los insultos mayores que han inventado los hombres más soeces del planeta.
Serafín, sin perder su beatífica actitud, les despidió agitando un pañuelo al que no le habría ido nada mal meterse un rato dentro de una lavadora.
El notario moviendo desaprobadoramente la cabeza continuó leyendo:
—Parte segunda y última de mi testamento. Si algún sobrino mío sigue estando presente después de leída la primera parte de mi testamento, heredará mi espléndido palacio del que pagué, antes de morirme, la hipoteca y también cuanta deuda más tenía contraída. ¡Qué lo disfrute tanto como lo disfruté yo! Y si le gustan las mujeres le dejó también una lista de las casas de placer donde suelen tener a las más hermosas.
Con manos temblorosas, Fidel recogió las escrituras de propiedad del palacio de los condes de Solanos y también la lista de lugares donde moraban las mujeres que recomendaba el difunto. Serafín era un joven cándido y agradecido que jamás había despreciado regalo alguno que le habían hecho.
—Le dedicaré una santa misa a mi generoso tío Rosendo por si puede servirle de algo allí donde esté —decidió bien intencionado—. Luego veré qué me pide el cuerpo.

CUANDO YO ERA CHICO (MICRORRELATO)

(Copyright Andrés Fornells)
A lo largo de la vida escuchamos millones de frases y la inmensa mayoría de ellas las olvidamos. Yo he llegado a la conclusión de que esas pocas que seguimos recordando a través del tiempo porque se escribieron con tinta imborrable en la pizarra de la memoria, son frases que nos impactaron por su extremada sabiduría, belleza, o porque nos las dijo alguna persona a la que amábamos de un modo muy especial.
Entre esas frases imperecederas dentro de mi memoria están una pregunta y una respuesta que me hizo mi entrañable abuelo Silvino cierta mañana en que yo, sentado sobre su rodilla derecha (la menos reumática de ambas), galopaba azotándome el trasero.
—Nene, ¿qué crees tú que es lo valioso que poseemos las personas?
Dejé de galopar y le di tarea al pensamiento. De tanto escuchar a mis padres hablar de penurias económicas, creí tener clara la respuesta:
—¡El dinero, abuelo! —exclamé.
Se me apagó la entusiasmada sonrisa cuando él me aseguró muy serio:
—Te equivocas, nene. Lo más valioso que poseemos las personas es la ilusión.
Pura sabiduría la suya. Hoy, transcurridos muchos soles y muchas lunas desde entonces. Desaparecido ya ese querido y admirable anciano, sigo reconociendo cuánta razón tenía al valorar la ilusión muy por encima de cualquier otra cosa.
Cuando yo era chico, alguien me decía: “Hoy nos vamos a ir a la playa”. Yo gritaba y saltaba de alegría. Corría atropelladamente a buscar el bañador, la toalla de Superman, la pelota de colores, las aletas, la sombrilla, las chanclas, los tapones para los oídos, etc.
Actualmente alguien me dice: “Hoy nos vamos a ir a la playa”. Y empiezo a buscar excusas. No quiero exponerme al cáncer de piel. La arena me abrasará los pies y me dolerán al andar. Me agobian las muchedumbres. Me agobian los que te sobresaltan pretendiendo venderte algo. Hay gaviotas que defecan en la cabeza de los bañistas. Soy alérgico al agua salada, etc.
En fin, que por el arduo camino que pavimentan los años, fui encontrando algún dinero (poco), pero perdí casi por completo la valiosísima ilusión.

UN NIETO Y SU ABUELO ESTABAN DE ACUERDO (MICRORRELATO)

Grandfather and his grandson eating ice cream in a cafe

(Copyright Andrés Fornells)
Nolito Gómez era un niño curioso y preguntón. Un día acompañó a su mamá al mercado, vio a una mujer con un niño muy pequeño en brazos y le preguntó:
—Mamá, ¿cómo se consigue un bebé?
La madre, apurada, incapaz de hablarle claramente recurrió a lo que le había dicho su madre a ella cuando tenía más o menos la edad de su hijo ahora:
—Pues se encargan y los trae una cigüeña en su pico.
Una mañana, paseando con su padre por el parque, Nolito vio a una mujer tirando de un cochecito con un bebé dentro y le preguntó al autor de sus días:
—Papá, ¿cómo se consigue un bebé?
—Los traen de París, como los paquetes de correos —saliendo así del apuro.
—Pues yo quiero tener uno.
—Tendrás que esperar a ser mayor —le cortó fastidiado su padre, hombre de paciencia reducida.
Nada satisfecho con esta solución a tan largo plazo, Nolito le preguntó a su hermano mayor:
Oye, Luis, ¿cómo se consigue un bebé?
—Pues creo que se lo bajan por internet, pero yo no sé cómo lo hacen, ¿eh? —curándose en salud su hermano.
La próxima persona a la que Nolito hizo la misma pregunta fue a la madre de su madre:
—Abuela, ¿Cómo se consigue un bebé?
—Vaya. Empiezas pronto con las preguntas incómodas —contrariada ella—. Pues, ejem, hay unas semillas que las mamás comen y dentro de su vientre crece un bebé. Algo así como aquel grano de maíz que te enseñé como crecía en una maceta, ¿recuerdas?
Nolito quedó, después de escucharla, más perplejo y desorientado que nunca.
Finalmente, fue y se lo preguntó a su abuelo, que era el último de su casa que le quedaba por hacerlo:
—¿Cómo se consigue un bebé, abuelo?
El anciano esbozó una sonrisa socarrona y le contestó con otra pregunta:
—¿Tú que crees, Nolito?
El niño lo tenía ya muy claro:
—Creo que nadie lo sabe, abuelo.
—Pues en eso estamos totalmente de acuerdo los dos —aceptó el anciano—. ¿Qué te parece si nos acercamos a la heladería y compro un helado para cada uno?
—Que no podía habérsete ocurrido nada mejor que eso. ¡Vamos!
Nieto y abuelo cogidos de la mano se echaron a la calle, mirándose sonrientes. Las innumerables preguntas que el pequeño tenía por hacer podían esperar. De momento había algo estupendo que se podía hacer inmediatamente.