Diego Egara, detective

DIEGO FINAL

En la Barcelona actual, Diego Egara, un joven detective privado, se enfrenta al realismo social de nuestros días: la plaga de delincuencia habitual de todas las grandes urbes.
El joven investigador acepta los trabajos de sus muy distintos clientes: una esposa que sospecha de la infidelidad de su marido; una joven que quiere esclarecer el caso de la brutal muerte de su hermano; un banquero extorsionado por fotos comprometedoras; un rico industrial enamorado de la foto de una chica desconocida; un padre que no confía en la versión policial sobre la muerte de su hijo; una firma aseguradora que sospecha que un cliente le estafa; una mujer preocupada por la desaparición de su marido.
Los casos que se le presentan, los resuelve con perspicacia, temeridad, reflexión y, en muchas ocasiones, conllevando un gran riesgo.
Le seguiremos, dentro de la Ciudad Condal, por las zonas más elegantes y afamadas, y por los barrios más marginales y peligrosos.

Género: Novela Negra
Primera Edición 2015
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ISBN: 978-1522857853
242 páginas
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CAPÍTULO  I

Era un sábado por la noche. Llevaba dinero en el bolsillo y, en el ánimo unas irresistibles ganas de diversión. Mi meta fue el Barrio Gótico de Barcelona, ciudad en la que vivo y a la que amo, de ese modo romántico y fiel que solo tienes hacia tu ciudad natal.

Estacioné mi coche en un aparcamiento de pago abusivo y les ordené a mis piernas llevarme a ese deslumbrante oasis de placeres que es la Plaza Real, bendecido lugar con una multitud de restaurantes, bares, terrazas y locales nocturnos.

Esta plaza es uno de mis lugares de esparcimiento favoritos, además de por los lugares de comida, bebida y entretenimiento, por la multitud de gente diversa que acude a este privilegiado enclave, al igual que yo, para disfrutar de todo lo que ofrece, además de por la estética de su arquitectura, de sus palmeras, de su iluminada fuente de las Tres Gracias y de las dos farolas diseñadas por el genial Antoni Gaudí.

Caminé sin prisas y sin rumbo entre el animado gentío que circulaba por allí. Mis oídos se llenaron de voces nacionales y extranjeras, y mis narices de olores que despertaban mi apetito, tanto los olores de la comida como los pertenecientes a las féminas que pasaban cerca de mí, dejando estelas de embriagadoras, exóticas fragancias y la visión del excitador culebreo de sus cimbreantes figuras.

Llevaba un buen rato deambulando por esta zona cuando mis tripas vacías me aconsejaron llenarlas. La circunstancia de hallarme a dos pasos del Mil Tapas, un lugar inmejorable para ejercitarse gourmets y aficionados a serlo, me impulsó a entrar en este local.

Encontré un hueco en la abarrotada barra, quedando situado delante de la irresistible tentación, debidamente protegida por vitrinas de cristal, de innumerables bandejas con suculentos y muy variados manjares.

Se marchó un hombre flaco que tenía a mi lado derecho, y su puesto fue ocupado inmediatamente. La irresistible, cautivadora oleada de perfume que inmediatamente llegó hasta mí sensible olfato me descubrió se trataba de una fémina.

Giré mi cabeza y mis admirados ojos se encontraron con un bello rostro de mujer coronando una voluptuosa figura de esculturales proporciones. Esta joven y bella mujer significó para mí, en aquel momento, ese sueño extraordinario que, por su larga y prolongada demora, llegamos los impacientes a temer que jamás lo veremos realizado.

La impresionante desconocida me miró, y yo la miré. Sonrió encantadoramente, y yo la imité. Mis ojos intensamente negros, se dejaron deslumbrar por los suyos, intensamente azules.

De pronto los labios de su boca, generosos, sensuales, de un delicioso color cereza, se movieron y soltaron palabras con igual naturalidad que si ambos nos conociéramos de antes:

—¡Hola! Perdona. Soy nueva aquí. ¿Qué tapas me recomiendas? —delatando su acento latino.

Sentí en el pecho ese dulce cosquilleo que me produce la emoción cuando éste así lo quiere.

—Harás bien confiando en mí —le aseguré, mostrándome simpático—. Poseo un paladar exquisito. Vamos, que sin falsa modestia, muy pocos encontrarás me lo superen.

A continuación, mientras me escuchaba atenta, jugando sus bonitas manos con su abundante, rizada cabellera azabache, le asesoré sobre las tapas que más podrían gustarle de pescado, de carne o de productos vegetarianos. Ella me aseguró que le gustaba todo, que su paladar no practicaba el rechazo, así que cuando nos atendió el camarero pedí para dos personas: boquerones en vinagre, navajas a la plancha, brochetas de cerdo, croquetas de pollo y samfaina. Marchó el empleado a prepararlo todo y yo le comuniqué a mi hermosa desconocida:

—Si con todo lo escogido por mí no te sientes saciada, hay varios cientos de tapas más que podemos pedir.

—¡Que loco! Con eso bastará para ponernos como toneles, mi lindo —jocosa también, su aterciopelada, cadenciosa voz.

—Ya veremos. Permite que sea indiscreto y te pregunte de qué país eres.

Movió ella de un modo gracioso, en sentido negativo su índice y respondió:

—¡Ah, no! No te lo pienso decir. Me apasiona el misterio.

—¿Y tu nombre?

—Tampoco te lo pienso decir. Llámame como quieras. Bautízame.

Le seguí el juego.

—Te llamaré Pasión, ¿te parece?

—Me gusta. Me gusta mucho. Yo te llamaré Conde. Por haberte conocido en la Ciudad Condal.

Celebramos nuestro rebautizo con una risa alegre, contagiosa. Y yo, que tengo la hoguera de la ilusión fácil de prender, alimenté la posibilidad de un final de noche ardiente.

El camarero comenzó a colocar bandejitas delante de la parte de mostrador que ocupábamos la embelesadora extranjera y yo, junto con un par de copas.

Ella, Pasión, iba vestida con una falda negra, lisa; un jersey blanco de cuello de cisne y una chaqueta de cuero color lila, con sobrados méritos para figuran en Vogue. La chaqueta la llevaba abierta permitiendo que la ajustada prenda que lucía debajo de la misma marcase provocadores los elevados, agresivos senos en los que mi vista se quedaba pegada igual que se pegan las polillas viciosas en los cartoncitos que suele poner mi madre en su cocina, allá en la casa de campo donde vive con mi padre.

Además de disfrutar de la suculenta comida, Pasión y yo conversamos. Conversamos sobre cosas superficiales, pues cada vez que intenté saber algo personal sobre ella se salió por la tangente con encantadora ironía:

—¡Ah, no, mi Conde! ¡Qué vaina! Si contestara a lo que me has preguntado, sabrías de mí tanto como sé yo. Y eso no. De ninguna manera. No seas indiscreto. No hagamos preguntas personales. Borremos el pasado y vivamos solo el presente. ¿Te interesa?

—Perfecto. La historia de nuestra vida comienza ahora —acepté sin dudarlo.

Confieso, sin quedarme la menor duda de ello, que esta mujer me cautivó plena y rápidamente. Pasión era mujer nacida para seducir. Me mantenía todo el tiempo fascinado con el brillo de sus ojos indescifrables, el parpadeo de sus largas y curvas pestañas, los sensuales movimientos de toda su voluptuosa arquitectura y las sonrisas de sus labios carnosos, paradisiacos.

Demostramos nuestro excelente apetito dando buena cuenta de todas las exquisiteces que nos habían servido.

—Perdona. Debo ir un momento al baño —decidió soltando en el plato la servilleta con que terminaba de limpiar su pulposa boca.

—Esperaré impaciente tu regreso, Pasión.

Me envolvió un momento con su penetrante mirada y amenazó su voz algo ahogada por el regocijo:

Lechúo, como te vayas, te mato. Ten cuidado.

La seguí con mirada lasciva el poco trecho que me permitió la abigarrada clientela. Disfruté con la cadencia sinuosa de sus nalgas supremas, excitantes, provocadoras. Tardó varios minutos en regresar. Acostumbrado a las maldades de muchas personas encontradas a lo largo de mi existencia, cruzó mi mente la posibilidad de que se hubiese largado dejando pagase yo la cuenta. No me importó. Soy un economista aficionado de los que sostiene que, si en vez de almacenar tanto dinero unos pocos, lo hiciésemos rodar todos, el bienestar mundial se habría establecido ya. Llamé al camarero y le aboné lo que habíamos consumido ambos.

Minutos más tarde apareció ella de nuevo junto a mí. Me regaló de inicio una de sus mareantes sonrisas. Le brillaban los labios con un toque de carmín nuevo y su perfume embriagador me llegó con mayor intensidad. El bolso que había mantenido todo el tiempo cogido entre el hombro y la axila, lo llevaba ahora colgado de la mano. Por la forma de sujetarlo me dio la impresión de que dentro llevaba algo pesado. Sentí curiosidad por saber qué podía ser, pero ella no me lo habría dicho de habérselo preguntado.

Realizó un gesto con su mano libre para llamar la atención del camarero que nos había atendido. Éste acudió enseguida junto a ella. La había mirado anteriormente varias veces con gusto bobalicón, y debía desear repetir el placer visual. Yo me mantuve a la espera de su reacción.

—¿Qué le debemos, joven, por el daño que hicimos aquí? —quiso saber.

El empleado me señaló con un dedo estirado y le informó:

—El caballero ya ha pagado.

—Gracias, caballero —ella con reconocimiento y, a continuación, añadió lo que yo más deseaba oír en aquel momento—: ¿Dónde podríamos ir ahora a pasarlo bien?

—¿Te gusta el jazz? —presuroso.

—¡Me enamora! —con entusiasmo.

—Tan cerca de aquí, que podemos ir andando, tenemos Jamboree, el mejor club de jazz del mundo entero. En sus sótanos han actuado estrellas tan importantes como Bill Colleman, Chet Baker, Dexter Gordon y muchísimos más.

—¿Cómo es ese nombre tan raro que has dicho?

Se lo repetí y quiso saber si tenía algún significado en catalán.

—Jamboree, significa en zulú: reunión de tribus.

¡Me cuadra! Vamos —decidió colgándose de mi brazo.

Saltó de gozo mi impresionable corazón. Salimos a la calle y nos mezclamos con la gente ávida de diversión. Me sentí ufano de la impresionante compañía femenina que llevaba. Y me envaneció observar fogonazos de miradas de admiración para ella y de envidia para mí.

En el momento que nos detuvimos junto a la fuente de las Tres Gracias rodeada de personas que la gozaban visualmente y le hacían fotos, Pasión se volvió hacia mí y leí en su mirada lo que, desde hacía muchos momentos, yo más deseaba en el mundo: permiso para besarla.

Coloqué mi cuerpo en la mejor postura para hacerlo, cerré suavemente mis manos en sus hombros e inclinándome hacia ella busqué recortar la distancia que separaba mis labios de los labios suyos, encontrándomelos a mitad de camino que es la mejor manera de acortar distancias. Y partir de aquel momento nos devoramos a caricias. Caricias que, demostrando ser yo más insaciable, detuvo ella advirtiéndome, no obstante estar complacida:

—No gastemos nuestra fortuna de una sola vez. Guardemos parte para luego.

Este “para luego”, me hizo creer que, para los adultos, también pueden existir los cuentos de hadas.

La más famosa sala de jazz de Barcelona la encontramos abarrotada de gente. Este local con su iluminación discreta, íntima, acogedora, sus techos curvados y el escenario con el nombre Jamboree en letras negras sobre fondo rojo favorece, al entrar en él, la sensación de haber penetrado en otro mundo, un mundo misterioso, mágico. A Pasión le encantó este lugar. Le dije muy satisfecho por cómo estaba reaccionando:

Pasión, cincuenta años de historia nos dan la bienvenida.

—Vamos a rumbear, Conde —tirando de mí.

El ritmo que sonaba en aquel momento era trepidante, ideal para lucirse realizando acrobacias, como las que estaban haciendo algunos de los presentes. Pero la sicalíptica intención de mi acompañante no era la de demostrarme la flexibilidad, el contorsionismo y el frénico ritmo que era capaz de practicar. Era muy otra y me lo demostró enseguida. Colocó sus brazos alrededor de mi cuello y unió su cuerpo al mío, dejándolo tan unido que no habría podido pasar un papel de fumar entre su vientre y el mío, entre su pubis y el mío. Con los zapatos de altos tacones que lucía, Pasión igualaba su estatura a la mía.

Disfruté su cálido, perfumado aliento en mi cuello. Se me cerraron los ojos y multipliqué la sensibilidad del resto de mis sentidos. Acaricié con ambas manos su espalda; la sentí estremecerse, contonear su cuerpo de placer, especialmente cuando mi poderosa exaltación se aplastó contra su bajo vientre. Y ambos entramos en ese estado de total obnubilación que deja a dos personas encerradas dentro de un círculo mágico.

—Mi Conde, estás ardiendo. Hay un infierno de pasión dentro de ti —susurró junto a mi oído.

—Creo que estamos ardiendo juntos. Oye, tengo un apartamento, que no es el palacio de Versalles que tú mereces, pero en el que haré, si me acompañas, que te sientas una auténtica reina.

—¡Pura vida! Disfrutemos un rato más del preámbulo. ¿Te gusto? —deliciosamente coqueta.

—Me enloqueces. Moriría por ti, Pasión —con arrebato por las voluptuosas sensaciones del momento.

—No menciones a la muerte, mi Conde, que trae mala suerte.

Hubo algo en su melosa voz que me provocó un estremecimiento. Nos dimos una pausa para beber. Bailamos más y nos besamos menos porque ella me dijo que en aquellos momentos prefería escuchar la música y gozar el estrecho contacto de nuestros cuerpos. En ese momento pensé que la había cagado y que pronto mi noche terminaría enfriándose.

Continuamos bailando juntos, pegaditos. No sabía cómo acabaría la noche, pero disfrutaría al máximo lo que quedara de este ardiente contacto. Para mi sorpresa Pasión decidió:

—Si tú quieres, mi Conde, podríamos ir ahorita a ver qué limpio está ese apartamentito que tienes —bromeó.

—Mi apartamentito no está para ganar un concurso de limpieza, pero tampoco tendremos que entrar en él con un traje de protección.

Mi comentario le soltó la risa, una risa que sonaba gozoso gorjeo. Llegamos junto a mi baqueteado utilitario, le entró risa al verlo y fue divertidísima su exclamación:

—¡Oh, mi Conde, es divino! ¡Tan viejito!

—Es el coche de mi chófer. Me pidió mi Rolls-Royce para salir con su novia y se lo presté. Soy buena gente.

Se rio más fuerte y para embrujo mío, me besó de pronto en la boca. Acto seguido abrió la portezuela y ocupó el asiento vecino al del conductor. Sentándome junto a ella busqué con los míos sus labios de almizcle y nos besamos hasta quedar sin aliento. Enardecido, llené mis manos con sus pechos. Duros, turgentes, sensibles. Cuando nos separamos leí placer en el intenso azul de sus ojos. Sin embargo me frenó cuando iba a besarla de nuevo:

—No gastemos todas las municiones ahora, mi amor. Nos queda toda la noche por delante.

Aquellos “mi amor y toda la noche por delante” suyos, destilaba miel y mil lujuriosas promesas. Significó para mí un heroico esfuerzo vencer la tentación de estar más pendiente de ella que del tráfico intensísimo del que formaba parte.

No tardó Pasión en apoyar su cabeza en mi hombro y cerrar los ojos. Tuve la impresión de que se había dormido. Se me hizo interminable el recorrido. La fragancia de su abundante cabellera deleitaba mi olfato. El calor de su cuerpo parecía atravesar los tejidos que nos envolvían y penetrarme por todos los poros de mi piel. Mi mente, exaltada, gozaba imaginando todo el placer que podríamos experimentar muy pronto.

—Hemos llegado, Bella Durmiente —le avisé cuando aparqué el vehículo cerca de la entrada del edificio donde estaba ubicada mi humilde vivienda.

Ella abandonó mi hombro y sacudió la cabeza. Mechones de sus negros, sedosos cabellos me azotaron suavemente la cara.

—He soñado con un oasis… —dijo somnolienta.

—¿Un oasis vacío?

—Sí, aparte de nosotros dos no había nadie más.

Bajamos del coche riendo. Hacía frío. Pasión me obligó a acelerar el paso. Dentro del ascensor se abrazó a mí entregándome todo el perezoso peso de su exuberante cuerpo. Estaba realizando conmigo un juego erótico, excitante, que la divertía.

—¿Tienes alguna cama en tu apartamento, mi Conde?

—Tengo una cama lo bastante grande para que quepamos de sobra los dos sin caernos.

Una vez dentro de mi dormitorio, orgullosa de su extraordinaria belleza, Pasión me pidió mantener todas las luces encendidas, las de la lámpara del techo y de las mesitas de noche.

—Adán y Eva nunca hacían el amor en la oscuridad. Le tenían miedito —enigmática.

Al dejar caer su bolso junto a la mesita de noche aprecié hacía un ruido sordo. No le presté en aquel momento la menor atención. Nos estábamos quitando la ropa con esa ardorosa urgencia que estimula el deseo desbocado. Su cuerpo desnudo poseía la figura de mujer que consideraron perfecta los grandes, geniales, prodigiosos escultores de la antigüedad.

Y una vez libres de toda envoltura civilizada y tras ponerme protección, compartimos una serie de batallas amorosas con victorias y desfallecimientos de placer supremo, permutando posiciones, unas veces situado uno encima y, otras, situado debajo, que nos agotaron las enormes existencias sexuales con que ambos contábamos. Hablamos poco, porque cuando son los sentimientos y los sentidos los que gobiernan, las palabras se vuelven innecesarias, incluso inútiles.

Fue tanto nuestro esfuerzo que acabamos rendidos y a ambos nos venció el sueño.

Desperté a media mañana. Pasión no estaba más a mi lado. Salté de la cama y recorrí mi apartamento. Aturdido todavía, imaginé por un momento la posibilidad de que ella hubiese sido un sueño. Cogí la almohada. Estaba impregnada de su perfume y las arrugadas ropas de la cama mostraban evidentes huellas del festín carnal que nos habíamos dado.

Pasión había sido una realidad, una maravillosa realidad. Mi enamoradizo corazón me dio un pinchazo. También él estaba convencido de que no volvería a verla nunca más. Que así lo había dispuesto ella. Yo no conocía su nombre ni su nacionalidad ni a qué se dedicaba. Lo que sí conocía como cierto era que jamás la olvidaría. Al igual que me ocurría y me ocurriría con otras mujeres que habían dejado y dejarían indeleble huella en mí.

Minutos más tarde reparé en una cosa que tardé poco tiempo en encontrarle una posible explicación: Ella había estado registrando cajones míos, aunque nada valioso se llevó de ellos, aparte quizás de información sobre mi persona.

CAPÍTULO  II

En el primer piso de un edificio antiguo situado en uno de los barrios viejos de la Ciudad Condal tengo ubicada mi pequeña agencia. Mide en su totalidad unos veinte metros cuadrados. Cuento dentro de ella con media docena de baqueteados muebles, adquiridos de segunda mano con los pocos ahorros que conseguí trabajando de profesor de karate durante varios meses, ocupación a la que me dediqué nada más abandonar la universidad antes de terminar la carrera de Derecho, causándoles una enorme decepción a mis sacrificados padres que soñaban con verme convertido en un importante abogado.

A la entrada tengo un felpudo rectangular con desteñidas amapolas impresas, para restregar los zapatos mojados en época de lluvias. Algunos centímetros más allá del felpudo se encuentra la puerta provista de cristales opacos. Uno de ellos, situado en el centro, lleva escrito, en artísticas letras doradas, Diego Egara, detective privado (mi nombre y mi profesión).

En el interior del local, casi pegado a la ya mencionada puerta, ofrece su cilíndrica boca un paragüero de plásticos de color marfil con figuritas en relieve de cisnes, cuyo habitual y fiel ocupante es un grande y viejo paraguas negro que heredé de mi abuelo Silvino. Al lado del mismo, monta guardia la esperpéntica figura de un perchero antiguo. Es de madera y posee cuatro colgadores que, por la forma que tienen, un hambriento, podría confundir con champiñones.

Arrimado a la pared izquierda, según se entra, un destartalado sofá de dos plazas mantiene su estabilidad apoyándose contra ella. En la pared del fondo, para que los vea bien quien entre, está mi mesa escritorio con cuña debajo de una de sus patas para quitarle su afición al baile. Detrás de esa mesa, mi silla giratoria con tendencia a chirriar cuando no le gusta alguna de las posturas que adopta mi cuerpo. Y situados frente a mi protestona silla, separados por la mesa, cuento con dos gimientes sillones destinados a los traseros de mis visitantes.

Al lado derecho de mi silla se encuentra el archivo metálico que me regaló mi cuñado Sergi, cambiando, en mala hora, su buena idea inicial de tirarlo a la basura. Lo acepté para no disgustarle. Este archivo retro no lo he usado ni lo usaré nunca, y para lo único que sirve es de vivienda a varias familias de arañas y a sus repetitivas y jamás innovadas construcciones.

Repartidos en lo alto de mi mesa-escritorio de barniz empobrecido, conviven, pacíficas, dos guías de teléfono, una montaña de facturas caducadas, un ordenador antiguo, portátil, que no siempre demuestra deseos de funcionar, y un teléfono rojo estilo Hollywood años cincuenta que adquirí en el Mercat del Encants un día que unos pocos euros me quemaban el bolsillo y me deshice de ellos.

En cuanto a las paredes, pintadas de un desvaído color azul, comparten espacio con la autorización enmarcada para ejercer la profesión que, llevado de mi espíritu curioso y aventurero escogí, y uno de esos planos de la ciudad que la oficina de turismo regala a los visitantes de Barcelona para que no se pierdan en el entramado de sus innumerables calles y para que puedan además encontrar todas las maravillas históricas, arquitectónicas y ajardinadas que atesora la capital de Cataluña.

En el centro de la pared que, una vez yo reposadas las sentaderas en mi silla queda detrás de mí, tengo la graciosa cara del payaso que pintó, me maravilló y me obsequió, siendo yo todavía un niño, mi asentada hermana Gloria.

Y justo debajo de este cuadrito cuelga un macramé con maceta dentro regalo de mi buena madre cuando yo comencé con esta actividad que ella y el resto de mi familia desaprueban absolutamente por considerarla ruinosa, degradante y casi indecorosa. El geranio que habitaba la mencionada maceta pasó a mejor vida por lo mal que llevaba el pasar sed, deceso que nunca le he comunicado a la bondadosa persona que me dio la vida, para evitar disgustarla.

Mi padre contribuyó, al comienzo de esta desaprobada actividad nueva mía, con una pistola de fogueo que tengo en el cajón de mi mesa junto a un revólver de verdad, cuya existencia ignoran todos los que me quieren bien, porque se lo oculto para que no sufran por mi causa. En esto hago caso a ese demodé dicho: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

El lunes había estrenado una nueva mañana y semana. Yo había madrugado y corrido un buen rato por el Paseo Marítimo a pesar de haberme acostado tarde. Me había acostado tarde porque la noche anterior, deambulé como alma en pena por la Plaza Real y alrededores, buscando tener la suerte de encontrarme de nuevo con Pasión y, de consentirlo ella, volviéramos a darnos otro atracón de sexo y placer como el disfrutado la noche-madrugada anterior. Sufrí con ella adicción, y los adictos necesitan continuas dosis de la droga que los mantiene calmados.

No encontré a aquella extraordinaria hembra y tuve que acostarme echándola muchísimo de menos. Es lo que tiene enviciarse con algo bueno en extremo, que uno no se conforma a pasarse sin ello.

Después de duchado y vestido de limpio, me comí un pa amb tomaquet que me preparé yo mismo en la cocina de mi apartamentito, y me fui directo a mi agencia. Llegado a ella, el tiempo que me acordaba de Pasión se me subía el ánimo, cuando se me debilitaba su recuerdo se adueñaban de mí el aburrimiento y el pesimismo.

Me reproché mil veces no haberle sacado con mi móvil una foto que me ayudase a verla con mis ojos físicos además de con los ojos de los recuerdos.

No considero ser un buen analista de sentimientos y posiblemente ni siquiera mediocre. Me falta adquirir mucha mayor madurez, experiencia y deseos de penetrar en mis arcanos secretos, pero si lo que yo sentía por la desaparecida Pasión no era enamoramiento, podía parecérsele tanto como una gota de agua de lluvia a otra.

No es la primera vez que experimento esa fijación, esa obsesión que consiste en pensar todo el tiempo en una persona, en los momentos de inmenso goce compartidos con ella y soltar suspiros hondos provocados por la dolosa sensación de que necesitas volver a vivir lo que ya no está más a tu alcance.

Llevaba varios minutos intentando, con la ayuda de un lápiz, dibujar en mi bloc de notas el rostro de Pasión, sufriendo la frustrante realidad de que no poseo, ni de lejos, las dotes de genial dibujante que atesora mi buen amigo Gori.

Habían transcurrido cinco días desde mi último trabajo, un caso de adulterio. Mi cliente, un pobre tipo dengoso, tan poco agraciado, que lo realmente extraordinario habría sido que no le metiese cuernos su consorte.

Gracias a las pruebas que le aporté —fotográficas y conversaciones grabadas—, los dos desavenidos cónyuges habían iniciado los trámites del divorcio. Ella, que en materia de encantos físicos también podía ahorrarse el esfuerzo de darle gracias al Señor, deseaba su libertad para irse a vivir con una prima a la que le unía un amor lésbico desde la pubertad, y él, para emprender una nueva vida con un repartidor de gas butano que le descubrió lo equivocado que, en lo concerniente al gozo sexual, había estado hasta conocerle a él.

Rompió mi intento artístico el sonido anticuado de mi teléfono fijo de los años sesenta. La voz que me llegó a través del hilo telefónico fue la del comisario Alvarado, amigo de toda la vida de mi padre y, de rebote amigo mío, al que debo tantos favores que ni siquiera con una gran voluntad de pagárselos, podría hacerlo.

—Diego, ¿te has enterado de que esta mañana, a las nueve han asesinado al juez Norberto Torres? —me soltó de sopetón.

—¡Joder! ¡La primera noticia que tengo! —exclamé sorprendido, pues este magistrado era muy famoso a nivel nacional—. He estado corriendo por el Paseo Marítimo y todavía no he puesto la radio hoy.

—No te llamo principalmente para darte esta trágica noticia, sino porque en un bolsillo del asesinado hemos encontrado una de tus tarjetas. ¿Estuvo consultándote algo?

—En absoluto —sorprendido por la muerte del personaje y por la circunstancia de que tuviera una tarjeta mía en su poder—. Nunca he visto en persona a ese juez. Si le han encontrado una tarjeta mía habrá sido porque se la daría alguien o la cogería él de alguna parte. Sabe, señor Juan, que reparto algunas por restaurantes y recepciones de hoteles que tienen la amabilidad de ponerlas al alcance de sus clientes. En los tiempos que corremos lo que no se promociona, no se vende. ¿Cómo le mataron? —curioso.

—Le pegaron dos tiros en la nuca. Los de la científica han identificado ya el arma: una parabellum 8 mm. Ahora mismo están los grafólogos liados con lo que lleva escrito esa tarjeta tuya.

—¿Y qué lleva escrito, señor Juan?

Me lo dijo de memoria:

—Lleva escrito: “Gracias por una noche inolvidable, mi Conde”. Y encima de una línea, como si fuera la rúbrica: Pasión.

Tuve suerte de que al veterano policía no le tenía cerca pues le habría asombrado e intrigado extraordinariamente el gran salto que di en mi asiento. Él interpretó mi silencio como estado de reflexión, pues se despidió de mí:

—Te dejo, Diego. Mi teléfono está que echa humo. Entre unos y otros me están amargando la vida. Mis jefes me reclaman detenciones inmediatas y, de momento, no tenemos sospechoso alguno.

—Lo siento… —logré balbucir.

Cortó él la comunicación. Yo había quedado boquiabierto, pasmado. Permanecí un tiempo como paralizado física y mentalmente. Luego, poco a poco, dentro de mi cabeza se produjo una reactivación abrumadora. De mi cerebro, hiperactivo de golpe, brotaron ideas, suposiciones y conjeturas, con la velocidad de una tormenta de rayos. ¡Me asusté! Mi mente especulativa comenzó a juntar detalles que en el pasado muy reciente no tomé en cuenta. Fui encajando piezas de un terrible, impactante puzle.

La nota que me había leído el comisario Alvarado ¿había sido colocada en el bolsillo del occiso con la intención de que, a través de las noticias o de la policía, llegase a mí? “Gracias por una noche inolvidable, mi Conde”. Conde había sido el nombre con que la ardiente desconocida que me había regalado una delirante noche de sexo, me había rebautizado. Y su firma: Pasión, el nombre que a ella le había dado yo. Realicé algo dificilísimo para mí en aquellos instantes: arrinconé lo vivido con ella y lo sentido. Puse a trabajar, intensamente mis dotes de investigador. Posibilidades que podían ser realidades. El peso que yo había notado llevaba Pasión dentro de su bolso podía ser la parabellum 8 mm, y haber salido de ella las dos balas que terminaron con la vida del prestigioso juez Norberto Torres. El golpe sordo que había escuchado cuando ella dejó caer su bolso junto a mi mesita de noche pudo haberlo producido un arma. El haber notado yo, después de su desaparición, que ella había estado registrando mis cajones podía significar que se había hecho con una de mis tarjetas, la que después había escrito lo que claramente apuntaba era un mensaje para mí. Un mensaje adulador.

Aceptando como verosímil todo lo anterior, aquella seductora mujer era una asesina. Una asesina que había matado a sangre fría a un hombre. Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo. En mi fuero interno yo consideré que esa era la horrible verdad. ¡Pasión era una asesina! La mujer que había tenido en mi cama y con la que había vivido las mayores explosiones de placer conocidas por mí hasta entonces, era una asesina profesional.

Pretendí encontrar una posible justificación a su crimen. ¿Venganza quizás? ¿Había condenado el prestigioso jurisprudente a una persona que ella amaba con toda su alma? ¿Dónde se hallaba ahora? ¿Volando hacia un país hispanoamericano, lejos de la justicia española, después de haber causado una alevosa muerte que posiblemente quedaría impune? Un sentimiento de culpabilidad se había despertado en mí porque no tenía prueba alguna de que ella realmente había cometido el crimen que yo sospechaba. Nunca hablaría a nadie de ella ni tampoco de la hipótesis que había elaborado.

No analicé a fondo mi decisión, ya dije con anterioridad, que no sirvo para hacerlo. Llevaba un rato sumido en un decaimiento total cuando se abrió con brusquedad la puerta de la entrada y tres hombres desconocidos para mí la cruzaron.

Quité rápido mis pies descansados en lo alto de la mesa, y les di aterrizaje en el suelo que, otro día más había vuelto a olvidar darle una pasada de fregona. Dos de los tipos recién llegados eran altos y anchos como armarios de doble puerta. Llevaban la cabeza rapada por completo y daba miedo la cara de malos chicos que tenían. El tercer individuo, al que los otros dos concedieron tomara la delantera, era larguirucho de cuerpo y tan poco agraciado de rostro que, en un concurso de feos, el jurado no habría tenido que retirarse a deliberar para concederle inmediatamente el primer premio. Poseía una frente enorme que tenía forma de calabaza, un caracol gigante por nariz y montadas encima de este exagerado órgano olfativo unas grandes gafas detrás de cuyos cristales se cobijaban dos enormes ojos de búho estrábico. Su mentón era como una patata deformada y mantenían sus finos labios una posición notoriamente oblicua.

Usando un lenguaje popular: ¡El tío era feo de cojones! Vestía un traje Armani al que, por lo desgarbado de su físico, ningún lucimiento le sacaba. Juzgando las buenas ropas que llevaba y los dos gorilas que iban con él, evidentemente se trataba de un tipo rico. Un par de días más tarde, sabría por boca del comisario Alvarado, que era también un hombre peligroso.

Fue el único de los tres que respondió a mis amables y sorprendidos buenos días, con una voz ronca, profunda y desagradable, que me hizo pensar muy poco habría perdido el mundo de los sonidos si él hubiese nacido mudo. Sin esperar indicación alguna por mi parte, tomó asiento en uno de mis deslucidos sillones quedando frente a mí.

Sus dos fornidos acompañantes se quedaron de pie junto a la puerta, los poderosos brazos cruzados y una adusta expresión en sus graníticos semblantes. El adefesio colocó en lo alto de mi escritorio el maletín de mano que traía. Era de piel de serpiente. Hubiera jurado yo, por su dibujo, debió pertenecer a una pitón que cometió el error de no esconderse a tiempo de un despiadado cazador.

Ni este posible cliente ni quienes venían con él predisponían al sosiego y la tranquilidad. ¡Menuda mañana llevaba!

—Usted dirá en qué puedo ayudarle, caballero —ofrecí forzando una sonrisa comercial.

—Ejem… se trata de un asunto algo complicado —se destapó él.

—Adelante. Los asuntos complicados son mi especialidad.

Mi sombrío visitante carraspeó abriendo mucho su boca y, al hacerlo, descubrí que, para no desentonar del resto de su desafortunado conjunto facial, poseía unos dientes amontonados de cualquier manera y que, hasta los más afamados dentistas del Hollywood, los que atienden a las estrellas cinematográficas, dudo consiguieran ordenarlos.

—Quiero que me ayude a encontrar a una chica —dijo tras una breve pausa que aprovecharon sus enormes, fríos y escalofriantes ojos para registrar a fondo los míos—. Me he enamorado perdidamente de ella, y deseo hacerla mi esposa.

—¡Ah, el amor! Un sentimiento maravilloso, eterno. ¿Qué le ha ocurrido con esa chica? ¿Ha huido de usted? ¿Ha cambiado de identidad? —considerando, debido a su extrema fealdad, factible cualquiera de estas posibilidades.

—No ha huido de mí. Esta divina criatura todavía desconoce mi existencia —. Abrió su magnífico maletín y, de su interior, sacó la lámina de un calendario que colocó al alcance de mi vista. En ella había impresa la fotografía de una mujer joven y guapa, a la que con un bolígrafo negro le habían pintado algo parecido a un traje de traje de baño de principios del siglo XX que la cubría desde el cuello hasta más abajo de las rodillas—. Necesito que encuentre para mí a esta hermosísima muchacha. Le pagaré bien por ello.

En la parte inferior de la impresión ponía: Materiales de fontanería Parquiteca.

—Caballero, haré lo imposible por encontrarla. ¿Puedo saber más cosas sobre ella? —le pedí.

—Verá, hace tres días llevé uno de mis coches, un Rolls-Royce plateado, a un garaje para que le repararan un mal funcionamiento en las luces. Iba a marcharme de allí cuando me fijé en la fotografía de esta maravillosa joven colgada de la pared. Y me sucedió lo más extraordinaria que me ha sucedido jamás. Sentí, viéndola, como si dentro de mi pecho, en vez del corazón de siempre, tuviera un tarrito de miel derramando su contenido. No se le ocurra reírse de mí porque lo lamentará —amenazó al advertir el asombro que su cursilería me había provocado.

—Jamás me río de nadie —me apresuré a afirmar—. Lo que le ocurrió a usted se llama, desde tiempo inmemorial: un fulminante flechazo. No es nada nuevo.

—En efecto —sus ojos lechuzos escrutándome con un brillo peligroso.

—Supongo que usted ha llamado a Materiales de fontanería Parquiteca por si podían ponerle en contacto con ella —tirando de lógica.

—Cierto. Llamé y me dijeron que habían comprado, para regalar a sus clientes, un determinado número de estos calendarios a Gráficas Solpocho.

—Y usted habrá llamado también a Gráficas Solpocho, imagino.

—Claro. Pero resulta que las fotos las compraron a un fotógrafo desconocido y no se preocuparon, los muy imbéciles, de preguntarle su nombre o su dirección. Así que quiero que usted se encargue de localizar a ese fotógrafo y averiguar por medio de él dónde puedo encontrar a esta divina criatura a la que propondré matrimonio. Poseo una saneada fortuna, algo que la mayoría de las mujeres encuentran mucho más atractivo que mi físico que, yo mismo reconozco, no es ninguna cosa del otro jueves —magnánimo a más no poder con su persona.

—Acepto su encargo, y pondré todo mi empeñó en encontrar a su futura esposa. ¿Puedo saber cómo se llama usted?

—¿Es necesario que se lo diga? —dubitativo, desconfiado.

—Preferiría, cuando necesite hablar con usted, llamarle por su nombre y no llamarle míster X. Esto último me parecería una absoluta falta de respeto —astuto.

Se lo pensó durante un buen puñado de segundos. Me tasó con mirada despectiva y finalmente con evidente contrariedad dijo:

—Me llamo Rufino Canales.

El nombre lo asocié al instante con la famosa empresa de electrodomésticos Canales, que la televisión publicita con agobiante machaconería durante las pausas de los programas de máxima audiencia y que venden la mayoría de tiendas de la especialidad y grandes superficies comerciales. Consideré conveniente no preguntárselo, pero tuve el propósito de averiguarlo en cuanto se marcharan él y los dos gorilas que lo escoltaban.

—Señor Canales, la investigación que tendré que llevar a cabo será ardua —le avisé defendiendo mis intereses económicos—. Nada sabemos sobre esa adorable chica. Tendré que preguntar por ella a todos los fotógrafos acreditados de nuestra ciudad, que son multitud. Esto me llevará muchas horas de trabajo y muchos desplazamientos. Y si entre los acreditados no doy con el fotógrafo que hizo esa foto, tendré que buscar entre los fotógrafos de poca monta, que pueden ser incluso mayor cantidad, y esperemos que esta agraciada señorita no sea una modelo extranjera porque entonces tendríamos que contactar a detectives de otros países.

—¡Mierda! —estalló indignado—. ¿Cuánto tiempo considera que necesitará para encontrar a mi futura esposa? —impaciente.

—Imposible calcularlo, caballero. Partimos de cero, compréndalo.

—¿Tengo que adelantarle algo? No sé cómo funcionan estas cosas. Nunca antes he requerido los servicios de investigadores privados.

—Bueno, para empezar, podría adelantarme los honorarios de una semana —propuse—. No creo que pueda tardar menos tiempo en resolver el dificilísimo asunto que me ha traído.

—¿De qué cantidad estamos hablando?

Puedo avergonzarme de casi todas las malas notas escolares y universitarias que coseché durante mis años de estudiante, exceptuando las matemáticas en las que destaqué siempre sacando sobresalientes. Así que, sin necesitar calculadora alguna, le dije al instante la cifra que consideré adecuada para una persona de sus posibles.

Estudiándome con cara de zorro feo, él manifestó:

—Es una cantidad considerable diría yo por no hacer otra cosa que preguntar por ahí.

—No lo crea así. En gasolina y zapatos se me ira la mitad de ese dinero, o más. Luego están los pequeños sobornos que puedo verme obligado a hacer. Es un asco, pero hoy en día impera el duro materialismo. Todo tiene precio. Nadie hace nada, por nada. El altruismo ha muerto.

Cuando le vi sacar del bolsillo interior de su impecable chaqueta el acordeón que formaban las numerosas tarjetas de crédito que llevaba metidas dentro de su cartera, me arrepentí de no haberle pedido el doble.

Le comuniqué que, lamentándolo en el alma, mi empresa no acepta dinero de plástico. Un gesto de disgusto torció un poco más su boca. Abrió entonces su billetera, sacó de ella dos “papiros” de quinientos euros y me los entregó.

Me acordé inmediatamente del Pluma, un carterista que conozco. Este amante de lo ajeno, de haberse tropezado en la calle con el señor Rufino Canales, habría muerto de felicidad aligerándolo del peso de su abultada cartera y recuperado su fe perdida en la bondad de Dios.

—Llámeme únicamente cuando tenga algo importante que comunicarme —me advirtió escribiendo dos números de teléfono sobre mi libretita de apuntes, en una hoja que no estaba el lamentable esbozo que sobre Pasión llevaba elaborado yo—. Estoy siempre muy, muy ocupado.

—Así lo haré, señor Canales. ¿Puede dejarme esta lámina de calendario? Necesitaré enseñarlo para que sepan, los interrogados por mí, a quién busco.

—Quédesela. Hice sacar varias copias. Pero cuando no la necesite más, devuélvamela. No quiero que ande vagando por ahí una fotografía de mi futura esposa —exigió.

—Así lo hare, descuide.

Imaginé que a las copias que había sacado, siendo para él, no las habría mutilado con rotulador negro pues yo me figuraba que la chica del calendario había posado desnuda.

Se marchó este tío feo de cojones, acompañado de los dos armarios humanos de su escolta. Quedé observando la ilustración de la chica que debía buscar. Era hermosa y, por la silueta que había quedado después de haber sido vestida con tinta, debía estar buenísima. Aparentaba unos veinticinco años. Mostraba una sonrisa forzada y creí detectar un brillo de codicia en sus grandes ojos negros. Aventuré que quizás no le importase la fealdad de Rufino Canales, y sí su dinero.

—Poco puedes figurarte, tía, el gran vuelco que puede dar tu vida si te encuentro. Nada menos que tener la oportunidad de casarte con un millonario.