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SOLA (relato corto)

By Andres | Enero 31, 2010

SOLA

Salvavidas los sueños son / que en el mar de la desesperación / a flote mantienen / a aquéllos que todavía los tienen, decía uno de sus poemas favoritos. También María Muñoz se mantenía a flote dentro del mar de su desesperación: soñando. Especialmente despierta. En estos sueños suyos podía regalarse a sí misma todas las maravillas que la avarienta y cruda realidad le negaba. La magia de lo onírico le permitía convertirse en protagonista de hermosas historias de amor, en heroína salvadora de vidas humanas, en madre luchadora que con mil sacrificios conseguía sacar adelante a sus queridos hijos, etc.

María pertenecía al numeroso grupo de mujeres privadas por la naturaleza de esos encantos físicos que las hacen atractivas y deseables a los ojos de los hombres.  El que fuera una persona honestísima, tuviera un corazón de oro, cocinara, cosiera de maravilla, fuera amable y considerada con todo el mundo, le servía únicamente para que sus compañeras de oficina se aprovecharan de sus muchos talentos pidiéndole les hiciese esto y lo otro -gratis, por supuesto-. <<Ay, María, pero qué manos tan divinas, tan privilegiadas te ha concedido Dios -la elogiaban luego, las muy hipócritas e interesadas-. Puedes sentirte inmensamente orgullosa de lo que vales, chica. Lo sabes hacer todo y, además, requetebién>>.

Por su escasa belleza exterior -pues la interior suya nadie se molestaba en intentar verla y valorarla-,  María no tenía éxito alguno con los hombres. Los pocos que se le acercaron querían sólo sexo y ella, demasiado romántica y desde su convicción moral: decente, no se entregó a ellos prefiriendo su soledad a ser para nadie durante un rato objeto de placer.

Su soltería la llevó sin excesivo pesar mientras le vivió la madre. Existía entre ellas dos un gran cariño y entendimiento. Iban juntas de tiendas, de excursión, cosían, lloraban y se conmovían con las películas sentimentales, con los seriales televisivos en que los buenos sentimientos triunfaban sobre los malos y los sacrificios y sufrimientos  realizados  por las personas bondadosas recibían merecida recompensa.

Pero tras larga y penosa enfermedad, la madre de María murió dejándola sin su entrañable compañía. Entonces fue cuando de verdad sintió el agobio de la tristeza y la soledad. Se echó una amiga, también mayor y soltera como ella. Congeniaban bastante, salían juntas al cine, acudían a las rebajas, a alguna que otra conferencia, etc. Pero la amistad duró poco tiempo; su amiga se arregló con un viudo y, en adelante, salió únicamente con él.

Un año más tarde, dos compañeras de trabajo pasaron una semana de vacaciones en Nepal, y regresaron de allí entusiasmadas.  Quisieron animar a María a que visitara aquel lejano y exótico país.

-Te encantaría si fueras -le aseguraron-. Es un país tan misterioso, tan  exótico y fascinante.

-Tendría que ir sola y me da miedo, chicas -manifestó María, sintiendo no obstante, en su interior, como un hormigueo de ilusión.

-No irías sola, mujer. Irías en compañía de un grupo de veintitantas personas. Y no tendrías que preocuparte de nada. La agencia se cuida de todo. Quien sabe si no conoces en ese viaje a algún viudo de buen ver, y la aventura termina en boda.

Esto último se lo dijeron a modo de burla, creyéndolo, en su fuero interno, algo imposible. ¿Quién iba a interesarse por una mujer feúcha, madurita e insignificante como ella?

Nada quisquillosa, María acompañó a las otras en sus risas. Estaba acostumbrada a soportar con paciencia y resignación las ironías y sarcasmos de que la hacían víctima.

El único lugar del extranjero que ella  conocía era Lourdes. Fue allí con su madre enferma, a pedirle ella dos a la Virgen un milagro que, desgraciadamente, no se produjo.

Cierta tarde, luego de muchos días de sopesar los pros y los contras, de mirar y remirar el folleto que le habían dado sus compañeras de  trabajo, María, nerviosísima, temiendo cometer la mayor temeridad de toda su vida, entró en una agencia de viajes y reservó el viaje de una semana a Nepal para primeros del mes siguiente en que la correspondía tomar sus vacaciones laborales.

Las compañeras que la habían empujado a ello le asesoraron sobre algunas cosas que consideraban muy importantes. No debía comprar souvenir ninguno por más de la cuarta parte de lo que le pidieran de entrada la plaga de vendedores ambulantes astutos y faltos de escrúpulos que pululaban por todas partes a la caza del turista. Y debía llevarse ropas que ya no le servían pues, a cambio de ellas, los vendedores le darían objetos de la artesanía suya.

El temor con que María inició aquel viaje se le disipó muy pronto. Un representante de la agencia recibió a todos los componentes del grupo en el aeropuerto acordado, les acompañó hasta el momento de partir y les garantizó encontrarían a su llegada a Katmandú un guía local que les atendería en todo: paso de aduana, traslado al hotel, excursiones, etc.

Componían el pequeño grupo de turistas varios matrimonios -casi todos ellos de mediana edad- y parejas de amigos. María era la única que iba sola, hecho que la marginó en cierta medida aunque los demás le dirigían la palabra de vez en cuando pero sin esforzarse en intimar mucho con ella. María no dejó que esto influyera para nada en su ánimo y se dedicó a disfrutar cada minuto de aquella nueva y apasionante experiencia.

Tras varias horas de vuelo aterrizaron en la capital de Nepal: Katmandú, con sus bellísimos y fastuosos palacios -algunos de ellos, lamentablemente,  en estado ruinoso-, sus bonitos jardines, su infernal caos circulatorio -un masificado revoltijo de transeúntes, vehículos, rickshaws, bueyes, vacas y cerdos buscando algo comestible entre los montones de basura hedionda, abandonada en plena vía pública -. Aquellas asombrosas  disparidades entre lujo y miseria dejaron a María perpleja y maravillada a la vez. ¡Qué insólito espectáculo el que se ofrecía a sus ojos curiosos, ávidos de experiencias nuevas!

El lujo del hotel donde les llevaron, contrastaba notoriamente con algunas imágenes de pobreza y suciedad que habían visto los turistas antes de llegar a él. Allí, en el bar del establecimiento hotelero, les sirvieron  un refresco de bienvenida elaborado con frutas exóticas. Mientras los turistas recién llegados se lo bebían, el guía les informó de todo lo que verían y harían los días siguientes, y a continuación les fue entregando las llaves de sus respectivas habitaciones para que pudieran retirarse a descansar.

A María le gustó su cuarto. Daba a la piscina. Nadie bañándose en ella. No tardó en oscurecer. Puso la televisión. Encontró varios canales que emitían programas en inglés  y en nepalí. Se decidió por uno que emitía un famoso musical norteamericano que ya había visto tiempo atrás. Le dio un repasó al programa de excursiones organizadas por la agencia, y al rato se acostó. Tardó un poco en conciliar el sueño debido a la excitación tan grande que la embargaba. Tuvo sueños agradables.

Al día siguiente por la mañana un autobús bastante antiguo llevó a los componentes del grupo a uno de los lugares más interesantes de la ciudad. Por dificultades de aparcamiento les hicieron bajarse unas calles antes del sitio escogido. Dipendra, el guía nativo, un hombre joven y simpático que hablaba un español más que aceptable, les advirtió risueño:

-Puede que sin querer pisen algún excremento de vaca. Para que sirva de tranquilidad a quien le suceda algo semejante, sepan ustedes que nosotros usamos aquí en Katmandú los excrementos que acabo de mencionar, como desinfectante y también como combustible. Y en algunos pueblos del interior del país los emplean también para pintar las fachadas de sus casas. Éstas quedan muy bonitas y… perfumadas.

Con esta última frase, dicha en tono humorístico, logró el guía local su objetivo de  hacer reír a quienes le acompañaban. Con una revista en su brazo alzado, para que todos pudieran verle, empezó a caminar por entre aquel laberinto de calles, vehículos, animales y personas. Todo el grupo le siguió igual que un rebaño de obedientes y mansos corderos.

Al llegar a Durbar Square los turistas encontraron un complejo de magníficos palacios, templos y patios construidos entre los siglos XII y XVIII. Dipendra  les dio media hora para que vieran todo aquello avisándoles de que entre las muchas cosas que les ofrecerían los engorrosos y tenaces vendedores callejeros se incluiría el hachís.

-Su venta está prohibida, pero teniendo en cuenta la pobreza existente en nuestro país, la policía no se muestra demasiado severa con los pequeños camellos, como ustedes los llaman, y hace más o menos la vista gorda.

Uno del grupo le preguntó al guía si eran homosexuales los muchachos del mismo sexo que, con mucha frecuencia, se veían pasar cogidos de la mano. Éste explicó que en Nepal no tenía aquel hecho el mismo significado que en occidente, y que era un habitual gesto de estrecha amistad.

Los turistas recorrieron, curiosos, más o menos interesados, los diferentes puestos donde los artesanos y vendedores locales tenían expuestas al público  sus obras de arte, muchas de las cuales eran auténticas maravillas.

María había pensado ya dar otro destino diferente a las ropas que traía en una bolsa. No las permutaría como le habían aconsejado sus compañeras. Armándose de valor retrocedió algunas calles y se enfrentó de nuevo con la miseria que unos momentos antes, mientras pasaban con el autobús, le había impresionado dolorosamente. En las calles marginales, gente sucísima y vestida con harapos aparecía tumbada en aceras y portales. Se acercó a los de aspecto más derrotado y les regaló las prendas de vestir que llevaba. Los nativos las recibieron con exagerados gestos de agradecimiento, dedicándole sonrisas que lucían blanquísimas en sus rostros cetrinos. María se sintió con ello plenamente recompensada. Y a continuación se apresuró a volver a Durbar Square.

El guía, luego de comprobar que no faltaba ninguno de los turistas a su cargo, a petición de uno de los de su grupo les enseñó el saludo nepalí juntando ambas manos en el centro del pecho y diciendo:

-Namaste pravi, kasto chha .

Acto seguido se dirigieron todos juntos al pequeño templo de la diosa viviente, un edificio de madera, tejas rojizas y con innumerables figuras de animales y dioses esculpidas en sus balconadas y aleros. Aquel lugar se había convertido en imán de turistas y también de los nativos que acudían allí a reverenciar y adorar a la diosa viviente.

El guía les explicó que la  actual  diosa  viviente  había  entrado  en el templo cuando contaba sólo cuatro años. La habían paseado ya convertida en Kumari por las calles de la capital en una prodigiosa carroza luciendo ropas muy brillantes de colores rojo y dorado. Había sido escogida entre otras muchas chiquillas porque no tenía en su cuerpo ni una sola cicatriz. Toda Kumari ha de ser perfecta y pertenecer a la casta budista Shakir, lo cual demostraba la gran tolerancia existente en materia religiosa por parte del Gobierno, pues el hinduismo es la religión oficial del reino nepalés. La muchacha es elegida por un comité religioso y sacada de su familia para pasar la mayor parte de su infancia en aquel templo dedicado a la deidad Kumari. Dos veces al año ella era el centro de atracción en una magnífica procesión que recorría la capital y las ciudades de Patan y Baktapur, toda su persona adornada con profusión de pesadas y valiosas joyas.

-Hasta el rey le hace reverencias cuando viene a visitarla -continuó explicando Dipendra-. Pero cuando llega la niña-diosa a su pubertad y tiene su primer periodo, se la devuelve a su familia, dejando su puesto de diosa a otra niña seleccionada. Generalmente las ropas que ha llevado se las regalan y recibe una pequeña paga simbólica. Le han enseñado a leer y a escribir, pero no a ganarse la vida. Por esta razón algunas de ellas lo pasan mal luego, pues echan mucho de menos su privilegiada posición y a la gente  que iba a adorarlas todos los días y ellas se asomaban un instante para que las vieran y admiraran…

Se interrumpió porque precisamente en aquel instante la niña-diosa mostró su rostro risueño por una de las elevadas ventanas y recibió los cariñosos aplausos de los presentes. Los visitantes extranjeros se apresuraron a poner en funcionamiento aparatos fotográficos y cámaras de vídeo.

Al salir de allí, un chiquillo de encantadora sonrisa y enormes ojos negros convenció a María para que le comprase un cuchillo gurkha. Aunque con dificultad los dos se entendieron en un inglés muy limitado y esforzada mímica. La noble mirada del muchacho conquistó a la solterona. Se interesó por él. Consiguió averiguar que tenía siete años, se llamaba Purush y vivía con otros chicos, huérfanos como él, en unas ruinas. Todos ellos vendían cosas para un  hombre  que les daba  una pequeña  comisión a cambio, y con ello sobrevivían. El guía vino a buscarla. Era hora de seguir su itinerario.

Marcharon caminando hasta Potter´s Square donde los diestros ceramistas moldeaban y ponían a secar sus cacharros de barro. El niño nepalí siguió junto a María hablando y gesticulando todo el tiempo con ella. Reían cuando sus esfuerzos se veían coronados con una mutua comprensión.

Cuando llegó la hora de volver el grupo al autobús, María le había dado dinero al muchachito nepalí y un par de besos que él le devolvió diciéndole que todas las mañanas estaba allí por si quería volverlo a ver. Aquel encuentro caló muy hondo en María. Apenas pudo apartar de su pensamiento a Purush y construyó sueños en los que ambos compartían una hermosa y tierna felicidad.

Las excursiones se sucedieron tal y como habían sido programadas. Fueron de madrugada a un mirador desde el que se dominaba la impresionante cadena de montañas más altas del mundo. Presenciaron los turistas el fabuloso espectáculo de la salida del sol por entre aquellos picos gigantescos, eternamente nevados donde destacaba sobre los demás, por muy poco, el famosísimo Everest. También visitaron Pashupatinath el Benarés del Nepal. Allí, un rito mortuorio con incineración de cadáver incluido puso lágrimas en los ojos de María al traer a su memoria el deceso de su querida y añorada madre.

Después, en días sucesivos, conocieron otros muchos lugares exóticos y bellos como Patan, Bhakta-pur, Pashupatinath….Y el día anterior al previsto para regresar a España, se dio el día libre a los componentes del grupo para que pudieran realizar las últimas compras. María lo aprovechó para desplazarse a Durbar Square. Desesperaba por ver de nuevo a Purush. Había estado pensando, obsesivamente, en él. Le buscó su ávida mirada, sin hacer caso de la plaga de vendedores callejeros que le ofrecían sus artículos. Y por fin le vio, y él a ella. El chiquillo le dedicó su más hermosa y feliz sonrisa. Una dulzura indescriptible inundo el corazón de la mujer. Casi corrieron el uno al encuentro del otro.

-Namaste pravi, kasto chha .

-Namaste pravi, kasto chha.

Se detuvieron frente a frente. Por un momento les separó la barrera de la turbación. Se registraron los ojos. Se leyeron los sentimientos. Tímidamente, temiendo recibir el dolor de una respuesta negativa, María preguntó a Purush:

-¿Te gustaría tenerme por mamá? -la voz le salió balbuceante, trémula.

El chiquillo creyó haber entendido bien lo que ella acababa de decirle en su pésimo inglés. Sin embargo, la observó atónito, incrédulo, sus negrísimos ojos abiertos como platos, brillantes como carboncillos bañados por la  lluvia. Tardó una eternidad en reaccionar. Después comenzaron a rodar grandes lágrimas por sus cobrizas mejillas. Abrió la temblorosa boca, pero no pudo emitir palabra alguna. Entonces agitó con energía su cabeza. Su largo, negro, abundante y lacio cabello azotó su tersa frente. María profundamente conmovida también, abrió sus brazos y Purush se abrazó a ella como un naufrago a una tabla salvadora.

Ella sabía que adoptar a un niño requiere mucho tiempo, paciencia, dinero y lucha, pero estaba dispuesta a conseguirlo aunque para ello tuviera que vender su casa, dar millones de pasos y rellenar montañas de papeles. Aquel sueño suyo bien lo valía. Cuando por fin se separaron, Purush, emocionadísimo, ensayó el poco español que conocía, aprendido de los turistas de esta nacionalidad.

-Mi mamá tú, ¿sí?

-Pues claro, hijo. Seré tú mamá. La mamá más feliz del mundo. Vamos a mi hotel. Necesitaremos la ayuda de Dipendra para iniciar los primeros trámites burocráticos

Purush se cogió de su mano, intuyendo más que entendiendo sus palabras, y no la soltó en todo el viaje que hicieron en rickshaw. También él veía la posibilidad de ver convertido en realidad su gran sueño: tener una  madre y un hogar y, por nada del mundo, quería perderlo.

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